Así maté a Carrera Blanco

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Tres años después, habla el que puso la bomba

Entrevista exclusiva con José Ignacio Abaitua Gomeza, alias “Marquin”

Por Claudio Serra. Interviu. 1976.

  • “Con su rutina, el propio Almirante nos preparó la mitad del plan”.
  • “Al principio pensamos en Franco. Pero habría sido suicida”.
  • “ETA no tiene nada que ver en el secuestro de Oriol”. 

José me mira con recelo, mi carnet de periodista no le basta. Hace casi diez años que exhibe documentos falsos a la Policía española y sabe perfectamente lo fácil que es conseguirlos. Sin embargo, la presencia de un agente de la “política” sueca, que finge leer un periódico en un sillón junto al “hall” del hotel, le tranquiliza. El agente está allí para protegerle. José ha pedido asilo político en Suecia, pero las autoridades de Estocolmo no pueden garantizarle la invulnerabilidad a los proyectiles de la Policía Secreta española.

José Ignacio Abaitua Gomeza, alias “Marquin”, veintiocho años, vasco: por su cabeza hay una recompensa de diez millones de pesetas, prometida por el Gobierno de Madrid, además de otra de un millón añadida por la familia de Carrero Blanco, el hombre al que “Marquin” mató hace tres años, el 20 de diciembre de 1973. Carrero Blanco, jefe del Gobierno español y número dos del Régimen, detrás de Franco, saltó por los aires con su automóvil en uno de los atentados más espectaculares de los últimos años, efectuado con una técnica que hubiera parecido fantástica incluso en una película o en una novela. Con otros cinco compañeros de ETA, José preparó, estudió y ejecutó una acción destinada a quedar como ejemplo en el “manual” del terrorismo.

Escéptico delante del carnet, José ha empezado a soltarse más tarde, tras un par de encuentros por sorpresa, ante una botella de vino rojo, en un local griego, donde las notas del «bouzoukai» le recordaban la música popular de su gente. Y ha empezado a hablar de aquel día en Madrid, cuando ejecutó a Carrero Blanco con treinta kilogramos de explosivos, y de muchos días más. Los venturosos y terribles días en los que escogió la dinamita como única solución posible —según él— para la liberación política y la independencia nacional de su país, Euzkadi, la tierra de los vascos.

—Precisamente esta semana hace tres años que tú y otros cinco guerrilleros de ETA estabais ultimando la cuenta atrás para el atentado a Luis Carrero Blanco. Pero volvamos atrás, ¿cuándo y cómo empezó todo?

—La cosa viene de lejos: en cierto modo empezó en octubre de mil novecientos setenta y dos, el nueve de octubre, si mal no recuerdo, cuando fui convocado por el Comité Central de ETA para una reunión inesperada. Habitualmente se nos informaba sobre el objeto de las reuniones, pero aquel día nadie sabía nada.

Los jefes del Comité fueron muy explícitos: la represión franquista se estaba endureciendo demasiado, los compañeros estaban siendo detenidos, torturados, muertos. ETA debía responder con un golpe duro, debía demostrarle al Régimen que no podía quedar impune. El objetivo, por tanto, debía de ser clamoroso. Había que pegar alto, por todo lo alto: esta fue la directriz.

»Antes que nada se pensó en Franco, naturalmente. Tres de los nuestros (y cuando digo los nuestros me refiero a los pertenecientes a la «rama militar» de ETA) se pusieron a estudiar concienzudamente los hábitos del Caudillo, sus horarios de entrada y salida de El Pardo y de otros lugares. No había nada que hacer. A menos que se intentara una acción suicida, con un comando dispuesto a morir sobre el terreno. Pero para nosotros los suicidios no tienen sentido. Es el enemigo quien debe morir, sin que su muerte lleve aparejada la nuestra.

»Entonces empezamos a vigilar a los otros miembros del Gobierno. Fue «Wilson» (nombre de batalla de un militante muerto el año pasado por la Guardia Civil) el que propuso a Carrero Blanco. Carrero no sólo era el jefe del Gobierno, era también el más vulnerable. Tenía costumbres monótonas, seguía una rutina que justificaba el juego de palabra que se había hecho célebre sobre él: siendo la «eminencia gris» de Franco, se le llamaba «la gris eminencia» por su modo de vivir tan monótono y banal.

—Pero… ¿no estaba muy protegido?

—No, no tanto como se hubiera podido suponer. Quizá se sentía inatacable, quizá creía que en lo más que podíamos pensar era en matar algún que otro guardia civil, pero nunca que apuntásemos tan alto, a él, el jefe del Gobierno. Inexorablemente, como un empleado de ventanilla, acudía cada mañana a Misa de nueve en la iglesia de San Francisco de Borja. A las ocho en punto le esperaba frente a su casa, en el barrio de Salamanca, un gran Dodge Dart acorazado, su coche oficial. Con él sólo iban el conductor, armado, y un sargento de Policía, también armado. Sin más escolta. A las nueve menos cuarto llegaba a la iglesia. El sargento le acompañaba al interior, mientras el conductor esperaba fuera. Hacia las nueve y veinte salía y subía al coche, que tomaba siempre el mismo camino, girando por Claudio Coello. El mismo recorrido, el mismo horario, jamás una variación. En fin, que la mitad del plan nos la había preparado el propio almirante Carrero Blanco.

—Y la otra mitad, la forma de matarlo, ¿cómo llegasteis a ella?

—Primero pensamos usar armas de fuego, pistolas automáticas, tal vez una metralleta. Pero era imposible disparar contra el coche blindado. Atacarle mientras salía o entraba era factible, pero después habría sido muy difícil escapar por Madrid, se habría dado la alarma en seguida y nos habríamos arriesgado a quedar copados. Queríamos un sistema que nos dejase cierto respiro para la huida.

»Bien, pues la idea nos la sugirieron los periódicos de Madrid. Desde unas semanas atrás, la prensa no hacía más que informar sobre explosiones en la calle debidas a fugas de gas de las viejas conducciones. Incluso de que algún viandante había resultado herido. Ahí estaba: si hacíamos estallar la calle bajo el auto de Carrero Blanco, quizá se relacionase la explosión con las del gas. Mejor aún: si la explosión hubiera sido tan fuerte que despedazase el auto y a sus ocupantes, sin que se hubieran podido identificar de inmediato, habríamos ganado un extra de tiempo antes de que la noticia desencadenase la caza. Por eso pusimos una carga tan fuerte: treinta kilos. Pero esta última esperanza nos decepcionó. ¿Quién iba a esperar que el auto saltase por los aires casi intacto, hasta una altura de cinco pisos y cayese sobre una terraza interior? No habíamos calculado que aquel Dodge Dart, con tres toneladas de blindaje, saltase intacto como un tapón de champán.

En aquel momento no pude imaginar siquiera que hubiera saltado al otro lado. Apenas reabrí los ojos, tras la explosión, no vi nada: sólo un enorme agujero humeante. Y, realmente, creí que lo habíamos pulverizado… Más tarde, los otros dos que estaban conmigo me dijeron que lo habían visto volar por encima de los tejados…

—¿Cómo conseguiste colocar la carga bajo el asfalto?

—Esa fue la parte más dura del trabajo. Se trataba de excavar una galería que llegase hasta el centro de la calle Claudio Coello y colocar al fondo treinta kilos de dinamita, a unos cuarenta centímetros de la superficie asfaltada. Habíamos pensado en fingir que estábamos trabajando en la calle como si fuésemos obreros del Ayuntamiento, con martillos neumáticos y todo el aparato. Pero era demasiado arriesgado. Habríamos estado demasiado tiempo al descubierto y cualquiera podría habernos controlado. Así que pensamos alquilar una casa a un lado de la calle.

—¿Quiénes eran tus compañeros?

—Estaba «Wilson», del que ya he hablado, y «Zigor», «Atxulo», «Argala» y «Josu». Son sus nombres de batalla pero los verdaderos los conoce todo el mundo: la Policía española los hizo públicos apenas tres días después del atentado. Éramos seis, incluido yo. El día del atentado estábamos allí sólo tres: «Argala», «Zigor» y yo.

—Volvamos a la excavación.

—Evidentemente, debíamos alquilar un local de planta baja. Y tuvimos suerte: en el ciento cuatro de Claudio Coello encontramos algo mejor: un semisótano, de esos a los que llega la luz por una ventanilla situada al nivel de la acera. Así nos ahorrábamos excavar primero en vertical hacia abajo, como tendríamos que haberlo hecho desde una planta. Desde el semisótano, sin embargo, nos bastaba con excavar en horizontal, partiendo del suelo y ascendiendo ligeramente a lo largo de cuatro metros para llegar a cerca de cincuenta centímetros bajo el nivel de la calle.

»Sigue bien la cuenta: el túnel debía tener poco más de cuatro metros para que no nos pasásemos; desde nuestro local a la calle había que tener en cuenta la acera, de unos noventa centímetros, más unos dos metros para superar los coches aparcados. Al otro lado de la calle, la acera tiene un metro treinta y cinco, más otros dos metros para los coches aparcados. Como la calle tenía casi trece metros de ancho, había que ganar algo más de dos metros para que el coche de Carrero Blanco pasase por encima del explosivo. Solución: apostaríamos una furgoneta al otro lado de la calle, en segunda fila, de modo que el Dodge Dart se viese obligado a introducirse como en un embudo hacia el punto minado.

»Al propietario del semisótano le contamos que éramos un grupo de jóvenes escultores que queríamos montar allí nuestro estudio-laboratorio. Esto era para justificar los eventuales ruidos. Pagamos tres meses de anticipo al contado y nos hicimos con el local. Iniciamos la excavación el diecisiete de septiembre. Fue una cosa bestial, masacrante. Para excavar aquel pasadizo de cuatro metros empleamos tres meses. Sobre todo la primera parte, al perforar los cimientos del edificio, parecía que no fuésemos a acabar nunca.

Trabajábamos en turnos de veinte o treinta minutos, como máximo. Era un túnel muy estrecho y se fatigaba uno dentro, con los brazos hacia delante, con el espacio justo para doblar los codos y trabajar. Después del primer metro no había forma de respirar. De la tierra emanaba un olor a gas putrefacto, nauseabundo, estaba totalmente impregnada de gas. Se entendía el porqué de las explosiones que contaban los periódicos.

En un momento dado hubimos de improvisar un aparato de ventilación rudimentario: un largo tubo de plástico empalmado a una careta antigás que nos poníamos antes de entrar a excavar. Pero aun así, al cabo de diez minutos era una tortura. La tierra nos la llevábamos por la noche, en sacos de plástico y la descargábamos en un depósito de basuras por la parte de Carabanchel.

»También tuvimos suerte en otras cosas. Por ejemplo, no encontramos tuberías. Además, el terreno era arenoso, ni sombra de rocas; no sé qué habríamos hecho de no ser así. Y tuvimos suerte también cuando, en dos ocasiones, el túnel falló sin coger a nadie dentro. La tercera vez volvimos a empezar apuntalándolo mejor con placas.

¡Y pensar que los periódicos madrileños, tras el atentado, publicaron que yo, «Marquin», era estudiante de ingeniería de Minas y que por eso, gracias a mis conocimientos técnicos, había podido dirigir una excavación tan perfecta… Imbéciles! Antes que nada, si se hubieran documentado un poco se habrían enterado de que yo, efectivamente, era estudiante, pero de Medicina. Además, bastaba reflexionar sobre el hecho de que habíamos tardado tres meses para excavar cuatro costosísimos metros para darse cuenta de que ninguno de nosotros podía ser un técnico en excavaciones…

—Los diarios italianos, en compensación, escribieron que os había ayudado el IRA y que el explosivo había sido robado precisamente aquí, en Suecia, por un comando de rebeldes irlandeses, cerca de un depósito en la parte de Goteborg…

—¡Oh, no! No tiene sentido robar un explosivo en Suecia para llevarlo hasta España. ¿Y qué tiene que ver el IRA? ¿Quieres saber de dónde procedía el explosivo utilizado para hacer volar a Carrero Blanco? De tres mil kilos, he dicho tres mil, robados once meses antes en Araca, en la provincia de Álava. Se trataba de un camión que debía entregar el encargo a la Guardia Civil. Bueno, pues un comando de ETA encerraron a los ocho guardias que iban a retirar el camión, se vistieron con sus uniformes y se apoderaron tranquilamente de la mercancía, devolviéndoles el saludo militar a los vigilantes del depósito. ¿Te parece que con esto nosotros, los de ETA, necesitábamos la dinamita del IRA?

—Son cosas fantásticas, de película.

—Sí, ¿eh? Pero sólo usando la fantasía, la imaginación, sólo si te inventas una película y después la traduces a la realidad, puedes luchar como luchamos nosotros, a armas desiguales, contra todo el aparato represivo del Estado español. ¿Quieres otro ejemplo «de película»? Te contaré cómo pusimos fuera de juego a «Pitillo», un famoso torturador de la Guardia Civil. Le llamábamos así porque el cigarrillo encendido, aplicado científicamente al cuerpo de los prisioneros, era su diversión preferida. Un buen día, a la puerta del cuartel de «Pitillo», en Eibar, fue abandonado un coche de bebé con un recién nacido llorando en su interior. Dos o tres guardias, y «Pitillo» con ellos, salieron a ver lo que pasaba. Se acercaron con curiosidad al cochecito y éste explotó tumbándolos a todos, «Pitillo» incluido. Resultó que el bebé era un muñeco y el llanto…

estaba registrado en una grabadora…

—Volvamos a Claudio Coello, ciento cuatro, hace tres años: ¿cómo concluyó la «Operación Ogro»?

—La habíamos llamado «Operación Ogro» en clave. El Ogro, naturalmente, era Carrero, y para quien sepa lo que significaba en el mundo franquista, el sobrenombre no necesita explicaciones.

[En este punto, el artículo describe los preparativos técnicos finales del atentado y el mecanismo utilizado para provocar la explosión.]

Habíamos dejado otra furgoneta Iberduero, como ya he dicho, aparcada al otro lado de la calle para obligar al coche de Carrero a pasar por el punto minado.

—Los tiranicidas, José, tienen siempre una frase altisonante o alguna gran reflexión en el momento del atentado. Al menos, eso dicen los libros de Historia. ¿Cómo te sentiste y qué dijisteis, tú o tus compañeros, cuando visteis la explosión?

—Yo en aquellos momentos sólo deseaba que aquella historia que había durado tres meses acabase de una vez. Yo estaba extenuado, sólo quería ver cómo se abría la tierra para saber que todo había terminado. Ninguna frase, nada. No dijimos nada, ni yo ni mis compañeros.

Y cuando «Argala» se nos unió, saltando a la furgoneta, y escapamos, recorrimos muchos kilómetros sin hablar. De aquellos momentos se me han quedado grabados pocos fotogramas en los ojos y ningún pensamiento en particular, salvo el de que el auto de Carrero había desaparecido en una nube de polvo y no conseguía entender dónde había ido a parar. Veo como una lluvia de cascotes, la cara de «Argala» sangrando por una esquirla que le había pegado en la frente y después tan sólo la calle que nos llevaba lejos.

—¿Tuvisteis problemas durante la huida?

—Ninguno. Todo marchó de plano. La Policía se puso en marcha casi dos horas después de comprender lo que había ocurrido. El único percance fue que se nos perforó una goma a unos cuarenta kilómetros de Madrid. Estábamos preocupados: «Atxulo» nos esperaba en Agreda, Navarra, con otro coche.

La furgoneta de Iberduero se quemaba y temíamos perder el tiempo cambiando el manguito. Así que paramos un Mercedes que pasaba. Una vez atado e inmovilizado el propietario, para atemorizarlo y convencerlo de que no debía hablar, representamos una pequeña comedia: llevábamos unos «walkie-talkie» que habíamos usado durante la operación y fingimos hablar con unos amigos de ETA dándole los datos del propietario del Mercedes y advirtiéndoles que si lo cogía la Policía, habría que ejecutarlo como delator.

El truco funcionó tan bien que unos días después leímos en los periódicos que el comerciante fulano de tal, nuestro hombre, al ser hallado había declarado ser víctima de un robo por parte de tres gitanos…

»Tras cambiar de coche en Agreda, llegamos con «Atxulo» a Pamplona, donde nos esperaba «Josu» para otro cambio de auto, y después nos unimos todos con «Wilson», que estaba ya en Francia desde unas semanas atrás. Tres días después, la Policía española ya nos había identificado. Habían mostrado nuestras fotografías fichadas al portero de la casa de Claudio Coello, a los vecinos, a la gente del barrio. Estaba previsto que con aquella acción a rostro descubierto nos habríamos «quemado» para cualquier nueva acción en territorio español.

—¿Qué ha sido de tus compañeros, José?

—«Wilson», «Josu» y «Zigor» han sido muertos. «Josu» cayó bajo el plomo de la Guardia Civil en Maruri, en la provincia de Álava, en enero del setenta y cuatro, casi un mes después del atentado a Carrero Blanco. «Zigor» fue muerto en septiembre de este año en Francia, justo a mi lado. Volvíamos en coche de una reunión del Comité Central de ETA en Sant Jean de Pied de Port. Yo conducía.

A un lado de la carretera se habían apostado agentes españoles, «guerrilleros de Cristo Rey» o yo qué sé, gente venida de España para llevarse nuestra piel. Yo vi brillar las armas con las luces de un coche que se nos había cruzado. Me incliné sobre el volante y apreté el acelerador. La ráfaga le cogió de pleno a «Zigor», y cuando paramos en un campo, después de salirnos de la carretera, ya nada se podía hacer por él.

»“Atxulo” fue capturado en San Juan de Luz y llevado a España en agosto del setenta y cuatro. También aquella vez estuve a punto de estar con él. Recibí una extraña llamada de «Atxulo» citándome en un bar de San Juan sin que quisiera decirme el motivo. Le contesté que no podría acudir porque mi mujer, Gabriela, estaba enferma. Dos días después supe que «Atxulo» había acabado en Basauri, la prisión de Bilbao. Evidentemente, había sido obligado a telefonearme para hacerme caer en la trampa.

Me han dicho que, sin embargo, «Atxulo» ha escapado de Basauri hace unos días. Es probable que sea él el futuro jefe militar de ETA. Sólo quedamos «Argala» y yo. Pero yo ya he pedido asilo político aquí, en Suecia.

—¿Por qué lo has pedido? ¿Qué te ha impulsado a abandonar tu lucha?

—Hay mucho que hablar de eso, es difícil explicarlo. Digamos que estoy cansado, que tengo necesidad de hacer un punto y aparte, como se dice, en mi vida. Ya es desde el sesenta y ocho, cuando escapé a Francia, que lucho por mi país, el País Vasco, en el seno de ETA. Nadie puede decir que no he hecho mi parte.

Este año, en junio, murió mi mujer, Gabi, dejándome con un niño de tres años. Murió en un accidente de coche cuando iba a reunirse conmigo en Montpellier, donde me había confinado la Policía francesa. Gabi estaba cansada, nerviosa últimamente. Nos habíamos conocido en el setenta y dos en la Universidad de Toulouse, yo inscrito en Medicina y ella en Románicas. Aunque yo había tratado de ocultárselo, poco a poco se fue enterando de mis actividades. Me comprendía, pero no conseguía estar de acuerdo conmigo sino en el fondo. Vivía angustiada cada vez que entrábamos clandestinamente en España para alguna acción.

Después, esos atentados, el de «Zigor» y el de «Atxulo», de los que escapé por un pelo. Y después otro atentado, en mayo del setenta y cinco, en el que también ella estuvo implicada. Íbamos juntos, volvíamos de Bayona y a la salida de Pau hacia Tarbes nos clavaron una veintena de balas en el auto.

»Siento un gran remordimiento por la forma en que la he hecho vivir el poco tiempo que hemos estado juntos. Y me siento con una gran deuda hacia el hijo que ella me ha dejado. Este año, por fin, he acabado mis estudios de Medicina. Me he laureado en Montpellier. Quisiera probar —digo probar— cómo se vive una vida normal, al menos durante una temporada. ¿Es pedir demasiado que después de ocho años en el frente necesite un período de reposo?

—Una última pregunta, José; una pregunta de crónica que todos los periódicos se están planteando estos días: ¿Está o no la mano de ETA en el secuestro de Oriol y Urquijo, el presidente del Consejo de Estado español?

—No, ETA no tiene nada que ver. No digo que a alguno de los nuestros no le hubiera gustado secuestrar a Oriol, pero precisamente por eso nos libraremos mucho de reivindicar la paternidad del secuestro. Por lo que yo sé, debe haber sido realmente el GRAPO, un movimiento español nacido apenas el año pasado.

Se cita el nombre de un vasco, José Luis Etxegaray Gatzereana, pero te puedo asegurar que Gatzereana dejó la ETA en el setenta y tres. Si ahora se ha metido con el GRAPO, no lo sé. Lo que sé es que esta vez no ha sido la ETA.

Antes de despedirnos, José me exhibe en su mano un manojo de folios, con un gesto entre furtivo y orgulloso. Son poesías. Hay una que dice:

Me llamarán, nos llamarán a todos

tú, y tú, y yo

y te expondrás, nos expondremos todos

a ser traspasados por una bala.

Lo sabes bien, vendrán,

vendrán por ti, por mí, por todos.

Ni Dios se salva. Lo asesinarán incluso a Él.

Y José Ignacio se aleja. Sobre su cabeza, una espada invisible.

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