Por Adrián Melo
¿Qué tienen en común Rock Hudson y Yukio Mishima aparte del hecho de que este año se cumplen cien años de sus respectivos nacimientos? Sus atribuladas existencias y sus muertes mediáticas hablan de dos formas torturadas de vivir la homosexualidad durante el siglo XX. Dos formas torturadas, hijas de discursos médicos, jurídicos y sociales estigmatizantes que, como los brujos de la canción de Charly García, piensan en volver en un mundo de extremas de derechas, y en la Argentina de Milei y la de Chile con Kast.
Nacieron hace cien años, con muchos meses de diferencia entre ambos. Uno nació en Tokio el 14 de enero de 1925 como Kimitake Hiraoka en el seno de una familia acomodada, el otro en Illinois el 17 de noviembre de 1925, como Roy Harold Scherer Jr en una familia proveniente de sectores populares. Los dos serían despreciados por sus padres y amparados por sus madres. Ambos pasarían a la historia del arte y devendrían, cada cual a su manera iconos del siglo XX siendo simplemente Yukio Mishima y Rock Hudson.
El primero, aunque archi famoso escritor de más de medio centenar de novelas con títulos tales como “Confesiones de una máscara” (1949), “Sed de amor” (1950), “Colores prohibidos” (1953), “El rumor del oleaje” (1954), “La escuela de la carne” (1963), “El marino que perdió la gracia del mar” (1963) o “La corrupción de un ángel” (1970), fue ocasionalmente actor. En los últimos años de su vida codirigió e interpretó el papel protagónico de la película “Patriotismo”, la adaptación de un relato propio homónimo donde anticipa y narra su propia muerte. Tres veces postulado, Mishima nunca ganó el Premio Nobel.
El segundo, aunque archi famosa estrella masculina de los años dorados de Hollywood, intérprete de más de medio centenar de películas que incluyen melodramas clásicos de Douglas Sirk tales como “Sublime obsesión” (1954), “Lo que el cielo nos da” (1955), “Escrito sobre el viento” (1956) y comedias románticas con Doris Day en títulos tales como “Confidencias a medianoche” (Gordon, 1959), “Pijama para dos” (Mann, 1961) y “No me manden flores” (Jewison, 1964), fue ocasionalmente escritor. En efecto, en 1985, se publicaron de manera póstuma sus memorias escritas con la ayuda de Sara Davidson: “Rock Hudson. Su vida”, en donde anticipa y se narra su propia muerte. Solo nominado una vez por la película “Gigante” (Stevens, 1956), Hudson nunca ganó el Premio Oscar.
Si bien, sus lugares de nacimiento, sus clases sociales, sus vocaciones, sus estilos de vida y sus posicionamientos políticos auguraban vidas de lo más disímiles, quizás el hecho de compartir el año de nacimiento y las mismas preferencias eróticas les deparó destinos que, en cierta forma, los hermanó. También ciertas diferencias, los asemejaron o los cruzaron. En diversos sentidos, sus extraordinarias vidas y sus espectaculares muertes mediáticas los convirtieron en símbolos, en prototipos de las formas torturadas de vivir la homosexualidad durante el siglo XX.
Ser gay en el siglo XX
Mishima confesó pública y audazmente su homosexualidad en la primera de sus novelas: “Confesiones de una máscara”. En ella, Kochan, el personaje principal que era una versión ficticia del escritor, se masturbaba con la pintura del San Sebastián desnudo de Guido Renni, fantaseaba sexualmente con samuráis musculosos y ensangrentados y se deleitaba con el cuerpo de deportista y los sobacos peludos de su compañero de colegio llamado Omi. Sin embargo, hacia el final de la ficción, Kochan terminaba aceptando, que, para sobrevivir en el mundo real, tenia que ocultar sus deseos eróticos y sus placeres, fingir que amaba a las mujeres y vivir con esa máscara que anticipaba el título de la novela.
Por el contrario, Rock Hudson, no confesó su homosexualidad hasta encontrarse a las puertas de la muerte. El star system de Hollywood lo condenó a ser el prototipo del galán heterosexual al punto de obligarlo a casarse con su secretaria y a vivir una doble vida basada en el secreto, las mentiras y la vergüenza de su intimidad amorosa. La historia de su existencia, plasmada en sus memorias póstumas, bien podrían haberse titulado como la novela de Mishima “Confesiones de una máscara”. Quizás las películas que más lo representaron fueron las del llamado género “polvo aplazado” que interpretó junto a Doris Day en la década del sesenta, no solamente porque como en esas comedias románticas parecía destinado a no consumar frente a las cámaras su verdadero placer sexual. Sino también porque, en ellas, era un simulacro invertido y grotesco de sí mismo: generalmente, en alguna escena sus personajes heterosexuales fingían ser maricas amaneradas para poder acercarse a las mujeres.
Siendo niño, Mishima había descubierto en la biblioteca de su abuela, el cuento “El enano y la rosa” de Hans Christian Andersen. En el relato, un apuesto príncipe era apuñalado por un villano con un enorme cuchillo mientras acariciaba una rosa que le había regalado su amada. Desde entonces, comenzó a fantasear sexualmente con cualquier joven bello y musculoso que fuera asesinado. Su despertar sexual se complementó con escenas y estampas de guerreros y príncipes asesinados de libros de fábulas medievales y de arte de la Grecia Clásica.
La misma obsesión sadomasoquista que conjuga eros y Tánatos, belleza y sangre, sexo, éxtasis y muerte pobló las ficciones de sus novelas y sus relatos. Así, en “Sed de amor”, su segunda novela, una joven viuda se enamora y enloquece de deseo por un campesino jardinero de espaldas anchas. Cuando el joven intenta amarle, la viuda lo mata clavándole un azadón en el cuello. “¿Hay algo en este mundo más hermoso como el semblante de un joven embellecido por la concupiscencia y radiante de pasión”, se pregunta la mujer antes de mutilarlo y luego se queda extasiada frente a la visión de su espalda desnuda y su cuerpo ensangrentado. Como en todas sus fantasías sexuales, Mishima mata al joven por el que se siente atraído. Soñaba con derramamientos de sangre, con la aniquilación de jóvenes circasianos sobre grandes mesas de mármol y con comerse a continuación sus cuerpos despedazados. Una torturada fantasía que quizás era correlato de un mundo que reprimía y condenaba a la homosexualidad.
Más convencional, Rock Hudson adoraba a las bellezas masculinas de cabellos dorados y cuerpos esculturales. Siendo ya rico y famoso, se hicieron célebres las fiestas privadas en su mansión de Beverly Hills que posiblemente incluyeron gozosas orgías y su piscina plena de rubios espléndidos. En sus ficciones, por el contrario, frecuentemente era el chico bueno: el joven jardinero que amaba a la naturaleza y a una viuda que casi podría ser su madre (a Jane Wyman en “Lo que el cielo nos da”); el médico que salva la vida y le devuelve la vista a su amada (Nuevamente a Jane Wyman en “Sublime obsesión); el conductor de ambulancias que se enamora de una enfermera en plena guerra mundial en “Adiós a las armas” (Vidor, 1957), al joven despreocupado e indiferente por el que enloquece de amor Dorothy Malone en “Escrito sobre el viento”.
Las fachadas de Mishima y Rock
En su juventud, Mishima era un flaco enclenque y enfermizo que hasta fue rechazado por el ejército. Sin embargo, hacia el final de sus días, tras moldear su cuerpo en el gimnasio con feroz disciplina, había devenido un hombre tan macizo, musculoso y recio, como aquellos que poblaban sus fantasías sexuales. O que también, le devolvían esa imagen de masculinidad y normalidad que le exigía la sociedad machirula de su tiempo. En su juventud, Rock Hudson era un monumento de dos metros de músculos y pecho velludo prolijamente delicado que le valieron el apodo artístico de “Rock” (Roca). Sin embargo, hacia el final de sus días, a consecuencia de las complicaciones por el Sida, eran un hombre maduro, flaco y frágil.
Sin embargo, en la plenitud, ambos coincidieron en legar imágenes que parecen salidas de un sex shop gay avant la lettre, fotografías que parecen inaugurar el porno soft a nivel global. Con ciertas reminiscencias de las revistas de fisicoculturismo estilo Bob Mizer que hicieron las delicias onanistas de generaciones de gays, se popularizaron escenas de Rock Hudson entrenando o exhibiendo sus músculos en el gimnasio; Rock saliendo de la ducha con una toalla en la cintura y exhibiendo su encantadora sonrisa; Rock tomando sol con el torso desnudo o en la piscina junto a algún atractivo amante de turno, con el actor Georg Nader o con Tom Clark, su pareja por largos años. Como salidas de las páginas de una revista beekcake sadomasoquista, se popularizaron las fotos Mishima semidesnudo como un samurai y exhibiendo la fálica katana en sus manos; Mishima entrenando los bíceps o con una barra con pesas sobre las fornidas espaldas… En sus últimos años, Mishima posó para el fotógrafo Kishin Shinoyama, para la serie “Muerte de un hombre”. Las fotografías mostraban a Mishima muriendo de decenas de formas imaginables: ahogándose en el barro, con un hacha clavada en los sesos; Mishima caracterizado como San Sebastián con los brazos atados a una rama y las flechas atravesando sensualmente su sobaco y su costado.
El ocaso de dos vidas
Finalmente, en el ocaso, tanto Mishima como Rock Hudson, encontraron en sus agonías y muertes, la completitud de sus obras artísticas, el final deslumbrante que hacía de sus vidas una obra de arte. El 25 de noviembre de 1970, Mishima se presentó en el cuartel general del Ejército Nacional y lanzó una proclama ante las tropas de las Fuerzas de Defensa Nacional donde exigía al comandante un golpe de Estado que remilitarizara Japón, devolviera los valores tradicionales de la edad de oro del imperio japonés, implantara una política más contestataria a los Estados Unidos y restituyera el poder al emperador. Tras ese acto, Mishima halló su muerte voluntaria practicándose harakiri -el suicidio al estilo samurai- secundado y ayudado por al joven veinteañero Masakatsu Morita, el último de sus amantes, quien a continuación hizo lo propio. La pareja tuvo una muerte joven y bella similar a la que Mishima había imaginado para los amantes de “Patriotismo” donde un apuesto teniente se vacía las entrañas para no participar en un complot organizado contra el emperador y su esposa se suicida de una puñalada. Los preparativos para el suicidio de los recién casados son semejantes a los ritos del amor. Se bañan, hacen el amor y antes de suicidarse, Mishima describe minuciosamente el cuerpo del marido y se detiene en las axilas y el dulce aroma de su vello que contiene “la esencia de la muerte joven”. Al practicar mutuamente el seppuku Mishima y Morita alcanzaban la estética de la existencia, el ideal de placer sadomasoquista, de belleza y cuerpo ensangrentado, de éxtasis y muerte que el escritor había perseguido toda su vida.
“En mi opinión, tan solo se debe hablar de erotismo cuando el ser humano arriesga su vida y busca el placer hasta la muerte”, había declarado pocos días antes, aquel que, una vez que construyo el cuerpo bello que buscaba, lo destruyó con un movimiento de su espada.
Paradojalmente, Rock Hudson fue víctima de una enfermedad que conjugaba literalmente el placer sexual y la muerte. Cuando se supo enfermo y desahuciado por el Sida, llamó a una conferencia de prensa en París y decidió hacer pública al mismo tiempo su enfermedad y su homosexualidad, sabiendo que, de esa manera, ayudaba a las generaciones venideras.
Rock Hudson falleció a los cincuenta y nueve años en su residencia de Beverly Hills, tras una breve agonía y largos meses de desesperanzas y sufrimientos. Sin embargo, la confesión pública de su homosexualidad y del sida, devino una denuncia a lo que Hollywood era capaz de hacer con sus actores cuando escapaban a la heteronormatividad. La muerte de Hudson propició que la gente pudiera hablar de sida, hasta el momento una enfermedad estigmatizante y vergonzosa de la que no se hablaba en público. Su martirio legó al mundo la posibilidad de poder poner palabras y hacerle frente a la enfermedad. Dos años después de su muerte y tras una larga lucha de los activistas, finalmente, el presidente Ronald Reagan, amigo de Hudson, pronunciaba por primera vez la palabra sida. Tal como le confesó a su amigo Burt Lancaster: “No me alegro de tener sida, pero si esto puede ayudar a otros, al menos puedo saber que mi propia desgracia tiene un valor positivo”.
Sus vidas torturadas y sus muertes prematuras y ejemplares con una alta cuota de consciente o inconsciente autoinmolación cobran particular vigencia, cuando una parte del mundo se vuelve de derechas e insiste con políticas homo-leso- trans odiantes y la Argentina de Milei vuelve a retomar discursos estigmatizantes contra la contra la comunidad LGTBIQ+, recorta el presupuesto contra el VIH y elimina la PREP. El mismo contexto que habilita crímenes de odio como el reciente de Samuel Tobares en Córdoba.