José Miguel Piquer

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De la Alianza Francesa a Beauchef

José Miguel Piquer ingresó al Plan Común de Ingeniería de la Universidad de Chile en marzo de 1979. Venía de la Alianza Francesa, un colegio marcado por una generación de profesores galos que habían llegado durante la Unidad Popular y quedaron en Chile tras el golpe. Ese entorno, relativamente protegido y con sensibilidad de izquierda, contrastó fuertemente con la facultad intervenida que encontró al entrar a Beauchef.  

“En el colegio vivíamos una especie de burbuja rara, nostálgica de la izquierda, en medio de un país en dictadura. Y al entrar a la universidad fue al revés: se nos cerró el mundo.”  

En Ingeniería predominaba un sistema de representación estudiantil controlado por la federación oficialista, con mecanismos indirectos y un esquema binominal que garantizaba equilibrio entre derecha y oposición. La política era una mala palabra. Sin embargo, un grupo de estudiantes comenzó a reunirse, inicialmente no desde partidos, sino desde la necesidad básica de conversar y debatir lo que ocurría en el país.  

El descubrimiento de la computación   Piquer no ingresó a Ingeniería por vocación clara. Provenía de una familia profundamente ligada a esa disciplina —nieto e hijo de ingeniero, hermano mayor fundador del Departamento de Ciencias de la Computación—, pero su decisión fue vacilante. Todo cambió en el segundo semestre, con el curso de Introducción a la Computación.  

El momento decisivo fue cuando programó un juego simple de “gato” (tres en línea) que no solo funcionaba, sino que parecía “pensar” más allá de lo previsto.  

“Sentí que había creado algo con vida propia. Yo había escrito todo el programa, pero hacía cosas que yo no había anticipado. Eso me cambió la cabeza.”  

Ese descubrimiento marcó su rumbo académico: la computación como espacio de creación.   El surgimiento de los centros democráticos   En 1981 fue invitado a integrar el Centro de Alumnos de Computación, en elecciones universales por departamento. Estos centros departamentales democráticos se transformaron en el germen de la reorganización estudiantil en Ingeniería.  

Civil e Industrial tendían a posiciones más conservadoras; otros departamentos eran mayoritariamente opositores. A partir de esa correlación comenzó una articulación política más consciente.  

En 1983, con las primeras protestas nacionales, el escenario cambió. El presidente del centro de alumnos de Computación renunció ante el clima político creciente y Piquer asumió como subrogante.  

“Nadie sabía cuán peligroso podía ser todo esto. No sabías cuánto te protegía la universidad ni hasta dónde podía llegar la represión.”  

La toma democrática del Centro de Estudiantes  

El proceso más significativo fue la recuperación democrática del Centro de Estudiantes de Ingeniería. Los centros departamentales impulsaron el principio “un estudiante, un voto” frente al sistema binominal impuesto.  

Organizaron un plebiscito paralelo, sin autorización oficial. Participaron cerca de dos mil estudiantes de un universo de cuatro mil.  

“Fue mi primera experiencia organizando una votación. No era electrónica, pero hicimos padrón, recuento y todo.”  

El resultado fue contundente. El decano reconoció la legitimidad del proceso y se convocó a elecciones democráticas. Fue elegido Ricardo Herrera como primer presidente democrático del Centro de Estudiantes. Durante un año coexistieron dos centros paralelos hasta que se formalizó el traspaso.  

“La toma del centro fue totalmente pacífica. Fue una pelea política, no violenta. Y nos sorprendimos de nuestro propio éxito.”   Los estatutos que redactaron en Ingeniería sirvieron de base para la reconstrucción de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.  

El debate sobre la violencia  

El movimiento estudiantil estaba atravesado por tensiones: Democracia Cristiana, socialistas, comunistas, MIR (a través de la UNED) y otras corrientes convivían en una oposición que debía mantenerse unida frente a la dictadura.  

El debate central era estratégico: vía pacífica o confrontación más radical.  

Piquer reconoce una relación ambivalente con los sectores más radicalizados. Rechazaba la violencia, pero también vivió momentos en que esos mismos estudiantes lo protegieron físicamente.  

“Nos peleábamos mucho. Pero hubo veces en que nos salvaron la vida.”   El atentado fallido contra Pinochet agudizó las divisiones y el temor a una represión generalizada.  

El plebiscito y la mirada desde Francia  

En 1987 Piquer viajó a Francia a realizar su doctorado. Vivió desde el exterior la caída de Federici y el plebiscito de 1988. Observó el proceso con temor.  

“Nos fuimos pensando que estábamos perdidos, que Pinochet iba a estar hasta el 97.”  

Desde Francia percibió cuánto significaba Chile para Europa, particularmente por la memoria de Salvador Allende.  

El triunfo del No fue vivido con sorpresa y emoción, pero también con conciencia de lo frágil que fue el momento.  

Balance generacional  

Piquer define a su generación como valiente, bien intencionada y desinteresada.  

“Nadie estaba buscando un cargo ni un negocio. Era una batalla por la libertad, no por una ideología.”  

Reconoce que fue un período duro, triste y peligroso, pero también formativo.  

“Probablemente aprendí más en el hoyo folclórico que en las salas de clase.”  

En seis años pasaron de una facultad intervenida y silenciosa a votar contra el rector designado Federici y contribuir a la reconstrucción democrática.  

“Fue el peor y el mejor de los tiempos”, finaliza.

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