Un caso justo

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Por William Finnegan. The New Yorker, mayo 15, 2017.

Zainab Ahmad tuvo un pequeño desastre durante un viaje a Arabia Saudita. Cuenta que normalmente pedía prestada una abaya en la oficina del agregado legal de la embajada estadounidense en Riad. La abaya es la túnica larga que en aquella época debían vestir las mujeres en Arabia Saudita. La expresión legat es la abreviatura utilizada para la oficina del agregado legal, es decir, la representación del FBI dentro de una embajada de Estados Unidos.

Ahmad trabajaba como fiscal federal adjunta del Distrito Este de Nueva York. Durante una reunión en Arabia Saudita se le soltó un botón de la abaya y la situación, según recuerda con humor, adquirió repentinamente un aire digno de la película Showgirls. Ella se rio al contarlo, pero sus anfitriones saudíes no encontraron ninguna gracia en el incidente. Después de aquello decidió comprarse su propia abaya en Atlantic Avenue, en Nueva York.

Finnegan conversa con ella en un restaurante de Cadman Plaza, frente al tribunal federal de Brooklyn. Ahmad tiene treinta y siete años y viste como alguien preparado para comparecer ante un tribunal: traje oscuro bien cortado y blusa color crema. En determinado momento identifica discretamente a un juez sentado en otra mesa: es el juez Glasser, conocido, entre otras cosas, por haber presidido el juicio contra el mafioso John Gotti.

El Distrito Este de Nueva York (E.D.N.Y.) posee una larga tradición en la persecución del crimen organizado. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 se convirtió también en una de las fiscalías estadounidenses más agresivas en materia de terrorismo, consiguiendo más condenas que cualquier otra fiscalía federal del país.

La especialidad de Ahmad es precisamente el contraterrorismo, y dentro de esa área se concentra particularmente en los llamados casos extraterritoriales. Eso significa que pasa buena parte de su tiempo fuera de Estados Unidos: negocia con funcionarios extranjeros, interroga a testigos —muchas veces dentro de cárceles— y busca sobre el terreno pruebas relacionadas con delitos terroristas cometidos contra ciudadanos estadounidenses.

También pasa mucho tiempo dentro de prisiones estadounidenses, conversando generalmente con yihadistas ya condenados. Un antiguo superior suyo calcula que probablemente Ahmad ha dedicado más horas que cualquier otro fiscal norteamericano a hablar directamente con auténticos integrantes de Al Qaeda y con terroristas experimentados responsables de asesinatos.

Para Ahmad, estos presos pueden convertirse en extraordinarias fuentes de información sobre las redes terroristas una vez que deciden colaborar con las autoridades. Muchos de ellos, explica, jamás imaginaron que acabarían encarcelados y enfrentándose a las consecuencias de sus acciones porque originalmente sus planes contemplaban morir durante los atentados.

Una vez capturados, la situación cambia por completo. Se encuentran vulnerables. Ahmad parte de una idea muy sencilla: todos siguen siendo seres humanos y, por lo tanto, existen motivaciones capaces de hacerlos hablar.

La herramienta fundamental que poseen los fiscales para conseguir la cooperación de un acusado es ofrecer la posibilidad de una reducción de condena. Para jóvenes que se incorporaron ingenuamente a la yihad, que posteriormente se desilusionaron y que ahora contemplan condenas de cuarenta años o incluso cadena perpetua, esa posibilidad constituye un incentivo extraordinariamente poderoso para colaborar.

Ahmad puede posteriormente pedirles que declaren ante un tribunal. Desde 2009 había procesado a trece personas por terrorismo y no había perdido ninguno de esos casos.

El caso de William Bultemeier

Durante la semana en que Finnegan conversa con ella, Ahmad acaba de terminar una audiencia en el tribunal situado al otro lado de la calle. El caso se refiere a un hombre de Mali acusado de asesinar a un diplomático estadounidense en Níger.

En diciembre de 2000, William Bultemeier, agregado militar estadounidense, murió a tiros durante el robo de un automóvil ocurrido alrededor de la medianoche frente a un restaurante de la capital.

El acusado era Alhassane Ould Mohamed, conocido también como Cheibani, personaje que tenía fama de contrabandista en toda la región del Sahel.

Cheibani fue detenido y las pruebas parecían contundentes. El vehículo de Bultemeier, un Toyota Land Cruiser perteneciente a la embajada estadounidense, apareció posteriormente en Tombuctú. Dentro del vehículo fueron encontradas huellas dactilares y ADN de Cheibani.

Además existía un testigo presencial: un guardia de seguridad de una oficina de Air Afrique declaró haberlo visto cometer el asesinato.

Sin embargo, en 2002, Cheibani consiguió escapar de la cárcel. Según las informaciones recogidas posteriormente, habría comenzado a trabajar para Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Esta organización financiaba parte de sus operaciones mediante el contrabando y el secuestro de occidentales. Cheibani fue señalado además como participante en el secuestro de dos diplomáticos canadienses en 2008.

Después de otro ataque contra un convoy saudí en Níger, en el cual murieron cuatro personas, Cheibani fue nuevamente capturado. Fue juzgado y condenado a veinte años de prisión.

Pero volvió a escapar.

Esta vez consiguió salir durante una fuga masiva organizada por Boko Haram.

Ahmad retoma una investigación casi congelada

En 2012, Zainab Ahmad asumió la investigación del asesinato de Bultemeier. Para entonces era un caso extremadamente antiguo y difícil.

Al año siguiente, mientras Cheibani permanecía prófugo, Ahmad consiguió que un gran jurado aprobara una acusación formal contra él.

Poco después, el ejército francés capturó a Cheibani en una operación de Al Qaeda realizada en el norte de Mali.

A partir de allí comenzaba otra batalla: conseguir llevarlo ante la justicia estadounidense.

En Brooklyn, los abogados defensores federales de Cheibani solicitaron audiencias destinadas a excluir determinadas pruebas presentadas por la fiscalía alegando posibles fundamentos constitucionales. Ese tipo de audiencias permite a la defensa conocer anticipadamente una parte considerable del caso que el gobierno piensa presentar.

Uno de los fiscales que conocía tanto a Ahmad como a sus adversarios consideraba que las posibilidades de éxito de Cheibani eran reducidas, en buena medida por la solidez del caso que ella había construido.

Ahmad había realizado numerosos viajes a África occidental, siguiendo pistas, recopilando pruebas, entrevistando posibles testigos y preparando el expediente.

Para una de las audiencias consiguió reunir siete testigos procedentes de Níger y Mali. El problema era que varios de ellos nunca habían experimentado un invierno en Nueva York. La mitad, recuerda Ahmad, apenas tenía abrigo.

Ella misma terminó prácticamente buscando y comprando abrigos para los testigos.

Habían llegado hasta ese punto y estaban muy cerca de poder llevar finalmente a Cheibani ante un jurado.

Durante la audiencia, celebrada en la solemnidad de una sala federal de Brooklyn revestida de caoba, Cheibani parecía sorprendido al comprobar que algunos de aquellos testigos estaban allí, preparados para declarar en su contra.

El 24 de marzo de 2016, finalmente se declaró culpable de conspiración para cometer asesinato.

Posteriormente recibió una condena de veinticinco años de prisión.

Ahmad comenta el desenlace con una frase significativa: Cheibani era un ideólogo, pero también era alguien interesado en el dinero. Y una gran cantidad de personas vinculadas al terrorismo, sostiene, se mueve también por dinero.

Para ella, esa clase de conocimiento directo de los individuos y de las redes resulta fundamental en la lucha contra el terrorismo: la información lo es todo. Y conseguir que los implicados cooperen constituye una parte central de ese trabajo.

La página funciona así como la presentación de la tesis central del reportaje de Finnegan: Zainab Ahmad intenta demostrar que incluso algunos de los casos internacionales de terrorismo más difíciles pueden resolverse mediante investigación criminal, testigos, cooperación y tribunales ordinarios, en vez de recurrir exclusivamente al modelo militar de Guantánamo.

La importancia de los colaboradores

Ahmad considera que todos los terroristas encarcelados con los que conversa forman parte de una especie de cadena de información. Los fiscales que trabajan con exyihadistas suelen terminar sabiendo más que los propios prisioneros creen que saben.

Según explica, cada detenido aporta recuerdos, nombres, relaciones y acontecimientos. Al reunir esos fragmentos, los investigadores pueden construir una imagen mucho más amplia de las organizaciones yihadistas y de cómo funcionan.

Llevar los casos ante tribunales estadounidenses

Ahmad sostiene que, comparativamente, los juicios son la parte sencilla de su trabajo.

En un juicio existe una estructura conocida: un juez, un jurado, argumentos de ambas partes y finalmente una decisión. En cambio, cuando se trata de un caso de terrorismo ocurrido fuera de Estados Unidos, antes de llegar a ese punto es necesario demostrar ante un gran jurado estadounidense hechos sucedidos años atrás y a miles de kilómetros de distancia.

Los lugares en los que Ahmad ha trabajado de esta manera forman una geografía extraordinariamente amplia: Afganistán, Pakistán, Yemen, Irak, Arabia Saudita, Túnez, Argelia, Siria, Nigeria, Níger, Kenia, Somalia, Trinidad, Guyana, Canadá y el Reino Unido.

Probablemente la parte más difícil de conseguir que un sospechoso de terrorismo sea llevado a territorio estadounidense consiste en convencer al propio gobierno de Estados Unidos de que hacerlo es seguro y conveniente.

Para realizar un traslado de esta naturaleza es necesario conseguir autorizaciones especiales tanto del Departamento de Justicia, en Washington, como del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca.

La oposición política a estos procedimientos ha sido intensa. Un ejemplo particularmente importante fue el intento de llevar ante un tribunal federal de Manhattan a Khalid Sheikh Mohammed, considerado el principal arquitecto de los atentados del 11 de septiembre. Ese proyecto terminó fracasando en 2010 debido a la fuerte oposición del Congreso y de autoridades locales.

La disputa sobre Guantánamo

Dentro del Senado, la resistencia a juzgar en tribunales civiles a personas acusadas de terrorismo estuvo encabezada durante años por republicanos como Lindsey Graham, de Carolina del Sur; Chuck Grassley, de Iowa; y Jeff Sessions, de Alabama.

Su argumento era esencialmente que Estados Unidos se encontraba librando una guerra, no simplemente persiguiendo delitos comunes.

En una carta de 2015 dirigida a Eric Holder, entonces fiscal general, estos senadores y varios colegas criticaron específicamente determinadas extradiciones en las que Ahmad había participado.

Defendían que los terroristas extranjeros que atacaran estadounidenses debían ser enviados a la prisión militar de Guantánamo y, cuando correspondiera, juzgados mediante tribunales militares.

La controversia venía de antes. En 2009, cuando Sessions todavía no era fiscal general, participó en iniciativas legislativas destinadas a restringir la posibilidad de trasladar detenidos de Guantánamo hacia territorio estadounidense.

Para Ahmad, sin embargo, la experiencia práctica apuntaba en otra dirección: los tribunales federales podían procesar eficazmente casos internacionales de terrorismo, y además el sistema judicial permitía obtener algo especialmente valioso para las investigaciones futuras: la cooperación de acusados y condenados.

La filosofía de Ahmad

En la parte superior derecha de la página aparece una reflexión central de Ahmad sobre por qué considera tan importante obtener cooperación.

Su razonamiento es que los fiscales no pueden limitarse a conseguir condenas. Necesitan comprender las redes, identificar a otros integrantes y conseguir información que permita prevenir nuevos atentados.

La cooperación de los acusados puede convertirse así en una herramienta para perseguir a otros sospechosos. Ahmad reconoce que este método supone negociar incluso con personas responsables de delitos extremadamente graves.

Su postura es pragmática: no pueden permitirse perder fuentes de información. Si se desperdicia la posibilidad de convertir a un terrorista condenado en colaborador, quizá nunca vuelva a presentarse otra oportunidad semejante.

La infancia de Zainab Ahmad

La página cambia entonces de registro y empieza a reconstruir su biografía.

Ahmad tuvo una infancia multinacional.

Nació en Nueva York y pasó parte de su niñez en Staten Island, junto con sus hermanos menores. También vivió con su madre en Manhattan.

Sus padres se divorciaron cuando ella era pequeña. Según recuerda su padre, Naeem, Zainab tenía alrededor de dos años y medio.

A pesar del divorcio, su padre continuó siendo una presencia importante en su vida y procuraba llevarla siempre que podía a distintos lugares.

Los padres de Ahmad formaban parte de una comunidad de inmigrantes paquistaníes y zambianos establecidos en Estados Unidos.

Su padre era un hombre aventurero y había vivido experiencias muy diferentes. Había trabajado, entre otras cosas, como geólogo.

Para Zainab, crecer entre distintos países, culturas e identidades producía a veces situaciones desconcertantes. Ella misma recuerda que en ocasiones no sabía muy bien cómo responder cuando otras personas intentaban clasificarla.

En Estados Unidos podían considerarla británica; en otros contextos le preguntaban si era estadounidense. Esa experiencia hizo que desde pequeña estuviera acostumbrada a moverse entre distintas categorías nacionales y culturales.

Ahmad recuerda que esa situación nunca la incomodó demasiado. Su padre también señala que ella parecía sentirse cómoda en ambientes diversos.

Finnegan menciona además a la esposa de Naeem, Nazrin, y describe el entorno familiar de Ahmad como particularmente cosmopolita.

Entre los amigos de infancia de Zainab había niños cristianos, judíos y musulmanes. Una amiga llamada Naeema, hija de un miembro de una mezquita local, recuerda que en la escuela dominical les enseñaban cuestiones religiosas relativamente sencillas.

La idea que aparece al final de la página es reveladora sobre el ambiente en el que creció Ahmad: la religión estaba presente, pero no constituía una frontera rígida frente a quienes pertenecían a otras comunidades.

 Hay un conflicto jurídico y político entre el modelo de Guantánamo y el procesamiento criminal ordinario; inmediatamente después empieza a explicar por qué Ahmad —por su propia historia multicultural— posee una facilidad poco habitual para relacionarse con personas procedentes de mundos culturales muy distintos.

 

La familia de Zainab Ahmad

Naeem, su padre, y su primera esposa, Jamile, abandonaron Pakistán rumbo a Canadá cuando él tenía diecinueve años. Naeem dice que se marchó por razones económicas. Aunque tenía un título de ingeniería obtenido en la Universidad de Peshawar, ese título no era reconocido en Canadá, por lo que consiguió trabajo investigando reclamaciones por seguros.

En 1977, la pareja se trasladó a Nueva York. Zainab nació allí tres años más tarde.

Naeem administraba un restaurante en el centro de Manhattan y posteriormente colaboró en la gestión de una empresa constructora. Su jefe, que finalmente se convirtió en su socio, era un hindú procedente de India.

Naeem señala la naturalidad de aquella relación: ambos eran del Punjab. Según él, si hubiera existido una guerra entre India y Pakistán, ellos simplemente no trasladaban ese conflicto a su relación personal. Eran iguales, salvo que su socio iba al templo y él iba a la mezquita.

Zainab de niña

Sus padres describen a Zainab como una niña alegre y precoz.

Jamile recuerda que nunca caminaba normalmente: siempre iba dando pequeños saltos. Una profesora de sexto grado elogió especialmente lo respetuosa que era, algo que impresionó profundamente a su madre. Jamile comenta que criar a un niño respetuoso en Estados Unidos no resulta sencillo.

Cuando Zainab tenía ocho o nueve años, ella y su padre leyeron juntos todo el Corán, tarea que les tomó aproximadamente un año. Zainab reconoce que en aquel momento no entendía ni una palabra.

Años después, cuando estudiaba en Cornell, se especializó en políticas de salud y estudió árabe.

Naeem recuerda que hablaban todas las noches. Zainab le explicaba en términos generales lo que había aprendido durante el día y luego regresaba a clases con nuevas ideas y preguntas surgidas de esas conversaciones.

Incluso después de convertirse en abogada continuaba utilizando a su padre como una especie de interlocutor para contrastar ideas: le planteaba cuestiones jurídicas para conocer su reacción.

La familia durante la campaña de Trump

Finnegan cuenta que Naeem le sirve almuerzo y té. Pocos días antes había ocurrido —en la primavera de 2016— un mitin de campaña de Donald Trump en Bethpage, a pocos kilómetros hacia el este.

Desde la casa, dice Naeem, prácticamente podían escucharse los gritos del acto.

Todo, bromea, excepto el famoso:

“Build the wall!” —“¡Construyan el muro!”—.

Al igual que su hija, Naeem tiene una lengua rápida y una risa contagiosa.

La actual esposa de Naeem, Nasrin, es una mujer alta y sonriente de unos cincuenta años y trabaja como funcionaria municipal de Hempstead, localidad de aproximadamente cien mil habitantes. Finnegan señala que es la primera persona de ascendencia sudasiática elegida para un cargo público en el estado de Nueva York.

Mientras Finnegan conversa con ellos, unos hombres llegan en camionetas y se reúnen con Nasrin en la entrada de la casa para revisar documentos relacionados con trabajos de servicio público durante aquella tarde lluviosa de sábado.

El sueño americano, observa el periodista, está muy presente en Long Island.

“Si fuera quince ahora…”

Sin embargo, Zainab recuerda haber pensado, mientras crecía:

“Si ahora tuviera quince años, creciendo donde crecí, no sé. Todo ha cambiado”.

Se refiere al grado de desconfianza al que se enfrentan actualmente los musulmanes en Estados Unidos.

Cuando era niña, explica, aunque tenía un nombre poco habitual y físicamente no se parecía exactamente a los demás, tardó mucho tiempo en comprender que esas diferencias podían importar.

No existía nada que realmente la hiciera sentirse distinta.

A veces llegaban profesores sustitutos, pasaban lista y vacilaban al encontrarse con su nombre situado al principio del listado: Ahmad, Zainab. Ella sabía perfectamente lo que ocurriría y toda la clase terminaba ayudando al profesor:

“Zainab. ¡Duh!”

Cada año, durante la escuela primaria, celebraban el American Heritage Day, jornada en que los alumnos explicaban de dónde procedían sus familias.

En segundo grado, Zainab dijo:

“Mi familia es de Pakistán”.

La profesora bajó un mapa.

Y entonces ocurrió algo curioso: no sabía dónde estaba Pakistán.

Zainab tampoco.

Pero aquello, recuerda Ahmad riéndose, la tranquilizó: la propia profesora tampoco lo sabía.

Dice que le gustaría regresar a una época de Estados Unidos en la que los profesores no supieran dónde quedaba Pakistán.

De la administración hospitalaria al Derecho

Jamile recuerda que cuando Zainab era muy pequeña quería ser recepcionista, porque le encantaba contestar el teléfono. Después quiso convertirse en enfermera.

Su madre alguna vez le mencionó la posibilidad de ser abogada, ya que el padre de Jamile lo había sido, pero no lo planteó seriamente.

La propia Ahmad reconoce que su llegada al Derecho fue bastante accidental.

Inicialmente había planeado trabajar como administradora hospitalaria. Sin embargo, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, sus planes tomaron otra dirección y terminó ingresando en Columbia Law School, donde obtuvo una beca completa.

Una de las juezas para quienes posteriormente trabajó como asistente, Reena Raggi, del Tribunal de Apelaciones del Segundo Circuito, destaca su sólida formación académica en finanzas y economía.

Raggi describe a Ahmad como una persona capaz de sobresalir en áreas muy diferentes, con extraordinaria capacidad analítica, facilidad para encontrar soluciones y una mente profundamente crítica.

También señala algo que después sería importante en su trabajo como fiscal: Ahmad no transmite la imagen de una fiscal dura y agresiva.

Es más reservada.

Y precisamente por eso, dice la jueza, puede resultar sorprendente.

Raggi pensaba que Zainab habría tenido éxito prácticamente en cualquier profesión, pero admite que nunca imaginó que terminaría haciendo el trabajo que realiza actualmente.

El consejo del juez Weinstein

Naeem recibe una llamada de su hija mientras ella trabajaba como asistente del juez federal Jack B. Weinstein.

Era 2006, al término de un importante juicio contra la Mafia.

Zainab estaba llorando.

El acusado había sido declarado culpable.

Ella explica que no pudo contenerse cuando vio al hombre quitarse el reloj y el collar y entregárselos a su familia antes de ser llevado bajo custodia.

Durante el juicio había llegado a conocer a aquellas personas.

Entonces le preguntó al juez:

¿De qué lado preferiría estar: del gobierno o de la defensa?

Weinstein respondió, en esencia, que no se trataba de estar a favor o en contra de la persona acusada, sino de estar del lado de la verdad.

La anécdota ayuda a explicar la concepción que Ahmad desarrollaría posteriormente de su trabajo como fiscal.

Primeros casos de terrorismo

Cuando Ahmad ingresó en la fiscalía del Distrito Este de Nueva York en 2008, comenzó trabajando en casos relacionados con pandillas de Brooklyn y Staten Island.

Pero pronto se vio incorporada a una investigación terrorista relacionada con un plan para hacer explotar depósitos de combustible y tuberías del Aeropuerto Internacional John F. Kennedy.

Los conspiradores —uno de ellos antiguo trabajador de equipajes del aeropuerto— formaban un grupo heterogéneo procedente de Guyana y Trinidad.

La investigación terminó conduciendo tanto hacia Irán como hacia Al Qaeda.

Ahmad explica que todo puede comenzar siguiendo a un empleado de equipajes descontento, alguien que parece simplemente “un tipo” en Queens. Pero esa persona puede tener conexiones con redes mucho más serias.

El antiguo empleado de equipajes era Russell Defreitas.

Había viajado a Guyana en busca de contactos relacionados con un alto dirigente de Al Qaeda. Cuando ese intento no dio resultado, recurrió en cambio a Abdul Kadir, ingeniero químico y exmiembro del Parlamento de Guyana que había trasladado su lealtad hacia los extremistas iraníes.

Cómo ganarse la confianza

Los investigadores avanzaron con cautela y colocaron un informante junto a Defreitas.

Al principio no le pidieron directamente que reuniera pruebas utilizando una grabadora. Ahmad explica que no podían comportarse en Guyana como si fueran el servicio de inteligencia local.

Ellos eran agentes de la ley.

Por eso debían presentarse como tales y después descubrir en quién podían confiar.

Finalmente consiguieron resolver esas dificultades y el informante comenzó a grabar.

El fiscal principal del caso, Marshall Miller, quedó impresionado por la manera en que Ahmad trabajaba con las autoridades guyanesas.

Según Miller, Zainab era extraordinariamente buena relacionándose con la policía local y consiguiendo que sus integrantes se sintieran respetados.

Y eso, explica, es una cualidad poco frecuente entre fiscales.

Muchos simplemente quieren conseguir resultados cuanto antes. Los mejores fiscales, en cambio, actúan también como diplomáticos, especialmente en investigaciones internacionales de terrorismo.

Una fiscal que también debe ser diplomática

Marshall Miller explica que, especialmente en el campo del terrorismo internacional, un buen fiscal necesita ser capaz de relacionarse con personas procedentes de cualquier parte del mundo.

El equipo de Miller había descubierto conexiones entre Abdul Kadir y Mohsen Rabbani, diplomático iraní considerado uno de los cerebros detrás del atentado de 1994 contra el centro de la comunidad judía AMIA en Buenos Aires.

Según la investigación, Kadir estaba decidido a involucrar a las fuerzas militares y especiales iraníes en su complot. Pero cuando intentó viajar a Irán, los investigadores interrumpieron abruptamente la operación y detuvieron a los conspiradores.

Ahmad explica por qué:

Si todo aquello hubiera ocurrido dentro de Estados Unidos, quizás habrían podido dejar que la conspiración continuara para identificar y detener a más personas. Todavía no tenían explosivos.

Pero permitir que Kadir llegara a Irán significaba perderlo completamente de vista.

Además, ya disponía de los planos del aeropuerto JFK.

Por eso, dice Ahmad, no podían dejarlo escapar.

El juicio de Kadir y Defreitas

En 2010, durante el juicio contra Kadir y Russell Defreitas, Miller encargó a Ahmad realizar el alegato final de la fiscalía.

Conocía el expediente profundamente y había demostrado serenidad y soltura ante el tribunal.

En su exposición final describió de manera contundente la intención de los conspiradores. Su objetivo, explicó, era destruir la economía de Estados Unidos.

Sabían que llevar a cabo el plan provocaría muertes, pero eso no les importaba. Desde su perspectiva, las víctimas inocentes serían simplemente “daños colaterales”.

Defreitas había declarado que sus planes grabados para provocar una catástrofe eran solamente palabras vacías.

Ahmad atacó frontalmente esa explicación.

No era comparable, argumentó, con descubrir que un hermano menor tomó prestado el automóvil familiar, lo chocó y, enfurecido, decirle:

“¡Te voy a matar!”

Todo el mundo comprende que una frase semejante puede ser simplemente una explosión momentánea de rabia y que la persona no pretende realmente asesinar a su hermano.

Pero, sostuvo Ahmad, eso no era lo que ocurría en este caso.

Russell Defreitas estaba haciendo todo lo posible por convertir su pesadilla en realidad.

El jurado deliberó durante cinco días.

Finalmente declaró culpables a Defreitas y Kadir de múltiples cargos relacionados con conspiración para cometer actos terroristas.

Ambos fueron condenados a cadena perpetua.

El Distrito Este entra en la lucha antiterrorista

Finnegan explica que existen noventa y tres fiscalías federales (U.S. Attorney’s Offices) en Estados Unidos.

De ellas, menos de media docena se encuentran realmente en condiciones de perseguir regularmente casos extraterritoriales, es decir, delitos cometidos fuera del territorio estadounidense.

El terrorismo constituye solamente una parte del crimen transnacional, pero es claramente la de mayor repercusión pública.

En los últimos años, el Distrito Este de Nueva York (E.D.N.Y.) había empezado a competir con su tradicional rival, el Distrito Sur de Nueva York (S.D.N.Y.), con sede en Manhattan.

Marshall Miller describe esa rivalidad como beneficiosa:

la competencia con el Distrito Sur los hacía mejorar.

Después del 11-S, recuerda, el Distrito Este prácticamente no tenía casos de terrorismo.

El objetivo fue cambiar eso.

Había que salir al extranjero, establecer contactos y hacerse amigo de agentes y agregados estadounidenses.

El Distrito Sur, según Miller, tenía una actitud bastante arrogante: hacía sentir a los demás que era el mejor.

El Distrito Este intentó lo contrario. Sus fiscales procuraban ser accesibles y establecer relaciones personales; incluso invitaban a los agentes a tomar algo.

Los agentes veteranos empezaron a darse cuenta de esa diferencia.

Finnegan cita a Tara Bloesch, agente especial del FBI con varias misiones realizadas en Pakistán, quien resume la actitud del Distrito Este de esta manera: si existía alguna forma legal de establecer jurisdicción sobre un caso, el E.D.N.Y. estaba dispuesto a asumirlo.

Podía tratarse incluso de un vínculo aparentemente pequeño, como el aeropuerto donde aterrizaba un avión que transportaba combatientes.

Lo importante era encontrar jurídicamente el nexo.

Ahmad empieza a viajar

Cuando el FBI tenía una investigación prometedora, sus agentes solían buscar a un fiscal que pudiera acompañarlos.

La pregunta era entonces: ¿qué fiscal federal sería más eficaz para este caso?

Ahmad comenzó a viajar por Oriente Medio, África y Europa y a conseguir condenas importantes.

Su reputación dentro del FBI empezó a crecer.

El juez Margo Brodie, del Distrito Este, que entonces era subdirectora de la División Criminal, recuerda que los agentes empezaron a acudir directamente a la fiscalía pidiendo trabajar con Ahmad.

Brodie comprendió entonces que había una razón para que Zainab tuviera semejante volumen de trabajo:

era muy buena.

Jornadas extenuantes

Bloesch trabajó estrechamente con Ahmad durante un agotador juicio celebrado en 2015, proporcionándole información sobre acontecimientos ocurridos en Pakistán.

Ahmad dice que nunca había visto a nadie trabajar tantas horas.

Trabajaban sábados y domingos.

Una de las co-fiscales de Ahmad en ese proceso, Celia Cohen, vivía en Nueva Jersey y tenía dos hijos pequeños. Durante las tres semanas del juicio terminó mudándose temporalmente al apartamento de Ahmad en Manhattan.

Cohen recuerda que apenas dormían.

Era como estar en la universidad: trabajaban en el caso hasta quedar completamente agotadas, dormían y después despertaban con nuevas ideas.

La burocracia de los casos internacionales

Construir un caso de terrorismo extraterritorial requiere normalmente conseguir autorización de gobiernos extranjeros para investigar dentro de sus territorios.

Después es necesaria su colaboración para detener a los sospechosos y transferirlos a custodia estadounidense.

Todo ello puede exigir una enorme cantidad de autorizaciones oficiales y negociaciones delicadas que se superponen unas con otras.

Y esas negociaciones están continuamente expuestas a los cambios políticos y a los obstáculos burocráticos.

Regreso al asesinato de William Bultemeier

Finnegan vuelve entonces al caso presentado al comienzo del reportaje.

Cuando Ahmad retomó la investigación del asesinato de William Bultemeier en África occidental, su supervisor, David Bitkower, tenía serias dudas.

La región no era precisamente un destino turístico de cinco estrellas en los mejores momentos, recuerda, y Al Qaeda acababa de apoderarse de la zona norte de Mali.

Pero Zainab estaba decidida.

Consideraba que era “un caso justo” (a righteous case), expresión que da título al reportaje.

Ahmad viaja a Níger

En Níger, entrevistó a policías que habían tratado con Cheibani y localizó al propietario del garaje donde el acusado había abandonado su camioneta durante la noche del asesinato.

Después encontró otro testigo presencial: un mendigo de una sola pierna llamado Toto, que todavía trabajaba fuera de La Cloche, el restaurante donde Bultemeier había comido su última comida.

El testigo presencial original —el guardia de seguridad— llevaba mucho tiempo desaparecido y se suponía que había muerto.

Ahmad también consiguió encontrarlo.

El hombre estaba aterrorizado.

Sin embargo, finalmente aceptó declarar.

Ahmad atribuye buena parte de ese éxito al agente encargado del caso, John Ross, antiguo policía de Nueva York.

Según ella, Ross poseía una capacidad extraordinaria para tratar con la gente.

La búsqueda continúa en Argelia

Ahmad y Ross viajaron después a Argelia buscando a una mujer que había estado comprometida con un socio de Cheibani.

Su vivienda en Níger había sido registrada durante la investigación inicial.

Ahmad pensaba que quizás aquella mujer podría situar físicamente a Cheibani en Níger.

Eso sería extremadamente importante porque, hasta entonces, la fiscalía solamente había conseguido vincularlo con el vehículo.

La mujer y su hija formaban un equipo de prostitutas que en ese momento vivían en Adrar, al sur de Argelia.

El viaje generó bastante resistencia por parte de la embajada estadounidense.

Ahmad estaba convencida de que debían ir personalmente y no pedir que las testigos viajaran hasta Argel.

Eran ellos quienes necesitaban su ayuda.

La hija resultó colaboradora y Ahmad la incorporó a la lista de testigos que viajarían a Brooklyn.

Pero la entrevista con la madre era mucho más complicada debido al carácter formal del procedimiento.

Tuvieron que llevar consigo a un juez argelino hasta la casa de la mujer.

Ahmad comenta que los abogados defensores estadounidenses no tenían necesidad de conocer ese detalle.

El problema de la cooperación extranjera

Finnegan introduce finalmente la opinión del abogado neoyorquino Joshua Dratel, quien había representado a varios acusados de terrorismo de gran notoriedad.

Según Dratel, en materia de obtención de pruebas es el gobierno estadounidense el que realmente disfruta de una ventaja.

Los gobiernos extranjeros, explica, pueden negarse a cooperar con Estados Unidos.

Los testigos extranjeros también pueden negarse.

Pueden temer que quienes los entrevistan sean en realidad agentes estadounidenses, o que hablar con ellos les provoque problemas en sus propios países.

La página termina precisamente en esta cuestión: la enorme dificultad de obtener testimonios y pruebas fiables en otros países, que es uno de los problemas centrales del método de Ahmad y de los procesos de terrorismo extraterritorial.

Y aquí aparece con claridad por qué Finnegan tituló el perfil “A Righteous Case”: es la expresión que Ahmad emplea para justificar su obstinación en reabrir el asesinato de Bultemeier pese a Al Qaeda, la guerra en Mali, los testigos desaparecidos y las dificultades diplomáticas.

Ahmad, aunque en realidad es una agente del gobierno estadounidense, debe actuar también como una especie de diplomática para conseguir y conservar testigos. No puede simplemente presentarse en Níger y comenzar a golpear puertas.

Los abogados defensores pueden hacer determinadas cosas, pero Ahmad trabaja representando al gobierno de Estados Unidos. El Departamento de Estado, la embajada y el gobierno de Níger participan de una manera u otra. Hay que respetar la soberanía del país y las relaciones entre gobiernos.

A medida que avanzaba con el caso Cheibani, Ahmad llegó a la conclusión de que el proceso parecía importante y realizable. Todo se parece, explica, a una especie de triaje: no es posible viajar por África occidental tratando de acusar judicialmente a cada persona que apoye a AQMI (Al Qaeda en el Magreb Islámico) o a Boko Haram.

En el caso del asesinato de Bultemeier, sin embargo, la situación era diferente: había sido asesinado un diplomático estadounidense.

Ahmad recuerda a un funcionario nigerino que le dijo algo semejante a:

“Realmente espero que mi país haga lo que ustedes están haciendo si algo me ocurre a mí”.

El rastro de Cheibani

Gao, la ciudad natal de Cheibani, estaba fuera del alcance de los investigadores. Se encontraba en la zona de Mali controlada por Al Qaeda y sus organizaciones afiliadas.

Ahmad dice que AQMI se había apoderado de Gao.

Sin embargo, los policías de Gao que originalmente habían detenido a Cheibani habían escapado hacia el sur. Ahmad consiguió localizarlos fuera de la capital maliense, Bamako.

Los agentes le contaron que Cheibani había hablado libremente sobre sus delitos.

También habían encontrado en su casa piezas del vehículo de Bultemeier, entre ellas un parachoques y un portaequipajes.

Con esos nuevos elementos, Ahmad consideró que estaba preparada para presentar cargos.

La acusación de 2013

Ahmad organizó el viaje de aquellos policías a Brooklyn, donde comparecieron ante un gran jurado federal.

En junio de 2013, el jurado emitió una acusación formal sellada, es decir, mantenida inicialmente en secreto.

Unos meses más tarde, cuando el ejército francés informó que había capturado a Cheibani, Ahmad no estaba completamente segura de que realmente fuera él.

El Sahara es enorme.

Pero disponían de datos biométricos procedentes de su anterior detención en Bamako.

La comparación confirmó la identidad:

era Cheibani.

Los franceses lo entregaron posteriormente a las autoridades malienses.

Conseguir la extradición

A partir de entonces Ahmad tuvo que utilizar al máximo sus habilidades diplomáticas para conseguir la extradición a Estados Unidos.

Cheibani disponía de importantes redes criminales y cualquiera de los gobiernos involucrados —Francia, Mali o Níger— podía haber detenido el procedimiento en cualquier momento.

Finalmente llegó la autorización.

Ahmad recuerda que los malienses dijeron, en esencia:

“Sí, vengan a buscarlo”.

Ella estaba exultante.

Agentes del FBI viajaron para recoger a Cheibani.

Durante el vuelo le leyeron sus derechos Miranda.

Ahmad recuerda que la primera vez que lo vio personalmente fue durante su comparecencia judicial (arraignment).

Le llamó la atención que parecía mucho mayor que en las fotografías que había estudiado durante años.

Y entonces hace una observación significativa:

había pasado tanto tiempo trabajando con sus fotografías, expedientes y antecedentes que verlo finalmente en persona fue uno de los momentos en que sintió con mayor intensidad el peso de su trabajo.

La personalidad de Zainab Ahmad

Finnegan cambia entonces nuevamente de registro.

Cuenta que varias personas le habían dicho que Ahmad tenía una extraordinaria facilidad para relacionarse con los jurados.

Cuando el periodista le preguntó por qué, ella pareció avergonzarse.

Recordó entonces el Cadman Plaza Diner, el restaurante de Brooklyn mencionado al comienzo del reportaje.

Ahmad cree que quizá se debe simplemente a que se siente cómoda con esa clase de personas.

Cuando era niña asistía a una mezquita en Queens que atraía musulmanes de todas partes de Brooklyn, Long Island y el Bronx.

Entre ellos había taxistas, camioneros y personas pertenecientes a las clases trabajadoras.

Los amigos de sus padres procedían de ese mismo ambiente.

Cuando Ahmad observa los jurados de Brooklyn, dice, muchas veces siente que está mirando a las mismas personas con las que creció.

Su madre y Nueva York

Ahmad vive en el centro de Manhattan, en un apartamento con vistas hacia East Fourteenth Street.

Su madre, Jamile, la visita todos los veranos.

Jamile es descrita como una mujer elegante que durante muchos años trabajó como programadora informática para una compañía de seguros en Midtown.

Le encanta Nueva York.

Camina por la ciudad, recorre las calles y disfruta especialmente de East Village.

Dice que en Pakistán creció siendo una persona acostumbrada a la calle, alguien que sabía desenvolverse.

En Estados Unidos, en cambio, considera que los niños están demasiado protegidos.

Zainab, piensa su madre, sería probablemente una persona completamente sorprendida si alguna vez le contaran una mentira.

Pero Jamile no cree que sus nietos, criados en Pakistán, fueran igualmente ingenuos.

Para ella es importante que los niños aprendan a desenvolverse solos.

Una vida privada muy discreta

Ahmad estuvo casada brevemente con un abogado jordano, pero posteriormente se divorció.

Aunque vive sola y viaja constantemente, mantiene una vida social intensa.

Finnegan señala que posee un círculo de amistades extraordinariamente amplio.

Una amiga suya, escritora independiente, explica que Zainab organiza fiestas en su apartamento en las que puede encontrarse una mezcla insólita de personas:

policías, actores, periodistas, cineastas, médicos…

Una vida social muy variada

La lista de personas que frecuentan las reuniones de Ahmad continúa desde la página 69: empresarios, abogados paquistaníes y académicos. Ella no cocina, pero siempre hay una enorme cantidad de comida.

Una amiga la describe como el tipo de persona para quien todo el mundo quiere cocinar.

La amiga recuerda la primera vez que conoció a Ahmad, durante una barbacoa en una azotea del Village. Ya estaba oscuro, pero Zainab parecía, metafóricamente, irradiar luz. Era una de esas personas cuya presencia atrae inmediatamente a los demás.

Después de varias horas, a Ahmad le gusta terminar la noche cantando karaoke en un local de Avenue A.

Según su amiga, siempre canta canciones alegres y despreocupadas. Ella misma creía que Taylor Swift era demasiado moderna y superficial hasta que escuchó a Zainab cantar “Blank Space” junto con su amigo policía Ed.

Durante un interrogatorio en un juicio, Ahmad reconoció que su canción habitual de karaoke era “Manic Monday”, en la versión de The Bangles.

Su hermano menor prefiere la música country, por lo que ambos suelen cantar “That’s My Kind of Night”, de Luke Bryan, cuando salen a visitar a familiares en Long Island.

En los viajes en automóvil con su mejor amiga de la universidad, Shally Madan, que vive en California, escuchan con frecuencia Madonna, Rihanna y la banda sonora de Bend It Like Beckham.

Separar el trabajo de la vida personal

Finnegan observa que Ahmad parece ser muy poco propensa a compartir con sus amigos la intensidad de su trabajo.

Una amiga escritora comenta que Zainab es extremadamente reservada sobre esos asuntos. No permite que el trabajo proyecte una sombra permanente sobre su vida.

La amiga recuerda que, el año anterior, Ahmad acababa de terminar un caso particularmente difícil. Sin embargo, inmediatamente después salieron juntas a cantar karaoke.

Hay además una razón jurídica para esa discreción.

Ahmad no puede hablar de gran parte de su trabajo con personas que carezcan de la correspondiente autorización de seguridad.

Cuando Finnegan le preguntó en el diner cómo consigue un fiscal estadounidense que un yihadista “coopere”, Ahmad agachó la cabeza, fingió buscar algo y finalmente respondió:

“Todos los que he convertido (flipped) siguen bajo secreto”.

Es decir, los nombres de los terroristas a quienes ha conseguido transformar en informantes o colaboradores de las autoridades continúan siendo información reservada.

El trabajo secreto en Manhattan

Algunas mañanas, cuando Ahmad se encuentra en Nueva York, comienza la jornada caminando hasta Chelsea, donde está la sede de la New York Joint Terrorism Task Force, la Fuerza de Tareas Conjunta contra el Terrorismo.

Una planta del edificio alberga una Sensitive Compartmented Information Facility (SCIF), instalación de máxima seguridad diseñada para impedir la vigilancia y las escuchas.

Ahmad deja su teléfono celular afuera.

Una vez dentro puede mantener videoconferencias seguras sobre investigaciones con agentes de inteligencia, diplomáticos y militares que poseen autorizaciones de alto secreto en diferentes lugares del mundo.

Justicia civil frente a justicia militar

Ahmad sostiene que en la lucha contra el terrorismo existe una tensión entre el aparato militar y el sistema civil de justicia penal.

Trabaja estrechamente con el Pentágono y deja los casos en manos militares cuando estos se encuentran dentro de la jurisdicción de las Fuerzas Armadas.

Finnegan presenta entonces un caso que muestra las dificultades de esa división.

Un iraquí-canadiense acusado de matar a cinco soldados

Ahmad perseguía a un ciudadano iraquí-canadiense acusado de participar en el asesinato de cinco soldados estadounidenses, muertos por atacantes suicidas a quienes presuntamente había ayudado a viajar desde Túnez hasta Irak para incorporarse a Al Qaeda en Irak.

El sospechoso vivía en Edmonton, Canadá.

Pero Canadá, como muchos otros países, no estaba dispuesto a considerar una solicitud estadounidense de extradición militar mientras Guantánamo continuara funcionando.

Para convencer a las autoridades canadienses, Ahmad necesitaba reunir pruebas en Irak.

El problema era que Irak atravesaba entonces una situación tan peligrosa que Ahmad y un colega del FBI tenían que protegerse diariamente de ataques con cohetes.

Investigación en Mosul

Mientras Ahmad investigaba, era transportada en helicópteros militares.

En Mosul se alojó dentro de una base militar estadounidense, y soldados la trasladaban hasta el perímetro para realizar entrevistas.

Ahmad explica que los investigadores militares suelen considerar a fiscales como ella una especie de “finalizadores” (finishers).

Los militares pueden poseer una gran cantidad de pruebas sobre determinada persona. Pero la fiscalía dispone de la maquinaria jurídica y, sobre todo, de la credibilidad necesaria para formular cargos y llevarla ante un tribunal.

Después de cuatro años, Ahmad consiguió convencer a Canadá de que extraditara al acusado.

Cuando el Pentágono y la CIA quieren matar al mismo sospechoso

Finnegan señala que algunas de las acusaciones obtenidas por Ahmad permanecen selladas, generalmente porque el sospechoso continúa prófugo.

Ahmad discrepa de la idea de que mantenerlas secretas provoque necesariamente conflictos de intereses.

Sin embargo, el problema existe.

Por ejemplo, explica el texto, puede ocurrir que el Pentágono y la CIA estén intentando matar a los mismos individuos que el Departamento de Justicia pretende detener y procesar judicialmente.

Ahí aparece una de las contradicciones centrales del trabajo de Ahmad: para ella un sospechoso puede ser una persona que debe ser localizada, capturada, interrogada, acusada y eventualmente convertida en colaboradora; para otra rama del aparato antiterrorista estadounidense, ese mismo individuo puede ser un objetivo militar que debe ser eliminado.

Para Ahmad, conseguir que un acusado llegue vivo ante un tribunal tiene además una ventaja decisiva: una vez detenido puede convertirse en una fuente de información.

El sistema judicial permite negociar. Si el acusado comprende que existe una posibilidad de reducir su condena mediante la cooperación, los fiscales pueden obtener datos que de otro modo quizá nunca conocerían.

En cambio, una operación militar que termina con la muerte del sospechoso elimina esa posibilidad.

Mohammed al-Farekh

Finnegan introduce entonces otro de los casos importantes de Ahmad: el de Mohammed al-Farekh, ciudadano estadounidense que llegó a convertirse en una figura de alto rango de Al Qaeda.

El Departamento de Justicia quería procesarlo en Estados Unidos, pero el Pentágono y la CIA querían matarlo.

La CIA solicitó autorización para incluirlo en su lista de objetivos.

Durante un tiempo, la cuestión quedó paralizada porque existían dudas jurídicas acerca de matar deliberadamente a un ciudadano estadounidense.

Finalmente, fuerzas paquistaníes capturaron a al-Farekh en 2014.

Fue trasladado a Estados Unidos.

Cuando Ahmad lo vio por primera vez, recuerda, el hombre estaba sentado en una celda de Brooklyn.

Inteligencia y fiscalía persiguen cosas distintas

Para Ahmad, una de las complicaciones más importantes al trabajar con la CIA, el FBI y otras agencias consiste en que los investigadores de inteligencia y los fiscales no buscan necesariamente lo mismo.

Las agencias de inteligencia pueden tener fuentes extraordinariamente sensibles.

Pero si un fiscal pretende utilizar esa información para acusar a una persona en un tribunal público, aparece inmediatamente un problema: la defensa tiene derecho a conocer las pruebas relevantes.

Finnegan explica que los fiscales deben determinar qué información puede ser revelada y cuál está protegida.

Ahmad resume el dilema de manera práctica: si se pretende presentar determinada información ante un tribunal, hay que consultar a quienes la obtuvieron y explicarles qué se quiere hacer con ella.

Cualquier prueba que vaya a utilizarse contra un acusado debe poder ser conocida por la defensa, aunque existan procedimientos especiales para proteger material clasificado.

La vigilancia como herramienta judicial

Ahmad sostiene que el sistema penal posee una ventaja que a veces se subestima.

Mediante una investigación criminal se puede vigilar durante mucho tiempo a un sospechoso, reunir pruebas, reconstruir sus contactos y esperar hasta que la evidencia sea suficientemente sólida.

Eso permite algo distinto de una operación militar inmediata: observar una red completa y comprender cómo funciona.

El texto pasa entonces a un ejemplo.

Un joven británico y Al Qaeda

Finnegan relata el caso de un hombre investigado por las autoridades británicas. Había estudiado en Manchester y posteriormente terminó relacionado con extremistas.

El joven comenzó a mantener contactos por correo electrónico con una figura de Al Qaeda.

Las autoridades descubrieron que estaba preparando algo.

En sus mensajes aparecían referencias aparentemente inocentes a un matrimonio, pero los investigadores sospechaban que se trataba de lenguaje codificado.

Una de las expresiones sugería que faltaban apenas unos días para la “boda”.

Para los investigadores, aquello podía significar que la fecha del atentado se aproximaba.

Veinticinco equipos siguiendo a una persona

Ahmad describe la magnitud del operativo de vigilancia.

Los británicos podían tener alrededor de veinticinco equipos distintos intentando observar cada movimiento del sospechoso.

El desafío consistía en vigilarlo sin que descubriera que estaba siendo seguido.

Ahmad plantea el dilema:

¿qué ocurre si uno de esos equipos pierde al sospechoso?

El riesgo era enorme.

Cuando finalmente consiguieron determinar las fechas asociadas al posible atentado, Ahmad recuerda que pensaron:

“Tenemos que atacar ahora”.

Es decir, llegaba el momento en que seguir recopilando información podía ser más peligroso que intervenir.

El punto central de esta página

Esta página profundiza una de las ideas más interesantes del artículo de Finnegan: el contraterrorismo como problema de información y no únicamente de fuerza.

Para Ahmad, capturar a alguien puede proporcionar algo que un ataque militar no proporciona: un acusado vivo, sus contactos, sus comunicaciones, la posibilidad de interrogarlo y eventualmente convertirlo en colaborador.

Al mismo tiempo, llevar inteligencia secreta a un tribunal introduce otro problema: aquello que funciona como información clasificada no necesariamente funciona como prueba judicial, porque un proceso penal exige revelar a la defensa las pruebas utilizadas contra el acusado.

Del correo interceptado a un plan de atentados

A partir de las cantidades de harina y aceite encontradas en el apartamento de Naseer, los investigadores comprendieron mejor las instrucciones que Al Qaeda transmitía a sus operativos para fabricar bombas. Las indicaciones comenzaban con esos ingredientes aparentemente inocentes.

Las autoridades dedujeron que el grupo pretendía fabricar artefactos con detonadores químicos y una carga orgánica, semejantes a los empleados por los terroristas responsables de los atentados contra tres autobuses y el metro de Londres en 2005, que causaron 52 muertos.

Sin embargo, no encontraron sustancias químicas destinadas a fabricar bombas. Eso hizo que la fiscalía británica empezara a dudar de que dispusiera de pruebas suficientes.

El gobierno, decidido a terminar con el asunto —y consciente de que el negocio de estudiantes extranjeros constituía una actividad importante y lucrativa en Gran Bretaña— optó por deportar a los sospechosos en lugar de procesarlos penalmente.

Los detectives que trabajaban en el caso quedaron horrorizados.

Según recuerda Mark Smith, estuvieron a punto de llamar a seguridad para que los sacaran de la oficina de la fiscalía: no podían aceptar la decisión.

Naseer consigue permanecer en Gran Bretaña

Naseer combatió judicialmente su deportación. Argumentó que devolverlo a Pakistán supondría exponerlo a un peligro inaceptable.

Y ganó.

Para entonces, sin embargo, los estadounidenses habían empezado a interesarse seriamente por el caso.

La inteligencia británica avisó al FBI de que la cuenta de correo electrónico que Naseer había utilizado para comunicarse con su contacto de Al Qaeda en Pakistán —una dirección de Yahoo— había comenzado nuevamente a recibir mensajes.

Esta vez los correos procedían de un yihadista que se encontraba en Estados Unidos y que solicitaba instrucciones para fabricar bombas.

Smith recuerda que casi chocó el automóvil cuando se enteró.

Ahmad consideró que aquello demostraba una seguridad operacional extremadamente deficiente por parte de Al Qaeda: estaban reutilizando la misma dirección de Yahoo.

La conspiración estadounidense fue desarticulada.

Ahmad viajó entonces a Manchester.

Smith recuerda que cuando Zainab entró en la sala pensaron algo parecido a:

“Caramba, parece tremendamente joven. ¿Nos han enviado a una ayudante junior para comprobar los hechos?”

Pero esa impresión desapareció rápidamente.

En pocos minutos comprendieron que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

No había comparación, dice Smith, con los fiscales británicos con los que habían trabajado.

Zainab permaneció cuatro días con ellos durante aquella primera visita y, antes de marcharse, les dejó una extensa lista de las pruebas que necesitaba y la manera exacta en que quería que fueran recopiladas y presentadas.

Una conspiración internacional de Al Qaeda

El objetivo de Ahmad era demostrar que el complot de Naseer formaba parte de una conspiración internacional organizada por Al Qaeda en Pakistán, destinada a atacar objetivos en:

Reino Unido, Dinamarca y Estados Unidos.

Los aspirantes a terroristas estadounidenses eran tres jóvenes que habían sido compañeros de escuela en Flushing High School, Queens.

En 2008, viajaron juntos a Pakistán con la intención de incorporarse a los talibanes.

Pero terminaron vinculándose con Al Qaeda, que les proporcionó entrenamiento militar y finalmente les ordenó regresar a Estados Unidos para realizar atentados suicidas.

Les dijeron que serían más útiles atacando Nueva York que permaneciendo en las zonas tribales pakistaníes.

Consideraron diferentes objetivos: Grand Central Terminal, Times Square y otros lugares emblemáticos.

Finalmente decidieron atacar el metro de Nueva York durante la hora punta.

Las autoridades estadounidenses ya vigilaban sus teléfonos y leían sus mensajes dirigidos a Al Qaeda.

En ellos aparecía el mismo lenguaje codificado utilizado por Naseer, incluida la referencia a una “boda” próxima, que significaba el atentado.

Najibullah Zazi

Uno de los conspiradores estadounidenses, Najibullah Zazi, afgano-estadounidense, trabajaba como conductor de transporte al aeropuerto en Denver.

Siguiendo las instrucciones que había recibido por correo desde Pakistán, compró peróxido de hidrógeno y acetona en tiendas locales de productos de belleza.

Después alquiló una habitación de hotel en las cercanías de Aurora, Colorado, y utilizó la cocina para preparar TATP (triperóxido de triacetona), un explosivo detonador semejante al empleado en los atentados de Londres.

Probó la mezcla en el estacionamiento del hotel.

Funcionó.

Zazi introdujo los explosivos detonadores en un automóvil alquilado y condujo hacia Nueva York.

Cuando atravesaba el puente George Washington, la policía lo detuvo a petición del FBI.

Pero los agentes no encontraron el frasco de explosivos en el automóvil.

Zazi quedó alarmado.

Posteriormente su vehículo alquilado fue remolcado en Queens junto con su computadora, que contenía instrucciones para fabricar bombas y correos electrónicos incriminatorios.

Zazi arrojó los explosivos por un inodoro y regresó en avión a Colorado, donde fue detenido casi inmediatamente.

Sus cómplices fueron arrestados unos meses después.

En 2010, Zazi se declaró culpable de múltiples delitos de terrorismo.

Uno de sus cómplices, Zarein Ahmedzay, también se declaró culpable.

Tanto Zazi como Ahmedzay seguían esperando sentencia en el momento en que Finnegan escribió el artículo porque su cooperación con las autoridades continuaba siendo útil.

El tercer integrante de la conspiración, Adis Medunjanin, bosnio-estadounidense, se declaró inocente. Fue condenado en 2012 en un tribunal federal de Brooklyn y recibió cadena perpetua.

Ahmad consigue llevar a Naseer a Nueva York

Naseer luchó contra su extradición desde el Reino Unido, pero finalmente perdió.

Llegó a Brooklyn a comienzos de 2013.

Mientras preparaba el juicio, Ahmad interrogó extensamente a Zazi y Ahmedzay.

Ambos habían estado en Peshawar en noviembre de 2008, precisamente cuando Naseer también se encontraba allí.

El mismo equipo de “operaciones externas” de Al Qaeda que había entrenado a Zazi y sus amigos para realizar una operación suicida había estado al mando de Naseer.

Ahmad decidió utilizar a Zazi y Ahmedzay como testigos.

Gracias a ellos podía reconstruir desde dentro el funcionamiento de las operaciones y del entrenamiento de Al Qaeda en Pakistán.

Comienza el juicio de Naseer

El juicio contra Naseer comenzó en febrero de 2015.

David Bitkower, supervisor de Ahmad durante la primera etapa del caso, reconoce que inicialmente lo consideraba un proceso difícil.

Las pruebas eran, en gran medida, circunstanciales.

No existía una prueba sencilla y definitiva que pudiera mostrarse al jurado.

Pero Ahmad había conseguido reunir una cantidad considerable de nuevas evidencias.

El análisis informático permitió profundizar en los registros de Internet y de teléfonos.

Además, Ahmad consiguió conectar las distintas conspiraciones con la dirección central de Al Qaeda mediante documentos incautados en el escondite de Osama bin Laden en Abbottabad, Pakistán, documentos que hasta entonces no habían sido divulgados públicamente.

Entre ellos había una carta dirigida a bin Laden, escrita a comienzos de 2009 por Saleh al-Somali, jefe de operaciones externas de Al Qaeda.

Al-Somali informaba que habían enviado a varios de sus hombres a Gran Bretaña, Rusia y Europa, con la expectativa de que su trabajo estuviera terminado y preparado antes de que concluyera el año.

Cuando el detective de Manchester Mark Smith escuchó esas palabras, comprendió inmediatamente de quién estaban hablando:

eran los hombres que ellos habían estado investigando.

Naseer decide defenderse personalmente

Naseer decidió representarse a sí mismo.

Finnegan señala que realizó un trabajo sorprendentemente competente.

Sin embargo, el juez Raymond J. Dearie le advirtió que no perdiera el tiempo intentando convencer al jurado de que Estados Unidos carecía de jurisdicción sobre su caso.

El Congreso estadounidense había concedido a los tribunales una jurisdicción muy amplia para investigar y procesar delitos de terrorismo cometidos prácticamente en cualquier lugar del mundo.

William Finnegan es redactor de plantilla de The New Yorker y autor de obras de periodismo internacional. Se ha especializado en temas de racismo y conflicto en el sur de África y en política en México y Sudamérica, así como en la pobreza juvenil en Estados Unidos , y es conocido por sus escritos sobre surf .

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