Por Gonzalo Figueroa Cea
A una hora que suele estar destinada al descanso post laboral o a alguna entretención, Narciso Chevalier llega al casino erguido y serio. Próximo a los sesenta años de edad, canoso, de anteojos y con un poncho cuya combinación de colores café, gris y negro hace juego con el resto de su ropa, apoya la base de su guitarra clásica en una silla y abre la funda para sacarla.
-¿Cómo están muchachos?, ¿cómo estuvo el trabajo? -pregunta con voz grave. Mientras tanto se mira las uñas y se saca lo que parecieran ser partículas en las mismas. Las uñas son largas, apropiadas para no usar uñeta al tocar el instrumento de cuerda.
-Bien, profe -responde risueño el más joven, un veinteañero. El resto, tímidamente, usa la misma palabra. «Yo también», dice Narciso, quien se vuelve a mirar las uñas. Luego, deja la guitarra y le solicita a los asistentes hacer, igual que él, «unos ejercicios de elongaciones que son vitales para que nos vayamos soltando, porque los profesionales y los aspirantes a serlo, debemos hacer esto». Hecho, Narciso vuelve a tomar el instrumento para revisar qué tan afinado está. Tras unos alardes al estilo maestro de las cuerdas, vuelve a mirar a sus alumnos y les pide que se junten en parejas.
-Los grandes maestros no usan uñeta -revela y alza la cabeza. Mientras el resto se establece en parejas, se acerca al mismo muchacho y le susurra al oído: «las uñetas son pa’ los maricas». El joven ríe sin hacerse notar mucho.
Narciso hace tanta gala de lo mucho que sabe sobre folclor, que llega a ser caricaturesco. Ha generado admiración entre el personal de la empresa pero, en materia de rechazo, mucho más.
-Si bien es tipificada como baile nacional, la cueca existe en diversas formas y no tiene su origen en nuestro país. Tampoco es netamente latinoamericana. En el fondo, el baile de raíz folclórica típico de las fiestas de las clases sociales más privilegiadas del siglo XVIII y principios del XIX, fue un gran producto de exportación, que fue traído por los colonizadores para divulgarlo y fomentar su práctica en Estados Unidos y el resto del nuevo continente. En Chile lo bautizaron cueca -resumió Chevalier con una velocidad verbal que dejó perplejos a los alumnos, no sólo por la cantidad de información en tan poco rato, sino porque no retuvieron lo suficiente. El mismo Narciso detectó que fue demasiado lejos.
-En el fondo nuestro baile nacional es producto de muchas cosas -precisó con una sonrisa. Los alumnos se mostraron conformes.
-Lo importante es que ustedes van a terminar mi curso y van a saber bailar bien no solo la cueca, sino que muchos tipos de baile. Y lo vamos a hacer en tiempo récord: cuatro semanas…Recuerden que cada clase dura dos horas -enfatiza Narciso Chevalier. No todos parecen creerle, pero sonríen.
Cerca de una hora y media siguen sus instrucciones: entre otros movimientos, dan vueltas enteras y medias vueltas, zapatean, mueven brazos y pañuelos, intercambian parejas, en varios bailes participa el mismo Chevalier con música grabada de fondo, en otros solo acompaña con su guitarra y hasta bromean para hacer más liviano el aprendizaje.
Curiosamente él, quien se jacta de ser un hombre de trato refinado y ejemplo para muchos, centra mucho su atención en Olivia Cinquetti, no solo por elegirla como compañera de baile sino por manifestarle curiosas insinuaciones: «¡muy bien, regia!», «esa es la forma», «además te queda muy bien eso», «ya me imagino un traje apropiado para ti». Olivia lleva unos jeans muy ajustados y una blusa que realza su exuberancia. Narciso no es indiferente con las otras damas, pero ellas notan la preferencia.
Mientras bailan un mal movimiento de piernas hace que Narciso trastrabille y ponga sus manos en el trasero de Olivia. No alcanzan a caerse pero ocurre algo más inesperado: vuelve a tambalear Chevalier, caen ambos y él pone sus manos en los senos de la mujer. «¡Perdón!», exclama afligido Narciso. Evidentemente nadie se ríe de inmediato, aunque las mujeres no tardan en expresar muecas de agrado. Los varones presentes tratan de ayudar a levantar a ambos casi instantáneamente.
De pie, Olivia se acomoda la ropa, le da a Narciso una feroz cachetada, toma la cartera, le da la gracias al resto de los varones y se retira sin despedirse. Las reacciones del resto deambulan entre la incredulidad de los hombres, la risa contenida de las mujeres y cierta estupefacción del hasta hace algunos minutos erguido y muy seguro profesor de cueca.
-No la toqué…O sea, la toqué, pero no quise tocarla. Hice un mal movimiento -se justifica, afligido, Narciso.
-No se preocupe, máster. Fue solo un accidente -dice el alumno más joven, quien con soltura se acerca a Chevalier y le susurra al oído: «además es de marica mostrarse débil». Narciso lo queda mirando con la boca abierta, como bebé curioso.
El muchacho se despide. Encorvado, Chevalier se sienta, a pesar que falta media hora para que termine la clase.
-Profe: ¿seguiremos? -pregunta una de las damas. Narciso la mira como si su vista se perdiera en un horizonte y hubiese perdido el habla. Pasan los segundos y las otras dos mujeres se aproximan luego de degustar galletas y café que quedaron después de una pausa en la clase. Tras ese lapso, Chevalier habla.
-No -dice con falta de convicción. Las alumnas se miran entre ellas sorprendidas, pero asienten.
-Seguiremos la próxima semana. Ensayen harto -agrega Narciso de una forma impropia para alguien que hace clases.
-Hasta el martes, profesor -dicen a coro ellas, quienes tras pasar la mampara que separa el casino del pasillo, sueltan risotadas. Acto seguido, los tres varones restantes, que no pronunciaron palabra alguna en los minutos que precedieron, se despiden de Narciso fríamente.
Finalmente el tipo se levanta, agarra su guitarra, le coloca la funda y se va levemente agachado y con una mueca de desaliento.