Golda Meier

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Por Oriana Fallaci 

 

Jerusalén, noviembre de 1972

 

La historia de esta entrevista es muy particular. En realidad, es la historia de una entrevista que fue misteriosamente robada y que tuve que rehacer desde el principio. Había encontrado a Golda Meir en dos ocasiones, durante más de tres horas, antes de que se produjera el robo. Volví a encontrarme con Golda Meir otras dos veces, durante aproximadamente dos horas, después de que el robo hubiera ocurrido. Así que creo que soy la única periodista que ha conversado cuatro veces, durante seis horas, con esta mujer fantástica, a la que se le pueden dedicar elogios o insultos, pero a quien no se le puede negar el calificativo de fantástica.

¿Me equivoco? ¿Peco de optimismo o, digámoslo abiertamente, de feminismo? Tal vez. Pero nunca seré objetiva con Golda Meir. Nunca conseguiré juzgarla con el desapego que quisiera imponerme cuando digo que un personaje poderoso es un fenómeno que debe analizarse fríamente, con bisturí. A mi juicio, aunque no se esté en absoluto de acuerdo con ella, con su política o con su ideología, no se puede dejar de respetarla, admirarla e incluso quererla.

Yo la quise desde el primer momento. Además, me recordaba a mi madre, a quien se parecía un poco. Mi madre también tenía aquellos cabellos grises y rizados, aquel rostro cansado y arrugado, aquel cuerpo pesado sostenido por unas piernas hinchadas, vacilantes, de plomo. Mi madre también tenía aquella expresión enérgica y dulce, aquel aspecto de ama de casa obsesionada con la limpieza, y representaba ese tipo de mujer cuya riqueza consiste en una sencillez desconcertante, una modestia irritante y una sabiduría que procede de haber trabajado duramente toda la vida: entre dolores, dificultades y sufrimientos que no dejan tiempo para lo superfluo.

Está bien: Golda Meir era también algo diferente, algo más. Por ejemplo, era la mujer de quien dependía el destino de millones de seres humanos, la que podía hacer o deshacer la paz en Oriente Medio, encender o apagar la mecha de un conflicto mundial. Y, además, era quizá la representante más autorizada de una doctrina que demasiados de nosotros condenamos o sobre la que expresamos nuestras dudas: el sionismo.

Pero eso ya se sabe. Y a mí, de Golda Meir, no me interesa contar lo que se sabe. Me interesa contar lo que no se sabe.

Esta es, pues, la historia de esta entrevista. O mejor dicho, mi historia con Golda Meir.

Mi primer encuentro tuvo lugar a comienzos de octubre, en su residencia de Jerusalén. Era lunes y ella se había vestido de negro, como hacía mi madre cuando tenía que recibir a alguien. Incluso se había puesto polvos en la nariz, como hacía mi madre cuando tenía que recibir a alguien. Sentada en el salón, frente a un café y un paquete de cigarrillos, parecía preocupada únicamente por hacerme sentir cómoda y por restarle importancia a su autoridad.

Le había enviado mi libro sobre Vietnam, junto con un ramo de rosas. Las rosas estaban en un jarrón y el libro entre sus manos. Antes de que yo formulara ninguna pregunta, comenzó a hablar de la manera en que yo había visto la guerra y, por lo tanto, no fue difícil inducirla a hablar de su propia guerra: del terrorismo, de los palestinos, de los territorios ocupados y de las condiciones que impondría a Sadat y a Hussein si llegaba a negociar con los árabes.

Su voz era cálida, sonora. Su expresión, sonriente, jovial. Me fascinó inmediatamente, sin ningún esfuerzo. Me conquistó por completo cuando, después de una hora y cuarto, dijo que volvería a recibirme.

Y así ocurrió tres días después, en su despacho de primera ministra. Fueron dos horas interesantísimas. Dejando de lado los problemas políticos, sobre los que a veces la seguí con ciertas reservas, en nuestro segundo encuentro me habló exclusivamente de sí misma: de su infancia, de su familia, de sus dramas como mujer, de sus amigos, como Pietro Nenni, por quien sentía una admiración desbordante y un afecto conmovedor.

Cuando nos despedimos, también nosotras nos habíamos hecho amigas. De hecho, me entregó una fotografía dedicada para mi madre, con la dedicatoria más halagadora del mundo. Me rogó que volviera pronto a visitarla:

—Pero sin ese aparatito, ¿eh? ¡Solo para conversar entre nosotras delante de una taza de té!

Ese aparatito era la grabadora con la que había registrado cada respuesta, cada frase. Sus colaboradores parecían asombrados: delante de ese aparatito, Golda nunca se había abierto con tanta franqueza. Uno de ellos me pidió que le enviara una copia de las cintas para regalársela a un kibutz que conserva los documentos sobre Golda Meir.

Las cintas. Para este trabajo, nada es más valioso que las cintas. No existen apuntes taquigráficos, recuerdos o notas capaces de sustituir la voz viva de una persona. Las cintas eran dos minicassettes de noventa minutos cada una, más una tercera de cinco o seis minutos. De las tres, solo la primera había sido transcrita.

Las guardé, pues, en mi bolso, con el cuidado que se reserva a una joya, y al día siguiente emprendí el viaje de regreso: llegué a Roma alrededor de las ocho y media de la noche. A las nueve y media entraba en el hotel. Un gran hotel.

Y entonces, apenas llegué a la habitación, saqué del bolso las tres minicassettes para guardarlas en un sobre. Después dejé el sobre sobre el escritorio, colocando encima un par de gafas, un estuche para polvos de gran valor y otros objetos, y salí.

Cerré la puerta con llave, naturalmente, entregué la llave al conserje y me marché. Durante unos quince minutos: el tiempo necesario para cruzar la calle y comer un bocadillo.

Cuando regresé, la llave había desaparecido. La buscaron por todas partes, en la recepción, pero en vano. Y cuando subí, la puerta de mi habitación estaba abierta. Solo la puerta. Todo lo demás estaba en orden. Las maletas seguían cerradas, el valioso estuche de maquillaje y los otros objetos estaban donde los había dejado: a primera vista, parecía que nadie hubiera tocado nada.

Pasaron un par de segundos antes de que me diera cuenta de que el sobre de las cintas estaba vacío, de que las cintas de Golda habían desaparecido. También había desaparecido la grabadora, que contenía otra cinta, pero que estaba intacta.

La habían sacado de una bolsa de viaje, ignorando un joyero, y después habían vuelto a ordenar cuidadosamente el interior de la bolsa. Finalmente, se habían llevado dos collares que estaban abandonados sobre la mesa. Para despistar, dijo la policía.

La policía llegó inmediatamente y permaneció allí hasta el amanecer. Incluso acudió la policía política, representada por unos jóvenes antipáticos y tristes que no se interesan por los robos, sino por asuntos más delicados. También llegó la policía científica, con sus cámaras fotográficas y los instrumentos que se utilizan para encontrar indicios en los casos de asesinato.

Pero solo encontraron mis huellas digitales: en todos los sentidos, los ladrones habían robado con guantes.

Después, aquellos jóvenes antipáticos y tristes concluyeron que se trataba de un robo político, y eso también lo comprendía yo. Lo que no comprendía era por qué se había cometido y quién lo había hecho.

¿Algún árabe en busca de información? ¿Algún enemigo personal de Golda? ¿Algún periodista celoso?

Todo se había hecho con precisión, rapidez y lucidez: como en una película de James Bond. Y, desde luego, me habían seguido: nadie sabía que llegaría a Roma aquel día, a aquella hora y a aquel hotel.

¿Y la llave? ¿Por qué había desaparecido de su casillero?

Al día siguiente ocurrió algo extraño. Una mujer que llevaba dos bolsas de una compañía aérea se presentó en el hotel y preguntó dónde estaba la policía. Había encontrado las bolsas en un arbusto de Villa Borghese y quería entregárselas a la policía.

¿Qué contenían las bolsas? Unas veinte cintas minicassette idénticas a las mías.

La mujer fue inmediatamente detenida y conducida a la comisaría. Allí escucharon las cintas una por una. Solo contenían canciones.

¿Una advertencia? ¿Una amenaza? ¿Una burla?

La mujer no supo explicar por qué había acudido precisamente a aquel hotel para buscar a la policía.

Y volvamos a Golda.

Golda se enteró del robo la noche siguiente, mientras estaba en casa con unos amigos y les contaba nuestros encuentros:

—Anteayer tuve una experiencia, me divertí haciendo una entrevista con…

Uno de sus colaboradores la interrumpió entregándole mi telegrama:

«Me han robado todo repito todo stop Le ruego que me reciba nuevamente».

Ella lo leyó, según me contaron, se llevó una mano al pecho y permaneció varios minutos sin pronunciar palabra. Después levantó unos ojos doloridos, decididos, y pronunciando cuidadosamente cada sílaba dijo:

—Evidentemente, alguien no quiere que esta entrevista se publique. Por lo tanto, hay que repetirla. Búsquenme un par de horas para una nueva cita.

Eso fue exactamente lo que dijo, me aseguran, y excluyo que cualquier otro estadista hubiera reaccionado de esa manera.

Creo que cualquier otra persona, en su lugar, se habría encogido de hombros: «Peor para usted. Ya le he dedicado más de tres horas. Escriba lo que recuerde y arrégleselas como pueda».

La cuestión es que Golda, antes de ser una estadista, era una mujer de las que ya no existen.

La única condición que puso fue que esperáramos un mes. La nueva cita quedó fijada para el martes 14 de noviembre. Y así ocurrió.

Desde luego, cuando volví a verla aquel día, no imaginaba que descubriría que podía llegar a quererla. Pero, para explicar una afirmación tan importante, debo contar qué fue lo que más me conmovió.

Golda vivía sola. Por la noche ni siquiera había un perro que vigilara su sueño por si se encontraba mal; solo estaba el guardaespaldas en la entrada de su pequeña villa, y nada más.

Durante el día, para ayudarla con las tareas domésticas, tenía únicamente a una muchacha que iba a hacerle la cama, quitar el polvo y plancharle la ropa.

Si invitaba a alguien a cenar, por ejemplo, Golda cocinaba ella misma. Y después de cocinar limpiaba, para que la muchacha no encontrara demasiada suciedad al día siguiente.

Pues bien, la noche anterior a nuestra cita había tenido invitados a cenar que se marcharon a las dos de la madrugada, dejando un infierno de platos sucios, vasos sucios, ceniceros llenos y desorden.

Para que la muchacha no encontrara demasiada suciedad al día siguiente, a las dos de la madrugada Golda se puso a lavar platos y vasos, barrer y sacar brillo a las cosas. No se fue a dormir hasta pasadas las tres y media.

A las siete se levantó, como siempre, para leer los periódicos y escuchar la radio. A las ocho conversó con algunos generales. A las nueve, con algunos ministros. A las diez… se sintió mal.

A sus más de setenta y cuatro años, tres horas y media de descanso son pocas.

Cuando me enteré, me daba vergüenza entrar. Repetía:

—Aplacemos la cita, no importa, se lo juro, ¡no importa!

Pero ella quiso cumplir su compromiso: «La pobrecita ha venido hasta aquí, es la segunda vez que viene y, además, le han robado las cintas».

Después de descansar veinte minutos en el sofá de su despacho, apareció detrás de su escritorio: pálida, agotada y dulcísima. Me dijo que no me preocupara por el retraso, que me dedicaría todo el tiempo que necesitara.

Y la entrevista se reanudó: como la vez anterior, mejor que la vez anterior.

En octubre no había conseguido hablarme de su marido, de lo que había sido la tragedia de su vida. Esta vez también lo hizo y, como hablar de ello la destrozaba, cuando se dio cuenta de que no podía continuar me tranquilizó:

—No se preocupe, ¡terminaremos mañana!

Después me dio una cuarta cita: aquella hora espléndida durante la cual hablamos de la vejez, de la juventud y de la muerte.

Dios mío, ¡qué seductora me parecía mientras decía aquellas cosas!

Muchos sostenían que Golda era fea y se complacían en hacer de ella caricaturas crueles. ¡Vaya! Naturalmente, la belleza es una cuestión de opinión, pero a mí Golda me pareció una anciana hermosa.

Muchos sostenían que Golda era masculina y se divertían difundiendo chistes vulgares sobre ella. ¡Vaya! Naturalmente, la feminidad es una cuestión de opinión, pero a mí Golda me pareció una mujer en todos los sentidos.

Aquella dulce reserva, por ejemplo. Aquella ingenuidad casi increíble, si se piensa que podía ser tan astuta y experimentada cuando nadaba entre los remolinos de la política. Aquella angustia al expresar el sufrimiento de una mujer para quien no bastaba con dar a luz. Aquella ternura con la que invocaba el testimonio de sus hijos y nietos. Aquella coquetería involuntaria.

La última vez que la vi llevaba una blusa de crepé azul cielo y un collar de perlas. Mientras acariciaba las perlas con sus dedos de uñas cortas pintadas de rosa, parecía preguntar: «¿Y bien, me queda bien?».

Y yo pensaba: qué lástima que sea poderosa, qué lástima que esté del lado de quienes mandan. En una mujer así, el poder era un error de gusto.

No voy a repetir que nació en Kiev, en 1898, con el nombre de Golda Mabovitz; que creció en Estados Unidos, en Milwaukee, donde se casó con Morris Meyerson en 1917; que en 1918 emigró con él a Palestina; que Ben Gurion le impuso el apellido Meir para que sonara más judío; que su éxito comenzó después de haber sido embajadora en Moscú durante la época de Stalin; que fumaba al menos sesenta cigarrillos al día; que se alimentaba principalmente de café; que su jornada laboral duraba dieciocho horas y que, como primera ministra, ganaba la miserable suma de 240.000 liras al mes.

No voy a buscar el secreto de su leyenda. La entrevista que sigue lo explica por sí misma. La compuse siguiendo la cronología de nuestros encuentros y traduciéndola del inglés: la lengua que quizá conocía mejor y en la que conversamos.

 

Naturalmente, la policía nunca llegó a resolver el misterio del robo de aquellas cintas. O, si lo resolvió, tuvo buen cuidado de no informarme. Pero apareció por sí solo un indicio que pronto se convirtió en algo más que un indicio. Vale la pena contarlo, también para ofrecer otra idea de cómo actúan los poderosos.

Casi al mismo tiempo que había solicitado una entrevista con Golda Meir, había pedido otra a Gadafi. Este, a través de un alto funcionario del Ministerio de Información libio, me había hecho saber que la concedería.

Pero, de repente, unos días después del robo de las cintas, convocó a un periodista de un semanario que competía con L’Europeo. El periodista se precipitó a Trípoli y, casualmente, Gadafi le regaló unas declaraciones que sonaban como respuestas a lo que me había dicho Meir.

El pobre periodista ignoraba, naturalmente, ese detalle. Pero yo, naturalmente, me di cuenta.

Y planteé una pregunta más que legítima: ¿cómo era posible que el señor Gadafi respondiera a algo que nunca se había publicado y que nadie, excepto yo, conocía? ¿Había escuchado el señor Gadafi mis cintas? ¿Incluso había ordenado que me las robaran?

Y enseguida mi memoria registró un detalle que no había olvidado.

Al día siguiente del robo me había convertido improvisadamente en detective y, sin hacer ruido, había ido a rebuscar en el cubo de la basura donde se acumulaban los desperdicios de la planta del hotel en que había ocurrido el incidente. Allí, aunque en el hotel juraban que ningún árabe había bajado durante los últimos días, había descubierto un papelito escrito en árabe.

Naturalmente, lo había entregado a la policía política junto con mis interrogantes.

Eso es todo.

Y Gadafi nunca me concedió la entrevista prometida. Nunca me convocó a Trípoli para disipar la sospecha infamante que todavía hoy me siento autorizada a albergar sobre él.

Por lo demás, si la prensa italiana le interesa tanto y tiene la desfachatez de pedir el despido de un periodista en Turín, ¿por qué no habría tenido también el descaro de ordenar que me robaran las cintas en un hotel de Roma?

La entrevista

GOLDA MEIR: Buenos días, querida, buenos días. Estaba mirando su libro sobre la guerra. Y me preguntaba si las mujeres reaccionan realmente ante la guerra de una manera diferente a los hombres… Yo digo que no.

Durante estos últimos años, y también durante la guerra de desgaste, muchas veces me he encontrado en la necesidad de tomar determinadas decisiones: por ejemplo, enviar a nuestros soldados a lugares de los que no regresarían, o comprometerlos en operaciones que costarían la vida a quién sabe cuántas personas de ambos bandos. Y sufría… sufría. Sin embargo, daba esas órdenes como las habría dado un hombre. Es más, ahora que lo pienso, no estoy nada segura de haber sufrido más de lo que habría sufrido un hombre. Entre mis colegas varones he visto a algunos abrumados por una tristeza mucho más profunda que la mía. ¡Y eso que la mía no era pequeña! Pero no influía, no, no influía en mis decisiones…

La guerra es una estupidez inmensa. Estoy convencida de que algún día todas las guerras terminarán. Estoy convencida de que llegará un día en que los niños estudiarán en la escuela la historia de los hombres que hacían la guerra como se estudia un absurdo. Se asombrarán, se escandalizarán, como hoy se escandalizan ante el canibalismo. También el canibalismo fue aceptado durante mucho tiempo como algo normal. Y, sin embargo, hoy, al menos físicamente, ya no se practica.

ORIANA FALLACI: Señora Meir, me alegra que haya abordado primero este asunto, porque precisamente por ahí quería comenzar. Señora Meir, ¿cuándo llegará la paz a Oriente Medio? ¿Llegaremos a verla durante nuestra vida?

GM: Usted sí, creo. Tal vez… Yo, desde luego, no. Creo que la guerra en Oriente Medio durará todavía muchos, muchos años. Y le diré por qué: por la indiferencia con que los dirigentes árabes envían a su propia gente a morir, por la poca importancia que conceden a la vida humana y por la incapacidad de los pueblos árabes para rebelarse y decir basta.

¿Recuerda cuando Kruschev denunció los crímenes de Stalin durante el XX Congreso del Partido Comunista? Una voz se levantó desde el fondo de la sala y dijo: «Camarada Kruschev, ¿y dónde estabas tú?». Kruschev buscó un rostro entre la multitud, no lo encontró y preguntó: «¿Quién ha hablado?». Nadie respondió. «¿Quién ha hablado?», volvió a preguntar Kruschev. Y nuevamente nadie contestó. Entonces Kruschev exclamó: «Camarada, yo estaba donde tú estás ahora».

Bien, el pueblo árabe está exactamente donde estaba Kruschev, donde estaba aquel que lo reprendía sin tener el valor de mostrar su rostro.

A la paz con los árabes solo se podría llegar mediante una evolución de esos pueblos que incluyera la democracia. Pero, mire donde mire, no encuentro el menor rastro de democracia. Solo veo regímenes dictatoriales. Y un dictador no tiene que rendir cuentas a su pueblo por una paz que no consigue. Ni siquiera tiene que rendir cuentas por los muertos. ¿Quién ha sabido alguna vez cuántos soldados egipcios murieron en las dos últimas guerras? Solo sus madres, sus hermanas, sus esposas y sus familiares, que nunca los vieron regresar. A los dirigentes ni siquiera les preocupa saber dónde están enterrados, si es que están enterrados. Nosotros, en cambio…

OF: ¿Ustedes, en cambio…?

GM: Mire estos cinco volúmenes. Reúnen la fotografía y la biografía de cada soldado y de cada mujer soldado que murió en la guerra. Cada muerte, para nosotros, es una tragedia.

No nos gusta hacer la guerra, ni siquiera cuando la ganamos. Después de la última guerra no hubo alegría en nuestras calles. No hubo bailes, ni canciones, ni fiestas. Y tendría que haber visto a nuestros soldados cuando regresaban victoriosos. Cada uno de ellos era el retrato de la tristeza. No solo porque habían visto morir a sus hermanos, sino porque habían tenido que matar a sus enemigos. Muchos se encerraban en sus habitaciones y ya no hablaban. O abrían la boca únicamente para repetir, como una letanía: «Tuve que disparar. He matado».

Exactamente lo contrario de los árabes.

Después de la guerra ofrecimos a los egipcios un intercambio de prisioneros: setenta de los suyos por diez de los nuestros. Respondieron: «Pero los suyos son oficiales y los nuestros son fellahin. ¡Imposible!». Fellahin, campesinos. Temo…

OF: ¿Teme que la guerra entre Israel y los árabes pueda estallar nuevamente?

GM: Sí. Es posible, sí. Porque, verá, muchos dicen que los árabes están dispuestos a firmar un acuerdo con nosotros. Pero, en estos regímenes dictatoriales, ¿quién nos asegura que ese acuerdo tendrá algún valor?

Supongamos que Sadat firma y después es asesinado. O simplemente eliminado. ¿Quién nos dice que su sucesor respetará el acuerdo firmado por Sadat? ¿Acaso se respetó el armisticio que todos los países árabes habían firmado con nosotros? A pesar de aquel armisticio, nunca hubo paz en nuestras fronteras y hoy seguimos esperando que nos ataquen.

OF: Pero hoy se habla de un acuerdo, señora Meir. También habla de él Sadat. ¿No es más fácil negociar con Sadat de lo que era negociar con Nasser?

GM: De ninguna manera. Es exactamente lo mismo. Por la sencilla razón de que Sadat no quiere negociar con nosotros. Yo estoy más que dispuesta a negociar con él. Lo digo desde hace años: «Sentémonos a una mesa y veamos cómo arreglamos las cosas, Sadat». Pero él, nada. No está en absoluto dispuesto a sentarse a una mesa conmigo.

Continúa hablando de la diferencia que existe entre un acuerdo y un tratado. Dice que está dispuesto a un acuerdo, pero no a un tratado de paz. Porque un tratado de paz significaría reconocer a Israel y establecer relaciones diplomáticas con Israel. ¿Me explico?

A lo que alude Sadat no es a un acuerdo definitivo que establezca el fin de la guerra: es una especie de alto el fuego. Además, se niega a negociar directamente con nosotros. Quiere negociar a través de intermediarios. ¡No podemos hablar a través de intermediarios! ¡Es absurdo, no sirve para nada!

También en 1949, en Rodas, después de la guerra de Independencia, firmamos un acuerdo con los egipcios, los jordanos, los sirios y los libaneses. Pero lo hicimos a través de intermediarios, por medio del doctor Bunche, que en nombre de las Naciones Unidas se reunía unas veces con un grupo y otras con otro… Un resultado magnífico, desde luego.

OF: ¿Y el hecho de que Hussein hable de paz? ¿Tampoco significa nada positivo?

GM: Hace poco dije cosas amables sobre Hussein. Lo felicité por haber hablado públicamente de la paz. Diré algo más: creo en Hussein. Estoy convencida de que ya se ha dado cuenta de lo inútil que sería para él embarcarse en otra guerra.

Hussein comprendió que cometió un error tremendo en 1967, cuando entró en guerra contra nosotros y no tuvo en cuenta el mensaje que Eshkol le había enviado: «No entre en guerra y no le sucederá nada». Comprendió que fue una estupidez trágica escuchar a Nasser y sus mentiras sobre el bombardeo de Tel Aviv.

Así que ahora quiere la paz. Pero la quiere bajo sus condiciones. Exige la orilla occidental del Jordán, es decir, Cisjordania; exige Jerusalén e invoca la resolución de las Naciones Unidas…

Nosotros ya aceptamos una vez la resolución de las Naciones Unidas. Fue cuando nos pidieron que dividiéramos Jerusalén. Para nuestros corazones aquello representó una herida profunda y, sin embargo, aceptamos. Las consecuencias son conocidas. ¿Fuimos acaso nosotros quienes atacamos al ejército jordano? ¡No! ¡Fue el ejército jordano el que entró en Jerusalén!

Los árabes son realmente extraños: pierden las guerras y después pretenden sacar provecho de ellas. Pero, vamos a ver, ¿ganamos o no ganamos la guerra de los Seis Días? ¿Tenemos o no tenemos derecho a establecer nuestras condiciones?

¿Desde cuándo, en la historia, quien ataca y pierde tiene derecho a imponer exigencias a quien vence? No hacen más que decirnos: devuelvan esto, devuelvan aquello, renuncien a esto, renuncien a lo otro…

OF: ¿Renunciarán alguna vez a Jerusalén, señora Meir?

GM: No. Jamás. No. Jerusalén, no. Jerusalén, nunca. Es inadmisible. Jerusalén está fuera de toda discusión. Ni siquiera aceptamos discutir sobre Jerusalén.

OF: ¿Podrían renunciar a la orilla occidental del Jordán, a Cisjordania?

GM: Sobre este punto existen diferencias de opinión en Israel. Por lo tanto, es posible que estemos dispuestos a negociar sobre Cisjordania.

Voy a explicarme mejor. Considero que la mayoría de los israelíes nunca pediría al Parlamento que renunciara por completo a Cisjordania. Sin embargo, si llegáramos a negociar con Hussein, la mayoría de los israelíes estaría dispuesta a devolver una parte de Cisjordania. He dicho una parte, que quede claro.

Por ahora, el Gobierno no ha decidido ni sí ni no. Yo tampoco. ¿Por qué tendríamos que pelearnos entre nosotros antes de que el jefe de un Estado árabe se declare dispuesto a sentarse a una mesa con nosotros?

Personalmente, pienso que, si Hussein se decidiera a negociar con nosotros, podríamos devolverle una parte de Cisjordania. Ya fuera después de una decisión del Gobierno o del Parlamento, o mediante un referéndum. Desde luego, podríamos convocar un referéndum sobre este asunto.

OF: ¿Y Gaza? ¿Renunciarían a Gaza, señora Meir?

GM: Yo digo que Gaza debe, debería formar parte de Israel. Sí, esa es mi opinión. Mejor dicho, la nuestra.

Sin embargo, cuando se trata de negociar, no les pido a Hussein o a Sadat que estén de acuerdo conmigo en ningún punto. Digo: «En mi opinión, en nuestra opinión, Gaza debe seguir perteneciendo a Israel. Sé que ustedes piensan de otra manera. Muy bien, sentémonos a una mesa y comencemos a negociar».

¿Está claro? No es en absoluto indispensable que estemos de acuerdo antes de las negociaciones. Precisamente se negocia para llegar a un acuerdo.

Cuando afirmo que Jerusalén nunca será dividida, que Jerusalén seguirá formando parte de Israel, no pretendo que Hussein o Sadat dejen de mencionar Jerusalén. Tampoco pretendo que no mencionen Gaza. Pueden mencionar lo que quieran cuando llegue el momento de negociar.

OF: ¿Y los Altos del Golán?

GM: Más o menos es lo mismo. Los sirios querrían que nosotros abandonáramos los Altos del Golán para poder dispararnos desde allí como lo hacían antes. No hace falta decir que ni siquiera lo contemplamos, que nunca abandonaremos la meseta.

Sin embargo, también estamos dispuestos a negociar con los sirios. Bajo nuestras condiciones. Y nuestras condiciones consisten en establecer una frontera entre Siria e Israel que determine nuestra presencia en la meseta.

En otras palabras, hoy los sirios se encuentran exactamente donde debería fijarse la frontera. En eso no cederemos, creo. Porque solo si permanecen donde están hoy podrán dejar de dispararnos como lo han hecho durante diecinueve años.

OF: ¿Y el Sinaí?

GM: Nunca hemos dicho que queramos todo el Sinaí o la mayor parte del Sinaí. No queremos todo el Sinaí. Queremos el control de Sharm el-Sheij y una parte del desierto, digamos una franja de desierto que conecte Israel con Sharm el-Sheij.

¿Está claro? ¿Tengo que repetirlo? No queremos la mayor parte del Sinaí. Tal vez ni siquiera queremos la mitad del Sinaí.

Porque no nos interesa en absoluto estar asentados en el canal de Suez. Somos los primeros en comprender que el canal de Suez es demasiado importante para los egipcios, que para ellos representa incluso una cuestión de prestigio. También sabemos que el canal de Suez no es necesario para nuestra defensa. Desde ahora nos declaramos dispuestos a renunciar a él.

Pero no renunciaremos a Sharm el-Sheij ni a una franja de desierto que nos conecte con Sharm el-Sheij. Porque queremos que nuestros barcos puedan entrar y salir de Sharm el-Sheij. Porque no queremos volver a encontrarnos en las condiciones en que estuvimos la última vez, cuando renunciamos a Sharm el-Sheij. Porque no queremos correr el riesgo de despertarnos otra mañana con el Sinaí lleno de tropas egipcias.

Sobre estas bases, y solamente sobre estas bases, estamos dispuestos a negociar con los egipcios. Me parecen bases bastante razonables.

OF: Entonces es evidente que nunca volverán a las antiguas fronteras.

GM: Nunca. Y cuando digo nunca no es porque pretendamos anexionarnos nuevos territorios, sino porque queremos garantizar nuestra defensa, nuestra supervivencia.

Si existe la posibilidad de alcanzar aquella paz de la que usted hablaba al comienzo, este es el único camino. Nunca habría paz si los sirios regresaran a los Altos del Golán, si los egipcios recuperaran todo el Sinaí o si restableciéramos con Hussein las fronteras de 1967.

En 1967, la distancia entre Netanya y el mar era de apenas diez millas, es decir, quince kilómetros. Si le regalamos a Hussein la posibilidad de volver a cruzar esos quince kilómetros, Israel corre el riesgo de quedar partido en dos y…

Nos acusan de expansionismo, pero créame, el expansionismo no nos interesa. Lo único que nos interesa son nuevas fronteras.

Y escuche: estos árabes quieren volver a las fronteras de 1967. Si aquellas fronteras eran justas, ¿por qué las destruyeron?

OF: Señora Meir, hasta ahora hemos hablado de acuerdos, negociaciones y tratados. Pero, después del alto el fuego de 1967, la guerra en Oriente Medio ha adquirido un rostro nuevo: el rostro del terror, del terrorismo. ¿Qué piensa de esta guerra y de los hombres que la llevan adelante? De Arafat, por ejemplo, de Habash, de los dirigentes de Septiembre Negro.

GM: Pienso, sencillamente, que no son hombres. Ni siquiera los considero seres humanos, y lo peor que se puede decir de un hombre es que no es un ser humano. Es como decir que es un animal, ¿no?

Pero ¿cómo puede usted llamar «guerra» a lo que hacen? ¿No recuerda la frase de Habash cuando hizo estallar un autobús lleno de niños israelíes? «Lo mejor es matar a los israelíes cuando todavía son niños».

Vamos, aquello no es una guerra. Ni siquiera es un movimiento revolucionario, porque un movimiento que solo quiere matar no puede llamarse revolucionario.

Escuche: a comienzos de este siglo, en Rusia, dentro del movimiento revolucionario que había surgido para derrocar al zar, existía un partido que consideraba el terror como único instrumento de lucha.

Un día enviaron a un hombre de ese partido con una bomba a la esquina de una calle por la que debía pasar el carruaje de un alto funcionario del zar. A la hora prevista, el carruaje pasó. Pero el funcionario no viajaba solo: lo acompañaban su esposa y sus hijos.

¿Qué hizo entonces aquel verdadero revolucionario? No arrojó la bomba. Dejó que le estallara en la mano y murió despedazado.

Escuche, también nosotros tuvimos nuestros grupos terroristas durante la guerra de Independencia: el Stern y el Irgún. Yo me oponía a ellos, siempre me opuse. Sin embargo, ninguno de ellos llegó a cometer las infamias que los árabes cometen contra nosotros. Ninguno colocó bombas en supermercados ni dinamita en autobuses llenos de niños. Ninguno provocó tragedias como las de Múnich o Lod.

OF: ¿Y cómo combatir ese terrorismo, señora Meir? ¿Cree realmente que bombardear las aldeas libanesas sirve para algo?

GM: Hasta cierto punto, sí. Desde luego. Porque en esas aldeas están los fedayines. Los propios libaneses dicen: «Hay ciertas zonas que son territorio de Al Fatah». Por lo tanto, algunas zonas deben ser limpiadas.

Deberían ser los libaneses quienes se encargaran de limpiarlas. Los libaneses afirman que no pueden hacer nada. Pues bien, Hussein también decía eso cuando los fedayines estaban acampados en Jordania. Incluso nuestros amigos estadounidenses lo decían: «No es que Hussein no quiera expulsarlos, es que no tiene la fuerza suficiente para hacerlo».

Sin embargo, en septiembre de 1970, cuando Amán estuvo en peligro, cuando su palacio estuvo en peligro y él mismo se encontró amenazado, Hussein descubrió que sí podía hacer algo. Y acabó con ellos.

Si los libaneses siguen sin hacer nada, nosotros respondemos: «Muy bien. Comprendemos sus dificultades. Ustedes no pueden. Pero nosotros sí podemos. Y, para demostrárselo, bombardeamos las zonas donde se encuentran los fedayines».

Quizá más que cualquier otro país árabe, Líbano ofrece refugio a los terroristas. Los japoneses que cometieron la matanza de Lod habían partido de Líbano. Las muchachas que intentaron secuestrar el avión de Sabena en Tel Aviv habían recibido entrenamiento en Líbano. Los campos de entrenamiento están en Líbano.

¿Debemos acaso quedarnos de brazos cruzados, rezando a los dioses y murmurando «esperemos-que-no-suceda»?

No sirve de nada rezar. Hay que contraatacar. Con todos los medios posibles, incluidos aquellos que a nosotros no nos gustarían.

Por supuesto que preferiríamos combatirlos en campo abierto. Pero, dado que eso no es posible…

OF: Señora Meir, ¿estaría dispuesta a hablar con Arafat o Habash?

GM: ¡Jamás! ¡Con ellos no! ¡Nunca! ¿Qué se puede discutir con gente que ni siquiera tiene el valor de arriesgar su propia vida y entrega los explosivos a otra persona?

Como aquellos dos árabes de Roma, por ejemplo. Los que entregaron el tocadiscos con la bomba a aquellas dos estúpidas muchachas inglesas.

Escuche: nosotros queremos alcanzar la paz con los Estados árabes, con los gobiernos responsables de los Estados árabes, cualquiera que sea su régimen, porque su régimen no nos concierne. Pero con gente como Habash, Arafat o Septiembre Negro no hay nada que hablar. Las personas con las que debemos conversar son otras.

OF: ¿Se refiere a nosotros, los europeos, señora Meir?

GM: Exactamente. Es necesario que los europeos, y no solamente ellos, decidan impedir esta guerra, como usted la llama.

Hasta ahora ha habido demasiada tolerancia por parte de ustedes. Una tolerancia que, permítame decirlo, tiene sus raíces en un antisemitismo que todavía no se ha extinguido.

Pero el antisemitismo nunca termina únicamente con el sufrimiento de los judíos. La historia ha demostrado que el antisemitismo siempre ha anunciado desgracias para todos. Se empieza atormentando a los judíos y se termina atormentando a cualquiera.

Un ejemplo sencillo: el primer avión que fue secuestrado. Era un avión de El Al, ¿lo recuerda? Lo desviaron hacia Argelia. Pues bien, algunos expresaron su pesar, otros se mostraron felices, y ningún piloto tuvo la ocurrencia de declarar: «Yo no vuelvo a volar a Argelia».

Si lo hubiera dicho, si lo hubieran dicho, hoy no existiría la pesadilla de la piratería aérea.

Pero nadie reaccionó y hoy la piratería aérea se ha convertido en una costumbre de nuestro tiempo. Cualquier loco puede secuestrar un avión para satisfacer su propia locura; cualquier delincuente puede secuestrar un avión para extorsionar y obtener dinero. Ya no hacen falta motivos políticos.

Pero volvamos a Europa y al hecho de que las centrales del terrorismo se encuentran en territorio europeo. En todas las capitales europeas existen oficinas de los llamados movimientos de liberación, y ustedes saben perfectamente que no son oficinas inofensivas.

Sin embargo, no hacen nada contra ellas. Se arrepentirán. Debido a su inercia y a su complacencia, el terror se multiplicará y ustedes también pagarán las consecuencias.

¿Acaso los alemanes no las han pagado ya?

OF: Es cierto, usted fue muy dura con los alemanes después de la liberación de los tres árabes.

GM: ¡Oh, tiene que comprender lo que significó para nosotros la tragedia de Múnich! El hecho mismo de que ocurriera en Alemania…

Quiero decir que la Alemania de la posguerra no es la Alemania nazi. Conozco a Willy Brandt, siempre me encuentro con él en las conferencias socialistas. Una vez estuvo aquí, cuando era alcalde de Berlín, y sé muy bien que luchó contra los nazis.

Ni por un momento pensé que hubiera liberado a aquellos árabes con gusto. Pero Alemania…

Verá, nunca he conseguido poner un pie en Alemania. Voy a Austria y no consigo entrar en Alemania…

Para nosotros, los judíos, las relaciones con Alemania representan un conflicto tan profundo entre la cabeza y el corazón…

No me haga decir estas cosas: soy primera ministra y tengo ciertas responsabilidades.

En fin, terminaré diciendo que mi severidad de juicio era inevitable. Las declaraciones que hicieron los alemanes fueron un insulto añadido a la herida, a la ofensa. Después de todo, se trataba de árabes que habían participado en el asesinato de once israelíes indefensos y que ahora intentarían matar a otros.

OF: Señora Meir, ¿sabe cuál es la opinión de muchos? Que el terrorismo árabe existe y seguirá existiendo mientras haya refugiados palestinos.

GM: No es verdad, porque el terrorismo se ha convertido en una especie de internacional maligna: una enfermedad que afecta a personas que no tienen nada que ver con los refugiados palestinos.

Considere el ejemplo de los japoneses que cometieron la matanza de Lod. ¿Acaso los israelíes ocupan territorios japoneses?

En cuanto a los refugiados, escuche: dondequiera que estalla una guerra hay refugiados. Los refugiados palestinos no son los únicos refugiados del mundo. También están los pakistaníes, los hindúes, los turcos, los alemanes.

¡Por Dios! Existían millones de refugiados alemanes a lo largo de la frontera polaca, un territorio que ahora pertenece a Polonia. Y, sin embargo, Alemania asumió la responsabilidad por aquellas personas, que eran su propia gente.

¿Y los sudetes? Nadie piensa que los sudetes deban regresar a Checoslovaquia. Ellos mismos saben que nunca volverán. Durante los diez años que frecuenté las Naciones Unidas, nunca oí hablar de los sudetes expulsados de Checoslovaquia.

¿Cómo es posible que todo el mundo se conmueva únicamente por los palestinos?

OF: Pero el caso de los palestinos es diferente, señora Meir, porque…

GM: Desde luego que lo es. ¿Sabe por qué? Porque cuando hay una guerra y la gente huye, normalmente escapa hacia países donde se habla otra lengua y se practica otra religión.

Los palestinos, en cambio, huyeron hacia países donde se hablaba su misma lengua y se practicaba su misma religión. Huyeron a Siria, Líbano y Jordania, donde nadie hizo nunca nada para ayudarlos.

En cuanto a Egipto, los egipcios que ocuparon Gaza ni siquiera permitieron trabajar a los palestinos y los mantuvieron en la miseria para utilizarlos como un arma contra nosotros.

Siempre ha sido esa la política de los países árabes: utilizar a los refugiados como un arma contra nosotros.

Hammarskjöld había propuesto un plan de desarrollo para Oriente Medio, y ese plan contemplaba, ante todo, el reasentamiento de los refugiados palestinos. Pero los países árabes respondieron que no.

OF: Señora Meir, ¿no siente al menos un poco de compasión por ellos?

GM: Por supuesto que la siento. Pero la compasión no es responsabilidad, y la responsabilidad hacia los palestinos no es nuestra: es de los árabes.

Nosotros, en Israel, hemos acogido aproximadamente a un millón cuatrocientos mil judíos árabes procedentes de Irak, Yemen, Egipto, Siria y países del norte de África, como Marruecos. Eran personas que llegaban aquí llenas de enfermedades y que no sabían hacer prácticamente nada.

Entre los setenta mil judíos que llegaron de Yemen, por ejemplo, no había un solo médico ni una sola enfermera, y casi todos padecían tuberculosis. Sin embargo, los recibimos, construimos hospitales para ellos, los curamos, los educamos, los instalamos en viviendas limpias y los convertimos en agricultores, médicos, ingenieros y profesores…

Entre los ciento cincuenta mil judíos que llegaron de Irak había un grupo muy pequeño de intelectuales. Y, sin embargo, hoy sus hijos asisten a las universidades.

Por supuesto, tenemos problemas con ellos; no todo es color de rosa. Pero el hecho sigue siendo que los aceptamos y los ayudamos. Los árabes, en cambio, nunca hacen nada por su propia gente. Simplemente se sirven de ella.

OF: Señora Meir, ¿y si Israel permitiera que los refugiados palestinos regresaran?

GM: Imposible. Durante veinte años han sido alimentados con odio hacia nosotros: ya no pueden regresar a nuestro lado. Sus niños no nacieron aquí, nacieron en los campos, y todo lo que saben es que hay que matar a los israelíes, destruir Israel.

Hemos encontrado libros de aritmética en las escuelas de Gaza que planteaban problemas como este: «Tienes cinco israelíes. Matas a tres. ¿Cuántos israelíes quedan por matar?».

Cuando se enseñan semejantes cosas a criaturas de siete u ocho años, toda esperanza desaparece.

¡Sería terrible que para ellos no existiera otra solución que regresar aquí! Pero esa solución existe. Lo demostraron los jordanos cuando les concedieron la ciudadanía y los llamaron a construir un país llamado Jordania.

Sí, lo que hicieron Abdullah y Hussein es mucho mejor que lo que hicieron los egipcios. ¿Pero sabe usted que, durante los años buenos, en Jordania hubo palestinos que ocuparon los cargos de primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores? ¿Sabe que, después de la partición de 1922, Jordania tenía solamente trescientos mil beduinos y que los refugiados palestinos constituían la mayoría?

¿Por qué no aceptaron Jordania como su país? ¿Por qué…?

OF: Porque no se consideran jordanos, señora Meir. Porque dicen que son palestinos y que su hogar está en Palestina, no en Jordania.

GM: Entonces tenemos que ponernos de acuerdo sobre la palabra Palestina.

Hay que recordar que, cuando Inglaterra asumió el mandato sobre Palestina, Palestina era el territorio comprendido entre el Mediterráneo y las fronteras de Irak. Esa Palestina abarcaba ambas orillas del Jordán. Incluso el alto comisionado que la gobernaba era el mismo.

Después, en 1922, Churchill realizó la partición y el territorio situado al este del Jordán se convirtió en Cisjordania, mientras que el territorio situado al oeste del Jordán pasó a llamarse Transjordania. Dos nombres para la misma gente.

Abdullah, el abuelo de Hussein, recibió Transjordania y posteriormente también se apoderó de Cisjordania, pero, repito, siempre se trató de la misma gente. De la misma Palestina.

Antes de acabar con Israel, Arafat debería acabar con Hussein. Pero Arafat es tan ignorante que ni siquiera sabe que, al final de la Primera Guerra Mundial, lo que hoy es Israel no se llamaba Palestina, sino Siria del Sur.

Y, además… ¡en fin! Si tenemos que hablar de refugiados, le recuerdo que durante siglos los judíos fueron los refugiados por excelencia. Dispersos por países donde no se hablaba su lengua, no se practicaba su religión y no se conocían sus costumbres… Rusia, Checoslovaquia, Polonia, Alemania, Francia, Italia, Inglaterra, Arabia, África…

Encerrados en guetos, perseguidos, exterminados. Y, sin embargo, sobrevivieron, nunca dejaron de ser un pueblo y volvieron a reunirse para fundar una nación…

OF: Pero eso es precisamente lo que quieren los palestinos, señora Meir: formar una nación. Por eso algunos dicen que deberían tener su propio Estado en Cisjordania.

GM: Escuche, ya le he explicado que al este y al oeste del Jordán vive la misma gente. Ya le he explicado que antes se llamaban palestinos y después se llamaron jordanos.

Si ahora quieren llamarse palestinos o jordanos, a mí no me importa absolutamente nada. No es asunto mío.

Pero sí es asunto mío que entre Israel y lo que hoy se llama Jordania no se cree otro Estado árabe.

En el territorio comprendido entre el Mediterráneo y las fronteras de Irak solo hay espacio para dos países, dos Estados: uno árabe y otro judío.

Si firmamos el tratado de paz con Hussein y establecemos las fronteras con Jordania, lo que ocurra al otro lado de esa frontera no tendrá nada que ver con Israel.

Los palestinos podrán arreglárselas con Hussein como quieran, podrán llamar a ese Estado como les parezca y darle el régimen que deseen.

Lo importante es que no nazca un tercer Estado árabe entre nosotros y Jordania. No lo queremos. No podemos permitirlo. Porque sería utilizado como un cuchillo contra nosotros.

OF: Señora Meir, quisiera abordar otro asunto. Y es el siguiente: cuando se tiene un sueño, ese sueño se alimenta de utopía. Y cuando el sueño se hace realidad, se descubre que… la utopía es una utopía. ¿Está usted contenta con lo que Israel es hoy?

GM: Soy una mujer sincera. Le responderé sinceramente.

Como socialista, no: no puedo decir que Israel sea lo que soñaba. Pero como socialista judía, que siempre ha dado mucha importancia al componente judío de su socialismo, bueno: Israel es más de lo que soñaba.

Ahora me explicaré. La realización del sionismo es, para mí, parte del socialismo. Sé que otros socialistas no estarán de acuerdo conmigo, pero yo pienso así.

No soy objetiva en este asunto y creo que existen un par de grandes injusticias en el mundo: la que oprime a los negros africanos y la que oprime a los judíos. Y pienso que ambas injusticias solo pueden corregirse mediante un principio socialista.

Hacer justicia al pueblo judío ha sido el objetivo de mi vida y… vayamos al grano: hace cuarenta o cincuenta años yo no esperaba en absoluto que los judíos llegaran a tener un Estado soberano.

Ese Estado existe ahora. Por lo tanto, no me parece legítimo preocuparse demasiado por sus defectos y sus culpas. Tenemos un suelo donde apoyar los pies, donde realizar nuestros ideales socialistas, que antes estaban suspendidos en el aire.

Eso ya es mucho.

Por supuesto, si hago un examen de conciencia despiadado…

OF: ¿Qué es lo que no le gusta de Israel? ¿Qué la ha decepcionado?

GM: Oh… Creo que ninguno de nosotros, los soñadores, se dio cuenta al principio de las dificultades que terminarían apareciendo.

Por ejemplo, no habíamos previsto el problema de reunir a judíos que habían crecido en países tan diferentes y que habían permanecido separados entre sí durante tantos siglos.

Llegaron judíos de todo el mundo, tal como queríamos. Sí. Pero cada grupo tenía su propia lengua, su propia cultura, y conseguir integrarlos con los demás resultó mucho más difícil de lo que habíamos imaginado en teoría. No es sencillo formar un pueblo homogéneo con gente tan diferente…

El choque era inevitable. Y me produjo sufrimientos y decepciones.

Además… quizá le pareceré tonta, ingenua, pero yo pensaba que en un Estado judío no existirían los males que afectan a las demás sociedades: los robos, los asesinatos, la prostitución…

Lo pensaba porque habíamos comenzado bien. Hace quince años, en Israel apenas había robos, no había asesinatos, no había prostitución.

Ahora, en cambio, tenemos de todo, de todo…

Y es algo que duele en el corazón. Duele más que descubrir que todavía no hemos conseguido construir una sociedad más justa, más igualitaria.

OF: Señora Meir, ¿sigue creyendo en el socialismo como creía hace cuarenta años?

GM: En esencia, sí. La idea fundamental sigue siendo la misma. Pero, para ser honestos, hay que mirar las cosas con realismo. Hay que admitir que existe una gran diferencia entre la ideología socialista y el socialismo puesto a prueba en la práctica.

Todos los partidos socialistas que han llegado al Gobierno y han asumido las responsabilidades de un país han tenido que hacer concesiones.

Y no solo eso: desde que los socialistas están en el poder en distintos países, el socialismo internacional se ha debilitado.

Una cosa era practicar el socialismo internacional cuando yo era joven, es decir, cuando ningún partido socialista estaba en el poder, y otra muy distinta es hacerlo ahora.

El sueño que yo tenía, el sueño de un mundo justo y unido por el socialismo, se ha venido abajo.

Los intereses nacionales han prevalecido sobre los intereses internacionales. Los socialistas suecos han resultado ser, ante todo, suecos; los socialistas ingleses, ante todo, ingleses; los socialistas judíos, ante todo, judíos…

Comencé a comprenderlo durante la guerra de España. En muchos países había socialistas en el poder. Sin embargo, no movieron un dedo por los socialistas españoles.

OF: Pero ¿de qué socialismo habla, señora Meir? Quiero decir: ¿está de acuerdo con Nenni cuando afirma que ha llegado a preferir el socialismo sueco?

GM: ¡Por supuesto!

Porque, verá, uno puede tener todos los sueños que quiera, pero cuando sueña no está despierto. Y cuando despierta descubre que el sueño tiene muy poco que ver con la realidad.

Ser libre, poder decir lo que uno piensa, es algo tan indispensable…

La Rusia soviética no es pobre, no es ignorante y, sin embargo, allí el pueblo no se atreve a hablar. Y los privilegios siguen existiendo…

En las Naciones Unidas nunca he percibido una diferencia entre los ministros de Asuntos Exteriores de los países socialistas y los ministros de Asuntos Exteriores de los países reaccionarios.

Hace un año, absteniéndose de votar, permitieron incluso que prosperara una resolución que nos calificaba de criminales de guerra.

Y se lo dije a mis colegas socialistas cuando me encontré con ellos en la Conferencia de Viena: «Tu país se ha abstenido de votar. Entonces, ¿yo sería una criminal de guerra?».

Pero usted hablaba de Pietro Nenni…

Nenni es otra cosa. No pertenece a un capítulo aparte de la historia del socialismo. Nenni es uno de los mejores seres humanos que existen hoy en el mundo.

Porque es tan honesto, porque hay en él tanta rectitud, tanta humanidad, tanto valor para defender sus convicciones…

Lo admiro como a nadie. Estoy orgullosa de poder llamarlo amigo mío. Y… ¡por supuesto que en materia de socialismo pienso como él!

OF: Señora Meir, ¿sabe qué me preguntaba mientras la escuchaba? Me preguntaba si tantas amarguras no la han conducido al cinismo o, al menos, al desencanto.

GM: ¡Oh, no! ¡No soy en absoluto cínica! He perdido las ilusiones, eso es todo.

Por ejemplo, hace cuarenta o cincuenta años creía que un socialista era siempre una persona decente, incapaz de mentir. Ahora sé que un socialista es un ser humano como los demás, capaz de mentir como los demás y de comportarse deshonestamente como los demás.

Eso es triste, naturalmente, pero no basta para perder la confianza en el ser humano. No basta para concluir que el hombre es fundamentalmente malo.

¡No, no!

Mire, cuando conozco a alguien siempre pienso que se trata de una persona decente y sigo pensándolo hasta que tengo pruebas de lo contrario. Y si tengo esas pruebas, tampoco digo que esa persona sea mala. Digo: se ha comportado mal conmigo.

En definitiva, no soy desconfiada. Nunca espero lo peor de la gente.

Y… no sé si definirme como optimista. A mi edad, el optimismo es un lujo excesivo.

Pero hay algo: durante mi larga vida he visto mucho mal, sí. En compensación, también he visto mucho bien. Muchísimo.

Y si repaso mentalmente a las numerosas personas que he conocido, créame: son muy pocas aquellas a las que podría juzgar de manera completamente negativa.

OF: ¿Es usted religiosa, señora Meir?

GM: ¡No! ¡Oh, no! Nunca lo he sido. Ni siquiera cuando era una niña.

No, esta actitud mía no procede de una fe religiosa. Procede de mi confianza instintiva en los seres humanos, de mi amor obstinado por la humanidad.

La religión… Verá, mi familia era tradicional, pero no religiosa. Solo mi abuelo era religioso, pero con él hay que remontarse mucho en el tiempo, a los días en que vivíamos en Rusia.

En Estados Unidos, mire… hablábamos hebreo entre nosotros, observábamos las festividades, pero íbamos al templo muy pocas veces. Yo solo iba en Año Nuevo, para acompañar a mi madre y encontrarle un asiento.

La única vez que seguí las oraciones en una sinagoga fue en Moscú.

¿Y sabe qué le digo? Si me hubiera quedado en Rusia, me habría convertido en una mujer religiosa. Tal vez.

OF: ¿Por qué?

GM: Porque la sinagoga, en Rusia, es el único lugar donde los judíos pueden expresarse.

En 1948, cuando mi Gobierno me envió a Moscú como jefa de misión, escuche lo que hice. Antes de partir, reuní a las personas que viajaban conmigo y les dije:

«Lleven todos los libros de oraciones, los mantos de oración, los gorros, absolutamente todo. Estoy segura de que a los judíos solo los encontraremos en la sinagoga».

Y así ocurrió.

Naturalmente, el primer sábado nadie sabía que yo iría a la sinagoga y encontré allí apenas a doscientas personas, o poco más.

Pero para el Rosh Hashaná, es decir, el Año Nuevo judío, y para el Yom Kipur, el Día del Perdón, acudieron miles.

Permanecí en la sinagoga desde la mañana hasta la noche y, cuando el rabino entonó la última frase de la oración del perdón, aquella que dice «Leshaná habaá b’Yerushalayim», el próximo año en Jerusalén, toda la sinagoga pareció estremecerse.

Y yo, que soy una mujer emotiva, recé. De verdad.

Comprenda: no era como encontrarse en Buenos Aires o en Nueva York y decir «el próximo año en Jerusalén». Desde Buenos Aires o Nueva York uno toma un avión y va.

Allí, en Moscú, aquella invocación adquiría un significado especial.

Y mientras rezaba dije: «Dios, haz que suceda de verdad. Si no el próximo año, dentro de algunos años».

¿Que Dios existe y me ha escuchado? Está sucediendo de verdad.

OF: Señora Meir, ¿no siente ningún vínculo sentimental con Rusia?

GM: No, ninguno.

Muchos de mis amigos que abandonaron Rusia siendo adultos dicen que se sienten vinculados a ese país: a sus paisajes, a su literatura, a su música.

Pero yo no tuve tiempo de apreciar esas cosas. Era demasiado pequeña cuando abandoné Rusia, tenía apenas ocho años, y de Rusia solo conservo malos recuerdos.

No, no me llevé de Rusia ni un solo momento de alegría. Todos mis recuerdos hasta los ocho años son recuerdos trágicos.

La pesadilla de los pogromos, la brutalidad de los cosacos que cargaban contra los jóvenes socialistas, el miedo, los gritos… Ese es el equipaje que reuní en Rusia y me llevé a Estados Unidos.

¿Sabe cuál es el primer recuerdo de mi vida? El de mi padre clavando tablas en las puertas y las ventanas para impedir que los cosacos entraran en nuestra casa y nos mataran.

¡Oh, el ruido del martillo clavando los clavos en las tablas de madera! ¡Oh, el ruido de los cascos de los caballos cuando los cosacos avanzaban por nuestra calle!

OF: ¿Cuántos años tenía, señora Meir?

GM: Cinco o seis años. Pero lo recuerdo todo con una viveza extraordinaria.

Vivíamos en Kiev y el día en que mi padre abandonó la ciudad para irse a Estados Unidos…

Éramos muy pobres, ni siquiera teníamos qué comer, y él pensaba viajar a América durante uno o dos años, reunir algo de dinero y regresar.

A comienzos del siglo XX, para los judíos Estados Unidos era una especie de banco al que se iba a recoger los dólares que estaban esparcidos por las aceras y del que se regresaba con los bolsillos llenos.

Así que mi padre abandonó Kiev. Pero Kiev era una ciudad prohibida para los judíos que no tenían trabajo, como mi padre, que era artesano. Y cuando él se marchó, nosotros también tuvimos que irnos.

Fuimos a Pinsk: mi madre, mis dos hermanas y yo. Era 1903.

Permanecimos en Pinsk hasta 1905, cuando la brutalidad del régimen zarista alcanzó su punto culminante.

La Constitución de 1905 fue, en realidad, una sucia mentira: un truco para concentrar a los socialistas y arrestarlos con mayor facilidad.

Mi hermana mayor, que me llevaba nueve años, pertenecía al movimiento socialista. Debido a sus actividades políticas permanecía fuera de casa hasta altas horas de la noche, y mi madre se volvía loca de preocupación porque nuestra casa estaba junto a una comisaría de policía adonde llevaban a los jóvenes socialistas detenidos.

Y… los golpeaban hasta matarlos. ¡Todas las noches se oían aquellos gritos!

Mi madre siempre creía reconocer la voz de mi hermana:

«¡Es ella! ¡Es ella!».

¡Qué felices fuimos cuando mi padre nos escribió para que nos reuniéramos con él en Estados Unidos, porque allí se vivía bien!

OF: Usted siente un gran apego por Estados Unidos, ¿verdad?

GM: Sí. Y no solo porque crecí allí, porque estudié allí y viví allí hasta casi los veinte años.

Es porque… bueno, porque en Estados Unidos perdí el terror de Pinsk y de Kiev.

¿Cómo explicarle la diferencia que existe, para mí, entre Estados Unidos y Rusia?

Mire: cuando llegamos, yo tenía poco más de ocho años, mi hermana mayor tenía diecisiete y mi hermana menor cuatro años y medio.

Mi padre trabajaba y formaba parte de los sindicatos. Estaba muy orgulloso de sus sindicatos y, dos meses después, con motivo del Día del Trabajo, le dijo a mi madre:

«Hoy hay un desfile. Si vienen a tal esquina, me verán marchar con mis compañeros del sindicato».

Mi madre nos llevó y, mientras esperábamos el desfile, aparecieron los policías montados a caballo para abrirle paso. ¿Me entiende?

Pero mi hermanita de cuatro años y medio no podía saberlo y, cuando vio a los policías a caballo, comenzó a temblar y después a gritar:

«¡Los cosacos! ¡Los cosacos!».

Tuvimos que llevárnosla, sin darle a mi padre la satisfacción de vernos mientras desfilaba con sus compañeros del sindicato. Mi hermana permaneció en cama durante días, con fiebre alta, repitiendo:

«¡Los cosacos! ¡Los cosacos!».

En fin, mire: la América que yo conocí es un lugar donde los hombres a caballo protegen una manifestación de trabajadores. La Rusia que yo conocí es un lugar donde los hombres a caballo masacran a los jóvenes socialistas y a los judíos.

OF: No es exactamente así, señora Meir, pero, en fin…

GM: ¡Oh, escuche! Estados Unidos es un gran país. Tiene muchas culpas, muchas desigualdades sociales, y es una tragedia que el problema de los negros no se haya resuelto hace cincuenta o cien años. Pero sigue siendo un gran país, un país lleno de oportunidades y de libertad.

¿Le parece poca cosa poder decir lo que uno quiera, escribir lo que uno quiera, incluso contra el Gobierno y el establishment?

Quizá no soy objetiva, pero siento una gratitud inmensa hacia Estados Unidos. Le tengo mucho cariño a Estados Unidos. ¿De acuerdo?

OF: De acuerdo. Hemos llegado, finalmente, al personaje de Golda Meir. Hablemos entonces de la mujer a la que Ben Gurion definió como «el hombre más capaz de mi Gobierno».

GM: Esa es una de las leyendas que han florecido a mi alrededor. También es una leyenda que siempre he considerado irritante, aunque los hombres la utilicen como un gran cumplido.

¿Lo es? No lo creo.

Porque, en el fondo, ¿qué significa? Que ser hombre es mejor que ser mujer. Un principio con el que no estoy en absoluto de acuerdo.

Así que esto es lo que me gustaría responder a quien me hace semejante cumplido: ¿y si Ben Gurion hubiera dicho «los hombres de mi Gobierno son tan capaces como una mujer»?

¡Los hombres siempre se sienten tan superiores!

Nunca olvidaré lo que ocurrió en un congreso de mi partido, en los años treinta, en Nueva York.

Pronuncié un discurso y entre las personas que me escuchaban había un amigo mío, escritor. Una persona decente, un hombre de gran sensibilidad y cultura.

Cuando terminé, se acercó a mí y exclamó:

«¡Bravo! ¡Has pronunciado un discurso maravilloso! ¡Y pensar que eres solamente una mujer!».

Lo dijo exactamente así, de una manera tan espontánea, tan instintiva.

Menos mal que ante ciertas cosas reacciono con sentido del humor…

OF: Eso les gustará a las mujeres del Movimiento de Liberación Femenina, señora Meir.

GM: ¿Se refiere a esas locas que queman sujetadores, andan por ahí desaliñadas y odian a los hombres?

Están locas. Locas.

¿Cómo se puede aceptar a semejantes locas, para quienes quedarse embarazada es una desgracia y traer hijos al mundo es una calamidad? ¡Pero si es el mayor privilegio que tenemos las mujeres sobre los hombres!

El feminismo…

Escuche: entré en política durante la Primera Guerra Mundial, cuando tenía dieciséis o diecisiete años, y nunca he pertenecido a una organización femenina.

Cuando me afilié al laborismo sionista, encontré solamente a dos mujeres. El noventa por ciento de mis compañeros eran hombres.

He vivido y trabajado entre hombres durante toda mi vida y, sin embargo, el hecho de ser mujer nunca, repito, nunca, me ha supuesto un obstáculo. Nunca me ha provocado incomodidad ni un complejo de inferioridad.

Los hombres siempre han sido buenos conmigo.

OF: ¿Está diciendo que los prefiere a las mujeres?

GM: No. Estoy diciendo que nunca he sufrido por culpa de los hombres por el hecho de ser mujer.

Estoy diciendo que los hombres nunca me han dispensado un trato especial, pero tampoco me han puesto obstáculos en el camino.

Naturalmente, he tenido suerte y, naturalmente, no todas las mujeres han vivido la misma experiencia que yo. Pero, sea como sea, mi caso personal no demuestra que esas mujeres locas tengan razón.

Hay un único punto en el que estoy de acuerdo con ellas: para tener éxito, una mujer debe ser mucho mejor que un hombre. Tanto si se dedica a una profesión como si se dedica a la política.

En nuestro Parlamento hay pocas mujeres, y eso me molesta mucho. Y esas pocas mujeres, se lo aseguro, no son en absoluto menos capaces que los hombres. A menudo, incluso, son mucho más capaces.

Por eso resulta ridículo que todavía existan tantas reservas y tantas injusticias hacia las mujeres; que, por ejemplo, cuando se prepara una lista electoral, se elijan exclusivamente nombres de hombres.

Pero ¿es toda la culpa de los hombres? ¿No será, al menos en parte, también culpa de las mujeres?

OF: Señora Meir, acaba de decir que una mujer, para tener éxito, debe ser mucho mejor que un hombre. ¿No significa eso que ser mujer es más difícil que ser hombre?

GM: Sí, por supuesto. Más difícil, más agotador, más doloroso.

Pero no necesariamente por culpa de los hombres. Diría que por razones biológicas.

Porque quien da a luz es la mujer. Quien cría a los hijos es la mujer.

Y cuando una mujer no quiere limitarse a dar a luz y criar hijos… cuando también quiere trabajar, ser alguien…

Bueno, es duro. Muy duro.

Lo sé por experiencia propia.

Estás en el trabajo y piensas en los hijos que has dejado en casa. Estás en casa y piensas en el trabajo que no estás haciendo.

Se desencadena una lucha tan grande dentro de ti que el corazón se te hace pedazos.

A menos que vivas en un kibutz, donde la vida está organizada de manera que puedas trabajar y tener hijos.

Fuera del kibutz todo es correr, dividirte, angustiarte y…

En fin, es inevitable que eso repercuta en la estructura de la familia. Especialmente si tu marido no es un animal social como tú y se siente incómodo con una esposa activa, con una esposa a la que no le basta con ser esposa…

Se produce el choque. Y quizá ese choque destruye la unión.

Como me ocurrió a mí.

Sí, he pagado por ser como soy. He pagado mucho.

OF: ¿En qué sentido, señora Meir?

GM: En el sentido… del dolor.

Porque, verá, sé que mis hijos sufrieron mucho por mi culpa cuando eran pequeños. Los dejé solos tantas veces…

Nunca estuve con ellos cuando debería haber estado y cuando habría querido estar.

¡Oh, recuerdo lo felices que eran mis niños cada vez que no iba a trabajar porque me dolía la cabeza! Saltaban, reían, cantaban:

«¡Mamá se queda en casa! ¡Mamá tiene dolor de cabeza!».

Tengo un enorme sentimiento de culpa hacia Sarah y Menahem, incluso hoy, cuando ya son adultos y tienen sus propios hijos.

Y, sin embargo… sin embargo, debo ser honesta y preguntarme: «Golda, ¿te arrepientes completamente de haberte comportado con ellos como lo hiciste?».

No. No completamente.

Porque, a través del sufrimiento, les di una vida más interesante, menos banal que la vida normal.

Quiero decir que no crecieron en un ambiente familiar cerrado. Conocieron a personas importantes, asistieron a conversaciones profundas, participaron en acontecimientos importantes.

Y si usted habla con ellos se lo confirmarán. Le dirán:

«Sí, mamá nos descuidó demasiado, nos hizo sufrir con sus ausencias, su política y sus distracciones, pero no conseguimos guardarle rencor porque, siendo como era, nos dio mucho más que otra madre».

¡Si supiera el orgullo que sentí aquel día en que…!

En 1948, cuando combatíamos a los ingleses, yo escribía octavillas que los jóvenes del movimiento pegaban durante la noche en las paredes.

Mi hija ignoraba que era yo quien escribía aquellas octavillas y un día me dijo:

«Mamá, esta noche regresaré tarde. Y quizá no regrese».

«¿Por qué?», le pregunté alarmada.

«No puedo explicártelo, mamá».

Después se marchó con un paquete bajo el brazo.

Nadie mejor que yo podía saber lo que había en aquel paquete, y pegar octavillas durante la noche era muy peligroso.

Permanecí despierta hasta el amanecer esperando a Sarah, maldiciéndome y temiendo que le sucediera algo.

Y, al mismo tiempo, ¡sentía tanto orgullo por ella!

OF: Señora Meir, ¿ese sentimiento de culpa que experimenta hacia sus hijos lo sintió también hacia su marido?

GM: No hablemos de eso… No quiero hablar de ello… Nunca hablo de ello…

Está bien. Intentémoslo.

Verá, mi marido era una persona extraordinariamente decente. Culto, amable, bueno. Todo en él era bueno.

Pero también era una persona a la que solo le interesaban la familia, la casa, la música y los libros.

Era sensible a los problemas sociales, sí, pero frente a la casa y a la unidad familiar incluso esos problemas perdían importancia.

Yo era demasiado diferente de él. Siempre lo había sido.

La felicidad doméstica no me bastaba. ¡Necesitaba hacer lo que hacía!

Renunciar a ello me habría parecido un acto de cobardía, una deshonestidad conmigo misma. Me habría condenado a permanecer en la insatisfacción, en la tristeza…

Conocí a mi marido cuando apenas tenía quince años. Me casé pronto y de él aprendí todas las cosas hermosas: la música, la poesía.

Pero yo no había nacido para conformarme con la música y la poesía, y…

Él quería que me quedara en casa y abandonara la política. En cambio, yo siempre estaba fuera, siempre metida en la política y…

Por supuesto que también siento culpa hacia él. También lo hice sufrir mucho.

Vino a Israel porque yo quería venir a Israel. Se instaló en el kibutz porque yo quería vivir en el kibutz. Afrontó una vida que no era adecuada para él porque era la vida de la que yo no podía prescindir.

Fue una tragedia. Una tragedia inmensa.

Porque, repito, él era una criatura maravillosa y con una mujer distinta de mí podría haber sido muy feliz.

OF: ¿Nunca hizo algún esfuerzo para adaptarse a él, para complacerlo?

GM: Por él hice el mayor sacrificio de mi vida: abandoné el kibutz.

Verá, no hay nada que haya amado tanto como el kibutz. Me gustaba todo del kibutz: el trabajo manual, la camaradería, las dificultades.

El nuestro estaba en el valle de Jezreel y, al principio, no ofrecía más que pantanos y arena. Pero pronto se convirtió en un jardín lleno de naranjos y de frutos. Solo contemplarlo me producía tanta alegría que habría podido pasar allí toda mi vida.

Él, en cambio, no podía soportarlo, ni psicológica ni físicamente.

No conseguía comer en la mesa común con los demás. No podía soportar aquellos trabajos pesados. No podía tolerar aquel clima ni sentirse parte de una comunidad.

Era demasiado individualista, demasiado introvertido, demasiado delicado.

Se enfermó y… tuvimos que marcharnos, regresar a la ciudad, a Tel Aviv.

Es un dolor que todavía hoy me atraviesa como un alfiler.

Fue un verdadero drama para mí, pero lo soporté pensando que en la ciudad la familia sería más tranquila y estaría más unida.

No fue así.

En 1938 nos separamos. Después, en 1951, murió.

OF: ¿No estaba orgulloso de usted, al menos durante sus últimos años?

GM: No lo sé… No lo creo.

Ignoro qué pensaba durante sus últimos años y, además, era una persona tan reservada que nadie habría podido adivinarlo.

Su tragedia, de todos modos, no nacía de que no me comprendiera. Me comprendía perfectamente.

Nacía de comprenderme y, al mismo tiempo, darse cuenta de que no podía cambiarme.

Sabía, en definitiva, que yo no tenía otra opción, que debía ser lo que era.

Pero no lo aprobaba. Y quién sabe si no tenía razón.

OF: Pero usted nunca pensó en divorciarse, señora Meir. ¿Nunca pensó en volver a casarse cuando él murió?

GM: ¡Oh, no! ¡Jamás! ¡Una idea semejante nunca, nunca se me pasó por la cabeza!

¡Siempre he seguido considerándome casada con él!

Después de nuestra separación continuamos viéndonos. A veces venía a visitarme a mi despacho…

Quizá usted no ha comprendido algo importante: a pesar de que éramos tan diferentes y de que éramos incapaces de vivir juntos, siempre hubo amor entre nosotros.

El nuestro fue un gran amor: duró desde el día en que nos conocimos hasta el día en que él murió.

Y un amor semejante no se reemplaza.

OF: Señora Meir, ¿es verdad que usted es muy recatada? ¿Cómo decirlo…? ¿Muy puritana, obsesionada con la moralidad?

GM: Mire, como ya he dicho, siempre he vivido entre hombres. Y nunca, nunca, un hombre se ha permitido contar una historia obscena en mi presencia, dirigirme palabras o hacerme insinuaciones irrespetuosas.

¿Sabe por qué?

Porque siempre he dicho que, si me dan un vaso de agua, esa agua debe estar limpia. De lo contrario, no la bebo.

Soy así: me gustan las cosas limpias.

Un querido amigo mío me dijo una vez: «Golda, no seas tan rígida. No existen cosas morales e inmorales. Existen cosas bellas y cosas feas».

Supongo que tenía razón. Incluso supongo algo más: que una misma cosa puede ser bella y fea, porque a unos les parece bella y a otros les parece fea.

Sin embargo… no sé cómo explicarme…

Quizá de esta manera: el amor siempre es hermoso, pero el acto de amor con una prostituta es feo.

OF: También dicen que usted es muy dura, inflexible…

GM: ¿Yo, dura? ¡No!

Hay algunos puntos de la política en los que pueden considerarme dura. En efecto, no estoy dispuesta a transigir y lo afirmo de manera categórica.

Creo en Israel, no cedo en lo que respecta a Israel. Punto y final.

Sí, en ese sentido la palabra inflexible me viene bien.

Pero en todo lo demás, en mi vida privada, con la gente y con los problemas humanos… considerarme dura es una estupidez.

Soy la persona más sensible que tendrá ocasión de conocer.

No por casualidad muchos me acusan de hacer política con los sentimientos en lugar de hacerlo con el cerebro.

Y bien, ¿y si fuera así? No encuentro nada malo en ello. Al contrario.

Siempre he sentido lástima por las personas que tienen miedo de los sentimientos, de las emociones, que ocultan lo que sienten y no saben llorar con todo el corazón.

Porque quien no sabe llorar con todo el corazón tampoco sabe reír a carcajadas.

OF: ¿De verdad le sucede que llora?

GM: ¡Si me sucede! ¡Y mucho!

Sin embargo, si me pregunta: «Dime, Golda, en tu vida, ¿has reído más o has llorado?», le responderé: «Creo que he reído más de lo que he llorado».

Aparte de mis dramas familiares, he tenido una vida muy afortunada.

He conocido a personas maravillosas, he recibido la amistad de gente muy interesante, especialmente durante los cincuenta años que he pasado en Israel.

Siempre he caminado dentro de un círculo de gigantes del espíritu. Siempre he sido apreciada y querida.

¿Y qué más se le puede pedir a la fortuna?

Sería una verdadera ingrata si no supiera reír.

OF: No está nada mal para una mujer considerada el símbolo de Israel.

GM: ¿Yo, un símbolo? ¡Pero qué símbolo!

¿Me está tomando el pelo?

Usted no conoció a los grandes hombres que verdaderamente fueron el símbolo de Israel: los hombres que fundaron Israel y que me influyeron.

De ellos ya solo queda Ben Gurion y, se lo juro por mis hijos y mis nietos, nunca me he incluido en la categoría de los Ben Gurion y los Katzenelson.

¡No estoy loca!

He hecho lo que he hecho, de acuerdo. Pero excluyo que, si no hubiera hecho lo que hice, Israel habría sido diferente.

OF: Entonces, ¿por qué se dice que solo usted consigue mantener unido al país?

GM: ¡Historias!

Ahora le contaré algo que la convencerá.

Cuando Eshkol murió, en 1969, se realizó una encuesta para conocer el grado de popularidad de sus posibles sucesores.

¿Y sabe cuántas personas se pronunciaron a mi favor?

El uno por ciento. Quizá el uno y medio por ciento.

Está bien, había una crisis en mi partido y también me había perjudicado mi desempeño como ministra de Asuntos Exteriores. Pero ¡el uno, el uno y medio por ciento!

¿Y una mujer que hasta hace tres años era tan impopular sería hoy la persona que mantiene unido al país?

Créame, el país se mantiene unido por sí mismo. No necesita a una primera ministra llamada Golda Meir.

Si los jóvenes dijeran «basta de combatir, basta de hacer la guerra, rindámonos», ninguna Golda Meir podría hacer nada.

Si en los kibutz de Beth Shean hubieran dicho «basta de vivir bajo los cohetes de los fedayines, basta de dormir en los refugios, vámonos», ninguna Golda Meir habría podido hacer nada.

Por lo demás, Golda Meir llegó a dirigir el país por casualidad.

Eshkol había muerto, había que sustituirlo, y el partido pensó que yo podía hacerlo porque era aceptada por todas las corrientes. Nada más.

De hecho, ni siquiera quería aceptar el cargo. Había abandonado la política gubernamental, estaba cansada.

Pregúnteselo a mis nietos y a mis hijos.

OF: Señora Meir, no me venga a decir que no es consciente de su éxito.

GM: ¡Claro que lo soy!

No me afligen las manías de grandeza, pero tampoco me atormentan los complejos de inferioridad.

Cuando niego ser un símbolo y mantener unido al país, no estoy diciendo que sea un fracaso.

Quizá no siempre he sido perfecta, pero no considero haber fracasado en mi carrera: ni como ministra de Trabajo, ni como ministra de Asuntos Exteriores, ni como secretaria del partido, ni como jefa de Gobierno.

Es más, debo admitir que, a mi juicio, las mujeres pueden ser buenas gobernantes, buenas jefas de Estado.

Dios mío, quizá habría funcionado igual de bien si hubiera sido hombre… No lo sé, no puedo demostrarlo, nunca he sido hombre…

Pero pienso que las mujeres poseen, más que los hombres, una capacidad que resulta útil para este oficio. Es decir, la capacidad de ir directamente al fondo de las cosas, de agarrar al toro por los cuernos.

Las mujeres son más prácticas, más realistas. No se pierden en divagaciones como los hombres, que siempre dan vueltas alrededor del árbol para alcanzar el núcleo de la cuestión.

OF: Y, sin embargo, a veces habla como si no se gustara a sí misma. ¿Se gusta, señora Meir?

GM: ¿Qué persona sensata se gusta a sí misma?

Me conozco demasiado para gustarme. Sé demasiado bien que no soy la persona que quisiera ser.

Y, para explicarle cómo quisiera ser, le diré quién me gusta: mi hija.

Sarah es tan buena, tan inteligente, tan íntegra intelectualmente. Cuando cree en algo, cree en ello hasta el final. Cuando piensa algo, lo dice sin pelos en la lengua. Y nunca cede ante los demás, ante la mayoría.

Realmente no puedo decir lo mismo de mí.

Cuando una hace el trabajo que yo hago, siempre tiene que hacer concesiones. Nunca puede permitirse ser fiel a sus ideas al cien por ciento.

Naturalmente, hay un límite para las concesiones y no puedo decir que siempre ceda. Sin embargo, cedo bastante.

Y eso es malo.

Por eso también estoy deseando retirarme.

OF: ¿De verdad se retirará?

GM: Le doy mi palabra.

Escuche, en mayo del próximo año cumpliré setenta y cinco años. Soy vieja. Estoy agotada.

Mi salud es fundamentalmente buena, mi corazón funciona, pero no puedo continuar eternamente con esta locura.

¡Si supiera cuántas veces me digo: al diablo con todo, al diablo con todos, ya he hecho mi parte, que ahora los demás hagan la suya! ¡Basta, basta, basta!

Hay días en que haría las maletas y me marcharía sin avisar a nadie.

Si hasta hoy he permanecido aquí, si por ahora sigo aquí, es por deber y por ninguna otra razón.

¡No puedo tirarlo todo por la ventana!

Sí, muchos no creen que vaya a marcharme. Pero tendrán que creerlo. Incluso les doy la fecha: octubre de 1973.

En octubre de 1973 habrá elecciones. Una vez que terminen, good-bye.

OF: No lo creo. Y todo el mundo dice que cambiará de opinión porque es incapaz de estar sin hacer nada.

GM: Mire, hay otra cosa que la gente ignora de mí. Por naturaleza soy una mujer perezosa.

No soy una de esas personas que necesitan llenar cada minuto de su vida o, de lo contrario, enferman.

Me gusta no hacer nada, quizá sentada en un sillón, o entretenerme con pequeñas cosas que me divierten.

Limpiar la casa, planchar, cocinar…

Soy una excelente cocinera, una excelente ama de casa.

Mi madre decía: «¿Pero por qué quieres estudiar? ¡Si eres tan buena ama de casa!».

Y también me gusta dormir. ¡Oh, me gusta muchísimo!

Me gusta estar con la gente, conversar de cualquier cosa: ¡al diablo con las conversaciones serias, con los discursos políticos!

Me gusta ir al teatro. Me gusta ir al cine sin tener al guardaespaldas metido entre los pies.

¿Pero es posible que, cuando tengo ganas de ver una película, me manden detrás incluso a las reservas del ejército israelí?

¿Pero qué clase de vida es esta?

Hace años que no puedo hacer lo que quiero: ni dormir, ni conversar sobre tonterías, ni quedarme tranquilamente sin hacer nada.

Siempre atada a este papelito que enumera lo que tengo que hacer, lo que tengo que decir, cada media hora.

¡Ah! Y después está mi familia.

No quiero que mis nietos digan: «La abuela se portó mal con sus hijos y los descuidó; después se portó mal con nosotros y también nos descuidó».

Soy abuela. No me quedan muchos años de vida. Y esos años quiero pasarlos con mis nietos.

También quiero pasarlos con mis libros.

Tengo las estanterías llenas de libros que nunca he leído. A las dos de la madrugada, cuando me acuesto, tomo uno e intento leerlo, pero dos minutos después: ¡paf!, me quedo dormida y el libro se cae al suelo.

Por último, quiero ir al kibutz de Sarah cuando me apetezca. Una semana, un mes. No llegar corriendo el viernes por la noche y marcharme corriendo el sábado por la noche.

Tengo que ser yo la dueña del reloj, no el reloj el dueño de mí.

OF: Entonces, la vejez no le da miedo.

GM: No, nunca me ha asustado.

Cuando sé que puedo cambiar las cosas, me vuelvo activa como un ciclón. Y casi siempre consigo cambiarlas.

Pero cuando sé que no puedo hacer nada, me resigno.

Nunca olvidaré la primera vez que viajé en avión: en 1929, de Los Ángeles a Seattle. Por trabajo, naturalmente, ¡no por diversión!

Era un avión pequeño y, en el momento en que despegó, pensé: «¡Qué locura! ¿Por qué lo he hecho?».

Pero inmediatamente después me tranquilicé. ¿De qué habría servido asustarme?

Otra vez viajé en avión de Nueva York a Chicago, acompañada por un amigo, y estalló una tormenta terrible.

El avión saltaba, se sacudía, y mi amigo lloraba como un niño.

Entonces le dije: «Deja de llorar. ¿Por qué lloras? ¿De qué sirve?».

Querida, la vejez es como un avión que vuela en medio de una tormenta.

Una vez que estás dentro, ya no puedes hacer nada.

No se puede detener un avión, no se puede detener una tormenta, no se puede detener el tiempo.

Por lo tanto, lo mejor es tomárselo con calma, con sabiduría.

OF: ¿Es esa sabiduría la que a veces la hace tan severa con la juventud?

GM: Escúcheme: hay que estar loco para no darse cuenta de que las generaciones más jóvenes piensan de manera diferente y que eso es lo correcto.

Sería bastante triste que cada generación fuera una copia de la anterior. El mundo no avanzaría.

Acepto con alegría que los jóvenes sean diferentes de mí.

Lo que condeno en ellos es la presunción de decir: «Todo lo que ustedes han hecho está mal, así que nosotros lo haremos todo de nuevo desde el principio».

Bueno, si lo hicieran mejor, tampoco me parecería mal. Pero resulta que muchas veces no son mejores que nosotros, los viejos, y quizá incluso son peores.

¡El calendario no es la medida del bien y del mal!

Conozco jóvenes reaccionarios y egoístas, y viejos generosos y progresistas.

Y hay otra cosa que condeno en los jóvenes: la manía de copiar lo que viene de fuera.

Sus modas me ponen nerviosa.

¿Por qué esa música que no es música y que solo sirve para provocarte una migraña? ¿Por qué esos cabellos largos y esas ropas cortas?

Detesto las modas. Siempre las he detestado.

La moda es imposición, falta de libertad.

Alguien en París decide, no se sabe por qué, que las mujeres deben llevar minifalda, y ahí están todas con minifalda: piernas largas, piernas cortas, piernas delgadas, piernas gordas, piernas feas…

Mientras sean jóvenes, pase. Pero cuando tienen cincuenta años, entonces sí que me enfado.

¿Ha visto a esos hombres viejos que se dejan crecer en la nuca una mata de rizos?

OF: El hecho, señora Meir, es que la suya fue una generación heroica y la de hoy, en cambio…

GM: También lo es la de hoy. Como lo fue la generación de mis hijos.

Cuando veo a hombres de cuarenta y cinco o cincuenta años que llevan veinte o treinta años haciendo la guerra…

Pero ¿sabe qué le digo? La generación de los jóvenes de hoy también es una generación heroica. Al menos en Israel.

Cuando pienso que a los dieciocho años ya están haciendo el servicio militar y que aquí ser soldado no significa simplemente entrenarse…

Siento que el corazón me va a estallar.

Cuando voy a visitar a los estudiantes de secundaria y pienso que un capricho de Sadat puede arrancarlos de sus pupitres y enviarlos al frente, siento que se me cierra la garganta.

En el primer momento, a menudo soy impaciente con ellos. Discuto con ellos.

Pero cinco minutos después me digo: «Golda, dentro de un mes podrían estar en el frente. No seas impaciente con ellos. Deja que sean presumidos, arrogantes. Deja que lleven minifaldas y el pelo largo».

La semana pasada estuve en un kibutz del norte.

En el despacho estaban escandalizados. Decían: «¡Hacer un viaje semejante! ¡Tan agotador! ¡Está loca!».

Pero ¿sabe por qué fui?

Porque se casaba la nieta de uno de mis antiguos compañeros.

Y a aquel hombre, durante la guerra de los Seis Días, le habían matado a otros dos nietos.

OF: Señora Meir, ¿ha matado alguna vez a alguien?

GM: No…

Naturalmente, aprendí a disparar, pero nunca me ha ocurrido matar a alguien.

Lo digo sin sentir alivio: no existe ninguna diferencia entre matar y tomar decisiones que envían a otros a matar.

Es exactamente lo mismo. Y quizá sea peor.

OF: Señora Meir, ¿cómo contempla la muerte?

GM: Se lo diré inmediatamente: mi único miedo es vivir demasiado tiempo.

Verá, la vejez no es un pecado ni una alegría. Hay muchas cosas desagradables en la vejez: no poder subir corriendo las escaleras, no poder saltar…

Sin embargo, uno se acostumbra a ciertas cosas sin dificultad.

Se trata únicamente de problemas físicos, y los problemas físicos no son degradantes.

Lo que degrada es perder la lucidez mental, volverse senil.

La senilidad…

He conocido personas que murieron demasiado pronto y me hizo daño. También he conocido personas que murieron demasiado tarde y me hizo exactamente el mismo daño.

Escuche: para mí, presenciar el deterioro de una inteligencia brillante es un insulto.

No quiero que me ocurra ese insulto.

Quiero morir con la mente lúcida.

Sí, mi único miedo es vivir demasiado tiempo.

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