Ajoblanco N° 108. Época 2. 1998.
Por Pilar Torrente
Lo primero que llama la atención en Patricio Guzmán es su físico grande y adusto, sus manos inquietas de conversador apasionado y, sobre todo, su mirada, intensamente triste en los silencios e intensamente viva cuando habla. También su modestia: en ningún momento de la entrevista menciona que La memoria obstinada (1996) ha estado entre las diez candidatas a una nominación al Oscar a la mejor película documental.
Novelista precoz y documentalista por convicción, Patricio Guzmán (Santiago de Chile, 1941) lleva casi treinta años mirando el mundo a través del objetivo de una cámara, interesado en dejar constancia de lo que ve. En su juventud viajó por Europa buscando cultura. Luego fijó su mirada en su propio país, un Chile efervescente, y se convirtió en testigo excepcional del tiempo de Salvador Allende. Después llegó el exilio, el mundo como campo de trabajo, España como residencia, un cumplido currículo de trabajos, homenajes, premios… y la memoria.
El 11 de septiembre de 1973 Patricio Guzmán y su equipo de filmación alquilaron una pequeña avioneta. Iban a rodar tomas aéreas de los cordones industriales de Santiago de Chile. Ese material debía formar parte de La batalla de Chile, el reflejo documental de la movilización social, política y económica que hacía bullir el país en pleno gobierno de Allende. Pero aquella mañana las calles fueron tomadas por los tanques del ejército. “Ya llegó el día”. Pusieron a salvo el material rodado durante todo el año y se fueron a sus casas a esperar la segura visita de los militares.
Patricio Guzmán colocó bien a la vista su título de dirección cinematográfica obtenido en Madrid y firmado por el mismísimo Francisco Franco. “No me sirvió de mucho. Me arrestaron igualmente y me tuvieron durante dos semanas en el estadio de fútbol. Amenazaron con fusilarme. Casi no me hicieron preguntas. Luego me liberaron. Lo que querían era asustarme, que me quedase tranquilo en casa”. Pero…
“Un país que no tiene cine documental es como una familia que no tiene álbum de fotos. Filmar la realidad es fundamental para la historia, para la memoria, para el presente”.
no lo consiguieron: gracias a la ayuda del embajador sueco, el material fue sacado de Chile. Patricio Guzmán también. La película pudo ser montada con la colaboración del Instituto Cinematográfico cubano. La batalla de Chile recorrió el mundo y obtuvo numerosos premios. En 1998 todavía no hay un distribuidor que se atreva a exhibirla en Chile.
—¿Hacer cine documental es querer guardar algo para la memoria colectiva?
—Sí. El cine documental cumple el mismo papel que el álbum de fotografías de tu familia. Un país que no tiene cine documental es como una familia que no tiene álbum de fotos. Filmar la realidad, en el aspecto que sea —el campo, las minas, la ciudad, las instituciones— es fundamental para la historia, para la memoria, para el presente. Me apasiona por eso. Cada vez me gusta más.
—Raúl Troncoso, ministro de Defensa chileno, resumió con estas afirmaciones su punto de vista respecto a la crisis que está viviendo Chile: “Mi ánimo es de reconciliación y de perdón, de mirar hacia adelante y no hacia atrás. No podemos andar pasándonos cuentas o saliendo a la caza de brujas”. ¿Habrá que echar al fuego sus documentales?
—Bueno, Troncoso parece que lo haría, pero sería una grave equivocación. La única manera de curar las heridas es hablando de ellas y reparando afrentas. Hay que sentarse alrededor de una mesa y reconocer lo que ha ocurrido. Si no hay esa reconciliación real, ocultar el pasado no es más que alimentar un trauma. De la gente que votaba en Chile, la mitad se vinculó a Allende: más o menos cinco millones de personas. Eso no es una minoría. Es la mitad del país. Esa mitad ha permanecido oculta. Ha tenido que cambiar de identidad, que maquillarse. No ha podido hablar de los caídos, de sus muertos, de lo que hicieron durante el gobierno de la Unidad Popular, de sus sueños, de sus proyectos personales. Todos hemos tenido que guardar silencio. Has hecho lo que has podido para recuperar tu vida, pero dentro queda un recuerdo de un momento increíble que fue reprimido, olvidado, criticado, malversado. Porque estos militares no reconocen ningún beneficio en aquella época. Se creen los salvadores de la Patria, los que salvaron al país del cáncer del comunismo y lo pusieron en la vía moderna. Para ellos todo lo demás es basura.
Uno de los valores que hay en Europa con respecto a la Guerra Mundial es que se habla del problema. La iglesia católica alemana pidió perdón por vincularse a los nazis. El embajador alemán pidió perdón en Guernica por haberla bombardeado. Chirac pidió perdón por el gobierno colaboracionista de Vichy. Eso es lo que hay que hacer para poder, como dice Troncoso, tener futuro.
—La batalla de Chile comenzó a filmarse cuando Salvador Allende era presidente. ¿Qué pretendía reflejar?
—Era un proyecto muy ambicioso. Quería mostrar ese espectacular proceso que vivíamos. Era apasionante. Era completamente imposible no filmarlo. Era como si todo el país se comenzara a mover y tú sintieras que crujía. Fue como la transición aquí. Hubo un momento de tremenda movilización. Había manifestaciones por las calles todos los días, Allende hablaba por televisión, la derecha le atacaba, Estados Unidos intentaron por dos veces dar un golpe de Estado. Todo era impresionante: una circunstancia privilegiada para un documentalista. Podías salir a la calle y filmar sin ningún peligro, porque todo se desarrollaba dentro de la ley, y filmabas la lucha de clases como un paisaje: lo que discute el obrero en un campamento, en una fábrica, cómo se gesta una huelga, lo que pasa en el Parlamento todos los días. A veces te encuentras con gente políticamente muy escéptica al respecto que dice: “no, la utopía socialista era un sueño inútil, el castro-guevarismo era una ilusión, Nicaragua otro acto fallido, etc.”. Posiblemente tienen razón. Pero lo que te cambia y te marca es vivirlo, meterte dentro, entusiasmarte. Ese entusiasmo era mi motor, las ganas de vivir aquello.
—Su trabajo fue interrumpido por el golpe de estado. ¿En qué quedó finalmente La batalla de Chile?
—Fundamentalmente es como un panorama de lo que ocurrió el último año: haber tomado acta cinematográfica de lo que pasó. Lo que sí pasó es que cuando comenzamos a trabajar pensamos que íbamos a hacer una película sobre la revolución, y acabó siendo un testimonio de la contrarrevolución, del fascismo, de la fuerza de masas que el fascismo logró mover en Chile. El país se dividió en dos mitades. La gente era de izquierdas o se hacía parafascista, porque la Democracia Cristiana también alentó el golpe de estado. Querían que el ejército barriera con el caos de la Unidad Popular y limpiara, y que después se fueran. Pero se quedaron 16 años. Todos perdimos, todos los demócratas. Perdimos la democracia representativa más larga de América Latina. Perdimos la cultura política más sedimentada de América. Imagínate un camino pacífico de progreso, cuando las guerrillas habían fracasado, el comunismo también, las dictaduras estatalistas como la peruana también. Era un camino interesante. Pero quizá nosotros mismos no lo supimos aprovechar. Quizá fuimos demasiado radicales. Quisimos hacer la revolución rápidamente y esas cosas son bastante difíciles.
—En 1996, 23 años después, regresa a Chile para rodar La memoria obstinada, un encuentro con gente que como usted se vio envuelta en los acontecimientos de 1973. Se empeña en hacerles recordar, y el resultado es profundamente emotivo, casi un ejercicio sentimental.
—Se produjo una catarsis, sí. Una mezcla extraña de nostalgia, emoción y reafirmación en sus posiciones. Hubo también un orgullo de haber sido, de “fracasamos, pero yo estuve allí”. Es bonito esto. La memoria obstinada es un acto de reparación. Es dar la palabra a los que defendieron la Moneda, pues nunca nadie se preocupa de ellos. Nunca han sido entrevistados ni recompensados. Fueron los que defendieron la democracia hasta el final, cumpliendo con su papel, y han sido considerados terroristas. Han tenido que encubrir su pasado para poder hacer su modesto trabajo en la vida cotidiana. Y hay mucho por hacer. Se podrían hacer cuatro películas como La memoria obstinada con gente que se portó bien, que fue ética. A lo mejor la derecha tiene razón en que hubo miembros de la Unidad Popular que cometieron horrores, pero, ¿y la masa?, ¿y los maestros, los obreros, el funcionario público? Chile era un país muy ético. Era un país católico sin represión porque el cardenal se sentaba al lado del dirigente comunista para presidir el desfile de los obreros. Allende nunca clausuró ninguna radio ni ningún periódico, sino todo lo contrario. Siempre dijo que iba a hacer su programa del pluralismo y lo cumplió.
—¿Siguen estando prohibidas en Chile estas películas?
—Sí. En Chile no se va a pasar La memoria obstinada. Yo organizo un festival de cine documental allí todos los años y en 1997 decidí proyectarla en el ámbito del festival. Pero sólo cabían doscientas cincuenta personas en la sala, aunque lograron verla unas cuatrocientas, sentados en el suelo y donde podían. Después de la proyección nos tomamos un café y cada uno a su casa. Era mejor no hablar sobre el tema. En la televisión nacional no la van a poner. Les da miedo, por lo mismo que dice Troncoso. La batalla de Chile tampoco ha sido distribuida, aunque tengo un distribuidor. Pero tiene miedo. Hay que ser prudente. Sin embargo, su proyección sería un éxito económico enorme. La mitad del país compraría el vídeo.
—¿Le sorprendió comprobar hasta qué punto la juventud chilena desconocía el alcance de la tragedia humana que acompañó al golpe de Estado y a los años más duros de la dictadura?
—Verás, yo imparto también clases de cine documental y en Chile he hecho unos cuatro o cinco seminarios. En 1996 estaba trabajando en La memoria obstinada y me fui a Santiago dos meses antes de la filmación, para ambientarme e investigar. No doy La batalla de Chile en los seminarios. Sólo fragmentos. Prefiero hablar del documental en general. Si lo piden, la proyecto, y en un curso lo pidieron. Dimos una parte y cuando acabó la película se produjo un silencio total. Nadie aplaudió ni nada. Encendí la luz y me quedé pensando qué les iba a decir, porque pensé: “si hay este silencio tan frío a lo mejor metí la pata y en esta escuela hay gente que no comparte para nada la posición de esta película”. Cuando me volví hacia ellos estaban todos llorando. Todos. Se produjo un clima muy incómodo que duró sus buenos minutos y nadie sabía qué hacer. Al final dije, “bueno, vamos a seguir con la clase”, y se produjo la catarsis. Son muchachos de dieciocho o más años que han recibido la información de su familia y es una información muy parcial. Ver en imágenes la estructura ordenada de todos los hechos les provocó un shock. Y ahí fue donde dije: “hay que filmar esto”. Así surgió la idea de rodar esta secuencia. Costó mucho hacerla, porque pedimos permiso a treinta o cuarenta colegios y universidades y en todos nos dijeron que no, excepto en seis. La respuesta era como la de Troncoso. Se pidió permiso a los padres y dijeron que no.
—En su obra Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano se pregunta, refiriéndose a las últimas dictaduras de Uruguay, Chile y Argentina: “Estas dictaduras, ¿son tumores a extirpar o el pus que delata la infección del sistema?”.
—Durante los 180 años de independencia de América Latina no hemos tenido otra cosa que libre empresa, capitalismo y neocolonialismo, y no ha dado resultado en ninguna parte. No hay ningún país que haya llegado a ninguna etapa de desarrollo sostenido. Se habló del milagro brasileño, del argentino con el trigo durante la Segunda Guerra Mundial, Perú también, y ahora se habla del chileno, pero no llegamos a nada. Es una situación crónica de subdesarrollo.
—Entonces, el problema está en el sistema.
—Claro, en un reparto de la riqueza mal hecho e injusto, en un abandono por parte del Estado de miles de actividades, en una desintegración del Estado. En el sistema están todos los males. Pasa lo mismo en otros países del tercer mundo. Se habla mucho del fin de la historia y de que todo ha cambiado, pero cuando tú vas por Chile no hay ninguna autopista que una Santiago con Valparaíso, y te hablan de un desarrollo superestructural, y tú dices: “¿y dónde está la autopista?” Y te dicen: “no, es que la va a construir una empresa privada”. El ferrocarril está desmontado. ¿Se piensa construir también un ferrocarril privado de alta velocidad? Si Estados Unidos entra en una pequeña crisis, la economía chilena se va a ir abajo. Es un país totalmente dependiente, que desmanteló toda la industria nacional porque parecía que eso no era lo más importante. No hay una sociedad civil. La universidad fue fragmentada y ahora hay miles de universidades privadas. La de Chile está sin fondos y la investigación dejó de tener valor. La ciudad es muy precaria. Cuando llueve más de la cuenta, lo cual es frecuente, se inunda todo y se paraliza toda la actividad. El crecimiento bruto es altísimo, pero la repartición de la riqueza es más injusta que nunca. Circulan toda clase de mitos del desarrollo pero no pasa nada.
Imagínate una democracia tutelada con nueve senadores escogidos a dedo y con Pinochet sentado en un escaño. Es lamentable. Es una copia de transición para ir tirando. 1.500.000 jóvenes no se inscriben para votar porque no se interesan por la política práctica. No se la creen.
—Si Pinochet llegara a sentarse frente a un tribunal, ¿significaría eso que por fin se ha perdido el miedo al Ejército, que la derecha capitalista ha empezado a adquirir conciencia de que forma parte de una sociedad que tiene que crecer y no crecer solamente ellos?
—Lo primero es reparar el sufrimiento. El Ejército debe reconocer que hubo desaparecidos, y hay que indemnizar a las personas a las que no se les devolvieron sus bienes. Para empezar, la familia de Allende no ha recibido lo que saquearon de su casa. Esto no puede seguir así, no puede ser, porque siempre habrá alguien que estará dolido. Y no puede haber olvido porque el padre muerto deja en la viuda un testigo, y el hijo otro. No se termina. Tienen que arreglarse estas cosas para empezar desde cero. Se han hecho algunos progresos en los últimos años, pero hay que avanzar más o seguiremos anclados en el golpe durante otra generación.
—¿Cuál podría ser entonces el cabo del hilo que permitiría empezar a desliar la madeja?
—Reparar la afrenta, por supuesto. Ya sé que no se puede pedir todo, pero por lo menos tiene que haber un clima diferente, nuevo. Tal vez los militares que no estuvieron implicados en esto y que son más jóvenes vengan con otro criterio. También hay que seguir construyendo pequeños espacios de opinión, poco a poco: mejores diarios, mejor radio y televisión. Ya hay mucha gente que está en eso: quieren que los jóvenes escriban más, que tomen los espacios de poder, para que se produzca rápidamente un relevo. Eso es muy bonito y allí hay mucho trabajo.
—Quienes afirman que la transición chilena demuestra que Pinochet es un demócrata, ¿se lo creen?
—No, no. En Chile nadie se cree que Pinochet sea un demócrata. Ni tampoco las fuerzas más promilitares se creen que ellas sean democráticas. A la derecha le encanta el autoritarismo, disfrazado con una pátina más o menos democratizante, con un parlamento abierto. Pero nadie se cree eso.
—¿A qué le tiene miedo Pinochet?
—A perder el control y el poder. Ser olvidado, ser juzgado: eso le da pánico. Quedar en mal lugar para la historia.
—¿Cree realmente que va a quedar mal para la historia?
—Bueno, tú vas a una librería y encuentras todavía veinte fotografías de Pinochet: en su casa, paseando… Hay un culto a la personalidad enorme. Gran parte de la prensa chilena no ha hecho más que alabar la personalidad de Pinochet. La Constitución está hecha a su medida. Pasó por encima de lo que había y creó un orden nuevo. Pinochet se cree un superman. Pero tiene miedo a desaparecer.
