Marlene al teléfono

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Por Dick Cavett

Era un día terriblemente frío en el extremo de Long Island. Yo no estaba solo allí; mis dos perros y yo acabábamos de regresar de una caminata por el bosque justo en el instante en que sonó el teléfono.

Un amigo mío, capaz de «hacer voces» como Darrell Hammond, a veces se divertía engañándome: me llamaba imitando la voz del entonces aún vivo Walter Brennan, o la de Raymond Burr, o la de algún personaje de dibujos animados, o de algún cantante contemporáneo, hombre o mujer. Una vez hizo una imitación impecable de Dudley Do-Right.

Esta vez era Marlene Dietrich. Yo tenía un poco de frío y estaba irritable, así que respondí:

—Y yo soy Frank Sinatra. ¿Qué puedo hacer por ti, Marlene, querida?

Como ya habrán adivinado, no era mi día de suerte. O, al menos, no era mi momento de suerte. Quien llamaba era, efectivamente, Marlene Dietrich.

La habitación pareció tambalearse un poco mientras aquella risa ronca y contagiosa, de algún modo divertida y al mismo tiempo indulgente, deleitaba mis oídos, haciendo innecesaria cualquier disculpa.

Nunca nos habíamos conocido.

Nuestro vínculo era su hija, la bellísima Maria Riva, quien durante la Edad de Oro de la televisión parecía ser la actriz con más trabajo de la pantalla chica: Playhouse 90, Studio One, Kraft Television Theatre, todos ellos.

Ella había actuado en el Shubert Theater de New Haven, en Tea and Sympathy, cuando yo estudiaba en Yale. Por iniciativa mía, mis compañeros de habitación y yo la abordamos en la puerta de artistas y la invitamos a visitar Yale al día siguiente. Y lo hizo, casi matando del susto a un compañero de estudios que entró, la vio sentada en nuestro mugriento sofá y, mientras recuperaba el equilibrio, alcanzó a balbucear:

—Bueno… ¡hola!

Pero esa es otra historia. Esta trata de la mismísima «Shanghai Lily».

Todavía conservo la esperanza de encontrar las notas que tomé de aquellas conversaciones, perdidas hace mucho tiempo, porque aquella no sería la única llamada de Dietrich. Estaban repletas de joyas, pero yo rondaba los cuarenta años, edad que —según me dicen ahora— es cuando la memoria empieza a arrojar cosas por la borda. Si mi maldita dejadez y desorganización no se han cobrado otro tesoro por no haberlo cuidado como un adulto (tenía la esperanza de que el psicoanálisis pudiera curarme de eso), quizá algún día pueda contarles más de esos deliciosos detalles que ahora flotan en la sección de «acceso restringido» del banco de mi memoria.

En fin, aquí va uno. Mientras conversábamos, de pronto ella me preguntó:

—¿Qué puedes ver desde donde estás ahora mismo?

Qué pregunta tan original. Nunca antes ni después me habían preguntado algo así.

—Dos cosas —le dije, y luego se las describí—: el océano Atlántico y una edición de bolsillo del guion de mi película favorita de todos los tiempos, El tercer hombre.

—¿La que tiene a Orson en la portada, sosteniendo una pistola?

Era esa. Me preguntó si podía verle la nariz. Antes de que pudiera responder que, por supuesto que sí, la señorita D. afirmó con tono pícaro:

—No, no puedes. Ningún espectador ha podido verla jamás. Orson siempre se avergonzó de su pequeña nariz respingona de bebé. Al igual que Larry Olivier, tiene una nariz diferente en cada película.

Y era cierto: en la fotografía lucía una nariz buena y robusta.

Encantado de disponer de aquella pequeña información confidencial de una estrella gigantesca acerca de otra, decidí atreverme un poco:

—Supongo que ustedes dos eran, como mínimo, muy, muy buenos amigos.

Consiguió prolongar su maravillosa carcajada durante toda la frase:

—Señor Cavett, ¿qué está insinuando? ¿Y en lo que usted podría llamar nuestra primera cita?

Ni siquiera intentaré describir el poder de aquella observación para desatar fantasías.

No estoy seguro de que mi rubor no pudiera oírse y, antes de que alcanzara a balbucear algo, ella continuó:

—Eso jamás habría podido ocurrir. Orson nunca intentó siquiera insinuarse conmigo, ni levemente. Me sentí un poco ofendida, hasta que comprendí cuál era el problema.

¿Estaba a punto de hacer alguna revelación sorprendente sobre la sexualidad de Orson Welles? La respuesta era sí.

—Orson jamás podía sentirse atraído por una mujer —aquí hizo una pausa maliciosa— que fuera rubia. Nunca. Fíjate en sus novias: españolas, italianas, indias, Rita…

Si tienen que preguntar quién era «Rita», probablemente este no sea su sitio.

Continuó:

—Entonces, ¿qué crees que ocurrió? Hicimos Touch of Evil (Sed de mal) y él me maquilló muy oscura y me tiñeron el pelo de negro. Después de toda aquella indiferencia, de pronto me convertí en la niña de los ojos de Orson. Después de todo ese tiempo, de la noche a la mañana, de repente era: «Tengo que tenerte». Tuve que cerrar con llave la puerta de mi camarín.

Impertinentemente, pregunté:

—¿Mientras él estaba afuera… o adentro?

Me recompensó con aquella gran carcajada y me acusó de poseer una «peligrosa malicia». Su tono era coqueto. Me encantó.

Durante los tres días siguientes, el teléfono sonó puntualmente a las diez de la mañana —¿eficiencia alemana?— y retomamos nuestras conversaciones. Intento no ponerme demasiado empalagoso con esto, pero cada vez que aquella famosa voz comenzaba a sonar, comprendía el verdadero significado de la expresión «una presencia embriagadora». Llenaba la habitación.

Entre las conversaciones número tres y cuatro, compró el libro Cavett y lo leyó de un día para otro. En la cuarta llamada, en lugar de «Hola», escuché:

—Eres para comerte.

—¿Perdón? —respondí, esperando oírlo nuevamente.

Y así fue.

Dijo que le había encantado el libro —¿y, por extensión, yo?— y que no había podido dejarlo hasta llegar al final.

Si hubiera estado oscuro, habría resplandecido.

Su hija escribió un libro profundamente satisfactorio —y de una franqueza sorprendente— sobre su madre («sobre su mamá» no parece una expresión adecuada para la protagonista de El ángel azul). Sin embargo, Dietrich fue una madre dedicada y una abuela cariñosa, a la que en ocasiones podía verse, oculta bajo un pañuelo de abuela, empujando un cochecito de bebé por Central Park.

Un consejo sincero: muevan cielo y tierra para ver Marlene, el extraordinario documental sobre Dietrich de Maximilian Schell, nominado al Oscar.

Fue filmado en el apartamento de París donde ella se había recluido tiempo atrás y en el que —después de haber permitido que prácticamente nadie la viera durante años— murió en 1992, a los noventa años. Solo se oye su voz en las brillantes entrevistas de Schell. Dudo que exista un documental mejor sobre una leyenda. Imprescindible, si es que alguna vez hubo uno.

Yo habría sido feliz hablando con ella todos los días durante un año. Finalmente le pregunté cuándo podríamos conocernos.

—Oh, querido, soy demasiado tímida para eso —bromeó, con fingida coquetería juvenil, y cambió de tema.

Le encantaban los idiomas, hablaba varios y frecuentaba las librerías abiertas hasta altas horas de la noche. Para ella, saber leer y escribir bien era indispensable. Le hablé de un periodista que, cuando utilicé la palabra «profundo», dijo:

—Oh, profundo… voy a tener que buscar esa palabra.

—¡Oh, Dios, no!

Durante la Segunda Guerra Mundial fue una de las artistas más intrépidas entre quienes entretenían a las tropas, y no solo actuaba en zonas seguras. Se ganó el cariño de toda una generación de soldados avanzando junto a ellos por el barro de Alemania e Italia. Vio más combates que muchos soldados; quizá incluso más de los que Dick Cheney, Newt Gingrich y George W. Bush consiguieron evitar. (Tal vez un trío digno de incluir en un «Monumento al famoso evasor»).

Fue educada como protestante, pero la guerra acabó con su fe.

—Después de los horrores que vi, y de ver a los predicadores de ambos bandos rezando para destruir al otro, me niego a creer que aquellos a quienes amé y perdí estén flotando por ahí arriba, en alguna parte. Si Dios existe, necesita revisar su plan.

Amén.

Por supuesto, quería preguntarle por algunos de sus romances más conocidos: James Stewart, Jean Gabin, John Wayne, George Bernard Shaw —esto último, de manera más dudosa— y, con menos dudas, John F. Kennedy. Según cuenta la historia —y esto procede de una fuente de alto nivel—, después de su primer encuentro, JFK le preguntó:

—¿De verdad mi padre tuvo una aventura contigo?

La escrupulosamente sincera señorita Dietrich respondió que no. A lo que el líder del mundo libre contestó, con su característico entusiasmo:

—¡Sabía que ese hijo de puta estaba mintiendo!

Como había participado y era, al mismo tiempo, producto del Berlín de los cabarets de los años veinte, sexualmente versátil, me habría encantado conocerla lo bastante bien como para lograr que hablara de aquella época. Para ser justos con ambas partes, entre sus romances estuvo la célebre Mercedes de Acosta, amante de Greta Garbo.

Por desgracia, las llamadas y nuestra «relación» terminaron tan repentinamente como habían comenzado. A veces me parece que todo fue un sueño. Sí, me quedé junto al teléfono un par de veces más.

Y acaba de ocurrírseme que al menos una de aquellas conversaciones podría haber sobrevivido en una vieja cinta de contestador automático, de una máquina que a veces no se apagaba cuando comenzaba la conversación.

¿Hay por ahí alguien que sea bueno buscando cosas?

Que venga a verme.

13 de enero de 2012

 

 

Richard Alva “Dick” Cavett (Nebraska, 19 de noviembre de 1936) es un escritor, humorista, actor y, sobre todo, uno de los entrevistadores más reconocidos de la televisión estadounidense. Se formó en Yale, donde estudió inglés y teatro y se graduó en 1958. 

Su entrada a la televisión tuvo algo de golpe de audacia. Mientras trabajaba en Time, escribió material humorístico para Jack Paar, entonces conductor de The Tonight Show, consiguió entregárselo personalmente y terminó contratado como guionista. Más tarde escribió también para Johnny Carson y trabajó con figuras como Groucho Marx antes de iniciar su propia carrera como comediante. 

Su consagración llegó con The Dick Cavett Show, iniciado en 1968 y especialmente célebre en su etapa nocturna de ABC. Cavett se distinguió de otros presentadores por privilegiar conversaciones largas, inteligentes y poco convencionales. Por su estudio pasaron figuras como Katharine Hepburn, Marlon Brando, Muhammad Ali, John Lennon y Yoko Ono, Orson Welles, Groucho Marx y Janis Joplin, además de políticos, escritores y protagonistas de la contracultura estadounidense. 

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