Paisá: Dean Martin

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Oriana Fallaci — Los Ángeles, septiembre-octubre de 1968

 

«Si tuviera que darle un alma y un rostro al italiano de América, es decir, al emigrante o al hijo de emigrantes, elegiría el alma y el rostro de Dino Crocetti, alias Dean Martin».

 

Es una noche de otoño en Beverly Hills, California. El hijo del barbero abruzzés está sentado con las piernas abiertas, hundido en un sillón de su espléndida villa, tratando de explicarme quién es Dino Crocetti, alias Dean Martin; es decir, él mismo. La villa tiene una piscina y una cancha de tenis; en el garaje hay cuatro automóviles; en el salón, un bar lo bastante grande como para abastecer a un hotel. Todo lo que se ve y se toca parece costar miles de dólares: las altas paredes de vidrio irrompible, a través de las cuales se contempla el parque; el equipo estereofónico y el televisor en color; las alfombras, en las que los tacones se hunden como en la arena; el ama de llaves, que dirige con gesto severo a una patrulla de seis sirvientes; la hermosa y elegante esposa.

Desde su sillón de cuero blanco, el hijo del barbero abruzzés acaricia todo aquello con ojos orgullosos. Ese lujo le importa más que los discos que vende por millones, que las películas para las que el público siempre hace cola, que su legendaria popularidad. En Europa todavía pensamos en él como el compañero de Jerry Lewis. Pero desde el día en que se separaron, Jerry Lewis no es más que un cómico que se repite a sí mismo y sobrevive gracias a los espectáculos de Las Vegas. Dean Martin, en cambio, es una especie de institución, como el chicle y las palomitas de maíz. Entre todos los hombres del espectáculo, hoy solo Frank Sinatra puede competir con Dean Martin. Pero Frank Sinatra es detestado por muchos, mientras que Dean Martin es querido por todos.

Para los estadounidenses, Dean Martin es algo más que un cantante o un actor: es el símbolo del ciudadano feliz al que le ha correspondido aquello que para ellos significa el paraíso en la tierra. Un cuerpo robusto, sin un gramo de grasa a los cincuenta y dos años; una cabeza llena de pelo, mientras sus contemporáneos son calvos; una familia feliz, con siete hijos y dos nietos; una cuenta bancaria capaz de hacer girar la cabeza; un éxito que no despierta envidia. No encuentras a nadie que hable mal de él. Incluso los defectos que le atribuyen son considerados virtudes: su fama de gran bebedor, gran jugador y gran mujeriego. Y no importa que, en realidad, beba poquísimo —el alcohol le hace daño por la úlcera—, que hace tiempo haya perdido la costumbre de jugar a la ruleta y a las cartas, y que nadie le conozca aventuras extraconyugales.

Dice Barbara Rush, la única mujer con la que consigue mantener una amistad:

—¿Sabes? Es la historia del latin lover que después se acuesta solo, o únicamente con su mujer. Las mujeres son para él algo suave y curvilíneo con lo que no vale la pena perder el tiempo. Una mirada y nada más. No las encuentra atractivas. Prefiere estar con los hombres, con quienes puede decir palabrotas y pelearse a golpes. No tienes idea de cuántas mujeres enamoradas de Dean he conocido. Pero él siempre se ha comportado con ellas con gran amabilidad, con mucho distanciamiento, incluso con cierta incomodidad.

El hijo del barbero abruzzés tiene unas manos feas, nudosas, cubiertas de cicatrices que se remontan a la época en que boxeaba. También tiene cicatrices en los labios, en la frente y en la nariz, que tuvo que hacerse arreglar porque se la habían aplastado a puñetazos. También debió reconstruirse algunos dientes por la misma razón. El inglés que habla es rudimentario, está lleno de errores. Nunca lo aprendió bien porque su verdadera lengua es el italiano. El italiano que recuerda es una tremenda mezcla de abruzzés y dialectos del sur, prácticamente incomprensible para quien no esté familiarizado con ellos. Sus gestos son tímidos, bruscos o demasiado ceremoniosos: gestos de campesino. La prudencia y la desconfianza lo guían, como a un campesino.

Y con esos gestos, esa manera de hablar y esas cicatrices, ahora está haciendo la anatomía de sí mismo: los días en que era muchacho en Steubenville, una pequeña ciudad de mineros, obreros de las acerías y casas de juego; los días en que iba a ver las películas de Bing Crosby para aprender a cantar, mientras trabajaba como empleado de una gasolinera, conductor, lavaplatos y crupier, oficio que sigue siendo su favorito. Los días en que estuvo casado con su primera mujer, que era una mala esposa, bebía como una esponja y no se preocupaba de los cuatro hijos que le había dado. Él, que era católico, no quería divorciarse, pero finalmente se divorció y obtuvo la custodia de los niños, a los que su segunda esposa añadió otros tres. Los días en que conoció a su segunda mujer, Jeannie, hace ya diecinueve años: ella era una muchacha hermosísima, educadísima y rica, casi un premio para él, que se sentía ignorante y vulgar. Los días en que fue el acompañante de Jerry Lewis y aquellos en que se rebeló contra él, se independizó y triunfó con la ayuda de Frank Sinatra, su mejor amigo.

Porque Frank Sinatra es un italiano de América, y la historia de Dino Crocetti, alias Dean Martin, es la historia de un italiano de América. Si tuviera que darle un alma y un rostro al italiano de América, es decir, al emigrante o al hijo del emigrante que creció en el gueto, con sus tradiciones, sus supersticiones, sus humillaciones, su rabia y su sueño de hacerse rico, elegiría el alma y el rostro de Dino Crocetti, alias Dean Martin, cuando está hundido en su sillón de cuero blanco y cuenta que golpea a cualquiera que lo llame dago, palla-unta o terrone: los insultos que todavía se utilizan aquí contra los pobres diablos que escaparon de Calabria, Sicilia y los Abruzos.

Su personaje refleja un estereotipo muy explotado y, sin embargo, tan verdadero: el hombre del pueblo que tiene los pies bien puestos en la tierra, pero el corazón romántico; que carece de curiosidad intelectual, pero posee una cabeza llena de sabiduría instintiva; que no respeta demasiado a las mujeres, pero siente una enorme devoción por su madre y su esposa; esencialmente perezoso, aunque trabajador y obstinado; secretamente cobarde, pero que, llegado el momento, demuestra ser bastante valiente. Ya sabes: el tipo que, cuando lo envían a la guerra, es capaz de combatir como un león y morir como un héroe, pero que, para evitar un final tan insensato, recurre a cualquier estratagema, incluso cortarse un dedo o pegarse un tiro en una pierna.

Dean Martin nunca fue a la guerra. Cuando era soldado y se dio cuenta de que estaban a punto de enviarlo al frente, no se sabe cómo ni por qué, sufrió una hernia terrible. Y se quedó en una enfermería del ejército de Estados Unidos.

Es extraordinario lo lentas que son las raíces para morir y cómo, a veces, nunca mueren. Haber nacido en Ohio no sirvió de nada para convertir a Dino Crocetti en un estadounidense. Tiene mucho más en común con Alberto Sordi que con Bing Crosby. Por ejemplo, no le interesa la política: a sus ojos, los políticos son todos unos embusteros. Compra el periódico únicamente para leer la página deportiva. Cuando blasfema, pasa revista a todos los mártires y santos, pero es religioso como un niño que acaba de hacer la primera comunión: está ciegamente convencido de que los buenos van al paraíso con los ángeles y los malos al infierno con los demonios. Refunfuña contra quienes están en el poder, pero acepta todas las autoridades constituidas: la Iglesia, el gobierno, la policía.

Utiliza todas las comodidades que le ha proporcionado el progreso, pero detesta la tecnología y los automatismos; los ascensores le producen terror. Conmovedor y, al mismo tiempo, irritante; simpático y, al mismo tiempo, mezquino, para él la felicidad consiste en evitar molestias y complicaciones, en salir adelante sin caer en la trampa de los refinamientos sociales o estéticos, en envejecer arrullado por la ausencia de problemas y por la estabilidad de un éxito que, a sus ojos, siempre seguirá siendo motivo de sorpresa. Puedes estar seguro de que a él no le dará un infarto como a Tyrone Power o a Clark Gable: él no se toma las cosas a pecho. Incluso el deporte que ama es un deporte no violento: le gusta el golf. Por eso no se entiende muy bien por qué esta América neurótica y ambiciosa lo ha elegido como su héroe.

 

 

A Dean le gustan las películas tontas

Quizá sea porque no lo ha comprendido. A este respecto, escucha lo que dice su esposa:

—Yo no conozco a Dean. Lo más importante que puedo decir sobre mi marido es que no lo conozco porque no lo entiendo. Hay algo inaprensible en él y, si intentas atraparlo, acabas cansándote y renunciando. Ni siquiera sé por qué se casó conmigo. Supongo que, con mi cabello rubio, le parecía el símbolo de algo que creía que nunca podría poseer. A menudo me irrita. Por ejemplo, esa tranquilidad suya, esa falta de curiosidad. Puede hablarte de algo, pero una cosa es hablar de ello y otra muy distinta estar verdaderamente interesado. A él solo le importa el golf: el golf es su único amor verdadero. Juega todas las mañanas, durante horas, desde hace años, y siempre con la misma gente: dos propietarios de casas y un hombre que vende automóviles. Nunca lee un libro ni un artículo de fondo. No hace más que mirar televisión, incluso en la cama. Y cuanto más tonta es la película, más le gusta. ¡Qué rabia! Además, en casa siempre quiere ser el dueño, siempre tiene que decidir él. La igualdad entre los sexos no existe para él. Pero ¿por qué lo quiero tanto? He intentado dejarlo un montón de veces y siempre he vuelto a él, con la cabeza gacha. Sabiendo perfectamente que aceptaba una derrota. Frente a su impenetrabilidad, me siento como un niño ante un hombre que sabe que lo admiran y que, de vez en cuando, se digna a darle una palmada en la nariz. ¿Será porque es italiano? ¿Pero los italianos son realmente así?

Responderle exigiría una larga explicación. Además, quien habla es Dino Crocetti. Y me parece que vale la pena escucharlo. Aunque él piense lo contrario.

 

«Me llaman terrone y yo les doy una paliza»

ORIANA FALLACI: De verdad, Dino, me produce una sensación extraña hablar con usted en inglés. Me parece una disonancia, una especie de broma.

DEAN MARTIN (en italiano): ¡Santos del paraíso! Pero si hasta los cinco años hablé solamente italiano. Después me puse a vagar por las aceras, luego fui a la escuela y aprendí inglés, y olvidé el italiano. Lo recordé cuando llegué a Los Ángeles, con mis amiguitos Frank Sinatra, Vic Damone y Nicky Conte, que también son italianos. Entre nosotros siempre hablábamos italiano para que no nos entendieran los demás. Pero, sobre todo, hablaba italiano con el padre de Frank. Como el padre de Frank era amigo de mi padre y entre ellos hablaban italiano, solamente italiano, se sentaban a conversar y yo me quedaba en medio. Pero mi lengua no es el italiano verdadero. Hablo dialecto, sobre todo dialecto abruzzés. ¿Entiendes?

Sí, sí. Pero quizá sea mejor volver al inglés.

DEAN MARTIN: De acuerdo. ¡Oh, muchacho! Tampoco es que hable muy bien el inglés. Cometo ciertos errores. Y después está la pronunciación, ya me entiendes, la pronunciación. Cuando Jerry Lewis y yo éramos una pareja famosa, siempre íbamos a fiestas. Bueno, en las fiestas todos creían que me daba muchos aires porque permanecía callado. Pero yo me quedaba callado para no hablar mal inglés. Uno mantiene la boca cerrada y evita hacer el ridículo. ¿Comprendes? No sé pronunciar these. Digo dese. Y no sé decir them: digo dem. O quizá sí sé pronunciar these y them, pero me cuesta. También me cuesta decir because en lugar de cause. Soy perezoso. Y tú dices cause y se ríen de ti, te llaman terrone. Cosas así. Pero espera un momento: antes se reían de mí. Ahora ya no. Porque desde que empecé a hablar mi inglés en televisión, mi inglés se ha puesto de moda. Ahora resulta elegante hablar como hablo yo. Dime si este no es un mundo de locos.

Sí, es verdad. Pero ¿usted se siente italiano o no, Dino?

DEAN MARTIN: ¡Oh, muchacho! Yo te diré hasta qué punto me siento italiano. Hace tres o cuatro años, Sinatra y yo fuimos a celebrar mi cumpleaños al Polo Lounge, ya sabes, ese lugar tan elegante que queda aquí cerca. Estábamos allí con otros seis, ocupándonos de nuestros asuntos y hablando un poco alto. Ya sabes cómo hablan siempre los italianos. Cuando salimos y llegamos a la puerta, dos tipos muy acicalados exclamaron: «Miren a esos dos italianos gritones». Tú no sabes lo que significa dago por aquí. Dago es peor que terrone, ¿entiendes? Así que ocurrió lo siguiente: Frank lanzó el primer puñetazo un segundo antes que yo. Después, los dos los estrellamos contra la pared y empezamos a repartir golpes. ¡Se armó un lío tremendo!

Llegaron los policías y nos preguntaron:

—¿Quién empezó?

Y nosotros:

—¡Qué sé yo! ¡Quién sabe!

Después nos escabullimos como si nada hubiera pasado. Pero les habíamos dado una buena paliza, ¡caramba!

Y aquella otra vez en que un grupo empezó a burlarse de mi padre porque hablaba en dialecto de Brooklyn, en lugar de inglés. Agarré a uno por el cuello y casi lo estrangulé. Le dije: «Te mato, ¿sabes? Te mato si te burlas de un hombre que no sabe inglés porque se ha pasado toda la vida trabajando como barbero por treinta dólares a la semana».

Mira, cuando sucede algo así, me lío a golpes y se acabó. Dondequiera que esté. Sabes, en el pasado me rechazaron y me maltrataron muchas veces por ser italiano. Pero cada vez que me maltrataban, les daba un puñetazo en la boca. Incluso si estaba en el escenario y alcanzaba a oír, con el rabillo de la oreja, a algún desgraciado que me llamaba dago, bola de grasa o algo parecido. Saltaba del escenario y aterrizaba en el patio de butacas, sobre la mesa del tipo, justo en el lugar de donde había salido el insulto. Esa es, precisamente, la razón por la que pasé muchísimo tiempo sin trabajar. Decían que yo era un italiano de sangre caliente.

Mira, el único que puede llamarme dago es Frank. Porque yo también lo llamo así a él. Con cualquier otro, hay golpes. Porque yo no voy por ahí llamando chino o judío a los demás. Entonces, ¿por qué tienen que llamarme dago a mí?

¿De verdad, Dino, ser italiano le ha causado tantas humillaciones?

DEAN MARTIN: ¡Oh, sí! Muchas veces, muchísimas. Y no te hagas ilusiones: todavía sucede hoy. Porque todo el mundo sabe que la Mafia es italiana, y esas cosas. Bueno, no quiero entrar en ese asunto, pero es verdad que la Mafia es italiana. Y cada vez que sucede algo malo aquí, se culpa a la Mafia, aunque la Mafia no tenga nada que ver. Y eso me enfurece. Porque estoy muy orgulloso de ser italiano, de verdad. Me gusta todo lo que significa ser italiano y, cuando pienso que soy italiano, no pienso en la Mafia: pienso en Cristóbal Colón. Después pienso en Miguel Ángel, en Marconi, en Toscanini y en toda esa gente que ha hecho tanto por Estados Unidos, ¡caramba! ¿Dónde encuentras un talento como el de los italianos? Piensa solamente en esto: el noventa por ciento de los cantantes de Estados Unidos son italianos. Ahí tienes a Tony Bennett, Frankie Avalon, Perry Como, Mario Lanza —que en paz descanse, pobrecito, ya murió—, Vic Damone, Frank Sinatra y yo. Porque nosotros cantamos con el corazón, ¿entiendes?, no con la garganta. Cualquiera puede cantar con la garganta.

Y mira: cuando me hablan de la Mafia, ni siquiera pienso en esas cosas. Pienso en mi padre, que llegó completamente solo desde los Abruzos hasta Steubenville, Ohio, para buscar a su hermano y una esperanza. Era un muchacho, tenía diecinueve años y ni siquiera sabía la dirección de su hermano. Lo encontró caminando por la calle. Lo reconoció y le dijo:

—¡Giuseppe! ¿Eres tú, Giuseppe?

Y Joe respondió:

—Sí, Gaetano. ¿Tú eres Gaetano?

Y mi padre dijo:

—Sí, Gaetano soy. Y tu hermano soy.

 

«Todos estaban convencidos de que acabaría siendo un gánster»

¿Quizá usted forma parte de la Liga contra la Difamación de los Italianos? ¿Es así?

DEAN MARTIN: ¡Oh, no! Frank quería que me incorporara, pero le dije: «No me interesan esas ligas, Frank». Yo no me meto en política como Frank. Para mí, escucha, la mejor defensa contra la difamación es mi padre. Porque, mira, quizá aquellos emigrantes italianos no eran gente refinada que después se ponía a trabajar como farmacéuticos o abogados, pero trabajaban duro. Y mi padre era uno de ellos. Trabajó mucho como barbero, hasta que pudo comprar su propia peluquería y después un instituto de belleza. Así, al final, pudo darnos una casa bonita, un automóvil, buena comida y buenas Navidades. Porque mi padre y yo nunca fuimos pobres. Y nunca lo fuimos porque mi padre tenía un coraje enorme.

Mi madre también lo tenía. Ella también era italiana, ¿qué te crees? Se llamaba Angela Barra. ¡Y vaya si tenía coraje! La habían internado en un convento cuando conoció a mi padre. Pero se enamoró de él, huyó del convento y, quince días después, se habían casado. Imagínate: él no sabía inglés y ella no sabía italiano, porque había nacido en New Cumberland, Virginia Occidental. Y, sin embargo, no se desanimaron por eso.

¿Sabes? Los perdí a los dos. Con seis meses de diferencia. A ella le apareció una enfermedad en los huesos y murió. Después murió él. Había empezado a tomar aquellas pastillas para no pensar que ella había muerto. El corazón le estalló. ¡Dios mío, qué dolor fue para mí! ¡Qué dolor! Porque yo no soy como esos estadounidenses que se desprenden de la familia y se van a vivir por su cuenta. Yo los tenía cerca. Les había comprado aquella hermosa casa en Inglewood, que está aquí a dos pasos. A ella le había comprado un abrigo de pieles y diamantes; a él le había regalado un automóvil y todo el dinero que quisiera.

Y uno llega a hacer todo eso, piensa que es hermoso permitirles envejecer rodeados de riqueza, con todos los diamantes, los automóviles y las casas que quieran. Y justo cuando consigue hacerlo, ellos se mueren. No es justo. Porque los quería. Siempre habían deseado lo que yo deseaba y…

¿Qué quería usted, Dino?

DEAN MARTIN: Algo sencillo: quería venir a California y hacer cine. Y sabía que lo conseguiría, ¿sabes? Mi madre también lo sabía. Porque cuando mis tías decían: «Tu hijo se convertirá en un gánster, tu hijo acabará en la silla eléctrica», mi madre respondía: «Mi hijo se convertirá en una estrella».

Así fue como sucedió. Cuando había una película de Bing Crosby en Steubenville, yo corría a verla una y otra vez, para aprender a cantar. Y así aprendí. Porque es verdad que no soy capaz de leer una nota musical. Aprendí a cantar de esa manera, escuchando a Bing Crosby. Frank Sinatra también aprendió así, y Perry Como. Todos empezamos imitándolo.

Cuando trabajaba como crupier en el casino de Steubenville, había un café que se llamaba Walker’s Café. Todas las noches, cuando terminaba mi trabajo en el casino, iba allí a cantar como Bing Crosby. En el fondo, fue culpa de Bing Crosby que dejara la escuela y empezara a trabajar en una gasolinera, y después como boxeador. ¿Entiendes?

¿Nunca se arrepintió, Dino, de haber dejado los estudios y haberse quedado sin instrucción?

DEAN MARTIN: No, nunca. Porque, a mi juicio, se aprende más en las aceras que detrás de un pupitre. Entiéndeme bien: no quiero decir con esto que los niños no deban ir a la escuela. Quiero decir que, en mi caso, fue bueno. Además, ¿por qué habría tenido que aprender geografía si me divertía mucho más boxeando? ¿Quieres ver las cicatrices?

Mira. Este corte en el labio. Y este corte en la ceja. Los dientes… ¡Si hubieras visto cómo tenía los dientes! Todos aplastados hacia dentro. Por eso tuve que recubrirlos. Y después la nariz. ¡Jesús! Estaba aplastada como un lenguado. Todo el mundo dice: «Se hizo una operación en la nariz». No es verdad. Me la enderecé, la devolví al lugar donde estaba antes de que empezara a boxear. Y después están los dedos. Mira. Me los rompí todos boxeando. ¡Jesús! No son unas manos bonitas, ¿verdad? Nunca las muestro porque me avergüenzan. Por lo demás, no hay nada bonito en mí. Quiero decir que no soy realmente guapo. Pero ya no me importa.

«Tengo un miedo terrible a los ascensores»

Dígame una cosa, Dino: si no hubiera conseguido convertirse en una estrella, en un cantante, en fin, en lo que es, ¿a qué se habría dedicado?

DEAN MARTIN: A lo que hacía antes: a ser crupier. ¿A qué otra cosa? Es mi verdadero oficio, el único en el que soy realmente bueno y también el que siempre me ha gustado más. Incluso más que el boxeo.

Porque, mira, Steubenville es una ciudad de fábricas y minas, pero cuando yo vivía allí la llamaban la Pequeña Reno. En cada esquina había un casino. Caminabas por la calle y veías las mesas de ruleta asomando a la acera. Al principio vendía cigarrillos en esos locales, pero después empecé a practicar con las cartas y esas cosas. Así que a los dieciséis años ya era crupier. Fue posible porque a los dieciséis años era alto y corpulento, y aparentaba veinte. Como mis padres estaban preocupados por lo que decían mis tías —lo de la silla eléctrica y todo eso—, les dije: «Escuchen, mamá, papá, no soy jugador, soy crupier. En otras palabras, trabajo». Y vinieron a verme. Se dieron cuenta de que era un buen crupier, porque nunca hacía trampas, no jugaba y…

Vamos, Dino, todo el mundo sabe que usted es un jugador empedernido.

DEAN MARTIN: ¡Oh, muchacho! Lo era. Porque sé jugar, ¿no? Y sé cómo evitar que te descubran, cómo impedir que te hagan trampas, aunque yo también sé hacerlas. Pero no hago trampas. Y gano mucho más de lo que pierdo.

Ahora escucha: la única manera de ganar cuando juegas es agarrar el dinero que has ganado, si has ganado, e irte a la cama. Nunca vuelvas a probar suerte cuando la suerte te ha sonreído. Nunca. Al final terminas perdiéndolo todo otra vez. Y si pierdes, tampoco insistas. Levántate y vete a la cama de todos modos. Quizá vuelvas al día siguiente. Yo siempre he hecho eso.

Porque es verdad que fui un jugador empedernido, pero ahora ya no lo soy. Lo dejé. Hace dos años. Así, de repente. Como se hace cuando uno quiere dejar de fumar. Entré en un casino de Las Vegas y, de pronto, me di cuenta de que jugar era tan perjudicial como fumar. Entonces firmé dos o tres autógrafos, di media vuelta y me marché. Además, yo jugaba para ganar dinero y ahora estoy nadando en dinero.

¿De verdad tiene tanto, Dino?

DEAN MARTIN: ¡Oh, muchacho! Me va bastante bien. Tengo mucho más que antes, cuando tenía poco. ¡Oh, muchacho! Piensa que apenas ganaba veinte mil liras a la semana cuando salí de Steubenville con aquella pequeña orquesta. Por la noche cantaba y durante el día tenía que trabajar en una gasolinera. Porque tenía dos niños que mantener. Después fueron tres. Y luego cuatro.

Cuando me trasladé a Nueva York tuve que trabajar también como taxista. Odio Nueva York porque fui muy infeliz allí, me sentí muy humillado. No volveré nunca. Si me obligan a ir, no me quedo a dormir: tomo el vuelo nocturno de regreso a Los Ángeles.

Además, Nueva York está llena de ascensores y yo tengo miedo a los ascensores. Un miedo terrible. Cada vez que subo a uno, me quedo encerrado. Una vez, en Cincinnati, Frank me dijo: «Vamos, ven, no va a pasar nada». Fui y pasó. Si no conseguía abrir la puerta con las manos, nos moríamos allí dentro, asfixiados. ¡Dios mío, los ascensores! Especialmente esos que no tienen un hombre que los maneje, ya sabes, los que funcionan apretando un botón y de pronto te encuentras encerrado dentro. Solo, como un perro.

El ascensor es un instrumento del demonio. Como la televisión, el automóvil y todas esas cosas. No sé cómo funcionan y no las entiendo, así que les tengo miedo. Y cuando tengo miedo me pongo a rezarle a Jesús. Eso me molesta, porque no está bien rezar solamente cuando uno lo necesita.

Usted es muy religioso, Dino, ¿verdad?

DEAN MARTIN: ¡Oh, muchacho! ¡Y tanto! ¡Oh, muchacho! Todas las noches, antes de acostarme, rezo mis oraciones. No recuerdo haberme ido a la cama una sola noche sin rezarlas. Y además llevo mi San Cristóbal colgado del cuello. Así, cuando tomo un avión, le doy un beso, me persigno y empiezo a rezarle a mi San Cristóbal.

Quiero decir que no me pongo de rodillas, pero rezo más que muchos de los que están arrodillados. Él existe. ¡Oh, no hay discusión posible: existe! Porque dime, cuando una señora tiene un niño, o mejor dicho, cuando un niño nace de una señora, ¿quién le ha hecho la nariz, la boca, los ojos, las orejas y todo lo demás? ¿La señora? No. Él. Y cuando la gente muere, ¿qué dice la gente? ¿A quién se encomienda? ¿A Rockefeller o a Ford? No, a Él. Él nos pone aquí y Él viene a buscarnos. ¿Entiendes? Soy católico. Y soy abruzzés. Por eso quiero a Jesús, a mi padre, a mi madre, a mis hijos y a mis amigos.

 

«Con Jerry Lewis interpretaba al idiota»

 

Hablemos un poco de esos amigos, Dino. Son muy importantes para usted, ¿verdad?

DEAN MARTIN: Tan importantes como mi padre, mi madre y mi religión. Tomemos a Frank, por ejemplo. ¡Caramba! ¿Quién me ayudó cuando rompí con Jerry Lewis y nadie quería saber nada de mí? Frank. Él me ayudó. Me ofreció aquel papel y todo lo demás. ¿Cómo podría olvidarlo? Yo no lo olvido.

Por eso, hace algún tiempo, Frank me llamó y me dijo: «Me duele la garganta. ¿Cómo voy a cantar esta noche?». «Está bien», le contesté, «voy enseguida». Tomé un avión y fui. Hice dos funciones en su lugar y después regresé a casa. Apenas había entrado cuando volvió a llamarme: «Dino, ayúdame, todavía me duele la garganta». «Está bien», le dije, «vuelvo». Tomé otro avión y regresé.

Ahora piensa en Monty. Quiero decir, Montgomery Clift, que en paz descanse, pobrecito, ya murió. Trabajé con él en Los jóvenes leones, ¿recuerdas? En aquella época nadie lo quería. Nadie quería comer con él, todos lo evitaban porque decían que estaba loco, que se drogaba y esas cosas. Así que siempre lo llevaba a comer conmigo o a tomar una copa. Y cuando tomaba demasiadas de aquellas pastillas, lo acostaba y esperaba a que se durmiera.

Era un hombre tan triste, tan triste. Parecía un niño infeliz, muy infeliz, y yo le tenía cariño. Lo mantenía a mi lado y le decía a la gente: «Si me quieren a mí, tienen que aceptarlo también a él». Yo respeto a los hombres. Eso es todo.

¿Y las mujeres, Dino?

DEAN MARTIN: ¡Oh, muchacho! Las mujeres están locas, locas, locas. No las entiendo. Nunca puedes confiar en ellas. Siempre quieren algo que no te dicen en ese momento y están constantemente contándote lo buenas y maravillosas que son. A mí me importa un comino saber lo buenas que son. Me encuentro mucho mejor con los hombres porque con ellos sé a qué atenerme. Puedo jugar a las cartas, decir palabrotas, discutir o quedarme callado. Con las mujeres, no.

¡Dios mío! Conozco a dos o tres mujeres aceptables, Ursula Andress, por ejemplo, y Barbara Rush, pero estoy mucho mejor con Frank, con Nicky, con Vic, con Tony y, en fin, con mis amiguitos italianos. ¿Entiendes?

¿Y con Jerry Lewis? Eran tan amigos y ahora parece que son enemigos. ¿Qué ocurrió entre usted y Jerry Lewis?

DEAN MARTIN: Ocurrió que no era un amigo. Eso es todo. Nunca lo fue. Yo siempre me he amargado la vida con Jerry. Empezaba a cantar una canción, la cámara me enfocaba y, enseguida, se desviaba hacia Jerry, que estaba haciendo guiños, muecas, tonterías y cosas por el estilo. Nunca conseguía terminar mi maldita canción.

Lo único que importaba era Jerry Lewis, Jerry Lewis. Yo era menos que su acompañante: era un extra. Y en todas las películas interpretaba el papel del idiota. Y, sabes, el dinero es importante, pero no lo es todo. ¿Tengo razón?

Un día volví a casa y dije: «Lo dejo todo». Los abogados me dijeron: «No puedes hacerlo». Y yo respondí: «Claro que puedo. Ya lo verán». Los abogados dijeron: «Estás loco». Y yo contesté: «Sí, pero me voy de todos modos».

Después vinieron días muy duros. Durante un año me pareció que me moría porque nadie me quería contratar. Y si mi amigo Frank no me hubiera dado aquel papel en esa película… Pero mi amigo Frank me lo dio y así, por fin, me convertí en actor.

Porque me divierto muchísimo actuando. Lo juro. No me cuesta ningún esfuerzo. Escucha, no entiendo a esos malditos actores que vuelven a casa por la noche y dicen: «¡Dios mío, qué cansado estoy! ¡Cuánto he trabajado!». ¿Trabajado en qué? ¿Eso es un trabajo? Hacen una escena y, si la hacen demasiado mal, la repiten. Después de la escena les ponen un sillón para que se sienten, como si hubieran levantado una piedra. Un minuto delante de la cámara y después el sillón. ¿Qué demonios de esfuerzo exige ser actor?

En las fundiciones de acero, ahí sí que cuesta trabajar. En las minas de carbón, ahí sí que cuesta. Incluso cuando pasas ocho horas de pie trabajando como crupier, cuesta. Mira, yo he tenido que esforzarme como boxeador, como empleado de una gasolinera, como conductor. Pero como actor, no. Es un oficio de holgazanes. Entre nosotros: nunca he entendido por qué demonios les pagan tanto. ¡Vaya uno a saber!

¿Otro trago?

No, gracias. Dígame una cosa, Dino: ¿es verdad que usted está siempre borracho?

DEAN MARTIN: Juro por el alma de mi padre y de mi madre, que en paz descansen, que no. Juro que este es mi primer trago; bueno, el segundo, pero son las nueve de la noche. Me tomaré un tercero, después iré a cenar y luego a dormir. No beberé más.

Todo el mundo cree que bebo porque en la época de Jerry Lewis era muy infeliz y no hacía otra cosa que beber. Pero nadie, ni siquiera entonces, me vio borracho. En cambio, a esos malditos actores que dicen ser abstemios les ha ocurrido un montón de veces. Podría citarte una docena de esos buenos estadounidenses, tan respetables, tan de su casa y de su bandera, que después se emborrachan como locos y terminan en la cárcel por eso. Y nadie se entera, sus nombres no aparecen en los periódicos.

A mí nunca me ha sucedido. Y, sin embargo, no sé por qué, tengo fama de borracho. Cualquier cosa que diga o haga, la explicación es siempre la misma: «Déjalo, está borracho». La misma historia que con lo de dago o lo de ser un italiano de sangre caliente. Antes me enfadaba. Pero ahora ya no. Soy un hombre feliz.

Es usted afortunado, admitámoslo. ¿No le parece, Dino, que ha tenido una suerte extraordinaria?

DEAN MARTIN: ¡Oh, muchacho! ¡Sí! ¡Claro que sí! Piensa que ni siquiera fui a la guerra. ¿No es una suerte? Estalló la Segunda Guerra Mundial, ¿recuerdas?, y yo tenía un miedo… ¡Un miedo terrible! No solamente porque no quería que me mataran, sino porque tampoco quería matar.

Decía: «¡Dios mío, ahora me enviarán a Italia y me harán disparar contra mi propia familia! Contra todos esos parientes, esos tíos y esos primos que tengo en Italia. ¡No quiero!».

Y empecé a rezar para que no me enviaran a Italia, para no matar a mis primos y para que mis primos no me mataran a mí. Y Él me escuchó y me concedió la gracia. Hizo que me enviaran a un campamento llamado Akron, en Ohio, y allí me quedé hasta que me apareció aquella hernia. Y dime tú si tener una hernia en tiempos de guerra no es una suerte.

También es una suerte traer al mundo siete hijos y poder mantenerlos. Y es una suerte tener cincuenta y dos años y ser abuelo a esta edad. ¿Entiendes? Soy italiano: la familia me importa.

Me tocó aquella primera esposa, que fue un verdadero desastre. Siempre estaba bebiendo y esas cosas. Entonces me divorcié, aunque para mí el divorcio era algo muy malo, y el tribunal me entregó la custodia de los cuatro niños, incluso de los más pequeños. Y cuando ocurre algo así, encuentro a Jeannie, que no solamente se casa conmigo, sino que acepta a los cuatro niños y los cría como si fueran suyos. Después me da otros tres. Extraordinario.

Y luego me hago rico, riquísimo, sin tener que esforzarme, con este oficio de cantante y actor. ¡Caramba! ¿A eso no se le llama tener suerte?

¿De verdad, Dino, es usted abuelo? ¡Caramba! ¡Oh, muchacho! Se conserva bastante bien, ¿sabe?

DEAN MARTIN: Es porque soy italiano. Son estos estadounidenses los que envejecen pronto. Nosotros, los italianos, no. Ellos pierden el pelo enseguida, les sale barriga y sufren infartos a los cuarenta años. Nosotros no. Porque no somos blandos, porque llevamos detrás generaciones de gente que ha tenido una vida dura. ¿Me explico? Es algo que te mantiene joven.

Mira a mis amigos. Vic Damone, por ejemplo. ¿No es guapo? Y Nicky Conte, Tony Bennett, Perry Como y Frank Sinatra. Bueno, Frank está un poco calvo, de acuerdo. Pero, ¡caramba!, se acerca a los sesenta y parece un muchacho. Y puede pelearse a puñetazos todo lo que quiera, además de hacer esas otras cosas. Porque es italiano.

Y además, ¿quieres saber por qué me mantengo joven? Porque no me tomo las cosas a pecho. Pase lo que pase, no me preocupo. Sé disfrutar de la vida. En definitiva: con la barriga al sol, me importa un comino todo.

 

«Mi única pasión es el golf»

Pero ¿no hay absolutamente nada que le interese, Dino? Vamos, una sola cosa. ¿Es siempre tan indolente?

DEAN MARTIN: Cuando juego al golf, no. Porque hay una cosa que me interesa: el golf. Jeannie sufre por eso. Dice que yo solo pienso en el golf. Bueno, ¿qué puedo hacer? A ella le gusta salir en barco. A mí no. En los barcos vomito y, además, hay que esforzarse, tirar de las velas y hacer todas esas tonterías que, según ellos, son buenas para la salud porque uno se mueve.

Pero a mí no me gusta moverme. Prefiero el golf, porque le das un golpecito a la pelota y ni siquiera tienes que molestarte en recogerla: hay otro que la recoge por ti. Así soy yo.

A otros, por ejemplo, les gusta la política. Como a Frank, que siempre está metiendo las narices en ella. A mí no. Soy italiano, no me fío de esa gente. Si te metes en eso, te engañan. Soy italiano: me ocupo de mis propios asuntos. No sé nada y no he visto nada. Lo siento, yo no estaba allí. ¡Ja, ja! No me dejo atrapar.

También se lo dije a Ronald Reagan: «Pero ¿quién te manda hacer eso, tonto? ¡Convertirte en gobernador! Mira, si quieres un pequeño papel en una película de indios, yo te lo doy».

Bobby Kennedy venía a menudo a esta casa. Yo le decía: «Nada de política. No quiero escuchar, no quiero saber». Entonces se ponía a cantar. ¡Jesús, cómo cantaba! No conocía más que las cancioncillas de la universidad y las cantaba con una voz tan desafinada… Al cabo de un rato le gritaba: «Escucha, ni siquiera he terminado la escuela primaria. ¿Cómo quieres que soporte tus cancioncillas universitarias? ¡Y encima cantas desafinado!».

Después Bob murió y lloré muchísimo. Corrí a la iglesia a rezar por él, como había hecho por su hermano. Y si ninguno de los dos se hubiera dedicado a la política, no habrían muerto. Y yo, que soy un hombre sencillo…

No diría precisamente eso, Dino.

DEAN MARTIN: ¡Oh, muchacho! ¡Claro que lo soy! Parezco complicado porque soy tímido, eso es todo. Siempre lo he sido. Mira, si me obligan, voy a esas fiestas de cóctel. Pero, una vez dentro, no sé qué decir y me quedo calladito en un rincón. ¿Y qué me importa? ¡Vaya conversaciones las suyas! Llegan con una copa en la mano y dicen: «Qué buen día hace hoy». ¿Y a quién le importa que hoy haga buen día? ¿Por qué tiene que hacer un comentario sobre eso? ¿Acaso no me he dado cuenta yo solo de que hace buen día?

Yo no molesto a nadie. ¿Por qué los demás tienen que molestarme siempre?

Ahora escucha, y no te ofendas: eres una buena muchacha y me divierte hablar contigo. Pero esta entrevista también… ¿por qué, dime? Quizá después me hagas aparecer como un imbécil, como un muchacho que no sabe hablar, y cosas por el estilo. En fin, yo no soy ningún imbécil. Soy un buen hombre que, a los cincuenta y dos años, quisiera tener un pedazo de tierra, con unos cuantos cientos de vacas, y vivir allí tranquilo, mirando cómo sale el sol y cómo se pone, esos colores tan hermosos. De vez en cuando, pensar un poco, tomar un trago y, a las diez, irse a la cama. Como un hombre de bien.

Dime: ¿qué más necesita un hombre de bien? ¿Qué otra cosa puede pedirle a la vida?

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