Andrés Caicedo

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(Apuntes colombianos en resistencia)

Mil novecientos setenta y uno. 

Bajo el farol parece un niño extraviado. Se ve tan joven con su pelo largo y unos anteojos delgados que caen en picada. El muchacho se detiene en la vereda contraria, frente a esa casona que llaman Ciudad Solar preguntándose qué hace ahí y cómo ha llegado a ese lugar. No está perdido. O tal vez sí. No en la forma habitual sino una más amplia, casi existencial. Se pregunta muchas cosas en ese momento y en ese lugar, sin obtener respuestas satisfactorias salvo una: para salir de un mundo hay que entrar en otro. Suena pretencioso, menos para él.

El joven, que se llama Andrés Caicedo, siente el viento norte en su rostro, anunciando que en cualquier momento podría llover. Entonces, parsimonioso, entra a la casa, como si aquello fuera la escena de una película o el capítulo de un cuento. La puerta se cierra. Es medianoche. Pronto Caicedo comenzará a escribir, pasando de un mundo en blanco y negro a otro en colores.

Dos mil veintiséis. 

Casi en el centro de la ciudad de Cali, en el casco antiguo, barrio La Merced -lo que alguna vez fue el corazón de la ciudad (y ya no lo es)- yace inerte Ciudad Solar. La casona de dos pisos se ve enorme y resplandeciente desde afuera y no tanto desde dentro. Hoy es solo un cascarón con un interior famélico con escombros y vigas derrumbadas en medio de la humedad y el paso del tiempo. 

Pero alguna vez, en los 70, fue el epicentro de la naciente movida cultural de Cali. Entre 1971 y 1977 Ciudad Solar se convirtió en una corporación cultural y centro artístico independiente, liderada por un joven llamado Hernando Guerrero, que impulsó -por fuera de los círculos oficiales- el cine, la fotografía y las artes plásticas, siendo cuna de creadores locales como Carlos Mayolo, Luis Ospina y el mismo Andrés Caicedo Estela, quien vivió en ese lugar por algunos años. Tal vez los mejores de un Caicedo que inauguró el novel Cine-Club de Cali, y produjo la película (inconclusa) Angelita y Miguel Ángel, codirigida por Caicedo y Mayolo; una experiencia que consolidó el trabajo en comunidad y produjo, a la vez, una ruptura entre ambos por enfoques acerca de la trama. 

Hoy Ciudad Solar está en ruinas. Casi abandonada salvo por escasas personas y el alma de aquellos que alguna vez vivieron anhelos, y soñaron proyectos -obras y filmes- que se concretaron, en relatos como Maternidad, de Caicedo, escrita en 1974, cuando Andrés vivía en ese lugar junto a los antes nombrados más Francisco Ordóñez y Jaime Acosta,  narración que describe como una hippie -luego de dar a luz- abandona  a su hijo para irse con unos gringos mochileros, asumiendo el progenitor la crianza del niño, encontrando el albergo que le permite sobrevivir y reencontrarse con la vida en medio del apocalipsis. Para Caicedo éste fue su mejor cuento. Relato con un final feliz en un mundo gris que se torna colorido.

Ciudad Solar es una metáfora de la vida de Caicedo: un lugar y una etapa juvenil esplendorosa que, inexorable, tiene sus días contados al saber que la juventud, divino y efímero tesoro, es una instancia que no durará para siempre. Sin embargo algo sí es eterno o pareciera serlo: la obra de Andrés Caicedo, que aún vive y suma lectores y elogios. Así comenzamos estos apuntes colombianos en resistencia. Colocando las cosas en su lugar. Mirando arriba y abajo. 

Los 70 fueron una época convulsa que buscaba cambios profundos, mayor justicia y revoluciones del espíritu, símil de un poema borroneado que pese a ello conmovió a muchos. En Colombia ese “texto” es de propiedad de Andrés Caicedo.

Me llamo Andrés. Y claro, tengo mi personalidad.

¿No lo ha sentido usted alguna vez?

¿Nunca ha sentido ansia de revelarse cómo es en realidad? O mejor, ¿como quisiera ser?

Soy de arriba a abajo o de abajo a arriba. Y flaco en cualquier dirección. Pies o zapatos 41.

Pelo café y liso, o mejor otra vez pies 41 y una uña gorda tamaño gigante.

La frente igual a la que pasa al lado, fea, y no pica el ojo.

Piernas en el momento en que las gotas de agua tibia caen sobre ellas.

Las cejas las puede ver cualquiera cuando me esté cepillando los dientes.

Ese es Andrés Caicedo según él mismo, antes que la ola del suceso literario lo dejara completamente empapado. El joven que inunda talento y sinceridad fue escritor y ferviente amante -sin engaños ni traiciones- del cine. Fue muchas cosas durante su corto, pero fecundo, periplo de veinticinco años por este mundo. Aún lo es. Su imagen rebelde, obra singular y legado atemporal perviven. 

 
Lo que se sabe: Luis Andrés Caicedo Estela nace el 29 de septiembre de 1951 y de inmediato se ejecuta una constancia del bautismo realizada por el presbítero Lisandro Rodas en la capilla de la Clínica de Occidente. La constancia relaciona la fecha y lugar de nacimiento, el parentesco materno y paterno y los padrinos del niño. Todo muy ordenado para una familia de clase media alta. Su padre, Carlos Alberto, es vendedor y su madre, Nellie, dueña de casa, dedicada a la educación de sus cuatro hijos, tres mujeres y Andrés, el menor. Ya de pequeño, aún en el colegio Miguel Camacho Pera y luego en el Pio XII, da muestras de un gran talento para la lectura y la escritura. Su vida da un vuelco al ver la primera película y el cine se convierte en pasión. Inquieto y fuera de cualquier molde el joven desea vivir a full cada instante. Pero la vida es compleja y repleta de pequeños y grandes problemas. Cali borbotea a cada instante en la cinta de Caicedo, como si su vida hubiera estado trazada por el mismo pulso febril de la ciudad que convirtió en escenario, obsesionado, para bien y para mal, con ella. 

Escritor precoz, cinéfilo apasionado y agitador cultural, Caicedo encarnó una generación que buscó nuevas formas de narrar lo urbano, lejos del realismo mágico dominante (eso lo dicen los demás; no lo digo yo, pues no viene al caso, creo). Desde muy joven escribió en el diario “El Pueblo” artículos y crónicas que publicó en 1976 en los suplementos de ese periódico. Estas últimas se titularon: “Crónica de una filmación” y “Cayó uno de los dioses del cine”. Además Caicedo lideró iniciativas como el grupo literario Los Dialogantes y, movido por su devoción por el cine, fundó el Cine-Club de Cali y la revista Ojo al Cine, espacios que marcaron una época en la vida cultural vallecaucana.  Pero no se quedó solo en eso: inquieto se acercó a las galladas juveniles de la ciudad tratando de comprender sus vivencias y su actuar. En realidad se acercó a la vida contracultural de los demás, quizás para entender la propia.

“El problema no es que la gente sea mala, sino que es infeliz”, señalaba convencido.

En Chile no se sabe mucho de Colombia, entonces hay que explicar algunas cosas. La primera es señalar que Colombia ha tenido grandes escritores: Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo, Laura Restrepo, Tomás Carrasquilla, la lista es larga y abarca diferentes géneros y estilos. Pero al escritor que es imposible encasillar es a Andrés Caicedo, tan singular como sorprendente. Un Rimbaud colombiano. Genio rebelde, constante en su obra revolucionaria -con nuevas formas de percepción y de enfoque- y con una vida bamboléante y a ratos turbulenta. Eso de bamboleante y turbulenta es lo que no se sabe. O se sabe poco. O por pudor algunos no quieren saber. Mejor así. 

“Puedo decir que se trataba de un hombre muy sencillo, quizá ahora lo conviertan en un mito, no sé hasta dónde dé él para hacer un mito, pero los mitos nacen de las maneras más raras del mundo. El hecho es que era un hombre muy sencillo, un poco tímido, muy hermoso y un gran amigo”, sentencia Enrique Buenaventura, su amigo, fundador y director del teatro experimental de Cali desde 1955, quien produciría cerca de 60 obras teatrales, un número mayor de ensayos teóricos y críticos, composiciones musicales, poemas, cuentos y pinturas. Un tipo dicho en el arte y la cultura. Alguien que sabe de lo que habla.

En 1970, con 19 años, Caicedo obtuvo reconocimiento al ganar el Concurso Literario de Cuento de Caracas con Los dientes de Caperucita, confirmando una vocación múltiple: fue cuentista, guionista, crítico y narrador de una sensibilidad distinta, atravesada por la música, la noche y la juventud. Su obra, breve pero intensa, encontró su punto culminante en la novela ¡Que viva la música!, un retrato eléctrico de una generación en fuga.

Un poco antes, cuando Andrés tenía 16 años y estudiaba en el colegio San Luis lo entrevistaron por primera vez en el diario El Siglo el 27 de junio de 1968, dada su excepcionales condiciones de narrador. Caicedo, aquella vez, señalaba lo siguiente: 

-Actualmente está tan arraigada la escritura en mí, y mi mensaje es tan necesario, que creo fielmente que nací para escribir y vivo para poder hacerlo. Dicho y hecho.

Orbis Tertius

La pobreza es obscena durante las noches de llovizna en el valle del Cauca, más aún en el sur de la ciudad, allá en el límite de una geografía atestada de cultivos de azúcar, café, cacao, plátano y maíz. 

Cali, una de las ciudades más antigua de América, nunca es como uno la imagina. Los bungalows son escasos y los palacetes -impregnados de elevados árboles- solo dormitan en el norte de la ciudad. Entonces uno se pregunta si Cali es provinciana o relativamente moderna y así se llega a la invariable conclusión de la principal característica de Colombia: su desigualdad. De lo desbordante de la riqueza a la miseria infinita para quien la vive y quien la observa deambular entre sus pares. Eso queda impregnado no solo en el ambiente, sino en el alma de todos. Y es terrorífico. 

“Pienso que Andrés tenía el horror por dentro. Andrés vivía en un mundo interior de mucho sufrimiento, de mucho temor, de mucho terror hacia la vida. Pienso que Andrés era una persona muy vulnerable y con mucho miedo, era como si estuviera en una burbuja de terror”, señala Patricia Restrepo, su entonces novia y gran amor.

Dice la leyenda que Cali significa aguerrida en lengua indígena. “Tejido sin aguja” en lengua paez, o que deriva de Lili, un río que circunda la ciudad y que significa húmedo. Pareciera lógico: hasta la segunda mitad de la década de los 60 las pequeñas barcazas, desbordantes de diversos productos, llegaban al centro de la ciudad, ahí donde está el edifico de Coltabaco  y la iglesia de La Ermita. Luego, con el crecimiento urbano todo adquiere un nuevo rostro. Una nueva fisonomía circunda por los pliegues que forman el rostro de la urbe y se multiplica en las extremidades de los barrios. La ciudad crece y se moderniza para bien y para mal.

Hay siete ríos pero el Cauca y Cali parecen ser protagonistas cuando se unen formando un caudal barroso y más prístino en sectores del sur de la ciudad con las barriadas que tratan de borrar las penurias con cerveza y salsa. Aún así la ciudad es bella con su chispa, color y aroma. La gente es amable, hay cariño; sin ignorar que es una ciudad conservadora, hasta hoy: la clase más adinerada y férreamente religiosa se ha encargado de ello. Y ante ese límite conservador y gris se da la rebelión del pueblo, del sector popular, que busca ser feliz y alegre. Ahí la música juega un rol clave. Y la literatura. El arte existe para impedir que la realidad no nos destruya, decía Nietzsche. 

Algunas veces -muchas, pocas-  las ciudades se muestran como mundos privados de las cuales es difícil huir, ya sea por escasa motivación o simple hastío.  El cine es una forma de largarse a otras vidas y escenas. A otros lugares y otras realidades. Para Caicedo Bogotá, Cartagena, eran otras realidades. Pero Cali estaba en el ADN de Andrés. Circulaba por sus venas de pies a cabeza, transportada por una santa sangre.

Es ahí que la ciudad adquiere características de escenario de un filme o una novela. Cali irrumpe en cada línea de las novelas y relatos de Caicedo como un personaje más. No es fondo: es materia viva. La salsa, las calles, la noche, los teatros, los cineclubes, la juventud desbordada. El caos del centro de la ciudad y su comercio bullante se mezcla en una narrativa donde la música no acompaña sino es actor principal. 

En los artículos, críticos y amigos coinciden en algo: Caicedo entendió antes que muchos que la cultura urbana —el cine, la música, la calle— también era literatura. Y no cualquier literatura, sino una nueva, urgente, contaminada de realidad.

En su novela, la ciudad es ritmo. En sus críticas de cine, es mirada. En sus cartas, es desasosiego. Cali: la ciudad que sigue bailando, con buenas y malas costumbres, sentimientos y acciones. 

El mundo -y quienes lo componen- desea que le mientan. Siempre ha sido así. Queremos buenas mentiras. Caicedo era un insigne productor de buenas mentiras basadas en verdades y hechos disímiles que bordeaban lo real e imaginario. De eso se trata tanto el cine y literatura, que navegan entre la bruta realidad y la bella ficción, y viceversa. 

“[…] En Andrés todavía estaba ese espíritu de que la juventud iba a cambiar las cosas, no tanto las ideas políticas; sino que el gesto generacional iba a cambiar el mundo. Sus actitudes fueron básicamente concomitantes con esa idea, y su suicidio es precisamente no querer ser maduro, es decir, morir con las ideas vigentes, y no lo que nos está tocando ver a nosotros, que todas las ideas de mayo del 68 se volaron. Sin embargo, a nosotros nos ha tocado vivir otro mundo que ya está distante de esas ideas. El momento libertario que vivió el mundo, que vivimos la juventud con mayo del 68 es algo inolvidable, es un poema que no se puede olvidar y Andrés muy sabiamente se fue con el poema y no con el borrón del poema que nos ha tocado a nosotros”, señalaba su amigo Carlos Mayolo en un tono nostálgico.

Me dicen que uno de los integrantes fundadores de Ciudad Solar está convertido en un alcohólico con episodios de violencia. Me explican las razones como llegó a ello. Que era un niño mimado, que nunca trabajó, que tenía una remesa mensual, incluso me explican que la protección materna es muy fuerte en Cali y más aún en las clases altas. Las hipótesis de cómo esa persona llegó a convertirse en un fantasma en medio de botellas es múltiple. No es un fenómeno local sino, lamentablemente, de todas las latitudes. Tal vez solo encontraba diversión en donde no la había a través del alcohol. Vaya a saber uno. Pero hay un dato que en Colombia es significativo: el 50% de sus habitantes siente que su vida no tiene sentido. ¿Es el arte un antídoto a esa dolencia? No necesariamente. Podría ser un impulsor de ese sinsentido. A la falta de utopias, a la ausencia de poder cambiar el escenario general y quedarse en un perímetro escaso y cruel . A la falta de amor, de cariño. A la de

Un Peter Pan, del infierno al paraíso 

La vida es corta y miscelánea. Cada momento tiene un secreto. Del cielo al abismo en breves segundos. Pero la vida de Andrés Caicedo, como su literatura, estuvo marcada también por la urgencia de vivir y de morir. Caicedo en la tarde del 5 de marzo cogió una botella de agua y se tomó 60 pastillas de Seconal. Era 1977, tenía 25 años y, cómo no, escribió una carta de despedida. Dejaba tras de sí una obra que con el tiempo se convertiría en objeto de culto y en una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea.  La juventud lo guiaba tanto en el esplendor como en la duda de lo que vendría. Caicedo no deseaba vivir más allá de los 25 años. Lo definía como un sinsentido.“Vivir más de 25 años es una vergüenza. La juventud es un estado que hay que defender hasta la muerte”, manifestaba como un tratado irrevocable.

Al término de cada jornada, reírse es un privilegio gratuito que denota actitud y costumbre. Qué se necesita para ser feliz? Momentos plenos, realizaciones, deseos reflejados en obras. Qué pasa con Andrés Caicedo cuando lo que queda no es una biografía ni una obra cerrada?

Lo que queda es una imagen: una ciudad nocturna, la zona de Juanchito, atravesada por cuerpos jóvenes que se mueven sin saber muy bien hacia dónde. Una ciudad que él escribió y que ahora lo escribe a él en reversa.

Porque cada vez que alguien vuelve a ¡Que viva la música!, cada vez que una obra suya se monta en un escenario, cada vez que un artículo lo recuerda, algo se reactiva. La juventud aparece como el sol.

No es solo memoria sino presente. Caicedo no pertenece al pasado. Pertenece a esa zona incómoda donde la literatura todavía quema. Pero a la vez, candente, todavía es joven. Andrés Caicedo es el escritor que nunca envejece. Es la juventud hecha palabra. 

“Mi hermano, fiel al mensaje de Peter Pan, uno de sus personajes favoritos, rehusó también crecer y trató de encontrar a su manera propia la Tierra de Nunca Jamás”, sentencia su hermana Rosario Caicedo. 

Una vida singular

Con las estirpes condenadas a la violencia y a la muerte prematura el que Andrés Caicedo haya nacido varón dado a la cultura y el arte parecía un milagro, pues solo en contadas ocasiones, cada cierto tiempo, se daba un prodigio como ese. Y vaya que lo era con aquel llamado Andrés, el menor de los hermanos, tres mujeres y él. Las personas al verlo pequeñito sentenciaban que su sonrisa iluminaría Cali y Colombia entera. La ilumina? Es Caicedo un farol en una esquina de la urbe durante una noche en que a lo lejos se escuchan risotadas y lamentos? La pregunta es tan válida como necesaria: Caicedo es un autor urbano? Pues claro que sí, singular, actual, un quiebre entre el pasado y el presente. Se nutrió de la urbe. Caicedo es una frontera en lo literario, y más.

En Santiago de Cali es habitual que se generen tormentas eléctricas durante la noche. Andrés Caicedo nació en 1951 durante una de esas noches de truenos y relámpagos. Su padre era vendedor y su madre dueña de casa. Con ambos tuvo una relación disímil: el progenitor fue un tanto severo, mientras su madre fue sobreprotectora sembrando tanto amor como las matas del jardín: un caucho, ciruelas, magos viches.

Infinitas tardes felices junto a sus hermanas mayores: Rosario, Pilar y María Victoria. 

Su padre rememoraba: 

“Recuerdo que cuando me mostró sus primeros escritos,-talvez a sus diez años,-le reproché el empleo de palabras de grueso calibre en aquella época, hoy de común ocurrencia y lectura cotidiana. De inmediato me respondió, preguntándome; y tú por qué las usas en tus conversaciones ? Un silencio afirmativo fue mi única respuesta. El que calla otorga, reza el refrán”, finaliza el padre.

“A mi papá la muerte de Andrés le dio la oportunidad para hacer una extraordinaria labor introspectiva y expiatoria”, señala Rosario Caicedo en un entrevista en la revista Semana de marzo del 2026.

Entre muchas cosas -como respirar profundo, defender los derechos civiles de emigrantes pobres y velar por la obra de su hermano Andrés- 

hoy Rosario Caicedo escribe poesía. En un poema evoca: 

Que mis cantos de letras

te cubran te protejan te canten te bailen

que nuestro amor permanezca aquí 

en esta plaza con diez encantadores de serpientes

tocando flautas relucientes

Los Caicedo tienen esa virtud: de sus almas brotan cantos de letras.

Rastros en la arena

Volviendo atrás podemos decir que el jovencito tenía claro su futuro. Siendo un adolescente, Andrés Caicedo, sube y baja la ciudad. Flaco de pies a cabeza va de norte a sur, sin importar la segregación de la urbe ni aportar al orden establecido -una segregación  maquillada-que en términos humanos valía cero. El punto delimitante es el Parque de los Poetas, el Boulevard del Rio y el Puente Santiago. Al norte pudiente la divide la plaza y el famoso kiosko (que vendía revistas de “todo tipo” y del cual nos referiremos más adelante) dejando un sur con barriadas y salsa como música oficial. Cali desea ser alegre pero el destino es incierto y, en muchos casos, cruel.  Puedes ir por la calle y en un instante volar en pedazos.

El 7 de agosto de 1956, siete camiones del ejército cargados con 42 toneladas de dinamita explotaron en el centro de la ciudad, dejando más de 1,000 muertos (cifras mencionan hasta 4,000) y destruyendo gran parte del centro urbano. La llamada “Explosión de Cali” fue una tragedia que se mantuvo por años. Hasta que decidieron salir de esa penuria mediante una campaña que cambiara la tragedia por una visión alegre y esperanzadora. Llueve en Cali y los ciclistas embutidos en impermeables estacionan sus bicicletas junto a los postes del alumbrado. La ciudad lava sus pecados en el Paseo de los gatos. En Cali siempre sale el sol  por la hendidura de los escasos cerros después de la tormenta. Eso es algo que un extranjero debe saber, sin tener que saberlo, realmente. 

Franqueza ante todo. Todas las personas tienen secretos que evitan exponer y que repercuten en los demás. Por ejemplo “Carne de tu carne” filme de Carlos Mayolo que retrata los oscuros secretos de la elite caleña con una clase dominante corrompida donde se explicita el origen de la violencia, consiguiendo que la sociedad sea por derivación el monstruo. Andrés Caicedo lo sabía. Sabía que esa ciudad que tanto amaba también adquiría rasgos negativos y que generaban un apodo: Calicalabozo. 

Teatro, alma de los gatos 

El mundo no parecía detenerse -pese al peligro- en 1969 cuando Andrés estudiaba en el San Luis Gonzaga y plantaba sus primeros pinitos en las artes escénicas, realizando bocetos, bordados, más o menos elaborados, mientras ingresaba a un nuevo mundo de luces y sombras. 

“En ese tiempo conocí a Enrique Buenaventura, director del Teatro Experimental de Cali (TEC), bajo la influencia de quien me interesé profundamente por la dramaturgia. En esa época escribí mis primeras piezas teatrales, donde ya se notaba una búsqueda de identidad y una crítica constante al entorno social. Participé en varios talleres y montajes, lo que me permitió adquirir una mayor disciplina y compromiso con el arte escénico”, señala el autor. 

Según algunos críticos, en estas primeras obras ya se evidenciaba un estilo propio, marcado por la ironía, el humor negro y una mirada crítica hacia la sociedad caleña. “Esta etapa fue fundamental en mi formación como escritor.

Posteriormente ingresé a la Universidad del Valle, donde cursé estudios en el área de humanidades. Sin embargo, mi paso por la universidad fue breve, ya que pronto me di cuenta de que el sistema académico no respondía a mis inquietudes intelectuales ni creativas. Abandoné los estudios formales para dedicarme de lleno a la escritura y al cine, dos de mis grandes pasiones.

Durante estos años, también comencé a frecuentar cineclubes y a escribir crítica cinematográfica. El cine se convirtió en una influencia determinante en mi obra, tanto en la estructura narrativa como en la construcción de personajes. Autores como Roger Corman y directores del cine clásico y de culto marcaron profundamente mi visión artística.

Más adelante, gané reconocimiento en concursos literarios, lo que me permitió consolidar mi carrera como escritor. Entre mis influencias literarias se encuentran autores como Edgar Allan Poe y otros representantes del romanticismo oscuro y la literatura fantástica”, argumentaba Caicedo.

Dos meseros cascarrabias

En mitad de la noche los supermercados estaban cerrados, pero tenían las luces encendidas. Andrés quería comprar una cerveza mientras los policías recorrían el barrio en sus patrullas, escuchando en la radio un clásico local de futbol. Era verano. Década de los 70. Focos en lo alto y árboles más abajo miraban esa escena con un Andrés Caicedo en una unión casi inadvertida de jóvenes salseros que se conocen desde hace poco, pero se respetan como buenos ciudadanos. Pero no alcanza. Después de la fiesta y la rumba aparece Calicalabozo. Aparece esa cara de la ciudad que te aprieta y te deseca. La prisión. La constatación de un espacio cerrado que repercute.

“Soy un suicida en potencia”. 

Antes del 4 de marzo de 1977, Caicedo ya había pasado por varias experiencias cercanas a la muerte, incluso una de ellas en la clínica Santa Tomás de Bogotá, por sobredosis de valium. Y después de una reclusión en la clínica Campo de Girón en Bucaramanga. Documentos relacionados con la atención médica de urgencias, desintoxicación, tratamiento médico-psiquiátrico, exámenes de laboratorio y medicamentos que fueron suministrados a Andrés Caicedo Estela en dos centros médicos de Bogotá desde el 28 de mayo hasta el 6 de julio de 1976. Inicialmente, Caicedo fue tratado en la Clínica Guillermo Cualla de Toxicología-Psiquiatría y, posteriormente, se le trasladó a la Clínica Santo Tomás, donde estuvo internado durante 39 días en tratamiento de desintoxicación. 

De acuerdo con la correspondencia enviada a familiares y amigos (cartas enviadas a sus padres y a Hernando Guerrero en fechas de 21 de junio de 1976 y 22 de junio de 1976), Caicedo explicaba que había sido tratado de urgencias e internado debido a que había sido su segundo intento de suicidio, en esa última ocasión, con 125 pastillas de Valium. Este pequeño conjunto de documentos lo constituyen: un recorte de papel membretado de la Clínica del doctor Guillermo Uribe Cualla, que contiene los datos del doctor Germán Motta Lizcano; una factura de la Clínica Guillermo Cualla; dos recibos de pago de la Clínica Santo Tomás, una solicitud de exámenes de laboratorio, una cuenta de cobro por los servicios prestados del doctor Guillermo Jiménez y una factura de la Clínica Santo Tomás de Bogotá.

“Cuando cumplí 24 años llegó mi hermana Pilar a Cali, y en una de nuestras conversaciones le dije: “Deje de hablar de su muerte, Pilarcita”, a lo que ella respondió: “Deje de hablar de banalidades”. Y yo concluí: “Uf, te lo garantizo”, a lo que ella respondió: “Un poco tarde”.

Tres años antes  Andrés Caicedo viajó a Estados Unidos con tres guiones, un western y dos basados en cuentos de horror, dos de ellos para vendérselos a Roger Corman -el maestro del cine de bajo presupuesto y rodaje rápido, sin estrellas, quien había hecho en cine El cuervo, La caída de la casa Usher y otros relatos de Poe- maestro del horror y lo sobrenatural. El viaje fue inútil. 

-No conocí a Corman, pero sí a mi otro maestro en cine, Luis Ospina, con quien trabé una amistad que duraría hasta el final. Con él asistí durante casi un mes a seis funciones diarias de cine. En esa ocasión fue cuando definitivamente se forjó mi “trivial cinematográfica”. 

Así, de la experiencia personal se derivaron los relatos de Angelitos empantanados y Destinitos fatales. 

En mayo del 73 Andrés Caicedo le informa a Luis Ospina de su llegada a Estados Unidos. Le narra que ha escrito sobre las películas que ha visto, en especial el documental de los Rolling Stones. Habla sobre el director de cine Peckinpah, le comenta que consiguió el guion de le película “La naranja mecánica” y pregunta si le ha llegado el último número de la revista “Film Comment”. Comenta que ha adelantado la escritura del guion titulado “La estirpe de la cripta”. También le pide que le informe sobre el estado del Cineclub y le da algunas indicaciones para la distribución y recepción de los números de las revistas  “Hablemos de Cine”. Pareciera que todo gira en torno al cine y así es. El joven se sienta a ver una balacera de películas de todo tipo. 

Memorias de una botella en las ribera

Relato publicado en Ojo en Marcha No. 2, 1976, que haría parte de una novela que se quedó en proyecto: lo que en el digo sobre Corman pertenece a la ficción, señala.

-Regresé del País del Norte con la idea de vivir solo en un apartamento, preferiblemente ubicado en San Antonio, el único lugar donde se podía respirar aire puro. Luego, Bernardo me pidió que hiciera un “flash back” para una película que estaba dirigiendo Clara en 1971. Clara era quien me conoció cuando entré en 1968 y dirigía el grupo del Teatro Experimental de Cali. A los 13 años escribí el cuento El silencio y desde entonces no he dejado de escribir. A los 15 años comencé a escribir teatro. Después llegaron las piezas teatrales Las buenas conciencias, El silencio y los imbéciles y Los imbéciles también son testigos, ambas de 1967; la novela La estatua del soldadito de plomo (1967); y el ensayo Los héroes al principio, de 1971. Obras todas escasas, prácticamente desconocidas, aun en Cali…- señala Caicedo.

 

                                       EL FIN DEL COMIENZO

4 de marzo de 1977. Dos de la tarde. El edificio Korkidi, en la “zona rosa” de Cali, ahí en pleno centro de la ciudad, es angosto con una tonalidad rojiza. La entrada pasa desapercibida entre el impacto de los colores que bailan entre el gentío y los autos con su bullicio de semana. Andrés tiene en sus manos el ejemplar de Que viva la música que ha sido publicado hace solo unos días. No es lo único que tiene en las manos. 69 pastillas bailan en el frasco. Escribe una carta. La última. Entre tanto documento público, de pronto aparece una grieta. Su hermana recuerda el día de su muerte. Patricia Restrepo aparece con una carta. La familia invita a una misa en la iglesia Santa Mónica del Norte. Hay dolor, pero también una forma de ritual: repetir su nombre para que no desaparezca.

Ahí, el archivo deja de ser cultural y se vuelve íntimo.

El escritor, el crítico, el mito… se reduce a un hermano, a un hijo, a alguien que escribió una última carta.

Y sin embargo, incluso en ese momento, la obra sigue filtrándose. Como si no hubiera frontera clara entre la vida y la escritura.

El mito en expansión

Veinte años después, Caicedo ya no es solo un autor: es una figura cultural en construcción.

Tras su muerte y el resultado de ella se le compara con Marilyn Monroe, John F. Kennedy, Ernesto Che Guevara: íconos cuyo deceso temprana alimenta su permanencia. Aparece en portadas, crucigramas, festivales, mesas redondas. En Perú, en Chile, en Colombia, su obra circula como objeto de culto. El escritor que en vida no pertenecía del todo al canon, comienza a instalarse en él. Pero no sin resistencia. Porque Caicedo incomoda. Su velocidad, su intensidad, su relación con la juventud, el exceso, la noche, la música, el cine… todo eso sigue desbordando las categorías con las que se intenta clasificarlo.

Demasiados muñecos: muerte, ruptura y eco

El 4 de marzo de 1977 aparece repetido como una grieta en el archivo. Avisos fúnebres, necrologías, columnas, homenajes. La muerte no cierra la historia: la dispara.

Los periódicos anuncian: “Murió crítico de cine”, “Se suicidó escritor en Cali”, “Falleció Andrés Caicedo”. Pero detrás del tono informativo hay desconcierto. Nadie parece saber cómo nombrar lo que ocurrió. Es muy difícil narrarlo, encontrar las palabras, ser objetivo.

Al mismo tiempo, ocurre algo más: la obra comienza a circular con mayor fuerza. La publicación de su novela, las reseñas, las discusiones críticas. La muerte instala una paradoja: Caicedo empieza a convertirse en figura pública cuando ya no está. Algunos lo ven como advertencia. Otros como mito.

Cartas, afectos y fisuras

Entre los documentos, una carta de amor rompe el tono público del archivo. Caicedo le escribe a Patricia Restrepo: le pide que no se separen, habla de su novela recién recibida, de cartas, de cine. La intensidad no es solo intelectual; es emocional.

Ahí aparece otro Caicedo: vulnerable, contradictorio, afectivo. No el personaje cultural, sino el joven que intenta sostener vínculos mientras todo a su alrededor —incluido él mismo— parece desbordarse.

Casi 50 años después el lugar sigue intacto. Es domingo y la locomoción es intermitente. La carrera quinta acarrea poca gente: niños con sus madres comiendo cholados, algunos ancianos y hombres que deambulan buscando  tesoros que nunca descubrirán en ninguna parte. Los árboles bailan con el viento y la vida continúa lenta como durante aquella década de los 70. En un teatro una gigantografía de Andrés Caicedo sonriente invita a los transeúntes a entrar. Algunos lo hacen; otros siguen de largo.

«Andrés Caicedo era para mí un soplo de aire fresco, el abanderado de la casi extinta raza de los insumisos. Arbitrario a veces, si se quiere, pero nunca interesadamente, y más por apasionamiento y gusto por la hiperbole que por pereza o desorientación, insobornable, ajeno a moda y snobismos, alejado de toda tendenciosidad, Andrés acertaba siempre a decir cosas interesantes, dignas de medirse y meditarse. Hasta cuando estaba en desacuerdo- en más o menos – con sus juicios de valor, nunca me irritaba la divergencia; su aprecio me hacía pensar dos veces antes de descartar el mío, sus insólitas recomendaciones merecian ser escuchadas», manifestó en una misiva Miguel Marfas, quien nunca conoció a Andrés Caicedo, salvo por cartas que atravesaban el océano hasta llegar a España. Entre 1975 y 1877 Andrés y él mantenían una correspondencia basada en el cine: actores y directores, películas y tendencias, crítica y análisis descarnado. 

Quién es ese chico que escribe de esa forma tan particular nunca antes vista? La periodista y escritora Laura Restrepo en una columna de 1977 reseña: 

El caso Andrés Caicedo puede resumirse en una parrafada: muchacho caleño, se dedica con obsesión a la musica y al cine, y de éste ultimo se convierte en critico: también escribe ficción: unos cuantos relatos y una novela, todos indirectamente autobiograficos, todos ubicados en una suerte de supramundo, más o menos paralelo al real, donde el punto de partida no es la vida misma sino la vida vista a través del cine, de la musica y de la droga; a los 26 años se suicida con una sobredosis de pepas, después de haber pregonado su muerte voluntaria, anunciando su inminencia, en las entre-lineas de cada uno de sus escritos y ensayos; a partir del dia de su muerte, Colcultura —que dos días antes ha lanzado una publicación masiva de su novela Qué viva la musica— monta el mito Caicedo (J.G. Cobo dice que se trata del más genial de los jovenes escritores colombianos) para lo cual encuentra eco en algunos críticos de prestigio (la de Caicedo es ‘‘la primera novela que se escribe en Colombia desde María ’’, dijo Nicolas Suescén). Esto, más el suicidio de Caicedo, crea la coyuntura propicia para que estalle el “boom”; en efecto, en pocos días se agota la edición de la novela y su autor se vuelve famoso por todo el pais, finaliza el escrito de Laura Restrepo. 

Hay fuego allá afuera. Cali sabe fabricar hombres que manejan a su antojo el fuego y lo guardan en pequeños recipientes de vidrio. No necesariamente famosos pero sí aguerridos, consistentes, templados en el sol y la avidez de sus sueños. Es más: Impertérritos ante la desventaja y las adversidades. Andrés guardaba fuego… para él y para aquellos que andaban a oscuras, famélicos de algo que echarle a las tripas y al corazón. Su fuego eran sus escritos y deseos de narrar, de evidenciar situaciones y personas antes invisibilizadas. En ese sentido Andrés Caicedo es un justiciero de marginados y ciudadanos de a pie. De aquella masa que trabaja y vota pero no es tomada en cuenta.

 

 

Ser o no ser 

Volvamos a la historia de la ciudad que es ilustrativa. Cali es la ciudad más gringa de Colombia. Los norteamericanos se habían  asentado ahí con fines industriales. Una ciudad que deseaba crecer. Para los Juegos Panamericanos de 1971 construyen el CAM, construyen varios edificios. Para poder construir el edificio del CAM tienen que quitar otros que estaban incluso en pleno centro de la ciudad: el club de tenis. Un club que todavía existe, que tiene más de 100 años. Ese club americano, lo querían de alguna manera transformar ante el evento deportivo. Cali deseaba mostrar su mejor cara. 

La avenida sobre el terminal se prolongó hacia el norte. Esa avenida circunscripción era casi exclusivamente para el transporte de las delegaciones. El velódromo en el sur se construyó también para eso. En el centro-sur también se edifican una serie de hoteles y la alcaldía. San Antonio, casas al estilo colonial. Algunos bloques, muy diferentes. Y en ese momento el Palacio de Justicia.

Y cerca  el Parque de los Poetas, donde yacen solo vates emblemáticos de la ciudad de Cali. Los demás son narradores, escritores.

De hecho, pues uno ve por ejemplo hay varios poetas después. Santa María, estas son varias verdades. Es sobre el colegio, al colegio también le hacen homenaje a través de las placas, porque era una sociedad conservadora, social conservadora. Por eso quisieron conservar un poquito otro tipo de forma arquitectónica en este sector.

Parque de los Poetas: le hacen el homenaje a los escritores que consideraba la clase dirigente más emblemáticos de la ciudad. Jorge Isaacs con la obra María, un Romeo y Julieta ubicado acá en el Valle del Cauca, con Atala, de Chateaubriand como referencia externa en un contexto de orgullo regionalista, burguesía emergente y muestras del florecimiento local cuyo ejemplo fue esta obra de la literatura romántica que fue llevada al cine por distintos directores, incluidos el chileno Tito Davison y el caleño Luis Ospina.

Entonces por eso, aunque la obra la escribe aquí, nosotros tenemos una ruta dedicada. También hemos mostrado tres rutas de tipo literario. Una de ellas porque hay una parte cotizada aquí, la otra es en El Paraíso. La mayor parte la gente va para allá, pero pocos conocen lo que él hizo aquí.

Acá hay una casa que en este momento la alcaldía no sabe qué hacer con ella. Grande, muy bonita, que si la recuperan para temas culturales o artísticos sería interesante. Y es donde distinguió la obra María precisamente.

En otras palabras en el Parque de los poetas no hay una estatua de Andrés Caicedo.

Ahora, todo el mundo la pregunta que se hace es: ¿por qué a estos jóvenes escritores o cineastas no les han hecho un homenaje? Claro que con Andrés Caicedo, con patrocinio de la familia, hay un cineclub, pero no hay algún sitio en especial.

Lo que sí se hizo con otro cineasta, en el Teatro San Fernando. Él creó un nuevo ciclo como el Cine Nuevo Paraíso.

Cuando se quema el Cinema Viejo, que es como la generación anterior, entonces dicen: ¿y ahora qué hacemos? Uno de los que va a ver las películas en ese cine se gana la lotería y reconstruye un nuevo teatro. Entonces se llama el Nuevo Paraíso.

Algo similar hizo un director de cine aquí, Carlos Palau, que es también fotógrafo. Y al frente del Teatro San Fernando, que ahora lo tomaron las iglesias cristianas, construyeron un nuevo teatro: Nuevo Teatro San Fernando.

 

                                                   Andrés Caicedo: archivo de una vida urgente

Hay vidas que no terminan cuando se apagan, sino cuando dejan de leerse. La de Andrés Caicedo Estela parece haber elegido lo contrario: multiplicarse en papeles, recortes, cartas, avisos fúnebres, críticas, fotografías y voces que lo reconstruyen desde todos los ángulos posibles. Su padre recopiló datos de diversa especie durante años. Al morir Andrés la obsesión que alimentaba el archivo se intensificó. Este archivo Caicedo —fragmentado, incompleto, repetido— no cuenta solo la historia de un escritor, sino la persistencia de una obsesión cultural.

El archivo Caicedo fue recopilado por su padre, quien persistente ordenó el material de su hijo. Este fue cedido a una biblioteca en Cali que no fue exhaustiva en el tratamiento y cuidado. La familia decidió que el archivo debía viajar y recaer en mejores manos. La biblioteca Luis Angel Arango era la indicada en La Candelaria, en el centro de Bogotá. Diego Sanabria ordenó el material y lo clasificó durante meses realizando un trabajo espléndido, ante la atenta mirada de Diana Restrepo y la directora Ángela Pérez.

Todo comienza y termina en la misma escena: un joven que vive con una intensidad que desborda cualquier cronología ordenada. La historia no se deja contar en línea recta. Está hecha de ecos que traspasan fronteras y se encasillan por la cordillera.

En los recortes del periódico El Tiempo y de diarios caleños como El País, El Pueblo y Occidente, aparece un Caicedo múltiple: el crítico precoz, el agitador cultural, el lector voraz, el joven incómodo. En unos textos es celebrado; en otros, cuestionado. Su novela ¡Que viva la música! divide opiniones: para algunos, una radiografía feroz de la juventud burguesa; para otros, una apología peligrosa del exceso.

Pero lo que más inquieta no es la obra, sino la velocidad.

Caicedo escribe como si supiera que no hay tiempo. Y de verdad no la hay.

El cine como destino

Si la literatura fue su lenguaje, el cine fue su obsesión. La revista Ojo al Cine, el Cineclub de Cali, sus críticas en prensa: todo apunta a una misma dirección. Ver, pensar, escribir imágenes.

En uno de sus textos, propone que el cine no puede entenderse solo mirando: hay que leerlo. Esa idea atraviesa todo su trabajo. No es un espectador pasivo; es un traductor de imágenes en pensamiento.

Incluso en los recortes posteriores a su muerte, esta dimensión se vuelve central. Caicedo no es recordado solo como escritor, sino como uno de los primeros en tomarse en serio la crítica cinematográfica en Colombia.

Después de Caicedo

Renacido. El archivo no termina con su muerte. Continúa en tesis universitarias, ensayos, montajes teatrales, adaptaciones audiovisuales, homenajes, exposiciones. Su figura se vuelve objeto de estudio, re interpretación, disputa.

Se le compara -odiosa y desproporcionadamente-con Gabriel García Márquez, pero desde la vereda contraria: se le inscribe en la contracultura, se le opone al realismo mágico, se le vincula con nuevas formas de literatura urbana. Cada lectura agrega una capa, pero ninguna lo agota.

Hay algo en su obra —y en su vida— que resiste la clasificación.

Un archivo incompleto yace en la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá. El documento mismo lo advierte: faltan páginas. Muchas. La recopilación está incompleta y aún así es maravilloso tesoro. Y, sin embargo, ese vacío no debilita el relato; lo vuelve más fiel.

Porque la historia de Andrés Caicedo nunca estuvo completa.

Está hecha de fragmentos, de repeticiones, de versiones cruzadas. De voces que intentan fijarlo y no pueden, y de un archivo que, como su vida, parece siempre en proceso.

Pilar, hermana de Andrés y una de las celadoras, entrega algunos datos del archivo: 

“Durante 30 años leímos y releímos todo lo que nuestro hermano dejó, en parte tratando de entender la tragedia que nos separó de Andrés. Con claro conocimiento de la importancia que este conjunto de obras significa, tomamos la decisión, las tres hermanas con nuestro padre, de donar el archivo de Andrés a la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República (2007), donde cada uno de los documentos que lo integran puede consultarse sin costo alguno. La mayor parte de las cartas que nosotras supuestamente estamos censurando están allí disponibles. Gracias a esta donación, la memoria escrita de Andrés Caicedo hace parte de una de las bibliotecas públicas más importantes del idioma español”, señala la hermana.

Leer como forma de persistencia

Quizás la única forma de entender este conjunto de documentos es aceptar que no se trata de reconstruir una biografía, sino de asistir a una presencia.

Caicedo sigue viviendo en cada lectura de su novela, en cada crítica rescatada, o cada carta revisitada. A los lápices se les saca punta. Y una y otra vez se escribe sobre él. No es una figura cerrada, sino una pregunta abierta sobre la juventud, la cultura y el límite.

Porque hay escritores que narran una época. Y otros —como él— que la encarnan hasta desaparecer en ella.

Masacre de universitarios en Cali

26 de febrero de 1971 

El aspecto político no deja de ser decidor a pesar de ser poco conocido. 

Un archipiélago de carros policiales y la frase «26 de febrero, no lo olvide compañero». El mundo azul brillante de la ciudad se estremece con los disparos que han ido subiendo en frecuencia. Los estudiantes de la Universidad del Valle, sorprendidos, no atinan a correr o averiguar qué sucede. Están inmóviles pero adivinan que su suerte podría ser de las peores.

Es un día terrible. La policía y el ejército los tienen en la mira y buscan venganza. La tensión política va en aumento debido a múltiples huelgas, acusaciones de fraude en las pasadas elecciones presidenciales y la inminencia de los Juegos Panamericanos en esa ciudad que requieren orden y no demandas estudiantiles. Así las cosas no había tiempo ni espacio para muchachos en protestas. A la muerte de un estudiante el ambiente se hizo incontrolable, se sumaron estudiantes secundarios y civiles. Cali era un polvorín y el resultado fue de 30 fallecidos, una cincuentena de heridos y cientos de detenidos. En Colombia se instauró el estado de sitio y en Cali se añadió el toque de queda. La revolución china y cubana, sumado a mayo del 68 en Paris y la ingerencia externa que tenía en la universidades colombiana agentes externos como la Iglesia y el comercio fueron algunos de los factores de esta protesta estudiantil. Andrés Caicedo observó los hechos con cercanía: 

…”Que di piedra y me contestaron con metralla. Que cuando hubo que correr corrí como nadie en Cali. Que no hay caso, mi conciencia es la tranquilidad en pasta, por eso soy yo el que siempre tira la primera piedra”, escribe en El atravesado en referencia a los hechos acontecidos aquel fatídico día.

“Lo importante es que se ubiquen: años 60–70: Modernización, Juegos Panamericanos.

Pero hay algo bien interesante: la historia cultural de la ciudad.

Año 50: después de la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes caleños empiezan a influenciarse por la literatura y el arte europeo. Empiezan a crearse círculos de estudio literarios. Muchos iban para París, otros para Nueva York, pero más hacia Europa”, señala Jairo de la Ruta Andrés Caicedo en Cali con quien damos un paseo por los lugares centrales en la vida de Andrés.

Uno, realmente, nunca sabe el lugar que ocupa en la vida de otra persona. Imaginarlo es un error. 

En los años 50 se genera un grupo que se llamaba La Tortuga. Las mujeres del grupo, que eran amigas, le pidieron a sus esposos un proyecto cultural. Primero pusieron un cine: Cine Club La Tortuga.

En los 60 se construye el Museo La Tertulia, porque estaban de moda los museos de arte moderno.

Empiezan festivales: Festival de Cine, Festival de Teatro. El TEC juega un papel importante, influenciado por teatro ruso y cubano. Los 60 están marcados por la Revolución Cubana, que influenció mucho la juventud.

Los 70: sigue el teatro, los cineclubes, pero se dinamiza mucho el deporte con los Panamericanos. Natación, ciclismo, boxeo, pesas. En los 80: aparece el narcotráfico. Se segrega la ciudad culturalmente. Norte del rock, sur popular. Mucha influencia estadounidense por la industria. Empiezan las rutas del contrabando. El primer gran narcotraficante fue “El Grillo”. Luego los Rodríguez, Chepe Santa Cruz, Pacho Herrera. En Antioquia, Pablo Escobar.

Caicedo: la ciudad que no dejó de escribirse

Andrés Caicedo Estela no es un conjunto de documentos sino recortes de prensa, programas de teatro, invitaciones a misas, homenajes, críticas, fotografías, artículos universitarios, recuerdos familiares y versiones que nunca terminan de coincidir. Un archivo -como el de la Biblioteca Luis Angel Arango- que no se deja cerrar porque, en el fondo, habla de alguien que nunca quiso durar demasiado… pero terminó quedándose hasta hoy y mañana.

La historia no empieza con su nacimiento. Empieza después.

La ciudad después del cuerpo

Han pasado veinte años de su muerte —dicen los periódicos de 1996 y 1997—, pero Cali sigue hablando de él como si acabara de salir de una sala de cine. Las notas se multiplican: en El País, en El Tiempo, en Occidente, en El Espectador e, incluso, en El Mercurio. Todas intentan fijarlo, explicarlo, domesticarlo. Ninguna lo logra.

Lo que aparece, en cambio, es otra cosa: una ciudad que se mira en sus textos para entender lo que fue y lo que ya no es.

Las calles que recorrió en los años sesenta y setenta —esas que en ¡Que viva la música! eran puro vértigo— ahora son evocadas como ruinas culturales. Será correcto decir que el norte de Cali perdió centralidad? Los espacios cambian, la Avenida Colombia se deteriora, los centros comerciales se desplazan hacia el sur. Y en medio de esas transformaciones, su literatura queda como una especie de mapa fantasma: una arqueología urbana que permite recordar lo que la ciudad olvidó.

Caicedo, sin proponérselo, se convierte en cronista póstumo.

Cali: Entre fábricas, ríos y guitarras eléctricas

En Cali, la ciudad no solo se divide por calles o avenidas, sino por líneas invisibles que separan mundos. Culturalmente, la identidad traza fronteras: de un lado los ricos; del otro, los populares; más allá, los marginados. Cada grupo habita su propio ritmo, su propio lenguaje, su propia ciudad.

En el norte (El Peñón, Ciudad Jardín, Granada) empezó a sonar algo distinto. No era la salsa que brotaba de los barrios tradicionales, sino guitarras eléctricas, baterías rápidas y voces en inglés. El rock encontró su lugar allí, impulsado por jóvenes que tenían acceso a discos de música extranjera y, sobre todo, a una conexión directa con Estados Unidos. Muchos tenían familiares viviendo allá; otros soñaban con irse. Así, sin proponérselo del todo, comenzaron a construir otra identidad sonora.

En ese mismo norte surgieron espacios que parecían no pertenecer del todo a la ciudad. Uno de ellos fue un centro comercial —casi un enclave— pensado para estadounidenses. Tenía supermercado, productos importados y una lógica distinta. Pero la ciudad real siempre termina irrumpiendo. Alguna vez, unos muchachos ofrecieron “seguridad” en el lugar; el gerente respondió con una demostración de fuerza: hombres armados, tensión en el aire, y finalmente la expulsión. Era el choque de dos mundos que nunca terminaron de entenderse.

La presencia extranjera no era nueva. La industria había traído estadounidenses décadas atrás. También llegaron europeos, especialmente alemanes, vinculados a fábricas de medicamentos y otros negocios. Muchos se quedaron. El Valle ofrecía lo que otros lugares no: tierra plana, clima amable y cercanía al puerto. Era un punto estratégico. La ciudad creció alrededor de esa lógica industrial.

Cali se volvió entonces una ciudad de fábricas, de humo, de obreros. El transporte y la movilidad comenzaron a organizarse en función de esa expansión. Y en medio de todo, el río —ese que hoy parece lejano— fue alguna vez una arteria viva. Era navegable. Desde lugares como Puerto Mallarino -en la comuna 7- hasta sectores cercanos al centro, pequeñas barcazas llevaban gente y mercancía. El tabaco, por ejemplo, viajaba por esas aguas.

Aún queda el edificio que lo recuerda: la antigua compañía tabacalera, símbolo de una época en la que la ciudad producía, exportaba y respiraba trabajo. Bajo algunas bodegas, dicen, todavía quedan rastros de ese pasado: espacios olvidados, casi fantasmas, donde alguna vez se almacenaron productos que conectaban a Cali con el mundo.

La ciudad creció así, entre el ruido de las máquinas y el murmullo del río, entre la influencia extranjera y las tensiones internas. Y mientras tanto, en el norte, las guitarras seguían sonando, marcando otra forma de pertenecer.

Porque en Cali, al final, cada época deja su música. Y cada música, su territorio.

Dicen que los años setenta prepararon el terreno, pero fueron los ochenta los que realmente encendieron la ciudad. Cali empezó a dividirse no solo por sus calles, sino por sus sonidos. Al sur y en el centro, la salsa mandaba: salía por los balcones, se escapaba de las cantinas, se quedaba pegada en la piel. En el norte, en cambio, empezaban a colarse otros ritmos, otras historias.

La música era el reflejo de algo más profundo.

En las esquinas se hablaba de discotecas, de noches largas, de personajes que parecían sacados de una película. Y de hecho, lo estaban: la historia de un dueño de discoteca —también exportador— terminó convertida en relato cinematográfico. Le decían “El Grillo”. Su vida resumía una época en la que las fronteras entre negocio, fiesta y crimen eran difusas.

Se decía que todo había empezado con los Juegos Panamericanos. Con ellos llegaron extranjeros, inversiones, nuevas rutas. Pero también, en voz baja, se murmuraba que allí se tejieron conexiones más oscuras. La coca no nacía en la ciudad, pero pasaba por ella. Cali se volvió puente, tránsito, oportunidad. Y hombres como aquel exportador supieron aprovecharlo. Hasta que la misma noche que lo vio brillar lo apagó: lo mataron en su propia discoteca.

Mientras tanto, la ciudad seguía bailando.

En ciertas calles, la salsa era una presencia constante. Grupos tocaban desde los balcones, y la gente respondía con pasos improvisados sobre el asfalto. No había necesidad de grandes escenarios: la calle era suficiente. Ese era el corazón popular, el que latía sin pedir permiso.

Pero no toda la ciudad era igual. Poco a poco se fue nombrando: la “zona rosa”, la de la rumba elegante, los restaurantes de moda, los lugares donde todo parecía más pulido. Y, en contraste, la “zona roja”, más cruda, más directa, más real. Cali aprendió a convivir con sus propias contradicciones.

En medio de ese ruido urbano, también se abrían espacios para el arte. No siempre desde las instituciones, muchas veces desde la rebeldía. Los jóvenes no se sentían representados por los círculos culturales tradicionales, cerrados, exclusivos. Así que hicieron lo que mejor sabían: inventarse sus propios lugares.

Nació entonces una casa distinta, abierta, viva: un espacio donde cabían todas las artes. Teatro, literatura, cine, pintura. Allí no importaba el apellido ni la clase social; el que quería crear, creaba. El que quería mostrar, mostraba. Era una comuna artística antes de que la palabra se pusiera de moda.

En ese ambiente surgieron nombres, proyectos, intentos de cine que a veces no lograban concretarse, pero que dejaban huella. Era una Cali joven, inquieta, influenciada por Europa, por el cine, por ideas que viajaban más rápido que nunca.

La ciudad, sin embargo, no dejaba de transformarse físicamente. Edificios modernos comenzaban a imponerse donde antes había casas antiguas. Algunos espacios se invisibilizaban; otros se reinventaban. Aparecían discotecas que aspiraban a ser de las mejores del mundo, mientras en otros rincones aún sonaban las bandas municipales los domingos y se vendían cholados -helados con frutas y granadina- bajo el sol.

Cali crecía en todas direcciones: hacia arriba, con nuevas construcciones; hacia afuera, con barrios que nacían al ritmo de eventos, visitas papales o decisiones políticas. El deporte, impulsado por los Panamericanos del 71, dejaba escenarios que redefinían la ciudad. La arquitectura moderna convivía con castillos de influencia árabe y con casas coloniales que resistían el paso del tiempo.

Y en medio de todo, la salsa seguía siendo el hilo invisible que lo conectaba todo.

Porque si algo definía a Cali en esos años era su capacidad de ser muchas ciudades al mismo tiempo: industrial y festiva, moderna y tradicional, luminosa y oscura. 

La esquina donde se aprendía a leer el mundo

Luego viene la parte de la revistería, ligada a Angelitos empantanados de Andrés Caicedo.

Se leía cómic alquilado: Tarzán, Kalimán, El Santo,  El Enmascarado de Plata. También revistas prohibidas, pornos. Mientras atravesaban puentes en cacharros viejos y los aviones despegaban de lugares inciertos y ocultos por la vegetación ellos leían separatas culturales del periódico El Espectador, especialmente el Magazín Dominical. A veces los narcotraficantes compraban todos los periódicos en el aeropuerto para evitar que circularan noticias sobre investigaciones que los podían comprometer. “Mejor periódicos que balas”, pensaban.

En una esquina cualquiera de Cali —de esas que parecen no tener historia pero la guardan toda— existía un lugar donde se alquilaban revistas. No era un sitio cualquiera. Era discreto, casi secreto, y al mismo tiempo profundamente visible para quien supiera mirar.

Allí convivían dos mundos. De un lado, los periódicos: los grandes, los serios, los que llegaban con el peso de la noticia. Entre ellos destacaba El Espectador, que en los años ochenta traía algo más que titulares: una separata dominical cultural que se esperaba como se espera una carta importante. En esas páginas se descubrían libros, autores, ideas. Era una ventana al mundo. Muchos aprendieron a leer el país —y a leer el mundo— desde esas hojas.

Pero del otro lado estaban las otras revistas. Las prohibidas. Las que no se exhibían de frente, sino que se ofrecían con un gesto cómplice, casi clandestino. Revistas de mujeres, de cuerpos, de curiosidad. No eran solo objetos: eran rituales de iniciación.

Uno llegaba buscando otra cosa. Tal vez un cómic de Tarzan, o las historias de Kaliman, o algún relato barato de aventuras. Pero terminaba encontrándose con algo distinto. El dueño del puesto —siempre atento, siempre midiendo al cliente— sabía cuándo era el momento.

“Vení, te muestro algo”, decía.

Y entonces, bajo montones de revistas aparentemente inocentes, aparecía el descubrimiento.

La ciudad alrededor seguía su curso. Frente al antiguo lote donde alguna vez estuvo el Teatro Bolívar, ahora convertido en un espacio vacío, los viejos se sentaban con sombrero y corbata, ajenos —o fingiendo estarlo— a lo que ocurría en las bancas cercanas. El Batallón Pichincha, que ya no estaba, seguía presente en la memoria como una sombra arquitectónica.

El lector improvisado —adolescente, curioso, nervioso— aprendía a mirar hacia los lados antes de abrir la primera página. Había que calcular el momento, esconder el gesto, fingir desinterés. Leer rápido, pero no demasiado. Disfrutar, pero sin que se notara.

La vergüenza y el descubrimiento iban de la mano.

Las revisterías eran más que negocios: eran escuelas informales. Allí se alquilaban cómics, se intercambiaban historias, se accedía a lo prohibido. Antes de los libros “serios”, antes de las bibliotecas, muchos comenzaron allí su relación con la lectura.

Y no todo era inocente.

En los años más duros, incluso la información podía desaparecer. Se decía que algunos domingos los periódicos no llegaban. Que alguien los compraba todos en el aeropuerto antes de que circularan. Que ciertas noticias no debían leerse. Que la ciudad, como las revistas prohibidas, también tenía cosas que ocultar.

Pero siempre había excepciones. Algunos vendedores guardaban ejemplares para clientes específicos. Lectores fieles. Coleccionistas. Gente que entendía que leer también era una forma de resistencia.

Mientras tanto, en esas mismas esquinas, se hablaba de todo: de literatura, de política, de narcotráfico, de cine. Los nombres circulaban como rumores: capos, periodistas, escritores. La ciudad se contaba a sí misma en fragmentos, entre página y página.

Y al final del día, uno se iba caminando por la Sexta, con los libros bajo el brazo y una sensación nueva en el cuerpo. Algo había cambiado. Tal vez no se sabía exactamente qué, pero era claro que ya no se miraba igual.

Pasemos a otro ámbito. La historia de las drogas en Cali se inicia en 1920 en barrios como San Nicolas y El Calvario con opio y cocaína. Pero es en la década de los 60 que el fenómeno de las drogas se expande con la irrupción del hipismo y la marihuana que luego deriva en la cocaína deambulando en los negocios rumberos.

El primer narcotraficante caleño fue Jaime Caicedo Caicedo, “El Grillo”, -apodado así por su parecido al personaje de Pepe Grillo-un delincuente con amplio prontuario que llegó a tener 12 salsotecas. Pero hay que dar el gran salto y El Grillo decide implementar el trafico a Nueva York. Una noche de 1976 El Grillo llega a El Patio, uno de sus locales y tiene una disputa con el subteniente Nelson Carvajal por dineros adéudados en negocios turbios. Diez tiros acabaron con la vida del narcotraficante el sábado 15 de enero de 1977. Después empiezan los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela. Ahí están Chepe Santa Cruz, Pacho Herrera y muchos otros; esa gente manejó mucho dinero y grandes esperanzas de poder -algunos de forma rimbombante; otros de manera más sobria-. Sin embargo, en Antioquia el principal era Pablo Escobar, y en Bogotá habían otro. Prácticamente eran tres ciudades las que concentraban la mayor parte. Aunque el contrabando y la bonanza marimbera de la marihuana empiezan en La Guajira, en la costa, y esa es la que viene de antes. Esa sí es mucho más antigua.

El teatro como resurrección

Pero no es la nostalgia lo que lo mantiene vivo. Es la escena.

En 1996, el grupo Matacandelas de Medellín lleva a Cali una adaptación de “Angelitos empantanados”. La obra se presenta en el Teatro Jorge Isaacs, cierra festivales, genera expectativas, críticas, discusiones. No es una simple adaptación: es una relectura intensa, investigada, trabajada como si el texto aún estuviera en proceso.

En el escenario, los personajes de Caicedo vuelven a respirar.

Los periódicos hablan de éxito, de polémica, de recepción desigual, de un público que a veces se siente decepcionado con el festival pero que reconoce en esa obra algo distinto. Como si ahí —entre luces, cuerpos y palabras— se recuperara una energía que no está en las otras propuestas.

El teatro hace lo que el archivo no puede: devuelve el presente, la piel y las palabras que se escuchan.

El otro escenario: Bogotá, las universidades, la memoria

Mientras tanto, lejos de Cali, en Bogotá, en universidades, en salas alternativas, el nombre de Caicedo sigue expandiéndose.

Se monta “El mar”, dirigida por Sandro Romero Rey, basada en uno de sus últimos textos teatrales. La obra se presenta como homenaje, pero también como exploración: encierro, locura, lenguaje, ciudad, literatura. Influencias que van desde Harold Pinter hasta Samuel Beckett, pasando por Edgar Allan Poe y Herman Melville.

Caicedo aparece entonces no como una rareza local, sino como parte de una conversación mayor.

Las universidades lo estudian. Las revistas lo discuten. Las editoriales lo republican. La crítica intenta ubicarlo: ¿autor maldito?, ¿precursor de la literatura urbana?, ¿contracultural?, ¿cinéfilo obsesivo?, ¿todo eso a la vez?

Cada respuesta abre otra pregunta.

El cine: la obsesión que no se apaga

Si algo atraviesa todo el “archivo Caicedo”es el cine. No como tema, sino como forma de ver el mundo, desde la recuperación de sus críticas en libros como Ojo al Cine, hasta documentales como Calicalabozo, dirigidos por Jorge Navas, su relación con el séptimo arte se vuelve central para entender su figura. Pero incluso ahí hay tensiones: algunas críticas celebran estos intentos; otras los cuestionan por no capturar realmente su complejidad.

Es difícil filmar a alguien que ya vivía como si estuviera dentro de una película. Caicedo no solo escribía sobre cine: pensaba en imágenes, editaba la realidad, aceleraba el ritmo de su propia vida como si supiera que la duración debía ser breve.

La familia, la intimidad, el golpe

Entre tanto documento público, de pronto aparece una grieta. Su hermana recuerda el día de su muerte. Patricia Restrepo aparece con una carta. La familia invita a una misa en la iglesia Santa Mónica del Norte. Hay dolor, pero también una forma de ritual: repetir su nombre para que no desaparezca.

Ahí, el archivo deja de ser cultural y se vuelve íntimo.

El escritor, el crítico, el mito… se reduce a un hermano, a un hijo, a alguien que escribió una última carta.

Y sin embargo, incluso en ese momento, la obra sigue filtrándose. Como si no hubiera frontera clara entre la vida y la escritura.

El mito en expansión

Veinte años después, Caicedo ya no es solo un autor: es una figura cultural en construcción.

Tras su muerte y l resultado de ella se le compara con Marilyn Monroe, John F. Kennedy, Ernesto Che Guevara: íconos cuyo deceso temprana alimenta su permanencia. Aparece en portadas, crucigramas, festivales, mesas redondas.

En Perú, en Chile, en Colombia, su obra circula como objeto de culto.

El escritor que en vida no pertenecía del todo al canon, comienza a instalarse en él.

Pero no sin resistencia.

Porque Caicedo incomoda. Su velocidad, su intensidad, su relación con la juventud, el exceso, la noche, la música, el cine… todo eso sigue desbordando las categorías con las que se intenta clasificarlo.

La literatura como presencia y ausencia

Quizás lo más sorprendente del archivo que permanece en Bogotá es que, a pesar de todo —adaptaciones, homenajes, estudios, celebraciones—, la sensación dominante no es de cierre, sino de falta.

Faltan páginas, faltan versiones. Faltan lecturas.

El propio archivo lo admite: está incompleto.

Y tal vez ahí radica su verdad.

Porque la obra de Andrés Caicedo no fue hecha para ser totalizada. Fue escrita en fragmentos, en urgencias, en ríos desbordados. Como si cada texto fuera suficiente por sí mismo, pero también parte de algo que nunca iba a terminar de armarse.

Alberto Fuguet y Andrés Caicedo: la búsqueda de un hermano mayor

Hay escritores que uno elige por admiración.

Y otros —más raros— que se encuentran como si ya hubieran estado esperando.

Para Alberto Fuguet, ese encuentro tuvo algo de accidente y de revelación. No ocurrió en una biblioteca solemne ni en una cátedra universitaria, sino en una librería de Lima, frente a un título que lo llamó sin explicación: Ojo al Cine. Ahí estaba Andrés Caicedo Estela, todavía oculto, todavía incompleto, todavía sin ocupar el lugar que —según Fuguet— le correspondía en la literatura latinoamericana.

Lo que vino después no fue solo una investigación. Fue una obsesión.

Buscar escritores como quien busca amigos

Fuguet lo dice sin rodeos, casi como una confesión:

“Uno anda buscando héroes, escritores que no sólo te gusten en el libro sino también que sientas una conexión… en el fondo uno anda buscando amigos”.

Esa idea —la literatura como amistad posible— es el punto de partida de Mi cuerpo es una celda (Editorial Norma). El libro no nace como un estudio académico ni como una biografía tradicional, sino como un intento de acercamiento íntimo, casi afectivo. Fuguet no busca explicar a Caicedo: busca estar con él.

Y en ese gesto hay algo generacional.

Porque Fuguet reconoce en Caicedo no solo a un escritor, sino a una figura que faltaba. Alguien que escribiera desde la ciudad, desde la música, desde el cine, desde la velocidad de la vida contemporánea. Un vacío en la tradición latinoamericana que —según él— parecía inexplicable.

“Siempre me había llamado la atención que en América Latina no hubiese un equivalente a ciertos autores urbanos… sentía que alguien como él faltaba y después me di cuenta que existía, pero estaba escondido y además muerto”.

Contra el realismo mágico, desde dentro

Lo que más lo impacta no es solo la obra, sino el contexto.

Caicedo escribe en el mismo país donde Gabriel García Márquez y el realismo mágico se consolidaban como paradigma. Y, sin embargo, no se contamina.

Fuguet insiste en ese punto con asombro:

“Es fascinante que sea del mismo país que inventó el realismo mágico… iba leyendo Cien años de soledad, que en esa época era un libro nuevo, y a pesar de disfrutarlo no se contaminó”.

Ahí aparece la clave: Caicedo no es una derivación, es una anomalía.

Un escritor urbano en medio de una tradición ruralizante. Un cinéfilo obsesivo en un continente literario. Un joven que escribe sobre música, noche y velocidad mientras otros narran genealogías y mitos.

Para Fuguet, esa diferencia no solo es estética. Es política, cultural, generacional.

Y es, también, el germen de lo que años después sería McOndo, esa antología que él mismo impulsó junto a Sergio Gómez para romper con los clichés del continente.

Caicedo, en ese mapa, aparece como un precursor involuntario. Un “hermano mayor” que llegó demasiado temprano.

El mito y la estrella rock

Pero hay otro elemento que vuelve irresistible a Caicedo: su vida.

O, más precisamente, su intensidad.

Un escritor que escribe sin freno durante 25 años y que, pocas horas después de recibir su novela ¡Que viva la música!, decide terminar con todo. Sesenta pastillas de seconal. Un gesto que lo convierte, inevitablemente, en figura trágica.

Fuguet no esquiva ese componente. Lo incorpora.

Habla de Caicedo como una especie de estrella rock literaria. Un autor que en Colombia genera devoción: estudiantes que recitan sus textos, jóvenes que usan su rostro en poleras, fans que incluso han robado su lápida.

No es solo literatura. Es culto.

Entrar al archivo, ordenar el caos

El problema aparece cuando Fuguet intenta contar esa vida.

Las versiones no coinciden. Los testimonios se contradicen. Cada persona parece haber tenido su propio Caicedo.

“Todos me contaban historias muy contradictorias… hablaban más de sus experiencias con él que sobre Caicedo mismo”.

Entonces toma una decisión clave: dejar que el propio Caicedo hable.

Cartas, críticas, fragmentos, textos dispersos. Todo ese material —escrito casi afiebrado— se convierte en la materia prima de Mi cuerpo es una celda. Pero no como archivo bruto, sino como relato.

Fuguet edita, ordena, corta.

Y ahí aparece la tensión.

¿Intervenir o revelar?

Frente a las sospechas de manipulación, Fuguet se defiende con precisión:

“Nunca alteré, no mentí… hice un orden pero sin manipular, las fechas son todas reales”.

Su trabajo, insiste, no es reescribir, sino montar.

Hay cartas que se desvían, que mezclan lo íntimo con lo trivial, que hablan del clima y de deudas en la misma página. Él las recorta, las reorganiza, las convierte en una narrativa.

Una especie de autobiografía involuntaria.

Pero en ese proceso ocurre algo más profundo: aparece una línea.

“Ahí me di cuenta que él iba cada vez más en picada”.

El libro no solo reconstruye una voz. También revela una caída.

Humanizar al mito

Quizás el gesto más interesante de Fuguet no es rescatar a Caicedo, sino desarmarlo.

Quitarle, como él mismo dice, “el pelo”. Es decir: bajarlo del pedestal sin quitarle intensidad. Mostrar que detrás del mito hay un escritor que trabaja, que escribe sin parar, que duda, que se dispersa.

“Quería demostrar que un escritor joven, rockero, cinéfilo y drogadicto también puede ser un autor para todas las edades”.

Ahí está su apuesta.

No convertir a Caicedo en reliquia, sino en contemporáneo.

Coda: leer como encuentro

Al final, Mi cuerpo es una celda no es solo un libro sobre Andrés Caicedo Estela. Es el registro de un encuentro improbable.

Un escritor chileno, Alberto Fuguet, que busca referencias y encuentra a alguien que escribió antes lo que él —y toda una generación— intentaría decir después. Un autor que no encajaba en su época y que, por eso mismo, termina encajando mejor en otra.

Fuguet no lo dice explícitamente, pero se intuye en cada una de sus declaraciones:

“No estaba buscando un personaje. Estaba buscando compañía”.

Y en ese gesto —tan simple y tan extraño— convierte la literatura en lo que pocas veces se admite: Una forma de no estar solo.

La “Biblioteca del Joven Andrés”— que reúnen cientos de títulos y revelan un interés amplio por la literatura universal, el relato y, especialmente, la crítica cinematográfica. A esto se suman lecturas de pensamiento político y filosófico, lo que muestra un horizonte intelectual diverso y exigente.

El núcleo más significativo del archivo lo constituyen las cartas enviadas a figuras clave como Luis Ospina, Carlos Mayolo, Isaac León Frías, Ramiro Arbeláez, Juan Manuel Bullita y otros colaboradores. En ellas, Caicedo despliega una actividad constante: comenta películas vistas en Cali, Bogotá o Estados Unidos; analiza tendencias del cine internacional; intercambia ideas críticas; propone proyectos editoriales y organiza la programación del Cineclub de Cali. Estas cartas evidencian su papel central en la consolidación de una cultura cinéfila en su entorno, así como su capacidad de articulación intelectual.

Un aspecto fundamental es su participación en la creación y desarrollo de la revista Ojo al Cine. A través de la correspondencia, se detallan las dificultades de financiación, impresión y distribución, así como los esfuerzos por construir una red internacional de colaboradores. Caicedo no solo dirige contenidos, sino que coordina críticas, propone temas, gestiona contactos en países como México, España, Perú y Chile, y reflexiona sobre el estado del cine en Colombia frente a otros contextos.

Asimismo, las cartas revelan su experiencia en Estados Unidos, especialmente en Houston y Los Ángeles. Allí intenta vender guiones cinematográficos —como La sombra sobre Innsmouth—, escribe nuevos proyectos, asiste compulsivamente al cine y establece contactos en la industria. Sin embargo, estos intentos resultan en gran medida infructuosos, lo que refuerza su decisión de regresar a Cali y continuar su labor desde el ámbito local, aunque con una perspectiva internacional.

En paralelo, se documenta su producción literaria, incluyendo referencias a obras como El atravesado, El tiempo de la ciénaga y ¡Que viva la música!. Se evidencia su preocupación por la publicación, las dificultades editoriales y su constante revisión de textos. También aparecen notas más íntimas o creativas, como apuntes sobre paisajes (por ejemplo, La Bocana) que se vinculan con sus proyectos narrativos.

El archivo también deja ver aspectos personales y cotidianos: comentarios sobre experiencias en ciudades, encuentros sociales, dificultades económicas, y la colaboración cercana con su hermana Rosario en la traducción de guiones. Estas dimensiones humanizan la figura del autor y muestran la tensión entre su disciplina creativa y las condiciones materiales en las que trabajaba.

Finalmente, destaca su participación en eventos como el Festival Internacional de Cine de Cartagena, donde establece contactos con actores y realizadores, ampliando aún más su red cultural. En conjunto, estos documentos configuran la imagen de un creador precoz, obsesivo y profundamente comprometido con el cine y la literatura, que articula su obra en diálogo constante con otros, y cuya producción se desarrolla en medio de limitaciones pero con una notable proyección internacional.

PATRICIALINDA

Papá Patricio, riquísimo azucarero vallecaucano, fue uno de los seis que gestionó y organizó la muerte de Gaitán. Esto ya lo sabe todo el mundo en mi familia y nadie lo oculta nunca, mano, es tema de reuniones y paseos en la finca, tienen hasta un trabalenguas con la ge de Gaitán, si era que en la finca estaba papá Patricio el día que mataron a Gaitán. Dicen que apenas le dieron la noticia, mano, papá Patricio enmudeció, mordió uno de esos tabacos que le traían de La Habana y se levantó de la silla de mimbre a contemplar el atardecer. Estuvo una hora allí mirando el atardecer. Y a las siete de la noche se sentó con la familia a comer, y dicen también que en los ojos se le veía que había llorado, que no lloraba desde hacía cuánto quién lo sabe, que esta vez lloró por el futuro de la patria. Muerto Gaitán, las vacaciones terminaron más o menos en calma. Dicen que por acá nadie alcanzó a armar escándalo por el aguacero que cayó, que fue uno de esos que se arrancan cuando aquí le da por llover, que aquí la cosa sí es de verdad mano. En Bogotá sí, allá sí hubo cosas, cómo no, con esa mierdita de lluvia que cae en Bogotá. Despedazaron entonces a Juan Roa Sierra, el que mató a Gaitán. Papá Patricio ya se había entrevistado varias veces con Juan, hizo viajes a Bogotá y siempre volvía al Valle con las piernas adoloridas, renegando de esa…

La relación entre Andrés Caicedo y el gótico tropical es indirecta pero muy sugerente: Caicedo no fue un autor “gótico” en sentido estricto, pero su obra comparte varias de las tensiones, atmósferas y obsesiones que luego se leerían dentro de esa sensibilidad. A diferencia del gótico tropical más clásico —asociado a haciendas, selvas o espacios rurales decadentes— Caicedo sitúa sus historias en Cali urbana, nocturna y juvenil. Sin embargo la ciudad funciona como un espacio opresivo y enfermo. Hay una sensación constante de encierro, ansiedad y descomposición. La noche, la música y el exceso reemplazan a los castillos y ruinas. Lovecraff, Alan Poe y autores del sur norteamericano, sumado a Hitchkook o Roger Corman fueron una gran influencia para Andrés Caicedo. Y no sólo para él sino también para Luis Ospina y Carlos Mayolo, partners de Caicedo en múltiples proyectos. Agarrando pueblo o Los vampiros de la pobreza es un falso documental que no trata de un monstruo de los Mangones sino de un artista que saca provecho de los marginados.

Es más, en ese sentido, su novela ¡Que viva la música! puede leerse como una especie de gótico tropical urbano, donde el descenso no es hacia lo sobrenatural sino hacia el vértigo, la adicción y la pérdida de control.

Quién escribe estas líneas ha recorrido Cali, ha visitado los lugares que Andrés visitaba, ha viajado a Bogotá para sumergirse en los archivos de la extraordinaria biblioteca Luis Angel Arango. Se ha trasladado a Medellín para admirar el fervor que despierta ahí y que se materializa en el Teatro Matacandelas. Quien escribe trató de hacer lo que más pudo. Visitó su casa de la infancia y la tumba donde reposan sus restos. Hizo la Ruta Caicedo con Ángela Rosa y su esposo. Todo de buena fe. Sin pedir nada a cambio.  Colocando la ética antes que nada.  Con la mejor disposición y entusiasmo. Sonriente. Más sensato de lo que hubiese deseado. Se hizo lo que se pudo y se leyó lo que se pudo. Se escribió lo que se pudo. Siempre feliz. Como él lo hubiese hecho. Tal vez ese es su más grande legado: hacer cosas que parecerían imposibles.  Así nacen y acaban aventuras y sueños. Como milagros, como canciones, cual películas. Están y ya no están. Que viva la música y lo que ello conlleva. Algunas personas mueren para nacer. Vivir en sus múltiples acciones y formas es resistir en todas ellas. Como estos apuntes colombianos en resistencia que se niegan al olvido y al silencio.

Todas las almas de aquellos que no están se reúnen el último sábado de cada mes en las ruinas de Ciudad Solar mientras los jóvenes de las barriadas huyen de sus hogares y de la violencia, del desgano, y de la estrechez de cariño que impera en la periferia y se expande con inusual rapidez cuál virus. En Ciudad Solar  ese virus no entra. Tampoco las fieras ni los violentos. Andrés Caicedo observó a un joven que se detenía en una esquina y parecía dilucidar algo muy complejo. Le pareció extraño. Parecía un escobillón dado vuelta con su pelo como flequillos. El diminuto espacio ocupado se iluminaba con el destello de su mirada. 

Las cartas de la madre estaban junto al velador donde, insistentemente, sonó el teléfono cual chillido y ello -no podía ser de otra forma- ahuyentó las aves que se mecían con escasa cadencia en la rama de un guayacán. Era una llamada trágica, sin duda. Entonces se nubló todo en aquella casa y lo mismo pareció suceder en cada rincón del barrio y de la ciudad de Cali, que por un instante estuvo demacrada y sin la tersura habitual. Una ciudad en penumbras y ausente de aire. Y luego -como siempre desde hace siglos- allá en lo alto salió el sol, y los rayos parecieron sonrisas de niños o de gatos pequeños y todos comprendieron lo que había sucedido y se alegraron pues los apuntes colombianos en resistencia que vendrían iban a ser leídos y soleados y la gente gritaría que viva la música de un Andrés Caicedo entre nubes con forma de libros y ciudades solares que él construiría durante tardes tibias.

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