Bosque

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Mi madre fumaba Winston. Fumaba mucho y eso al final le fue pasando la cuenta. Tuberculosis. Estamos en España.
Dios apareció en nuestro camino. A mí madre la enviaron a un hospital público y a mí a un orfelinato. Los dos establecimientos eran de monjas. El sanatorio quedaba en las afueras de la ciudad, cercano a un sector agrícola, rodeado de fincas y gente dando vueltas en camiones, tractores y motos, bajo un calor que derretía la esperma en los candelabros utilizados por los que no tenían luz.
Y a un costado del sanatorio estaba un pequeño bosque de pinos. Un paraíso perdido junto a un lugar donde la
mayoría de la gente moría. La vida y la muerte colindando terrenos.
Me iban a dejar al sanatorio para ver a mi madre postrada en esa cama, muy enferma al comienzo, recuperándose después y ya casi sana al final. Hablábamos y reía. Supongo que era un gran aliciente para ella el verme llegar. De la palidez inicial su rostro se coloreaba con tímida luminosidad. Luz divina. Ella se ponía a hablar de cosas triviales. Me preguntaba cómo me había ido en el lugar donde estaba residiendo, si me lavaba los dientes, cosas así. Yo observaba la habitación con detenimiento: el piso de cerámica blanca pulida, las paredes crema con cruces sobre la cabeza de los enfermos, las luces tenues a un costado de las camas, las zapatillas de levantarse. Y las ventanas, la luz y al final el bosque verde y oscuro, rayos y oscuridad, sol y húmedo humus.
-Si quieres puedes dar una vuelta por el patio- decía mi madre y yo asentía. Ella se acomodaba en la cama tratando de descansar. Tosía y esa tos retumbaba en el edificio de cemento mientras yo cruzaba el umbral rumbo al bosque. A perderme en ese pequeño espacio verde sin saber si volvería o no.
Pasto y ramas secas formando un colchón blancuzco, una leve pendiente, hilera de pinos en desorden, el vuelo de bichos y abejas, un lugar interminable y el miedo de un niño a perderse en ese terreno de nadie. El sol allá arriba tapado. Ya he avanzado demasiado. Hay que volver. La retirada es más confiable. Polvo y barro según el sector. Y entonces allá a lo lejos hay un perro enorme y yo quedó en blanco. Apuro la marcha. Miro hacia atrás: el perro no está. El jardín del sanatorio con las hortensias se divisa y yo respiro tranquilo. Las monjas revolotean como avispas por la fachada del hospital con sus capas blancas. Me acercó y caminó por pasillos hasta la sala donde se encuentra mi madre que duerme. Es tan bella. Tan frágil. Tan desprotegida a un millón de kilómetros de casa, con un hijo pequeño, en un país que puede ser hostil y cariñoso según el correr del viento. Y entonces me acercó y le tocó la mano y ella la aprieta. Es cuando siento que todo está bien. Por solo ese instante todo está bien. Y ambos somos felices.

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