Giesen en territorio libre

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Por Hugo Dimter

Junio de 2026. Día de sol en Santiago.

Un café en la esquina de Catedral con Morandé, en pleno centro de la ciudad, sirve de punto de reunión con Luis Eduardo Giesen Amtmann. De pronto aparece un tipo con polerón y pantalones de trekking, el pelo tomado y ese aire de hippie nórdico que parece haber sobrevivido a varias épocas sin pertenecer del todo a ninguna. Tiene algo de grunge, algo de excursionista y bastante de ambientalista, que es precisamente una de las cosas a las que ha dedicado su vida. Delgado, ojos claros, rasgos alemanes. Su rostro es el de un hombre adulto; su mirada conserva algo de niño. Aparenta cuarenta y tantos, aunque hace tiempo dejó atrás esa edad. El bisabuelo de Luis Eduardo llegó a Santiago, pero no se vinculó con la colonia alemana existente. Su padre trabajó en ENAP y dejó, según quienes lo conocieron, una estela de afecto y admiración. El hijo parece haber seguido, a su manera, un camino parecido.

De más está decir que Giesen no encaja en el molde que me había formado de los ingenieros de Beauchef de los años ochenta. Pero es uno de ellos. Y uno importante, aunque habría que agregar de inmediato que todos, de una u otra manera, lo fueron. Fue vicepresidente del Centro de Estudiantes de Ingeniería y más tarde el mismo cargo en la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, la mismísima FECh, aquella organización que la dictadura había intentado borrar del mapa universitario y que una generación de muchachos consiguió levantar nuevamente.

Giesen es sencillo, humilde, de sangre liviana. Un tipo que se hace querer con facilidad. No tiene los ademanes de quien necesita recordar a cada momento que alguna vez estuvo al frente de algo. Habla sin grandilocuencia, se ríe de sí mismo y parece más interesado en rescatar el sentido colectivo de aquellos años que en reivindicar su propio protagonismo. Ha recorrido un camino largo, bastante más largo de lo que su apariencia despreocupada deja entrever.

«Beauchef era mi segunda casa; en un minuto, la primera», dice mientras comenzamos a rememorar una época que parece cercana y remota al mismo tiempo.

Giesen ingresó a Ingeniería de la Universidad de Chile en 1983, justo cuando las primeras protestas nacionales comenzaban a sacudir a la dictadura. No llegó a una universidad tranquila ni mucho menos a una institución dedicada exclusivamente a enseñar cálculo, física y electricidad. La Universidad de Chile estaba intervenida, sus autoridades eran designadas desde arriba y la histórica FECh había sido proscrita. En su lugar funcionaba la FECECh, una organización identificada con el régimen que no representaba a buena parte de los estudiantes. La actividad política se desarrollaba bajo vigilancia, con reuniones discretas, organizaciones todavía precarias y el riesgo permanente de terminar en una comisaría por hacer algo tan elemental como exigir representación democrática.

«Yo entré el 83, justo para las protestas», recuerda.

Para aquellos jóvenes la política no era una actividad extracurricular. Estaba metida en las salas de clases, en los pasillos, en los patios, en las conversaciones después de una prueba y hasta en las bromas que los estudiantes antiguos preparaban para recibir a los mechones. Giesen habla de un renacimiento del movimiento estudiantil, una recuperación lenta, hecha a pulso, en la que participaron militantes de distintos partidos, independientes y muchachos que jamás habían pensado en convertirse en dirigentes. No había un manual para reconstruir la democracia universitaria. Se aprendía sobre la marcha, discutiendo, equivocándose y volviendo a intentarlo.

Ingeniería tenía, además, una característica que Giesen considera decisiva: su diversidad social. En el Plan Común podían coincidir estudiantes de colegios particulares acomodados con muchachos provenientes de liceos fiscales y familias trabajadoras. Era una facultad académicamente exigente, pero también un lugar donde se encontraban mundos que en otras instituciones rara vez se cruzaban. Él la compara con Ingeniería de la Universidad Católica, más vinculada a sectores de mayores ingresos, y con la Universidad de Santiago, de composición más popular.

«Era una escuela que tenía siempre una alta exigencia académica, pero al mismo tiempo una mezcla de clases sociales, gente de todos los estratos sociales».

En esa convivencia había diferencias políticas, culturales y hasta de lenguaje. Y a veces esas diferencias producían escenas memorables.

Una de ellas ocurrió cuando Giesen llevaba algunos años de estudio y sirvió de palo blanco. Los estudiantes antiguos decidieron hacerles una broma a los mechones. Uno de los mayores se disfrazó de profesor y entró a una sala repleta de alumnos. No era difícil hacer pasar a alguien por docente en aquellos cursos enormes, donde podían reunirse más de cien estudiantes y donde los recién llegados apenas comenzaban a reconocer las caras de sus compañeros. El falso profesor explicó con toda seriedad el funcionamiento de la facultad y anunció que las distintas secciones del Plan Común estaban organizadas según orientaciones ideológicas. Había secciones de derecha, otras de centro y aquella, precisamente aquella en la que estaban sentados los nuevos alumnos, era marxista.

Los muchachos escucharon en silencio. El supuesto académico continuó con la bibliografía obligatoria y comenzó a mencionar títulos disparatados. Uno de ellos era Amoríos entre Marx y Newton. Algunos estudiantes tomaban apuntes. Otros empezaron a inquietarse. Finalmente, varios levantaron la mano para preguntar si podían cambiarse de sección. Giesen recuerda especialmente la preocupación de algunos compañeros provenientes de colegios particulares y familias conservadoras.

«Yo no lo podía creer, pero tenía que evitar reírme».

La broma terminó cuando los veteranos confesaron el engaño. No existían secciones marxistas ni de derecha. Todos tendrían que estudiar las mismas materias y sufrir, más o menos por igual, las dificultades del cálculo y la física. Pero la anécdota decía bastante sobre el país de entonces. La división política era tan profunda que incluso una estupidez semejante podía parecer perfectamente verosímil. La dictadura había penetrado también en las expectativas, los prejuicios y los temores de quienes llegaban por primera vez a la universidad.

Giesen recuerda aquellos años como un tiempo en que apareció lo mejor de una generación. No porque todos pensaran igual, sino precisamente porque no lo hacían. Había democratacristianos, socialistas, comunistas, militantes de otras organizaciones e independientes que podían discutir durante horas sin perder de vista que existía un adversario común.

«En ese tiempo surgió lo mejor de los valores estudiantiles. Se vieron expresados en ese momento, en gente militante y no militante».

La universidad se convirtió en algo más que un espacio académico. Durante los últimos años de la dictadura, sus dependencias comenzaron a recibir reuniones sindicales, encuentros políticos, debates y actividades culturales que fuera de ellas resultaban difíciles o peligrosos. No se trataba de una libertad garantizada. La policía podía entrar, las autoridades podían ordenar sumarios y las detenciones formaban parte del horizonte cotidiano. Pero aun así existían espacios que la oposición había conseguido conquistar.

«Las universidades éramos como centros de operación de la oposición. De alguna manera, éramos como territorios libres. Ahí se hacían muchos debates y reuniones que no se podían hacer en otros lugares».

Beauchef era uno de esos territorios. Un pequeño espacio de libertad rodeado por un país donde todavía mandaban los militares.

El decano que nadie había elegido

El 19 de abril de 1985 apareció Juan Antonio Poblete. Llegó prácticamente entre gallos y medianoche, acompañado por un equipo de profesores y con el nombramiento de decano de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas bajo el brazo. La noticia produjo una conmoción. La comunidad académica todavía discutía la sucesión de Guillermo González, quien había renunciado agobiado por el trabajo y por el escaso respaldo de la rectoría. Su salida no había sido comunicada oportunamente a la facultad y, antes de que se pudiera alcanzar algún acuerdo, el asunto estaba resuelto desde arriba.

Oficialmente, Poblete había sido designado por el rector. Pero en los pasillos circulaban otras explicaciones. Se hablaba de influencias políticas, de grupos vinculados al régimen y de los llamados Tucanes, asociados a sectores que promovían transformaciones de inspiración neoliberal. Eran sospechas y comentarios que se repetían en oficinas, laboratorios y patios, alimentados por la opacidad de una designación que nadie había consultado. La lista de académicos con mayores pergaminos para ocupar el cargo era larga. Poblete, en cambio, no parecía reunir ni el prestigio ni las habilidades políticas necesarias para hacerse cargo de una facultad que llevaba años aprendiendo a resistir las imposiciones.

Giesen hace una distinción importante:

«Lo que era inaceptable no eran sus planes, sino la forma en que había sido designado».

Poblete cometió el error de presentarse como quien venía a poner orden en una institución que, según su diagnóstico, funcionaba mal. Hablaba de eficiencia, modernización, nuevas formas de administración y reestructuraciones. Nada de eso habría sido necesariamente escandaloso si hubiera existido una discusión previa con la comunidad universitaria. El problema era su manera de ejercer la autoridad. No consultaba, no escuchaba y parecía convencido de que el nombramiento bastaba para otorgarle legitimidad.

Una de sus propuestas más controvertidas fue la posibilidad de privatizar determinadas actividades académicas. La idea consistía en que ciertos programas, diplomas o postítulos pudieran ser organizados por empresas externas, contratando profesores y administrando los cursos como servicios. Para muchos académicos aquello significaba transformar a la universidad en una intermediaria comercial, una institución que prestaba su nombre y sus instalaciones mientras otros se encargaban de enseñar.

No se trataba solamente de una discusión económica. Estaba en juego una determinada concepción de la universidad pública. Para Giesen, esa mirada empresarial desconocía la existencia de una comunidad académica con tradiciones, conocimientos y responsabilidades que no podían reducirse a un negocio.

Pero Poblete consiguió algo todavía más difícil: enemistarse con personas que podrían haber sido sus aliados. Comenzó a designar directores de departamento sin conversar previamente con los académicos. Profesores respetados, algunos de ellos nombrados de buena fe, se encontraron de pronto bajo sospecha de sus propios colegas. No necesariamente porque fueran malos candidatos, sino porque habían aceptado cargos que tradicionalmente requerían algún grado de acuerdo interno. La desconfianza se instaló incluso entre quienes no tenían mayores diferencias ideológicas.

Poblete parecía incapaz de comprender que una facultad no funcionaba como un regimiento ni como una empresa de construcción. Era ingeniero, conocía su oficio y hacía clases, pero dirigir una comunidad académica exigía otras habilidades. En lugar de sumar apoyos, multiplicó los rechazos. Su autoridad formal crecía mientras su legitimidad se desmoronaba.

«Yo creo que él ninguneó a la organización estudiantil hasta el último minuto. Y pagó el costo», señala Giesen.

La confrontación terminó por trasladarse desde las reuniones y declaraciones hasta la ocupación del propio decanato.

La noche del quinto día

Nunca sabemos si recordamos nuestra vida como sucedió realmente o como queremos recordarla. A veces una fecha permanece intacta y todo lo demás comienza a moverse: las horas, los rostros, las conversaciones, el orden en que ocurrieron las cosas. He escuchado varias versiones de aquella noche del 5 de septiembre de 1985. Todos recuerdan el corte de luz. Nadie parece recordar con absoluta certeza el momento exacto en que ocurrió.

Octavo piso de Beauchef. La asamblea lleva horas reunida y nadie tiene demasiadas ganas de marcharse. El decano Juan Antonio Poblete transpira pese a que no hace calor. Los estudiantes discuten, hacen propuestas, se contradicen. Un comunista conversa con un democratacristiano. No necesariamente están de acuerdo, pero tampoco necesitan estarlo. El enemigo común tiene nombre de mujer: dictadura. Y es un nombre horrible que todos en aquella sala conocen demasiado bien.

Se ha decidido ocupar el sector próximo al decanato. Hay conversaciones cruzadas, cigarrillos, gente que quiere continuar y otros que empiezan a pensar en cómo terminará todo aquello. La situación es delicada, aunque todavía nadie puede calcular cuánto.

En un momento Eduardo Giesen se acerca a una ventana del octavo piso. Mira hacia abajo y observa que han llegado las Fuerzas Especiales de Carabineros. Hay vehículos policiales, buses y hombres uniformados que comienzan a desplegarse alrededor del edificio. El cerco se está cerrando. Adentro permanecen decenas de estudiantes. Salir ya no parece una posibilidad sencilla.

Giesen siente miedo, como todos. Pero entiende que ponerse nervioso no servirá de nada. En situaciones semejantes, el pánico puede ser más peligroso que la propia incertidumbre.

Después vienen los pasos. Primero en el hall. Luego en la escalera. Las botas suben. El ruido se acerca. En algún momento se corta la luz y la oscuridad convierte el edificio en un lugar todavía más extraño. Aquella facultad donde durante el día se resolvían ecuaciones, se diseñaban máquinas y se discutía sobre democracia está a punto de transformarse en escenario de una operación policial.

La ocupación termina con la detención de alrededor de un centenar de estudiantes, entre ellos Giesen. Los jóvenes son trasladados a dependencias policiales y centros de reclusión. La noche que había comenzado como una acción de protesta termina con muchachos detenidos, familias buscando noticias y una comunidad universitaria conmocionada.

Poblete no sobreviviría políticamente a aquella crisis. Su salida terminaría convirtiéndose en una victoria del movimiento universitario, aunque nadie podía asegurar entonces cuánto costaría conseguirla.

Más de cuarenta años después, los papeles de la detención aparecen sobre la mesa del café. Giesen ha conservado recortes de diarios, fotografías, cartas, documentos y dibujos hechos a mano. Algunos contienen la letra de su padre. Otros son recuerdos materiales de los días en que estuvo preso. Hay registros de las visitas y de las cosas que podían recibir los detenidos: un vaso plástico, una polera, galletas, chocolates. Objetos sin importancia para cualquiera que no haya estado encerrado, pero que allí adquirían otro valor.

Entre los documentos aparecen dibujos realizados por el propio Giesen. Son planos. La formación del ingeniero se impone incluso sobre la experiencia carcelaria. Ha dibujado la Galería 15, los lavamanos, los baños, las duchas, los camarotes y la distribución de las celdas. No hay pretensión artística. Hay una necesidad casi física de recordar cómo era aquel lugar.

«Esto es un dibujo que hice yo de la galería donde estábamos», explica.

Después muestra otro.

«Es una vista isométrica de la celda donde estábamos. Estoy mirando desde arriba».

Es una manera curiosa de conservar un recuerdo. Algunos escriben diarios, otros guardan fotografías. Giesen dibujó el lugar donde lo encerraron, como si necesitara comprenderlo mediante sus dimensiones y su distribución. La cárcel convertida en un problema de geometría. Los espacios medidos desde la memoria.

También conserva antecedentes de sumarios universitarios y acusaciones que, según cuenta, llegaron a involucrarlo en un supuesto episodio con explosivos.

«Me hicieron el montaje como que llevaba una bomba».

No eran años para bromear con esas cosas. Una acusación podía destruir una carrera universitaria y llevar a un estudiante a la cárcel. Pero Giesen habla de aquello sin demasiada solemnidad. Quizás porque el tiempo ha hecho su trabajo. O porque hay experiencias que se vuelven más soportables cuando uno aprende a contarlas sin concederles toda la gravedad que tuvieron.

La ingeniería de la música

No todo era política, asambleas y carabineros. En Beauchef también se escuchaba música. Mucha música. Las canchas de Ingeniería podían transformarse en escenarios improvisados y los estudiantes organizaban encuentros donde coincidían el Canto Nuevo, el rock chileno, la protesta y esa necesidad de estar juntos que parecía más fuerte cuanto mayores eran las restricciones impuestas por la dictadura.

Giesen había comenzado a tocar música antes de llegar a Beauchef. En casa se reunía con amigos del colegio, ensayaban cuando podían y trataban de sacar adelante canciones sin demasiadas pretensiones.

«No era alto nivel para nada. Ensayábamos una vez a la semana, cuando se podía. En realidad era para pasar el rato».

En la universidad encontró una escena cultural mucho más amplia. Por las canchas de baby-fútbol, aledañas al edificio de Química pasaban Mauricio Redolés, Sol y Lluvia, Gervasio y otros músicos que compartían con los estudiantes algo más que un repertorio. Los conciertos podían convertirse en actos políticos sin necesidad de discursos. Bastaba una canción, una frase, la presencia de ciertos artistas para que el ambiente adquiriera otro significado.

Gervasio, recuerda, llegaba con su pareja y su guagua. No había demasiada distancia entre los músicos y el público. Podían conversar, compartir un rato y marcharse como habían llegado. La vida familiar, la protesta y la música se mezclaban sin que nadie encontrara demasiado extraño aquello.

También estuvieron Los Prisioneros.

«Los Prisioneros tocaron en Ingeniería más de una vez».

Y no siempre fueron amables con su público. Giesen recuerda que podían insultar a los propios estudiantes desde el escenario. Era parte de su estilo, de esa provocación permanente que los distinguía de otros músicos vinculados a la oposición.

«Ellos tenían esa onda», dice, riéndose.

En aquel ambiente Giesen fue encontrando un lugar propio. Militaba en la Juventud Socialista, en el sector almeydista, pero insiste en que su trabajo político se desarrolló fundamentalmente dentro de las organizaciones estudiantiles. No pertenecía a la dirección partidaria y tampoco parecía demasiado interesado en hacer carrera dentro de ella.

«Yo fui siempre dirigente estudiantil. No fui de la dirección».

En Ingeniería llegaron a existir tres núcleos socialistas, además de las organizaciones de otros partidos. Las diferencias ideológicas no desaparecían por compartir el rechazo a la dictadura. Había discusiones intensas, disputas por la conducción y estrategias distintas para enfrentar al régimen. Pero la actividad política convivía con las exigencias de una carrera que no concedía demasiadas facilidades. Giesen reconoce que no fue un alumno brillante.

«Yo no fui un gran alumno».

Estudiaba para las pruebas, reprobaba algunas asignaturas y volvía a intentarlo. Mientras otros compañeros podían dedicar tardes enteras a resolver ejercicios, él estaba metido en reuniones, actividades culturales, movilizaciones y conversaciones que parecían no terminar nunca. A esa agitación permanente la llama la chuchoca.

«Yo estaba siempre en el centro de estudiantes».

Y por si aquello fuera poco, también era padre. Su hija mayor nació cuando tenía poco más de veinte años. La paternidad no llegó después de la universidad ni cuando las cosas estuvieran resueltas. Llegó en medio de los estudios, la militancia, la música y la incertidumbre política.

Su compañera también participaba en actividades políticas. Sus padres eran opositores a la dictadura y, aunque se preocupaban por los riesgos que corría, nunca dejaron de apoyarlo.

«Siempre mis padres fueron opositores acérrimos de la dictadura».

La preocupación familiar era comprensible. Las detenciones, los sumarios y la posibilidad de que ocurriera algo peor estaban presentes. Pero Giesen insiste en que su vida política no significó abandonar las responsabilidades familiares.

«Nunca descuidé mi paternidad en mis años de estudiante ni de dirigente estudiantil».

Entre todo aquello consiguió terminar Ingeniería Eléctrica. No se tituló inmediatamente. Comenzó a trabajar y obtuvo el título algunos años después, mediante un procedimiento especial. Todavía parece sorprenderle haber llegado hasta el final.

«Entre medio la música, el activismo y con todo eso saqué Ingeniería Eléctrica».

La frase resume bastante bien aquellos años. Mientras afuera el país se estremecía, adentro había que aprobar cálculo, física y electricidad. Y además criar hijos, pagar cuentas, participar en asambleas y procurar no terminar nuevamente detenido.

La autoridad y el conocimiento

La experiencia política de Giesen no lo llevó a considerar que todos los profesores identificados con la derecha fueran necesariamente adversarios de los estudiantes. En Beauchef conoció académicos conservadores que podían discrepar profundamente de las posiciones de la oposición y, sin embargo, defender la autonomía universitaria cuando la intervención militar sobrepasaba ciertos límites.

Menciona, entre otros, a Carlos Holzmann. No todos los profesores de derecha actuaban de la misma manera, explica. Algunos podían respaldar políticamente al régimen, pero reaccionaban cuando una decisión administrativa vulneraba abiertamente las tradiciones académicas.

«Cuando la cosa era muy grosera en la intervención igual se ponían del lado académico».

Era una distinción importante. Para Giesen, la universidad debía sostenerse sobre el conocimiento, la discusión y el respeto por quienes formaban parte de ella. No bastaba con ocupar un cargo para tener razón.

Recuerda una discusión con un profesor de derecha que había planteado que dentro de la universidad existían personas con distinto estatus y, por lo tanto, con diferentes derechos para intervenir en las decisiones. La afirmación le molestó profundamente. No recuerda con precisión el nombre del académico ni el curso en que ocurrió, pero sí el sentido de aquella discusión.

«Hay gente con estatus y otros que no tienen».

Detrás de esa frase aparecía un problema antiguo: quiénes tenían derecho a decidir el destino de la universidad. ¿Solo las autoridades? ¿Los académicos? ¿También los funcionarios y los estudiantes? La democratización universitaria no consistía únicamente en reemplazar a los rectores y decanos designados por la dictadura. Exigía discutir cómo debía organizarse una comunidad dedicada al conocimiento.

En una de esas conversaciones Giesen recordó una historia que le había contado su padre, quien también había estudiado Ingeniería. Muchos años antes, un grupo de estudiantes había reclamado contra un profesor al que consideraban insuficientemente preparado para impartir una asignatura. Llevaron su queja hasta el rector. Este, en lugar de rechazarlos por cuestionar a una autoridad académica, decidió interrogarlos sobre la materia. Quería saber si realmente tenían conocimientos para sostener su crítica.

Los estudiantes respondieron las preguntas. Al terminar, el rector tomó una decisión.

«Aprobado el cambio de profesor».

La anécdota permaneció en la memoria familiar porque encerraba una idea sencilla: la autoridad académica debía ser capaz de someterse al juicio del conocimiento. No era infalible por el hecho de ocupar un cargo.

«Pedíamos que hubiese rigor y que hubiese calidad académica».

Ese principio estaba en el fondo de muchas disputas de Beauchef. Los estudiantes no querían solamente participar en elecciones. También aspiraban a una universidad que recuperara sus estándares, su autonomía y la capacidad de decidir sobre sus propios asuntos. La lucha contra la dictadura tenía una dimensión política evidente, pero también una dimensión académica que Giesen considera inseparable de la primera.

Federici y el MIT del Mapocho

Dos años después del conflicto con Poblete, la Universidad de Chile volvió a enfrentarse a una autoridad designada por la dictadura. Esta vez se trataba del rector delegado José Luis Federici, cuya gestión en 1987 desencadenó una de las mayores movilizaciones universitarias de aquella década.

Giesen distingue ambos episodios. Poblete había llegado a la facultad sin legitimidad y terminó enfrentado con estudiantes y académicos por su estilo autoritario. Federici representaba una intervención de mayor alcance, acompañada por propuestas de reorganización institucional que amenazaban con modificar profundamente la estructura de la universidad.

Entre las ideas que circulaban estaba la posibilidad de que Ingeniería se separara de la Universidad de Chile o adquiriera una autonomía semejante a la de instituciones tecnológicas extranjeras. El modelo de referencia era el Massachusetts Institute of Technology, el célebre MIT estadounidense.

Atilano Lamana, académico español de humor rápido y lengua afilada, encontró una manera de burlarse de aquella pretensión. Si Ingeniería quería convertirse en una especie de MIT chileno, bien podía llamarse Mapocho Institute of Technology.

La broma circuló en medio de un conflicto bastante menos divertido. Según recuerda Giesen, Federici impulsó medidas contra académicos y autoridades que se resistían a sus planes. Lamana fue exonerado y también se elaboró una lista de alrededor de treinta profesores que debían abandonar la universidad. Giesen interpreta esas decisiones como una depuración política, sin justificación académica suficiente, dirigida también contra personas vinculadas a la organización gremial.

La reacción fue contundente. Estudiantes, profesores y funcionarios comenzaron una movilización que se prolongó durante semanas. Las clases se suspendieron, las asambleas se multiplicaron y la universidad volvió a convertirse en un centro de resistencia. El conflicto trascendió los límites de Beauchef y terminó comprometiendo a buena parte de la institución.

Giesen recuerda cerca de dos meses y medio de paralización y una movilización que consiguió revertir decisiones después de la salida de Federici. El episodio confirmó que la comunidad universitaria había recuperado una capacidad de organización que pocos años antes parecía imposible.

Pero también dejó al descubierto algo que venía desarrollándose desde comienzos de la década: los estudiantes no estaban solos. La resistencia a la intervención universitaria había conseguido reunir a sectores académicos, funcionarios y dirigentes de distintas tendencias políticas. La defensa de la universidad pública podía unir incluso a personas que discrepaban sobre el futuro político y económico del país.

No era una alianza sin contradicciones. Tampoco una comunidad idealizada. Había rivalidades, desconfianzas y disputas internas. Pero durante aquellos años existió una convicción compartida: la universidad no podía seguir siendo administrada como una dependencia del régimen militar.

La larga construcción del No

Cuando llegó el plebiscito del 5 de octubre de 1988, Giesen llevaba cinco años participando en la reorganización estudiantil. Había conocido la universidad intervenida, las elecciones de centros de alumnos, la reconstrucción de la FECh, los conflictos con autoridades designadas, las detenciones y las movilizaciones que terminaron por cambiar el ambiente político dentro de las facultades.

Para él, la victoria del No no puede explicarse solamente por la campaña televisiva que suele ocupar un lugar privilegiado en los relatos de la transición.

«Hay toda una construcción de años de perder el miedo, de organizarse».

Esa construcción había comenzado mucho antes de que los partidos de oposición pudieran actuar abiertamente. Se había desarrollado en sindicatos, poblaciones, organizaciones de derechos humanos, comunidades cristianas, agrupaciones culturales y universidades. Había requerido reuniones clandestinas, protestas, detenciones y un aprendizaje político que no siempre resultaba visible para quienes observaban el proceso desde las cúpulas partidarias.

«El empoderamiento de la sociedad para decir finalmente No no se debe a una campaña publicitaria exitosa».

Los centros de estudiantes participaron activamente en el proceso plebiscitario. La motivación era clara: terminar con la dictadura. Pero Giesen recuerda que, incluso antes de aquella victoria, el movimiento universitario comenzaba a mostrar señales de desgaste.

No todas las movilizaciones tenían ya el mismo sentido. Algunas protestas surgían por razones académicas inmediatas y otras eran utilizadas por estudiantes que simplemente querían suspender una prueba o evitar una jornada de clases. La organización estudiantil seguía siendo importante, pero la legitimidad de ciertas acciones comenzaba a erosionarse.

«Se hacían movilizaciones para no tener pruebas muchas veces».

Giesen no presenta ese fenómeno como una traición ni como una decadencia moral de los estudiantes. Lo entiende también como parte de un ciclo. La participación política no se mantiene indefinidamente en el mismo nivel. Sube, baja, se transforma y responde a las circunstancias. Durante la dictadura existía un adversario común capaz de reunir a sectores muy distintos. Cuando ese adversario comenzó a retirarse, las diferencias internas y las preocupaciones individuales adquirieron mayor protagonismo.

La transición democrática trajo nuevas libertades, pero no produjo automáticamente una época de mayor participación universitaria. La FECh, que había sido reconstruida con enormes esfuerzos, atravesó posteriormente períodos de crisis. Hubo años en que las elecciones resultaron difíciles de realizar por falta de participación y de quórum.

«Pasó un par de años sin poder hacer elecciones por falta de participación».

La paradoja era evidente. Una generación había arriesgado mucho para recuperar el derecho a organizarse y elegir representantes. Poco después, cuando esos derechos podían ejercerse sin la misma amenaza represiva, una parte importante de los estudiantes dejó de interesarse.

Giesen no desconoce que las sociedades funcionan mediante ciclos. Pero hay algo de aquella transformación que todavía le duele.

De las barricadas a La Moneda

Terminada la dictadura, Giesen comenzó a trabajar en el Estado. Formó parte de un equipo informático encargado de instalar redes de computadores en La Moneda y en distintos ministerios durante los primeros años del gobierno democrático. La tecnología comenzaba a modificar el funcionamiento de la administración pública y los ingenieros jóvenes tenían conocimientos que hasta entonces habían sido escasos dentro de muchas instituciones.

Entre sus compañeros estaba Germán Quintana, democratacristiano, antiguo dirigente de Ingeniería y algunos años mayor que él. Habían participado en un mismo mundo universitario desde posiciones políticas diferentes y ahora sus trayectorias volvían a cruzarse dentro del gobierno.

«De alguna manera trabajé como en el equipo que él llevó después al gobierno y a La Moneda en el tema informático».

La transición también tuvo esa dimensión cotidiana. Los muchachos que habían participado en protestas, ocupado edificios y terminado detenidos comenzaron a trabajar en oficinas públicas. Algunos llegaron a cargos importantes. Otros siguieron sus carreras profesionales. Muchos dejaron atrás la militancia intensa de los años universitarios.

Giesen pasó de la barricada a las redes informáticas. Del centro de estudiantes a los ministerios. De las asambleas interminables a los problemas concretos de instalar computadores y conectar oficinas. No parece haber vivido ese cambio como una contradicción. Era parte del país que comenzaba a construirse y en el que su generación esperaba participar.

Pero su relación con la política institucional fue cambiando. Tampoco permaneció demasiado tiempo dentro del circuito tradicional de los ingenieros de Beauchef. La facultad, dice, podía ser un mundo cerrado, habitado por personas extraordinariamente inteligentes, aunque a veces demasiado concentradas en sus propias especialidades.

«Está plagado de nerds», comenta, riéndose.

Había compañeros capaces de dedicar la vida entera a una disciplina técnica. Otros se interesaban por la investigación, la industria o la empresa. Los que hacían música o participaban intensamente en política eran una minoría, y quienes combinaban ambas actividades, todavía menos.

«Los que estábamos metidos en política siempre éramos los menos, o que hacíamos música, menos todavía».

Giesen pertenecía a esa minoría y con los años fue alejándose de los ambientes profesionales que habían marcado su formación. Su interés por los problemas sociales y ambientales lo llevó hacia otros espacios, otras organizaciones y otras discusiones.

«Yo rápidamente me fui haciendo de otros mundos».

En ese desplazamiento comenzó también una revisión crítica de la transición. Giesen había participado en una lucha que no se limitaba a reemplazar a Pinochet por un presidente elegido democráticamente. Para él y muchos de sus compañeros, el objetivo incluía transformar las relaciones sociales, recuperar el carácter público de las instituciones y construir un país distinto del que había impuesto la dictadura.

La democracia llegó. Pero una parte importante de aquel proyecto colectivo quedó pendiente.

La ingenuidad vino después

Giesen no idealiza completamente los años ochenta. Sabe que hubo errores, rivalidades, cálculos políticos y decisiones equivocadas. Tampoco pretende que todos los participantes del movimiento estudiantil compartieran una misma idea de sociedad. Pero distingue entre las diferencias de entonces y lo que ocurrió después, cuando la conducción de la transición quedó en manos de una clase política que, a su juicio, terminó aceptando buena parte del modelo económico heredado.

«Llegaron y se adueñaron del proceso de la transición. Y se quedaron, además, cómodos con el modelo heredado de la dictadura, el modelo neoliberal. Y eso duele».

La frase no aparece como una declaración preparada. Surge de una conversación que ha recorrido aulas, asambleas, cárceles, conciertos y oficinas públicas. Es la conclusión amarga de alguien que participó en una experiencia colectiva y que después observó cómo parte de sus aspiraciones quedaban relegadas.

Giesen cree que durante los años posteriores se produjo una mercantilización de valores que habían sido centrales para la izquierda y para las organizaciones sociales que enfrentaron a la dictadura. El lenguaje de la transformación fue cediendo terreno frente a la competencia, el emprendimiento y las oportunidades individuales.

«Vimos una especie de banalización y de mercantilización de los valores de la izquierda y de los valores que habían primado durante ese tiempo».

No está diciendo que toda actividad económica privada sea ilegítima. Su crítica apunta a algo más profundo: la pérdida de un horizonte colectivo que permitiera discutir la sociedad más allá de las posibilidades de hacer negocios.

«Con el lucro de por medio, y la competencia en el centro. No necesariamente negocios malos ni perversos, pero que abandonaran un proyecto más de transformación social y económica de verdad».

La Universidad de Chile aparece inevitablemente en esa reflexión. La institución pública donde estudió, militó, hizo música y aprendió a organizarse continúa llevando el nombre de universidad estatal. Pero Giesen cuestiona cuánto queda de ese carácter público cuando su funcionamiento depende de mecanismos de financiamiento y competencia propios del mercado.

«Uno dice “la Universidad de Chile, estatal”, pero es el puro nombre».

No es una frase amable. Tampoco pretende serlo. Proviene de alguien que considera a Beauchef una parte fundamental de su vida y que precisamente por eso se siente con derecho a cuestionar lo que la universidad llegó a ser.

Su balance de la transición es todavía más duro cuando recuerda el traspaso del poder político desde las organizaciones sociales hacia los partidos y las autoridades que condujeron el nuevo período democrático.

«Yo creo que se asumió una responsabilidad que después se perdió».

Hace una pausa. La memoria de aquellos años no parece conducirlo a la nostalgia, sino a una pregunta incómoda: qué ocurrió con el poder que la sociedad había construido durante la resistencia.

«La ingenuidad vino después: al traspasarle, de manera muy gratuita, el poder político a una clase que, en definitiva, venía a mantener el modelo».

Tal vez sea esa la frase que mejor resume su desencanto. No se arrepiente de haber participado en la lucha contra la dictadura. Tampoco cuestiona la importancia de haber recuperado las libertades democráticas. Lo que lamenta es que una movilización social tan extensa, capaz de vencer el miedo y organizar a miles de personas, terminara entregando su fuerza a una conducción política que no realizó las transformaciones esperadas.

Pero Giesen también desconfía de las versiones demasiado ordenadas de la historia. Sabe que los recuerdos cambian, que los protagonistas interpretan de manera distinta los mismos acontecimientos y que ninguna generación puede reclamar para sí toda la verdad.

«No puede haber un relato único, porque no es real. Siempre hay distintas verdades».

Quizás por eso su testimonio resulta especialmente valioso. No pretende construir una epopeya personal ni transformar a los dirigentes estudiantiles en héroes sin contradicciones. Recuerda a los compañeros que estudiaban, a los que militaban, a los que tocaban música, a quienes participaban sin pertenecer a ningún partido y también a los que aprovechaban una protesta para evitar una prueba. Recuerda a profesores conservadores capaces de defender la autonomía académica y a autoridades que, por no saber escuchar, terminaron enfrentadas con toda una facultad.

Recuerda, sobre todo, una época en que la universidad fue algo más que un lugar donde obtener un título.

La conversación vuelve de vez en cuando a los documentos extendidos sobre la mesa. Las fotografías muestran rostros jóvenes, marchas, reuniones, muchachos que todavía no sabían cómo terminaría la historia. Los dibujos de la cárcel conservan la distribución de espacios que Giesen probablemente preferiría no haber conocido. Hay cartas, papeles amarillentos y pequeños recuerdos que sobrevivieron a mudanzas, trabajos, cambios de gobierno y décadas enteras.

En algún momento vuelve a hablar de sus estudios. De las pruebas que preparaba a última hora, de las asignaturas que reprobó, de las reuniones que parecían más importantes que cualquier ejercicio de cálculo. Se ríe al recordar que algunos compañeros todavía no entienden cómo consiguió terminar la carrera.

Y acaso tengan razón para sorprenderse. Entre 1983 y el final de la dictadura, Eduardo Giesen fue estudiante, dirigente, militante socialista, músico, padre de familia y detenido político. Participó en la reconstrucción de las organizaciones estudiantiles, conoció la represión y ayudó a recuperar espacios democráticos que parecían perdidos. Después trabajó en el Estado, se alejó del mundo tradicional de la ingeniería y terminó dedicando buena parte de su vida a causas ambientales y sociales.

Todo eso mientras intentaba convertirse en ingeniero eléctrico.

Afuera, Santiago sigue con su ruido de siempre. Los autos avanzan por el centro, la gente entra y sale de los cafés y las oficinas funcionan como si la ciudad no hubiera conocido nunca otra cosa. Giesen recoge sus papeles. Entre ellos están los dibujos de aquella galería donde pasó sus días de detención, los recortes que guardó su familia y las fotografías de una universidad que durante algunos años se convirtió en uno de los lugares donde el país ensayó su regreso a la democracia.

Antes de despedirnos vuelve, de alguna manera, al principio de la conversación. A ese Beauchef que fue su segunda casa y por momentos la primera. Una facultad llena de ingenieros, profesores, músicos, militantes, independientes y muchachos que intentaban estudiar mientras afuera ocurría la historia.

Habían conseguido abrir espacios de libertad dentro de una dictadura. No era poca cosa.

Lo que vino después, piensa Giesen, fue otra historia. Y todavía está por discutirse.

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