El hombre del asiento junto a la ventana
Milán, a comienzos de los años sesenta, era una ciudad que parecía estar siempre llegando a alguna parte. Los trenes entraban y salían de las estaciones con puntualidad variable, cargando empleados, estudiantes, vendedores, oficinistas. Hombres con sombreros oscuros y mujeres que todavía llevaban guantes para viajar. Personas que pasaban una hora diaria mirando por la ventana o leyendo cualquier cosa que les ayudara a atravesar el trayecto.
Es fácil imaginar a las hermanas Angela y Luciana Giussani observando esa escena. No como unas empresarias que buscan una oportunidad de mercado, sino como alguien que presta atención a los hábitos de los demás. Los viajeros necesitaban algo breve. Algo que pudiera leerse entre dos estaciones. Algo que cupiera en un bolsillo.
Los grandes fenómenos culturales suelen explicarse después mediante teorías complejas. Pero a veces nacen de cosas sencillas: una estación de tren, una demora de veinte minutos, una persona aburrida buscando lectura.
De esa observación surgió Diabolik.
Cuando apareció el primer número, Il Re del Terrore, en noviembre de 1962, nadie podía saber que aquel pequeño cuaderno de bolsillo terminaría convirtiéndose en uno de los personajes más influyentes del cómic europeo. El formato era discreto. Casi humilde. No parecía destinado a cambiar nada.
Sin embargo, en sus páginas habitaba una anomalía.
Mientras los cómics estadounidenses ofrecían héroes luminosos que salvaban ciudades y protegían inocentes, Diabolik era un criminal. No un delincuente torpe ni un villano secundario destinado a perder al final de cada historia. Era el protagonista. El personaje que ocupaba el centro del escenario.
La tradición de la que provenía tampoco era nueva. Había algo de Fantômas en él. Algo de los viejos criminales literarios franceses. Algo de las novelas policiales baratas que se vendían en kioscos y estaciones. Pero las hermanas Giussani entendieron que los lectores no buscaban únicamente justicia. También buscaban inteligencia. Astucia. Elegancia.
Diabolik poseía todo eso.
Era un hombre sin pasado visible. Nadie sabía realmente quién era. Conducía un Jaguar negro. Dominaba el arte del disfraz con una precisión casi quirúrgica. Entraba y salía de los lugares imposibles. Robaba joyas, burlaba policías y desaparecía antes de que los demás comprendieran lo ocurrido.
Pero lo más interesante era otra cosa.
La gente comenzó a leer historias donde el orden no siempre triunfaba.
Quizás por eso funcionó.
La Italia de aquellos años estaba cambiando. Las ciudades crecían. La prosperidad avanzaba de manera desigual. Las certezas heredadas comenzaban a mostrar grietas. En ese contexto, un personaje que actuaba fuera de las reglas parecía reflejar algo que los lectores reconocían, aunque no pudieran explicarlo.
Las polémicas llegaron pronto.
Políticos, sacerdotes y educadores denunciaron el contenido de las historias. Había violencia. Había ambigüedad moral. Había un criminal ocupando el lugar reservado a los héroes.
Algunas ediciones fueron perseguidas por la justicia. Pero los escándalos tienen una extraña capacidad para funcionar como publicidad gratuita. Cada crítica parecía producir nuevos lectores. Mientras tanto, el universo de Diabolik seguía creciendo.
En 1963 apareció Eva Kant. La historia del cómic está llena de personajes femeninos diseñados para esperar. Esperar rescates, explicaciones o regresos. Eva Kant pertenecía a otra categoría. Participaba en los robos. Diseñaba estrategias. Tomaba decisiones. Compartía riesgos.
Lo notable es que esa relación de igualdad apareció en una época en la que gran parte de la ficción popular todavía funcionaba bajo reglas más antiguas. La pareja avanzaba por las páginas como dos socios.
Frente a ellos estaba el inspector Ginko. Todo gran criminal necesita una inteligencia equivalente al otro lado del tablero. Ginko era exactamente eso. Un policía persistente. Metódico. Imposible de sobornar. Más que un enemigo, era una especie de espejo moral que obligaba a Diabolik a perfeccionarse.
Entre ambos se desarrolló una persecución que duraría décadas, acompañando a varias generaciones de niños, adolescentes y personas mayores.
Con el tiempo ocurrió algo todavía más importante que el éxito comercial. Diabolik terminó creando un género que es inusual y ha traspasado fronteras.
Los italianos lo llamaron fumetto nero. Cómic negro. Historias donde los protagonistas podían ser criminales, donde la violencia aparecía con una crudeza poco habitual y donde la oscuridad era parte de la atmósfera tanto como de la trama.
Después llegaron los imitadores. Kriminal. Satanik. Sadik. Cada uno intentó capturar la electricidad del original. Pocos lo lograron. Quizás porque Diabolik no era únicamente un personaje. También era un estado de ánimo. Los dibujos ayudaban. El blanco y negro intenso. Las sombras expresionistas. Los encuadres que parecían extraídos de películas policiales. Las portadas diseñadas para llamar la atención desde el otro extremo de un kiosco. Todo contribuía a la sensación de estar mirando un mundo elegante y peligroso.
Décadas más tarde llegaron las películas. La versión pop y psicodélica de Mario Bava en 1968. Las adaptaciones recientes que intentaron regresar a las raíces del personaje. Pero para entonces Diabolik ya pertenecía a otro lugar. Había ingresado en la memoria cultural italiana.
En Bélgica tienen a Tintín. En Francia tienen a Astérix. Italia tiene a Diabolik. Resulta curioso pensar que todo comenzó con pasajeros aburridos en un tren. Con personas que necesitaban una historia para acompañar el trayecto entre una estación y otra.
Los grandes mitos suelen presentarse como acontecimientos inevitables cuando se observan desde el futuro. Pero vistos de cerca, en el momento exacto de su nacimiento, casi siempre parecen algo pequeño.
Un cuaderno negro. Un bolsillo. Un viaje de regreso a casa. Y un hombre sin rostro que esperaba en la página siguiente realizar proezas y aventuras increíbles.