Por inercia futbolística
Por Gonzalo Figueroa Cea
Recién en pleno alargue, al minuto tres, se produjo la jugada que fue el punto de inflexión en la final de la copa del mundo de fútbol: el argentino Enzo Fernández literalmente bajó al español Pau Cubarsí. El trasandino ya tenía tarjeta amarilla por reclamos y fue expulsado.
No pretendo señalar con esto que la correcta decisión del juez esloveno Slavko Vinčić facilitó abiertamente el triunfo a España sobre Argentina. El partido se encaminaba a terminar empatado a cero pese a la manifiesta superioridad de la selección peninsular, pero esa jugada modificó los esquemas y los ánimos.
España, dirigido por un entrenador que no transa su estilo: Luis de la Fuente, continuó con sus aproximaciones al arco de Emiliano Martínez y su dominio territorial durante los siguientes 15 minutos (incluido el añadido del primer tiempo suplementario), pero sin resultados satisfactorios. Sus hinchas, por supuesto, alimentaban su ilusión de ver finalmente al equipo levantar el máximo trofeo del balompié mundial.
Pero tras la mencionada decisión referil, algo diferente ocurrió en el ánimo de los jugadores y el cuerpo técnico argentinos, y una mayoría relativa de las 80 mil personas presentes en el MetLife Stadium de New Yersey este domingo 19 de julio, recinto que parecía más teñido de albiceleste que de aurirrojo. Sabían que ante un equipo más inspirado en ofensiva, la especulación ya no daba espacio a las pequeñas «ventanas» del contragolpe para vulnerar el arco rival (Simón era casi un espectador más). Si había lugar para el «chiripazo» («golpe de suerte» en nuestras latitudes), evidentemente bienvenido, pero el tema era aguantar y llegar a la definición por penales. Como ya le ocurrió al representativo del vecino país en partidos decisivos de Italia 1990.
No pretendo subrayar en el detalle de lo que, a contar de allí, hizo el técnico Scaloni en la disposición de Argentina, pero la idea defensiva se reforzó. En el análisis de 105 minutos jugados, el despliegue de Yamal, Olmo, Baena, Oyarzábal, Williams, Torres e incluso Cucurella y Porro explican bastante el por qué el 68% por ciento de la posesión del balón se inclinaba a favor de España. La falta del desnivel solamente se explica por dos férreas y disciplinadas líneas de cuatro argentinas, donde sobresalían Mac Allister, De Paul, Tagliafico, Molina, Medina, Simeone y, sobretodo, el referido guardavallas, por lejos la gran figura del partido hasta ese momento. Por cierto, el resto del equipo, con cambios incluidos, cooperó en el mejor sentido, salvo Messi y Álvarez que, salvo espasmos de intentos por llegar al arco contrario, casi no trascendieron. Con la expulsión el esfuerzo comenzó a ser mayúsculo.
Hasta que llega el minuto clave: iniciado el segundo tiempo suplementario e, internada una vez más España en campo rival, por el flanco derecho Yamal cedió atrás a Porro, quien alcanzó a detectar el panorama favorable para que un compañero cabeceara y lograra derrotar a Martínez. No sabría asegurar si falló en el centro en el sentido de la velocidad que debió llevar la pelota, pero…fue suficiente para que, pasado el segundo palo y justo en la última línea, Williams diera el testazo hacia atrás y frente al arco para que Ferran Torres empalmara de lleno el balón y superara, por fin, la resistencia del portero trasandino. Golazo. Fue tal la emoción explotada (hasta el minuto 106 contenida) que Torres, al celebrar, pateó el banderín del córner.
A partir de allí España siguió siendo España y, aunque suene poesía burlona, Argentina se acordó de atacar, apareció Messi con más determinación y se generó un par de chances, incluida una seguidilla de tiros de esquina. Pero, como ya se dijo hasta la saciedad, ya era demasiado tarde.
Sigo pensando que Scaloni es un entrenador más próximo a la escuela de Menotti y de Bielsa que a la de Bilardo y Mourinho. Pero en la semifinal contra Inglaterra ya había cometido el error inicial (por fortuna para su selección, enmendado después) de cederle la iniciativa al adversario durante el primer tiempo. Lo que ante España exageró durante 106 minutos. Cabe resaltar, eso sí, el pundonor de sus pupilos (de ahí su emoción en la conferencia de prensa), pero en materia de estrategia no fue suficiente. Y eso se notó ante un oponente que nunca especuló.
En síntesis perdió Argentina, perdió Messi (de paso Mbappé se consagró goleador del mundial) y, en la finalísima (curiosamente la primera entre selecciones hispanoparlantes desde 1930, además de ser protagonizada por los campeones de la Eurocopa y de la Copa América) España logró su segundo título mundial a nivel de selección adulta.
No entraré en la supuesta (y también peligrosa) maraña acerca de un mundial que podría haber sido amañado en favor de la albiceleste por conveniencia de la FIFA y el mismo campeón vigente hasta este 19 de julio. Eso entra en otra categoría de análisis (además fuera de algunas razonables inferencias, no hay pruebas contundentes al respecto). Solo agrego que el «anti argentinismo» generado en redes sociales no es más que un estúpido folclor instalado por los termocéfalos del fútbol. Nada más.
En definitiva, lo que ocurrió es simplemente el curso de las cosas: un despliegue natural, inevitable y sin forzamientos en una dinámica de acontecimientos del «planeta fútbol». En otras palabras, algo así como una inercia futbolística.