El policia de erratas

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Por Gonzalo León

Hace muchos años leí El gaucho insufrible de Roberto Bolaño en una edición pirata que me regalaron. Es un libro casi póstumo, en donde hay un cuento titulado “El policía de ratas”, que es uno de los cuentos de Bolaño (autor español nacido en Chile) que más se me ha quedado. Trata de la vida de una comunidad de ratas en una alcantarilla, en donde repentinamente hay un asesinato. El hecho conmueve a la comunidad, porque hasta ese momento no había habido asesinatos de ratas, así que le encomiendan a un policía que investigue. No sé por qué -la memoria es frágil, fue hace casi veinte años- mi lectura quedó asociada a una intencionalidad bolañesca de decirnos que, cuando un escritor descubre hacia dónde va un texto, es decir resuelve el crimen, suspende la lectura, porque termina la curiosidad.

También en otro nivel de lectura se me quedó esa ambigüedad de la rata con la errata, y es que los escritores convivimos cotidianamente con más erratas que ratas. Recuerdo que un corrector español, que había llegado a vivir a Chile hace veinte años, me decía que un libro publicado tenía al menos una errata por página. Por eso, cuando terminaba de escribir un libro pese a haberlo corregido muchas veces, siempre sentía que había una o dos erratas por página y que mi deber era pesquisarlas, atraparlas y mandarlas en cana. Pero nunca fui un buen policía de mis propias erratas, así que eran observadores externos (correctores o editores) quienes finalmente las pesquisaban.

Esto tiene algo de curioso, porque desde la lectura de El gaucho insufrible he trabajado como editor literario y corrector, intermitentemente a veces o de forma más continua como ahora. Y suelo ser un buen policía con los crímenes de otros. Pero tampoco pontifico. Y en este punto me quiero detener un poco: en la edición literaria más que en la corrección hay una cierta pontificación de que editar bien significa evitar las erratas y, desde mi punto de vista, esa concepción es muy pobre. Es evidente de que una errata puede echar a perder un libro, pero nunca hay que olvidar que la errata es del autor, que es parte de su escritura, no algo que viene del cielo y cae en una página. Personalmente no me escandalizo por los autores que escriben con faltas de ortografía o gramaticales, eso un escritor no lo tiene por qué saber; lo que sí debe saber algo obvio, pero que a veces no es tan obvio: escribir. Y eso no es una técnica, es un arte. Y el arte no se puede corregir.

Pocos entienden esto, y se suelen usar los términos cuidada o prolija para señalar que la diagramación se ve bien, que la portada es linda y que no hay erratas visibles (aunque, como dijo ese editor español, siempre están). Esa visión, que es un conformismo, se da casi por igual en Argentina y Chile. Y digo conformismo, porque de lo que hablan no es de edición sino de corrección. La edición literaria siempre mejora un texto, le saca provecho, lo potencia, y de esto hay ejemplos en la historia de la literatura. De Francis Scott Fitzgerald hay una historia que evidencia el papel de un editor, que en este caso fue Perkins un amigo suyo. Se trata de la novela Suave es la noche que tiene dos versiones. Una presenta la estructura de Fitzgerald (más desorganizada y libre) y otra es la edición de su amigo. Independientemente de qué versión es mejor, lo interesante aquí es un amigo-editor interviniendo el texto, reordenándolo y dejándolo lineal.

Pero además el editor literario es un lector con una mirada propia. En lo posible, como señala Kurt Wolff, el célebre editor de Kafka, debe tener un conocimiento de los que se publica en su lengua y publicar primero eso. Es decir debe hacer una selección, cosa que no es fácil. Hoy hay editoriales que se dedican a publicar casi exclusivamente traducciones y sus editores, que en algunos casos han heredado el cargo, señalan que en determinados sellos editoriales hay una estética del erratismo. Es bastante sencillo señalar las erratas de otros, cuando la labor principal de un editor no se está cumpliendo: publicar libros en su lengua. Quizá por esto tiendo a no respetar mucho a los editores de sellos que publican exclusivamente traducciones, y de esto hay muchos ejemplos. Al publicar traducciones uno no tiene que lidiar con el autor, tampoco debe exhibir su gusto literario, porque son tantas las cosas buenas que se han escrito en otras lenguas, que se va a lo seguro. Hay que ser muy incompetente para traducir un bodrio. Aunque si es comercial, se justifica.

Otro editor que admiro es Roberto Calasso, que estuvo a cargo de la editorial Adelphi y que introdujo un aspecto más para ser un buen editor literario: ser un intelectual, o alguien que intervengaen el campo cultural. Porque al proponer un catálogo de lectura propio o único está proponiendo una lectura a la sociedad en su conjunto. Esto es lo otro que se pierde de vista. Un catálogo no es una selección dispersa de títulos buenos, sino una selección coherente, compacta, que entrega un mensaje en sí misma. Recuerdo que hace muchos años el editor argentino Luis Chitarroni (que estuvo al frente de editorial Sudamericana y de La Bestia Equilátera) me dijo que equis editorial argentina carecía de catálogo. Esto no quería decir que no publicara libros, sino que esos libros no formaban un todo coherente y compacto.

Hoy existen pocas editoriales que tienen catálogo, y esas son las que me interesan, las que les pongo atención y leo sus libros. Hasta hace unos años Anagrama estaba entre estas editoriales, pero desde la jubilación de su emblemático editor Jorge Herralde y la venta de Anagrama a un grupo italiano es otra cosa. Se convirtió, por así decirlo, en un sello más, que convive con la gran editorial que inventó Herralde y que publicó buena parte de la obra de Roberto Bolaño y de muchos autores que me han interesado. Herralde supo armar un catálogo para toda la lengua castellana, que mezclaba traducción con lengua castellana.

Por último, hay dos editores que son amigos míos y que quiero mucho. Con ambos he publicado la mayoría de mis libros. El primero es Marcelo Montecinos, director editorial del sello chileno La Calabaza del Diablo, que ha sabido proponer, con altos y bajos, un catálogo a la sociedad chilena. Ahí están varios libros de José Ángel Cuevas, el despertar de Marcelo Mellado, la recuperación de Ronald Kay, los inicios de Gladys González y varios autores argentinos: Martín Gambarotta, Alejandro Rubio, Dalia Rosetti.

El otro editor amigo es Francisco Garamona, director editorial de Mansalva, que en veinte años ha publicado más de trescientos títulos. Hasta hace unos años Garamona repetía la siguiente frase: “Mi intención es construir un catálogo no para el presente, sino para el futuro”. Es verdad que esta frase podría interpretarse como publicar no para una ruina presente, sino para una próspera e incierta posteridad, pero lo interesante es que tenía claro que un catálogo siempre es para adelante. Aspirar a que los libros se lean en un tiempo distinto al presente aleja el pesado imperativo de lo que hay que publicar. Y si bien la sobrevivencia de una editorial siempre tiene que estar en la ecuación, una apuesta a futuro, con una mirada centrada en la lengua castellana y no solo rioplatense, ha sido una brisa fresca que se ha colado por la edición argentina. Gracias a eso se las ha arreglado para ser el editor independiente que más títulos ha publicado de César Aira.

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