Patricio Manzano

¡Compártelo!

En la historia del movimiento estudiantil chileno hubo nombres que perduraron en el tiempo convirtiéndose en símbolos. La historia no miente: en contextos de represión, como durante la dictadura de Pinochet y mucho antes, incluso, esa característica estuvo marcada por la tragedia. Así también ocurrió con José Domingo Gómez Rojas, reconocido como el primer mártir de la FECH tras morir en prisión en 1920. Décadas más tarde, en el verano de 1985, otro nombre se sumaría a esa memoria: Patricio Manzano.

El contexto aquel año era de reconstrucción universitaria. La Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, recientemente democratizada en 1984, impulsaba sus primeros trabajos voluntarios tras el golpe militar. Bajo la dirección de Yerko Ljubetic, decenas de estudiantes se organizaron para viajar a comunidades de la zona de Los Andes: Casuto, El Patagual, Llay Llay, Lo Calvo, Rinconada, Los Andes y San Felipe. Las expectativas eran altas, pero los recursos escasos. Ante esto todo se fue consiguiendo a pulso: colectas en micros, actividades improvisadas, colaboraciones espontáneas. Era, en esencia, una organización precaria sostenida por la convicción, típica de los estudiantes.

“Todos los recursos los obtuvimos pidiendo plata en las micros… organizábamos cuadrillas, explicábamos y pedíamos aporte puesto por puesto”, señala Oscar Peluchonneau, estudiante de Ingeniería…, quien fue uno de los cinco organizadores de las diferentes facultades de la Universidad de Chile que viajaron esperanzados.

Sin embargo, el país vivía bajo Estado de Sitio, lo que significaba que las reuniones eran ilegales y cualquier acción colectiva podía ser considerada subversiva. Aun así, la FECH decidió continuar. La logística fue casi clandestina: pequeños grupos distribuidos en casas, salidas escalonadas, pasajes entregados la noche anterior. Un grupo reducido —cinco estudiantes— coordinó el traslado para evitar sospechas. Contra todo pronóstico, el plan funcionó y los voluntarios llegaron a destino.

“No podíamos irnos todos juntos… éramos cinco organizando todo. Diseñamos un sistema para que salieran de a poco, con horarios y pasajes entregados casa por casa. Funcionó perfecto.”

 

Durante una semana, los trabajos se desarrollaron con normalidad. Estudiantes de distintas áreas prestaron asistencia médica, odontológica, legal y técnica. Construyeron fosas sépticas, ayudaron en tareas básicas y compartieron con las comunidades. Era un esfuerzo solidario que, en apariencia, escapaba de la lógica represiva del régimen, entregando lo contrario: apoyo y alivio.

Pero la ilusión duró poco. Sin aviso previo, un amplio operativo policial irrumpió en las localidades. Carabineros y Fuerzas Especiales, equipados como en una operación de guerra, detuvieron a los estudiantes con violencia, bajo la sospecha de que se trataba de grupos subversivos. La sorpresa fue total: esa mañana, muchos apenas desayunaban cuando fueron rodeados.

“Se hizo un operativo enorme… llegaron armados, como si buscaran guerrilleros. Nos detuvieron con mucha violencia mientras tomábamos té”. 

Los trasladaron a la Tercera Comisaría de Los Andes. Allí comenzó el maltrato sistemático: golpes, culatazos, insultos, perros sueltos para intimidar. Los estudiantes fueron obligados a permanecer durante horas en una cancha de tierra, bajo el sol de febrero, sin agua ni alimento. 

“Nos tuvieron todo el día al sol, sin agua ni comida… nos golpeaban, caminaban sobre nosotros y soltaban perros cerca.”

En ese contexto, uno de ellos comenzó a sentirse mal.

“Yo tengo problemas al corazón. No estoy bien”, señaló Patricio Manzano, estudiante de Plan Común de Ingeniería, quien advirtió que tenía problemas cardíacos. Informó a sus compañeros y estos, a su vez, a los guardias, pero no hubo respuesta.

Según consta en el expediente judicial, los estudiantes intentaron mantener la moral cantando “La muralla”, lo que provocó la indignación de los oficiales. Como represalia, separaron a hombres y mujeres y trasladaron a los primeros a un espacio aún más precario, intensificando las condiciones de encierro y castigo. Por todos los medios trataron de doblegarlos ordenando la ejecución de ejercicios físicos extremos.

Esa noche fueron llevados a Santiago. La incomunicación era total: no existían celulares y las familias solo supieron de la detención por las noticias. En las comisarías, los interrogatorios continuaron, esta vez por civiles que no se identificaban. Las preguntas giraban en torno a sus intenciones políticas, pese a que no había evidencia alguna más allá de herramientas de trabajo.

“Querían saber qué hacíamos, qué pensábamos… pero solo teníamos estetoscopios, palas y chuzos. Eso los descolocó, señala Peluchonneau

Fue en ese contexto donde la situación de Manzano se agravó. Sufrió convulsiones en medio del encierro. Compañeros de Medicina intentaron asistirlo, logrando reanimarlo en más de una ocasión. Insistieron ante los guardias en la gravedad del caso. Inicialmente, estos pensaron que se trataba de un intento de fuga. 

“Avisamos varias veces, pero no hicieron nada… pensaron que era mentira para escapar.”

Solo cuando la situación se volvió evidente —espuma en la boca, convulsiones persistentes— decidieron intervenir. Se lo llevaron.

Horas después, informaron a los estudiantes de Medicina que había fallecido.

La noticia desató el caos. Al día siguiente, cuando los familiares llegaron a la comisaría, la confirmación fue devastadora: Patricio Manzano había muerto bajo custodia policial. Afuera, el dolor se transformó en denuncia: “Los están matando, los están matando… mataron a mi hermano.”gritaban sus hermanas. La escena marcó profundamente a quienes estuvieron allí.

Los estudiantes permanecieron detenidos algunos días más. Muchos quedaron fichados por la Fiscalía Militar, lo que tendría consecuencias en su vida académica y política. En ese momento, sin embargo, el impacto inmediato fue ambiguo. Era verano, las universidades estaban vacías, y la reacción institucional fue limitada.

Con el tiempo, el caso fue reconocido como una violación de derechos humanos y un acto de negligencia por parte de Carabineros. Se presentaron recursos, intervino la Vicaría de la Solidaridad con un informe detallado donde se advierte el sadismo:

“Los estudiantes fueron obligados a trotar alrededor de la cancha, algunos de ellos sin camisas y absolutamente descalzos, mientras los carabineros golpeaban a los jóvenes con sus bastones de servicio, además de propinarles puntapiés. Luego de dos o tres veces de trotar alrededor de la cancha los obligaron a hacer ejercicios físicos, mientras seguían recibiendo golpes y burlas de parte de los uniformados. Uno de los estudiantes se atrevió a seguir cantando y fue derribado por oficiales de Carabineros a puntapiés en el estómago. Los oficiales se reían y se mostraban orgullosos de lo que habían hecho. Luego de esto, los estudiantes fueron obligados a tenderse boca abajo en la cancha de tierra y pedregalina, con los labios tocando la tierra y las manos en las nucas. En esa posición debieron permanecer alrededor de dos horas. Más tarde, todos los estudiantes fueron obligados a ponerse cara al sol, con las piernas abiertas y los brazos extendidos, permaneciendo en dicha posición alrededor de 45 minutos más. Cerca de las 16 horas los hicieron levantar y los trasladaron hasta un lugar bajo los árboles donde había sombra, mostrando muchos de los estudiantes síntomas de insolación”.

 

Las horas posteriores a la muerte de Patricio Manzano estuvieron marcadas por la urgencia y la impotencia. Dirigentes estudiantiles como Yerko Ljubetic y Gonzalo Rovira recorrieron distintas instituciones —la CODEJU, la Vicaría de la Solidaridad— buscando ayuda que nunca llegó. Mientras tanto, el tiempo avanzaba en su contra.

La noticia del fallecimiento los sorprendió en la sede de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh). La reacción fue inmediata: reuniones, llamados a abogados, preparación de declaraciones. Pero hacia afuera, la versión que comenzó a circular omitía lo esencial. Se hablaba de una enfermedad, no de abandono ni de violencia.

Entre los estudiantes, sin embargo, la comprensión era más compleja. Algunos asumían la muerte como un riesgo inherente a la lucha en tiempos de dictadura; otros la entendían como un punto de no retorno, una señal de que el compromiso debía profundizarse. Dolor y decisión comenzaron a convivir.

El 11 de febrero, en la Basílica de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, el funeral reunió a cientos de personas. La bandera de la FECh acompañó el féretro, mientras dirigentes montaban guardia de honor. No fue solo una despedida: fue también un acto silencioso de afirmación política.

Pero ni siquiera el duelo quedó al margen de la represión. Al regresar a la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, Gonzalo Rovira fue detenido. Yerko Ljubetic, sin dudarlo, decidió acompañarlo. En ese gesto se condensaba la época: la solidaridad, el riesgo y la certeza de que nadie estaba a salvo.

La muerte de Patricio Manzano no fue solo una pérdida. Fue un quiebre. Para quienes vivieron esos días, dejó una marca profunda: transformó el miedo en convicción y el dolor en una decisión colectiva de seguir adelante, aun en medio de la violencia.

Años después, se inició un proceso judicial contra los responsables, identificados con nombre y apellido.

Aun así, como señalan testigos de la época, el momento conspiró contra la magnitud de la respuesta. De haber ocurrido en pleno año académico, la movilización habría sido distinta. Pero el verano diluyó parcialmente la reacción, aunque no el impacto.

“Si hubiese pasado en periodo académico, la reacción habría sido distinta… pero era verano y eso le quitó visibilidad, señala Germán Quintana”

La muerte de Patricio Manzano se convirtió en un golpe profundo para el estudiantado. No solo evidenció la brutalidad del régimen, sino también la fragilidad de quienes intentaban reconstruir tejido social en medio de la represión.

Cinco décadas antes, José Domingo Gómez Rojas había marcado el inicio de esa historia. En 1985, Manzano la reescribió. Dos nombres, separados por el tiempo, pero unidos por una misma constante: el costo humano de pensar, organizarse y actuar en contextos donde incluso la solidaridad podía ser considerada una amenaza.

Estudio revela causas del desastre en el Seno Reloncaví
Análisis en profundidad de los factores que el año 2016...
El libro “¿LGBTQué?” recorre el arcoíris de la diversidad sexual y de género
Parte de la colección Nuestra Sexualidad de La Bonita Ediciones,...
Háblame de amores, la nostalgia re-sentida de Pedro Lemebel
Por Edgard Lara, Fotos de María Eugenia Lagunas P. (Melp)....

Leave Your Comment