Por Gonzalo Figueroa Cea
Es 1936.
La brisa y el tibio sol matinales, típicos del mar Mediterráneo en sus momentos más amables, se hacen sentir en la cubierta superior externa del barco pirata. Pero la situación no es agradable para la tripulación y sus invitados de honor: Indy y Marion. Los visitantes indeseados: los nazis, al menos tienen la embarcación retenida momentáneamente y su principal «trofeo» recuperado: el arca de la alianza, cuyo futuro dueño, conforme a los aviesos objetivos de los extraños, es Adolf Hitler. Pero el adversario más enconado de aquellos no está visible: el mencionado arqueólogo norteamericano.
-¡¿Y dónde está Jooones?! -grita Herman Dietrich.
-No lo encontramos, coronel. Recorrimos toda la nave -responde un subalterno.
Enfadado, el oficial alemán se mueve de un lado a otro de la referida cubierta. No debiese tener razones para estar así: el submarino al mando suyo alcanzó la nave que pisan, sus hombres recuperaron el anhelado “botín” (que habían perdido en El Cairo), capturaron a Marion Ravenwood y hasta él ha amenazado con destruir el barco ajeno para asegurar el éxito de todas esas acciones, que consideró necesarias. Sin embargo, no está Indiana Jones.
Además el germano desconfía no solamente de Katanga, el capitán de la embarcación, y de su tripulación, tan morena como él. También duda de algunos más, incluso de colaboradores directos y de su socio: el arqueólogo francés René Belloq.
Todo el tiempo perdido entre Nepal y el Mediterráneo, Egipto entremedio, en la obtención del arca, tiene como causante aquel aventurero «intruso». Un incendio, la obtención de un medallón importante pero no determinante, excavaciones que se extendieron más allá de las proyecciones iniciales, uno que otro error de cálculo, el tesoro hallado provisoriamente por los metódicos adversarios, persecuciones por tierra y mar, heridos y muertos, son a juicio de Dietrich consecuencia en parte del «molesto» ingenio del profesor de Connecticut, solo superado por la recuperación del objeto por parte de los alemanes como exclusivo acierto.
Pero, aunque no hay rastro de Jones, algo inexplicable le indica que ese enemigo no da nunca su brazo a torcer aunque haya perdido el arca. Además, a pesar de la angulosa y segura dureza de su rostro, la intranquila mente de Dietrich pareciera superar a aquella y otros “fantasmas” irrumpen en el horizonte imaginario del hombre de confianza de Hitler. Los obstáculos todavía parecen difíciles para sus propósitos.
Sabe que el destino del arca no será Londres, como planeaba el norteamericano, pero tampoco en forma directa Berlín, como él había definido originalmente. Junto a sus hombres deberán llegar a una recóndita isla perdida en el mar Egeo, el lugar perfecto para confirmar, vía ritual nocturno, que el preciado objeto es el auténtico, requisito clave para transformar la larga travesía en un éxito total porque el führer tendrá el “botín” que más afanosamente desea. Dietrich había dudado sobre la necesidad del ceremonial, pero Belloq lo convenció que si es necesario por los argumentos ya señalados. Al oficial no le agrada del todo la situación, pero resignadamente la asume.
El alemán alaba la astucia del francés, pero sabe que pedirá algo importante a cambio del «trofeo». También desconfía de Toht, hombre de la policía secreta nazi cuya frialdad admira el oficial alemán pero no alcanza para evitar recelar de él. Toht logró, con métodos muy cuestionables (y alguna ayuda de sus matones) sacarle información clave a Marion sobre el paradero de Indiana y del arca cuando estaban en las desérticas ruinas de Tanis. Pero la perdida circunstancial del objeto en la tierra de los faraones alimentó las sospechas del coronel sobre alguna deslealtad del controvertido personaje y otros más de similares perfiles.
Por si fuera poco, no detecta huella alguna de Indy. Él no cree que haya desaparecido o muerto, aunque sus hombres le hayan dicho simplemente que no está y lo reafirme Katanga a su modo:
-Indiana murió. Yo lo maté. Déjenos a la chica. Nos hará más placentero el viaje – dice el capitán del barco pirata, quien sostiene desde atrás las manos a Marion sin evitar tocarle el largo cabello.
-¡Salvaaje!. …¡No estás en posición de exigir nada! -exclama el germano- Seguiremos buscándolo mientras tanto y después …decidiremos si volamos su barco.
-Déjenme a la chica. Ya llevamos el arca. Con esto es suficiente -interviene Belloq, quien enseguida le coloca un abrigo de piel a ella sobre los hombros, tras ser liberada por Katanga.
-¡No hay rastro alguno de Jones, coronel! Nuevamente revisamos todo -puntualiza a unos metros de distancia un soldado, antes de lanzar un colilla de cigarro en un manguerote.
Indy está escondido allí. Ha escuchado todo. No piensa en claudicar en su propósito de recuperar el valioso objeto. Pero su disgusto es como una mochila pesada. «No había riesgo alguno de sacarlo desde este barco. Pero …llegaron estos hijos de puta», reflexiona. Y así fue. Y están a punto de llevárselo.
Si no había estado en el paraíso, solo minutos antes vivió algo parecido, pero además con el tesoro más grande. Descansaba en una habitación junto a Marion. Habían pasado la noche juntos. Conversaron animadamente, rieron, bebieron, hicieron el amor y durmieron. El arca yacía en una bodega muy segura. Todo iba bien hasta que, en la mañana, ruidos extraños y la detención del barco les diluyó el sueño.
Los miembros de la tripulación se movían frenéticamente dentro del transporte porque tenían visitantes inesperados: los nazis, cuyo submarino estaba justo frente a la ventana del cuarto donde estaban Indy y Marion, a unos 200 metros de distancia. Éĺ y ella pudieron descubrirlos gracias a las ventajas que otorga la vista fragmentada de la persiana. Ellos a la pareja, no. Lo que tardaron en llegar al barco lo aprovechó Jones para esconderse. Marion no corrió la misma suerte.
Ahora eso también le pesa a Indy. Ella, entregada a un destino que inexorablemente no parece halagüeño, ha perdido toda fe: no sabe si el héroe sigue vivo o pudo ahogarse tras algún intento de escape a través del agua salada. «No hay posibilidad de cambiar las cosas ahora. Debo buscar la forma de llegar al submarino y meterme en un lugar donde no me vean», piensa Indy aún en su escondite.
Después del propio infierno individual
Los minutos siguientes son dominados por la búsqueda del qué hacer y su cómo. Recuperar el pesado cargamento de inmediato y resultar ileso, es muy difícil. Tendría que ser casi invisible. Además, si pudiese ayudar la tripulación, esta correría con mucha desventaja en número y tipo de armamentos.
-Queda mucho mar por delante. Será un viaje tan largo como hasta hora y con un clima adverso por momentos. Quizás pasaré hambre. Pase lo que pase tengo que ver la forma de llegar a una parte del submarino donde no corra riesgos.
Tras concluir que puede llegar, aunque podría verse afectado por la hipotermia, observa para su favor que la cubierta está casi desierta. Solamente está el mismo soldado de la colilla que da la espalda al escondite. Aparentemente la tripulación está adentro y, los nazis, muy probablemente viendo la forma de trasladar el arca desde otro rincón del barco.
Sin perder un segundo sale del manguerote y se lanza para caer pesadamente sobre el hombre vestido de verde. Su sombrero fedora también cae pero lo recupera de inmediato. El tipo se sorprende al verlo, pero no alcanza a reaccionar mejor cuando recibe un golpe de puño digno de Joe Louis. Indy detecta que su oponente queda inconsciente. Mueve el cuerpo para dejarlo en la sombra. Detecta que tiene su contextura: 1,85 y cuerpo atlético. Está a punto de sacarle la tenida de servicio cuando escucha unos pasos. Vuelve al mismo escondite.
Alcanza a observar al tipo sin que este lo descubra. Aquel mira para los lados y luego da la espalda al lugar donde está instalado Indiana. “Este también es mío”, piensa. Pero la acción es algo fallida: la punta de unos de sus zapatos se topa con la boca del manguerote y cae mal. El tipo, de pie todavía, se da vuelta y le asesta una patada en el rostro. Pero solo alcanza a rozarle el mentón. De pie nuevamente Jones, su oponente reacciona primero y dirige un puñetazo que el norteamericano esquiva. Luego este, ya enderezado, direcciona un puño firme y cerrado que llega de lleno a la dentadura del nazi. Este se desploma.
Observa que el tipo también tiene una vestimenta que le calza bien. Logra ubicar el cuerpo en otro intersticio lo suficientemente espacioso para que nadie vea el cuerpo. Por casualidad aprovecha dos sacos arena para tapar algo más. Se dispone a sacarle la ropa para ocuparla él, cuando escucha varios pasos muy cerca. “Uno contra uno está bien, pero más de dos me complica. No tendré tiempo de hacer esto”, reflexiona. Sigilosamente se mueve veloz para evitar que no lo vean. Sube de un salto a la superestructura y se esconde momentáneamente en el grueso soporte del mástil cuando observa que los tipos están dando una vuelta por fuera a la edificación que alberga la cabina y otras dependencias de la nave. Milagrosamente nadie mira arriba. Aprovecha de dar una vuelta al mismo soporte en la medida que el grupo camina en la misma dirección y casi como si estuvieran graciosamente marchando. Así también evita que lo vean. Se produce una conversación.
-Creo, Herman, que deben haber sido solo ruidos de aves -concluye Belloq-. Le aconsejo volver a la proa.
-¡Coronel!: ¡el arca ya está en el submarino! -informa desde la proa un soldado.
-Volvamos a la nave -se limita a responder Dietrich al emprender la vuelta-. Más le vale, una vez que lleguemos a la isla, que ese ritual judío funcione -le dice, desafiante, al francés. Este solo se limita a agachar a cara y moverla con cierto tono de fastidio. El alemán ya le había dado la espalda.
Indy se pasa la mano por la frente con algo de alivio. “Perfecto. Es el momento preciso”, piensa. Una vez que los hombres se alejan, se acerca a la popa del barco pirata. Sabe que tendrá que nadar un poco más, pero que deberá ingresar a la nave ajena por detrás. Por delante, vuelve poco a poco la tripulación. Llevan allí cuidadosamente el arca. Van embarcaciones pequeñas perfectamente diseñadas para el traslado.
Pasan unos minutos. El traslado total se concreta. Prima la tranquilidad, aunque con algún margen de tensión, en los contingentes de ambas embarcaciones. Katanga y un colaborador suyo observan toda la secuencia desde un costado de su barco. Finalmente los nazis ya están a bordo de su nave y aquella reinicia su viaje en forma paulatina.
-¿Y qué ocurrió con Indiana?
-No lo sé -responde Katanga.
No pasaron demasiados segundos hasta que el capitán divisó una silueta masculina con sombrero, que caminaba y alzaba los brazos, sobre la cubierta superior del submarino ya en marcha.
-¡Allí está! –exclamó Katanga. Acto seguido se sintieron los hurras del resto de la tripulación que lo cobijó. El héroe está con vida. ¿Llegará a Berlin el arca?
*Fantasía inspirada en la secuencia del barco pirata de la primera película saga de Indiana Jones, “Los cazadores del arca perdida” (1981) con Harrison Ford en el papel del protagonista.