Del vacío al infinito: antes del lápiz y el papel

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Beauchef 850. Movimiento estudiantil de los 80.

El domingo 11 de octubre -en la última versión de la Primavera del Libro- se desarrolló el lanzamiento de “Beauchef 850. Movimiento estudiantil de los 80”. 

La sala Acario Cotapos de la Estación Mapocho albergó a una centena de asistentes y reunió a tres de los participantes de aquellas décadas de rearticulación universitaria y política: Ricardo Herrera, Germán Quintana y Carolina Tohá.

Ricardo Herrera tenía trece años cuando se prometió que haría algo para honrar la memoria de Salvador Allende. Fue la misma noche del golpe de Estado. 

El domingo pasado, al comentar el libro Beauchef 850, sobre el movimiento estudiantil de Ingeniería, confesó que el primer borrador de su intervención había sido menos prudente en relación a Allende: donde finalmente decía «honrar», había escrito «vengar». La diferencia entre los dos verbos conservaba algo de aquel muchacho que todavía no sabía cómo iba a cumplir su promesa. Había, además, una segunda razón para involucrarse: su hermano mayor había sido detenido, expulsado del país y asilado en México. Aquellos años Ricardo Herrera quería que pudiera regresar a Chile en libertad. Durante el acto, ese hermano estaba entre los asistentes. El relato de la resistencia universitaria comenzaba así con una decisión íntima, anterior a los cargos, las asambleas y los programas políticos. Sin embargo, Herrera hizo una advertencia: «Solo fuimos actores de un reparto que incluía a miles de jóvenes». Los dirigentes que aparecían en el libro tenían nombres reconocibles; la historia que habían ayudado a construir los excedía.

Las intervenciones de Herrera, Germán Quintana y Carolina Tohá fueron desplazando la presentación hacia una discusión sobre cómo se recuerda una victoria. El libro de Marcelo Mendoza y Hugo Dimter les devolvía episodios que habían vivido, pero también permitía discutir las versiones que, con los años, habían reducido la recuperación democrática a unas pocas imágenes. Existe afecto por Beauchef, orgullo por la generación a la que pertenecieron y humor sobre la edad alcanzada. También una incomodidad compartida: el desenlace de 1988 parecía haber adquirido tanta fuerza en la memoria pública que amenazaba con ocultar el largo trabajo que lo hizo posible. Quintana lo dijo de manera directa: «La franja no es el No, no es la victoria». Tohá describió el efecto de esa simplificación con una expresión más dolorosa: a quienes habían participado en el movimiento estudiantil y social les ardía el alma cuando escuchaban que a Pinochet se le había ganado en la  franja con un lápiz y un papel.

Para Ricardo Herrera, el camino había empezado en el Liceo Manuel de Salas, donde situó sus primeras nociones de la vida política. Al reconocer entre los asistentes a Gonzalo Rovira, su evocación se abrió a otros antiguos alumnos del liceo y a los vínculos que reaparecerían en el movimiento universitario. Ingresó a Plan Común en marzo de 1978, cuatro años y medio después del golpe. Recordó los primeros años como un período dedicado principalmente a estudiar y aprender, con escasa actividad opositora visible. Fue al entrar a la especialidad de Mecánica cuando la necesidad de hacer algo por el regreso de su hermano comenzó a ocupar más espacio. A esa motivación se sumaban otras que la vida universitaria volvía concretas: la autonomía, el pensamiento libre, la investigación científica, la extensión y la calidad de la enseñanza. La política se iba encontrando con las condiciones en que estudiaban.

Uno de los recuerdos que eligió para explicar ese proceso fue una proyección de La batalla de Chile. A comienzos de 1983 lo invitaron a una casa de retiro del Arzobispado de Santiago. Llegó sin saber bien qué iba a ver. Para entrar había que tomar precauciones, golpear de una forma determinada, reconocer una contraseña. Los asistentes eran seleccionados y las distintas partes del documental se exhibían en jornadas separadas. Herrera recordó a Patricio Guzmán al contar cuánto había influido aquella experiencia en su manera de acercarse al movimiento estudiantil. Después, a comienzos de la década de los 80, quiso llevar la película a la facultad de Ingeniería. El comité de participación democrático de Mecánica preparó la logística y consiguió las cintas; en su relato aparecieron los contactos con documentalistas como Pablo Salas y el formato Betamax. Aquella vez, en la facultad, pusieron carteles y organizaron las funciones. Al terminar, abrieron un debate. Algunos estudiantes hablaban; otros se retiraban con temor. A la actual pregunta de si habían tenido problemas para mostrarla, Herrera respondió: «Nada». Según recordó, pudieron exhibirla cuantas veces quisieron. Esas reuniones fueron un espacio de reflexión y de encuentro del que iría surgiendo una participación más amplia.

Herrera atribuyó parte de ese margen al decano Claudio Anguita. Su reconocimiento fue preciso: había permitido que se desarrollaran actividades y formas de organización, aunque eso no significara que las hubiera promovido. En ese ambiente también se articuló la asociación de académicos, cuyo papel vinculó con Patricio Basso. Recordó asimismo al director de la Escuela de Ingeniería, Rodrigo Flores, con quien debió relacionarse de manera frecuente por las actividades estudiantiles. En la presentación, esas autoridades aparecieron como personas cuyas decisiones habían tenido consecuencias en la vida cotidiana de la facultad. Carolina Tohá retomaría después esa observación: incluso el mundo de las autoridades designadas tenía diferencias y fisuras que una mirada demasiado uniforme sobre la época podía borrar.

La lectura del libro le había reservado a Herrera otro descubrimiento. En la nota 213, de la página 117, encontró la referencia a una ficha de la CNI que reunía antecedentes sobre su trayectoria. Había supuesto que la vigilancia existía, pero desconocía ese documento. «No tenía idea que existía», dijo. La investigación le devolvía una parte de su propia historia conservada por quienes lo observaban. Ese hallazgo explicaba también su insistencia en el valor de las fuentes: destacó las notas, la documentación y la posibilidad de seguir el origen de lo que se narraba. Agradeció a los autores y a Francisco Martínez, quien había impulsado el proyecto desde el decanato y convocado una reunión el 5 de septiembre de 2025. Ingeniería, sostuvo, merecía un relato de su movimiento estudiantil y del lugar que había ocupado en la lucha contra la dictadura.

Germán Quintana llevó esa discusión a una reunión reciente del equipo que había trabajado en el comando del No en 1988. Quintana ha regresado a Chile después de vivir muchos años en Estados Unidos y, según contó, asistió con la intención de escuchar y recuperar la atmósfera de aquel tiempo. Los actuales discursos volvían una y otra vez a la franja televisiva. Terminó tomando el micrófono. Para explicar su objeción recordó una conversación en el hall central de Ingeniería, el primer lunes después del plebiscito de 1980. Un amigo les había preguntado si comprendían que Pinochet seguiría ocho años más al mando. A los veinte años, ese plazo equivalía a una proporción enorme de la vida conocida. «O te vas para la casa o haces un compromiso de lucha permanente», resumió. En su recuerdo, los estudiantes de Ingeniería asumieron ese compromiso. Desde allí enlazó las movilizaciones contra el decano Poblete, las detenciones, la oposición a Federici y el trabajo del cómputo electoral. Los episodios tenían una continuidad: miles de jóvenes que siguieron organizándose para recuperar la democracia.

La palabra que Quintana eligió para describir esa continuidad fue «comunidad». Pertenecía a la Democracia Cristiana y recordó las discusiones duras con sus compañeros de izquierda. Había fuerzas distintas, disputas y desacuerdos. Para actuar necesitaban a los demás estudiantes, a los académicos y a quienes trabajaban fuera de la universidad. La mirada debía ir más allá de la salida de un decano o de un rector. Al evocar a los jóvenes que se inscribieron en los registros electorales, muchos sin haber votado nunca, subrayó la incertidumbre de participar en un plebiscito bajo una dictadura. A su juicio, la hazaña estaba en esa disposición colectiva. La comunidad que reivindicaba se construía al discrepar, negociar y encontrar acuerdos concretos. Desde ese recuerdo pasó al presente: le preocupa que Chile pierda los elementos capaces de reunirlo en la diversidad. Bromeó con las reuniones de antiguos dirigentes, comparándolas con Jurassic Park, y recordó un encuentro con estudiantes de la FECh actual. «Ya no corremos, pero todavía caminamos», dijo. El humor acompañaba su insistencia en tender un puente entre generaciones.

Por su parte Carolina Tohá confesó que el libro le había provocado una «montaña rusa de emociones». Le devolvía recuerdos y le ofrecía herramientas para mirar el presente. Su reflexión se detuvo en los peligros de la épica: los grandes momentos ordenan el relato y permiten reconocer logros, pero también aplanan una experiencia que tuvo capas, contradicciones y muchos participantes. Por eso había disfrutado especialmente los capítulos sobre los años setenta, una historia que consideraba menos contada y de menor presencia callejera, aunque cargada de riesgo. Todavía no estaba en la universidad cuando asistía a los actos de la ACU. Recordó canciones, pequeñas escenas teatrales, palabras dichas al pasar que los asistentes podían reconocer como alusiones a lo que ocurría en el país. Bastaba aquello para que se les llenaran los ojos de lágrimas. «¿Pero a Pinochet qué le importa que se te hayan llenado los ojos de lágrimas?», planteó. Su respuesta estaba en la posibilidad de seguir juntos, reconocerse y conservar un sentido de pertenencia en medio de la adversidad.

Entre las historias que recuperó había una caja de madera, una cuerda y una vela. Tirar panfletos era peligroso; los estudiantes habían ideado un mecanismo que permitía soltarlos sin permanecer junto a ellos. La vela consumía la cuerda, la tapa se abría y los papeles caían. Tohá encontró en ese episodio una muestra de la creatividad con que se habían abierto espacios de acción. También insistió en las disputas que atravesaron el movimiento: cuánto podían intervenir los partidos, qué alianzas convenían, qué formas de lucha adoptar y si entrar al plebiscito significaba arriesgarse a una trampa que prolongara el mandato de Pinochet. El resultado no estaba asegurado. Habían discutido con pasión, bajo carga intensa de la represión y de sus muertos. Con los años podía cuestionarse aquella rigidez, pero ella echaba de menos el compromiso que la acompañaba y la voluntad de entenderse con quienes pensaban distinto. «Nadie tiene la receta de cómo se hace», recordó. La salida se había construido con esas miradas y experiencias en conflicto.

Para mostrarlo, leyó uno de los pasajes que la habían hecho llorar: la inauguración de un gimnasio de Ingeniería en abril de 1984, cuando coexistían dos representaciones estudiantiles. En la escena recogida por el libro, el decano Anguita daba la palabra al presidente de la organización oficialista y un grupo de alumnos se levantaba para darle la espalda. José Miguel Piquer recordaba la fuerza de ese gesto. Luego Herrera exigía hablar también, en nombre de los estudiantes democráticos. El decano aceptaba y la ceremonia se transformaba en un debate. Ante el público, Herrera emplazaba a la otra representación a acordar un plebiscito para que los propios alumnos decidieran qué organización querían. «Esta es la oportunidad, no puedo dejarla pasar», había pensado Herrera, según el testimonio leído por Tohá. El episodio reunía varios de los asuntos que habían recorrido el acto: un gesto colectivo, una autoridad que daba espacio, una disputa de legitimidad y la decisión de someterla al voto.

Desde su experiencia como estudiante de Derecho, Tohá cerró con un reconocimiento a Ingeniería: a la creatividad, al arrojo y, especialmente, a la inteligencia política de aquella generación. Entre las bromas habituales de unas escuelas contra otras, Beauchef había sido para ella un hogar durante esos años. «Para mí, amigos para siempre», dijo. La frase dejaba al lado de los hitos una historia de relaciones sostenidas en condiciones difíciles. Herrera había recordado a un hermano que pudo volver; Quintana, a una comunidad que aprendió a actuar con sus diferencias; Tohá, a quienes se reconocían en una canción y luego se enfrentaban en debates decisivos. En sus intervenciones, el lápiz y el papel de 1988 recuperó el camino que los había precedido.

El libro cumple las expectativas que se trazaron y los actores de aquella época se reflejan en los capítulos del texto. El lanzamiento a tablero vuelto dejó a todos tan felices como nostálgicos.

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