“Matar a un hombre era como comerse un dulce”.
Las “visitas” -familiares de los reos- entraron con alboroto. Una larga cola parloteando en voz alta. Algunos riendo, cantando; otros más silentes. La conformaban hombres mayores; algunos jovenes, mujeres, incluso niños que miraban con extrañeza ese mundo -a sus ojos- nuevo y gris. Todos se habían arreglado con cierta dosis de esmero pues querían que sus familiares, detenidos en ese lugar, vieran que estaban bien, que todo iba en orden, que la vida continuaba pese a que ellos estuvieran en la cárcel, aquel lugar de mal vivir donde el paisaje era horroroso: el calor, el polvo, las moscas y el hedor parecían ser personajes más en una trama desquiciada. Y allá al fondo, junto a su tropilla, estaba Danny 45 observando, cual cazador anhelante.
La Penitenciaría Nacional de La Victoria en República Dominicana fue inaugurada el 16 de agosto de 1952, durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, como una cárcel concebida para aproximadamente mil doscientos reclusos. Hasta hace un tiempo albergaba ocho mil.
Construida en las afueras de Santo Domingo, con una inversión, de aquella época, cercana al millón de pesos dominicanos, se convirtió en un lugar de reclusión y represión para opositores políticos. Gente de izquierda sufrió la peores torturas y casi todos fueron hechos desaparecer.
Con el transcurso de las décadas, el establecimiento pintado de blanco fue perdiendo las condiciones que habían justificado su presentación oficial como una prisión moderna. Se tornó gris. El hacinamiento, la precariedad sanitaria, los motines y las disputas entre internos terminaron transformándolo en uno de los símbolos más sombríos del sistema penitenciario dominicano. Fue en ese universo de violencia y autoridad fragmentada donde, durante los años ochenta y noventa, un preso conocido como Danny 45 consiguió imponer su propio dominio sobre parte de la población carcelaria.
Después de México, la Penitenciaría Nacional de La Victoria es la segunda más poblada de América Latina de acuerdo con la ONG Prisiones, que además señala que en República Dominicana, la proporción entre personas detenidas y número de habitantes del país es de 248 por cada 100,000 personas (231 de acuerdo con el International Centre for Prison Studies, ICPS, una organización dedicada al estudio del estado penitenciario mundial).
“La Victoria era un campo de tortura y se podía equiparar con los campos de concentración nazis… Fue hecha para la perversidad del dictado Trujillo” señala el periodista y abogado Santiago de la Cruz, quien añade que había túneles por debajo del penal, por donde hacían caminar a los internos hasta un punto en el que caían por unas fosas. En esta cárcel estuvieron recluidos todos los que participaron en el complot contra el dictador Trujillo y que luego llevaron a la hacienda Estrella para ejecutarlos: el abogado y líder del Movimiento Revolucionario 14 de junio, Manolo Tavárez, los esposos de las asesinadas hermanas Mirabal -Pedro Antonio González, Leandro Guzmán Rodríguez, también estuvieron en La Victoria, igual que el militar Segundo Imbert y Rafael Augusto Sánchez- y cientos de detractores de la tiranía. En aquel tiempo, y mucho después, la sangre fue abono del suelo dominicano.
La cárcel tiene 12 pabellones y otras áreas bien identificadas: “Alaska”, el “Consulado” y “Los Galpones”, en el ala Sur; y el pabellón de los “Enfermos” o “Área Médica”, en el ante-patio; los “Pasillos”, desde la A hasta la F, “Vietnam”, numerados del 1 al 8, pasando el Patio, y el “Hospital”, y dentro de ésta “Las Malvinas”, en el extremo Norte.
En la década de los 90 en aquella cárcel de La Victoria, Danny 45 llegó a tener más poder que sus propios carceleros. El recluso se llamaba Jacinto Francisco de los Santos, aunque casi nadie lo conocía por ese nombre. Para los presos, los guardianes y buena parte de la población dominicana era simplemente Danny 45, un personaje que durante años convirtió una prisión en su territorio y el miedo en su principal instrumento de gobierno. Su autoridad no provenía de ninguna ley, ni de una designación administrativa, ni de una jerarquía reconocida por el Estado. Provenía de la violencia. De la capacidad de decidir quién podía desafiarlo y quién debía obedecerlo. De una reputación construida entre las celdas, los patios y los corredores de un establecimiento penitenciario donde la vida humana podía depender de una disputa aparentemente insignificante. Danny 45 era un “tigre”.
En República Dominicana los llamaban tígueres. Eran hombres formados en la escuela informal de la calle, donde la astucia podía resultar más útil que la fuerza y donde sobrevivir exigía aprender a distinguir rápidamente entre los débiles, los peligrosos y los que mandaban. El tigueraje tenía sus propios códigos, una manera de hablar, de caminar, de negociar y de hacerse respetar. No todos los tígueres eran delincuentes, pero muchos delincuentes habían aprendido a utilizar aquellas habilidades para conquistar una posición entre los suyos. En La Victoria, donde las jerarquías podían establecerse mediante amenazas y alianzas, ese conocimiento adquiría un valor particular. Danny 45 había llevado aquella lógica a una dimensión extrema. Ya no se trataba solamente de ser más astuto que los demás. Se trataba de conseguir que los demás le tuvieran miedo.
Jacinto Francisco de los Santos, más conocido como Danny 45, nació en 1961 en Los Mina, un sector popular de Santo Domingo Este, en una familia de siete hermanos. Su padre, Gumersindo de los Santos, murió en 1965, cuando el niño tenía cuatro años, y su madre, Generosa, debió asumir buena parte de las responsabilidades familiares. Esos datos, recogidos décadas después por el periódico Listín Diario a partir de una reconstrucción biográfica difundida en redes sociales, constituyen uno de los escasos registros disponibles sobre sus primeros años. No sabemos demasiado acerca de su infancia, de sus amistades, de su educación ni del momento en que comenzó a relacionarse con el mundo delictivo. Tampoco está suficientemente documentada la sucesión de acontecimientos que terminó llevándolo a La Victoria. Esa ausencia de información es importante porque alrededor de Danny se construyó una leyenda que con el tiempo comenzó a confundirse con la realidad. Los testimonios de quienes lo conocieron describen a un hombre extremadamente violento, pero no siempre coinciden en los detalles de su vida. Algunos lo recordaban por su capacidad para imponer obediencia, otros por la crueldad de sus castigos y otros, simplemente, por el temor que inspiraba su presencia. La distancia entre el muchacho nacido en Los Mina y el hombre que años después sería conocido como el terror de La Victoria constituye uno de los grandes vacíos de su biografía. En algún punto de ese recorrido, Jacinto Francisco de los Santos dejó de ser Jacinto y se convirtió en Danny, también llamado Radhamés. El número 45 terminó adherido a su nombre como una segunda identidad, aunque las fuentes disponibles no permiten establecer de manera concluyente el origen del apodo. En un filme Danny dice que es el recluso número 45.
En 1995, durante un motín, aquel hombre, Danny 45, que había conseguido dominar a otros hombres privados de libertad – a muchos los violaba- terminó enfrentándose a la misma violencia que había contribuido a instalar. Lo atacaron con armas blancas, recibió numerosas puñaladas y, según el testimonio de uno de los reclusos que participó en su traslado al hospital, sus agresores intentaron quemarlo. La muerte de Danny 45 no fue solamente el desenlace de una trayectoria criminal. Fue también el final de una forma de poder que había crecido en los espacios abandonados por la autoridad penitenciaria. Para comprender cómo un preso pudo llegar a convertirse en una figura tan temida es necesario retroceder varias décadas, abandonar por un momento los muros de La Victoria y regresar a un barrio popular de Santo Domingo, donde la historia había comenzado mucho antes de que su protagonista imaginara el destino que le esperaba.
La cárcel de La Victoria era un universo donde las reglas escritas y las reglas verdaderas no siempre coincidían. En los años en que Danny 45 alcanzó notoriedad, el establecimiento estaba organizado alrededor de grandes espacios comunes, patios rodeados de celdas y sectores identificados con nombres que parecían pertenecer a una geografía propia. Alaska, Vietnam y Veteranos eran algunos de ellos. Los presos aprendían rápidamente que la vida en prisión no dependía exclusivamente de las decisiones de los funcionarios. Existían jerarquías internas, alianzas entre grupos, conflictos territoriales y liderazgos que podían imponerse por la fuerza. La violencia no era solamente una consecuencia de la convivencia penitenciaria: en determinados momentos se convertía en un mecanismo de organización. Quien tenía capacidad para intimidar podía controlar espacios y someter a otros internos. La prisión reproducía así una estructura de poder paralela a la del Estado. En ese ambiente, Danny encontró las condiciones para convertirse en un jefe. No sabemos con exactitud cuándo comenzó su ascenso ni qué episodios concretos le permitieron consolidar su autoridad, pero los relatos posteriores coinciden en señalar que durante varios años ejerció una influencia extraordinaria sobre la población penal. Su nombre llegó a los periódicos, que lo describieron como un recluso temido por su violencia y manejo del cuchillo. Testimonios señalan que podía luchar horas apuñalando hasta cinco contrincantes, uno tras otro. La prensa le atribuyó más de diez muertes dentro y fuera de la cárcel, una cifra que aparece en las reconstrucciones periodísticas, aunque no equivale necesariamente a homicidios acreditados mediante sentencias judiciales. Danny se había convertido en un personaje conocido fuera del recinto y, al mismo tiempo, en una amenaza cotidiana para quienes vivían encerrados con él.
El poder de Danny encerraba una paradoja. La prisión estaba destinada a quitarle la libertad, pero dentro de ella había conseguido ejercer sobre otros una autoridad que difícilmente habría alcanzado en el exterior. No necesitaba poseer un cargo para ser obedecido. Su principal capital era la reputación. En los ambientes dominados por la violencia, el miedo puede llegar a funcionar como una forma de administración: evita que algunos desafíen al más fuerte y obliga a otros a buscar protección. La figura de Danny representaba esa lógica llevada al extremo. Sin embargo, sería un error imaginarlo como un gobernante absoluto que controlaba cada rincón de La Victoria. Los testimonios conservados muestran una realidad más compleja, con distintos sectores, otros líderes y conflictos que modificaban permanentemente los equilibrios internos. Lo que sí parece indiscutible es que su influencia fue lo bastante importante para convertirlo en una figura reconocida por los presos y recordada durante décadas. Uno de los hombres que compartió su encierro fue un antiguo recluso identificado como Trinidad, quien vivió con él en el sector Alaska. Muchos años después, cuando el periodista de Listín Diario recogió su testimonio, Trinidad seguía recordando la época en que Danny ejercía su dominio y, especialmente, el enfrentamiento que mantuvo con un oficial decidido a recuperar la autoridad penitenciaria. El coronel Benito Díaz Pérez llegó a La Victoria precedido por una reputación de hombre severo. Los internos lo recordaban por su disciplina y por la dureza con que enfrentaba los conflictos. Según Trinidad, en algún momento el oficial encaró a Danny y le dijo una frase que resumía el desafío entre ambos: «Acá la 45 la tengo yo». Era una declaración de autoridad, pero también una manera de disputar el símbolo con el que el recluso se había hecho famoso. El coronel quería dejar claro que dentro de la prisión no podía existir otro mando por encima del suyo. Antes de abandonar el establecimiento, de acuerdo con el mismo testimonio, le hizo una segunda advertencia: «Cuando yo me vaya de aquí, búscate otra cárcel». No se conoce con precisión el contexto completo de aquel intercambio ni existen antecedentes suficientes para determinar sus consecuencias inmediatas. Lo que Trinidad recordó fue que, aproximadamente tres meses después de la salida del coronel, estalló el motín en el que Danny encontró la muerte. La proximidad temporal entre ambos hechos no demuestra que estuvieran relacionados, pero el episodio revela la magnitud del problema que representaba el recluso para la administración penitenciaria. Un oficial del Estado había tenido que confrontar personalmente a un preso para recordarle quién ejercía formalmente el poder dentro de la cárcel.
En 1995, Danny 45 murió durante un motín en La Victoria. La fecha exacta y la secuencia completa de los acontecimientos no aparecen establecidas de manera consistente en las reconstrucciones consultadas. Tampoco existe una versión única acerca del lugar donde recibió las heridas mortales. Un antiguo interno conocido como Ñapa sostuvo que lo mataron en Veteranos 4, cerca de un sector identificado como “La celda de los locos”. Otros relatos situaron el episodio en el Pasillo E, en una celda cuya numeración también varía según los testigos. Las diferencias son reveladoras. En una prisión donde los acontecimientos podían propagarse de boca en boca antes de quedar registrados en un documento, la memoria de los protagonistas conservaba escenas, nombres y emociones, pero no necesariamente una cronología exacta. Lo que todos los relatos tienen en común es la violencia del desenlace. Danny, que había pasado años imponiendo temor, terminó enfrentándose a un ataque del que no consiguió escapar. Según el testimonio de Moreno, conocido como Negrito, el recluso se atrincheró durante los acontecimientos. Fue apuñalado repetidamente, cerca de 90 veces, y sus atacantes intentaron quemarlo. La imagen del hombre acorralado representa una inversión brutal de su antigua posición: quien había construido su autoridad sobre la capacidad de intimidar se encontraba ahora a merced de otros presos. Moreno aseguró haber participado personalmente en el traslado de Danny al hospital Moscoso Puello, en Santo Domingo. Su testimonio, publicado por Listín Diario en abril de 2016, es uno de los relatos más directos sobre los últimos momentos del recluso. Recordaba el cuerpo cubierto de heridas, el intento de sus atacantes por incendiarlo y una circunstancia que lo impresionó especialmente: según dijo, durante el traslado Danny parecía haber perdido muy poca sangre, pero al llegar al hospital comenzó a sangrar abundantemente. La descripción tiene la crudeza de los recuerdos que permanecen asociados a una experiencia traumática. No existe, en las fuentes examinadas, un informe médico que permita verificar cada detalle de ese relato, pero su importancia periodística reside en que procede de alguien que afirmó haber estado presente durante las consecuencias inmediatas del ataque. Moreno no estaba contando una leyenda escuchada a otros presos. Estaba reconstruyendo algo que, según su versión, había visto y vivido. En su memoria, Danny no aparecía ya como el jefe capaz de someter a los demás, sino como un hombre gravemente herido, trasladado fuera de la prisión donde había alcanzado notoriedad. La muerte cerraba una trayectoria que había hecho de la violencia su principal instrumento de poder.
La desaparición de Danny no devolvió automáticamente el control de La Victoria a las autoridades. Los testimonios recogidos por Listín Diario describen una reorganización posterior de los grupos internos. Ñapa habló de una especie de gobierno compartido, en el que diferentes sectores comenzaron a establecer sus propias formas de autoridad. Entre los nombres que sobrevivieron en la memoria de aquellos años aparecían Pacheco, Los Negrones, Engie y Carlos Pelota. La estructura del poder penitenciario se transformó, pero no desapareció. Según algunos antiguos presos, la policía no logró ejercer un control efectivo del establecimiento hasta 1998, tres años después de la muerte de Danny. La afirmación pertenece a los testigos y no debe confundirse con una conclusión administrativa oficialmente establecida, pero resulta significativa: para quienes habían vivido allí, la muerte del hombre más temido no había significado el fin del sistema que lo hizo posible. La cárcel continuaba organizada mediante relaciones de fuerza, grupos de influencia y una convivencia atravesada por amenazas. El individuo había desaparecido; la estructura que permitió su ascenso seguía funcionando.
Los años siguientes confirmaron que La Victoria estaba lejos de convertirse en un establecimiento pacífico. Entre 1996 y 1997, según Moreno, varios internos intentaron escapar excavando túneles desde un sector conocido como Veterano. Los trabajos fracasaron porque el terreno pantanoso dificultaba las excavaciones. La escena parece extraída de una novela carcelaria: hombres encerrados bajo vigilancia, abriendo pasadizos en la tierra con la esperanza de alcanzar una libertad que nunca llegaba.
En marzo de 2000, otro episodio dejó una huella especialmente dolorosa. Un incendio en el comedor provocó la muerte de numerosos reclusos. Las autoridades informaron oficialmente de dieciséis fallecidos, pero Moreno aseguró haber contado veintinueve cuerpos cuando fueron colocados en fila. La diferencia entre las cifras muestra las dificultades para reconstruir con certeza determinados acontecimientos penitenciarios a partir de versiones enfrentadas. También revela la persistencia de un problema que excedía la figura de Danny: la vulnerabilidad de quienes vivían en una institución donde el encierro, la precariedad y la violencia podían transformarse en una combinación mortal.
La historia de La Victoria no comenzó con Danny 45 ni terminó con él. Su vida fue apenas uno de los episodios más conocidos de una historia mucho más larga. Durante años, el nombre de Danny sobrevivió principalmente en la memoria de los antiguos internos, en los archivos periodísticos y en las historias que circulaban alrededor de la prisión. El tiempo fue convirtiéndolo en un personaje cuya existencia parecía moverse entre los hechos comprobables y la exageración. Los relatos sobre criminales famosos suelen experimentar ese proceso. La violencia se transforma en anécdota, las anécdotas se repiten, los detalles cambian y, finalmente, el personaje adquiere dimensiones que resulta difícil separar de su verdadera biografía. Danny 45 no fue una excepción. Su reputación continuó creciendo después de su muerte, alimentada por testimonios de personas que lo habían conocido y por la fascinación que producen aquellos individuos capaces de ejercer un poder extraordinario en circunstancias extremas.
La pregunta sobre quién había sido realmente comenzó a interesar también al cineasta dominicano Gilbert de la Rosa, que escuchó por la radio las noticias del motín de 1995. Aquel episodio permaneció en su memoria y años después se convirtió en el punto de partida de un proyecto cinematográfico. De la Rosa dedicó aproximadamente una década a investigar la historia, entrevistó a antiguos presos y familiares y buscó reconstruir un universo del que existían recuerdos dispersos, pero no una biografía definitiva.