Juan Antonio Poblete, el decano de otro mundo

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Abril de 1985 no comenzó como un mes cualquiera en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Entre gallos y medianoche, casi sin aviso, apareció una figura que nadie esperaba: Juan Antonio Poblete Richard. Profesor de medio tiempo y bajo perfil hasta entonces, irrumpió acompañado de un equipo asesor compuesto por académicos de la misma facultad. Pero la verdadera sorpresa no era su presencia, sino su cargo: había sido designado decano.

La comunidad universitaria quedó en estado de conmoción. La decisión no solo parecía arbitraria, sino también incomprensible. Había una larga lista de académicos con mayor trayectoria y reconocimiento que podrían haber ocupado el puesto. Sin embargo, la designación era un hecho consumado. Había sido impuesta desde arriba, sin espacio para discusión.

El desconcierto fue aún mayor porque el Consejo de Facultad seguía deliberando sobre el sucesor de Guillermo González, quien había renunciado agobiado por la carga de trabajo, la falta de apoyo institucional y el impacto de la muerte de Patricio Manzano. Su salida, además, se había producido sin aviso público, lo que profundizó la sensación de vacío y desorden.

¿Quién había nombrado realmente a Poblete? Oficialmente, el rector. Pero en los pasillos se instaló rápidamente otra versión: la decisión venía de instancias superiores, ligadas al poder político de la dictadura. Se hablaba de cercanía con el mundo militar, de vínculos con grupos como “Los Tucanes” y de la influencia de Sergio Melnick. Era un rumor persistente: Poblete no era solo un decano, era un emisario.

“Poblete fue designado desde arriba, probablemente por presión del Ministerio, lo que provocó una reacción muy fuerte en la facultad y obligó a académicos con autoridad —como Igor Saavedra— a intentar forzar su renuncia”, señala el catedrático Jorge Amaya.

Desde el primer día, su estilo generó rechazo. Llegó con un discurso arrollador, casi mesiánico: venía —decía— a “arreglar todo lo que estaba mal” en la facultad. Aquella declaración no solo sonó arrogante, sino también desconectada de la realidad. Pronto quedó claro que no 

tenía la habilidad política ni la sensibilidad necesaria para conducir una comunidad académica compleja. No generaba alianzas; por el contrario, sumaba detractores con rapidez.

“Para los estudiantes y académicos sí importaba que el decano fuera externo: Poblete no venía de la comunidad, sino que era una imposición del régimen, y eso marcaba toda la diferencia”, añade Patricio Artiagoitia.  

Para muchos, Poblete parecía un decano de otro planeta.

Su lenguaje estaba cargado de conceptos como eficiencia, modernización y reordenamiento. Pero esas ideas abstractas comenzaron a traducirse en propuestas concretas que provocaron inquietud. La más polémica fue la de “privatizar carreras”. En su lógica, la universidad podía externalizar programas académicos: empresas privadas podían encargarse de impartir diplomas o postítulos, utilizando la infraestructura universitaria como plataforma. Para gran parte del profesorado, aquello era una herejía. Reducía la universidad a una empresa de servicios, despojándola de su identidad intelectual.

El conflicto no tardó en escalar. Sin consultar a nadie, Poblete comenzó a nombrar directores de departamento a su antojo. No hubo diálogo ni búsqueda de legitimidad interna. Simplemente impuso nombres. El contraste con su antecesor era evidente: mientras González entendía la importancia de negociar y construir acuerdos, Poblete operaba desde la imposición.

Incluso quienes aceptaron cargos terminaron pagando el costo. Profesores respetados fueron vistos con sospecha por sus pares, como si hubieran traicionado una tradición no escrita. “No es contra ti —les decían—, pero estas decisiones siempre las tomábamos nosotros”.

La tensión creció rápidamente. A la torpeza política se sumaba la falta de experiencia administrativa. Poblete era, en esencia, un ingeniero de terreno que hacía clases; nunca había dirigido una facultad.

Testimonios de la época reflejan ese clima. Se intentó articular una respuesta desde los académicos más reconocidos. Figuras como el profesor Igor Saavedra fueron convocadas para encabezar un esfuerzo por persuadir al nuevo decano de renunciar. La idea era simple: evitar una crisis mayor y permitir una transición ordenada. Pero el intento fracasó. 

“La facultad simplemente dejó de reconocerlo: nadie lo respetaba y el consejo siguió funcionando en paralelo como un “gabinete en las sombras”, manifiesta Gabriel Fierro.

Mientras tanto, el país seguía siendo un escenario de control y represión. La universidad no era una excepción. Cuando estalló una huelga estudiantil denominada “No más Poblete”, la respuesta fue inmediata y violenta: fuerzas policiales ingresaron al campus y detuvieron a cerca de cien estudiantes. Ese episodio marcó un punto de no retorno. La figura de Poblete quedó definitivamente asociada a un modelo autoritario, ajeno a la tradición universitaria.

En paralelo, se desarrollaban tensiones internas profundas. En reuniones formales, como la del 23 de abril de 1985, Poblete intentó ordenar la situación. Habló de transparencia, de reglas de convivencia, de la necesidad de funcionar dentro de los marcos legales vigentes. Prometió información, documentos, claridad. Pero el problema no era la falta de información: era la desconfianza.

Las actas de mayo reflejan ese choque. Poblete insistía en la legalidad como principio rector, mientras los académicos defendían las prácticas históricas de deliberación colectiva. No se trataba de desconocer la ley, argumentaban, sino de preservar una cultura institucional basada en acuerdos y participación.

El conflicto también tenía dimensiones estructurales. En esos años, el régimen impulsaba transformaciones profundas en la educación superior. Un posterior caso insigne fue el de José Luis Federici, nombrado con el respaldo de Melnick y del propio Augusto Pinochet, quien encarnaba ese proceso. Su llegada desató una ola de protestas que terminaría impactando incluso al propio régimen.

En ese contexto, Poblete aparecía como una pieza más de un engranaje mayor: la tecnocratización de la universidad. Su proyecto apuntaba a transformar la enseñanza en un modelo más cercano al de instituciones como el Massachusetts Institute of Technology, aunque en clave local algunos ironizaban llamándolo el “Mapocho Institute of Technology”.

“Poblete quería transformar Ingeniería en una institución tecnocrática, casi independiente de la Universidad de Chile, al estilo de un “MIT criollo”, sin comprender la cultura universitaria existente”, manifiesta Eduardo Giesen.

Ante una idea así la resistencia fue fuerte. Académicos y estudiantes se movilizaron para defender áreas estratégicas como Computación, exigiendo autonomía, reconocimiento disciplinar y recursos propios. 

“En áreas como Computación, Poblete impulsó una lógica de subordinación técnica (con empresas como IBM), lo que provocó movilización para defender autonomía académica y desarrollo propio”, señala Fernando Ortiz, estudiante y presidente de esa carrera en aquella época.

Las tensiones derivaron en paros, ocupaciones y sumarios. Se acusó a dirigentes estudiantiles de desconocer la autoridad del decano, mientras la comunidad seguía fracturándose.

En las aulas, la experiencia tampoco era distinta. Poblete, como profesor, representaba una visión económica ortodoxa, alineada con los postulados de los llamados Chicago Boys. Sus clases eran percibidas como rígidas, poco abiertas al debate. En un ambiente ya marcado por el miedo, cuestionar esas ideas era prácticamente imposible. Pero la comunidad lo hizo. Patricio Basso señala que en un primer momento los estudiantes siguieron el ritmo de los académicos y no viceversa. Luego las protestas y acciones de rechazo de diverso índole se hicieron transversales. 

“Poblete representaba la ortodoxia económica del régimen: fue profesor de microeconomía desde una perspectiva rígida y alineada con el gobierno, sin espacio para el cuestionamiento”, señala Carlos Álvarez.

Para muchos, el problema no era solo político, sino cultural. Poblete no era visto como un enemigo ideológico en sentido estricto, sino como alguien que no comprendía el lugar que ocupaba. Un hombre formado en una lógica completamente distinta a la de la universidad pública chilena. En definitiva fue quien pagó los platos rotos.

“El problema no era personal, sino estructural: Poblete no tenía trayectoria ni legitimidad para ser decano, y su nombramiento pasó por encima de la comunidad universitaria”, manifiesta Aída Chacón. 

Su estilo -como una maldición- terminó por sellar su destino. Ignoró a la organización estudiantil, subestimó a los académicos y se aferró a una forma de gestión basada en una férrea imposición. La respuesta fue inevitable: aislamiento de todo el estamento universitario. 

Intentos de diálogo existieron, pero fracasaron. Representantes estudiantiles llegaron incluso a exigirle directamente la renuncia. La respuesta fue evasiva, pero el mensaje ya estaba claro: el conflicto no se detendría.

Con el tiempo, su figura quedó consolidada en la memoria colectiva como la de un decano impuesto, desconectado y profundamente torpe en su gestión. Un símbolo de un modelo que intentó transformar la universidad en una empresa y que, al hacerlo, chocó frontalmente con una comunidad que llevaba décadas construyendo su identidad.

“Frente a los daños del terremoto del 85, la respuesta de Poblete fue superficial: poner un letrero de “aquí se está reconstruyendo”, sin resolver los problemas reales”, finaliza Jorge Amaya.  Finalmente Poblete cerró la puerta por fuera y se quedó ahí. Más tarde, semanas después de su alejamiento seguía enviando mensajes y dictámenes desde su casa, que nadie tomaba en cuenta, como si nada hubiera ocurrido. Poblete estaba en otro mundo, en otro planeta.

El ex decano Patricio Poblete argumenta que el caso Poblete “en su momento, fue un acto de defensa del microclima que habíamos logrado crear y sostener en la Facultad. A pesar de la dictadura imperante y de los abusos que el país vivía a diario, en nuestra comunidad académica habíamos podido mantener y desarrollar reglas de convivencia que nos permitieron sobrevivir a esos años duros y desarrollar un liderazgo académico en el país. Todo eso se estaba poniendo en riesgo por la intervención que se avecinaba, y eso motivó el tratar de poner por escrito los principios que nos guiaban. Siendo un académico muy joven, tuve la suerte y el privilegio de estar en ese grupo. Por esto, para mí es muy importante que nuestra historia se preserve y sea conocida por todos, especialmente por las nuevas generaciones, para las cuales a veces es difícil imaginar lo que fue vivir y sobrevivir una dictadura brutal”.

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