I
 
En aquel crepúsculo de arreboles me acordé de Adamo y Raphael: “Mi gran noche”.
Hacía casi un año que había terminado con Catalina, mi última pareja. Estaba de nuevo desolado. Terrible, yo, un hombre más que maduro, quien había tenido cinco esposas en cadena, más o menos eslabones de tiempo, nunca simultáneas, y unas cuantas amigas sin desventajas y ex parejas sin pasar por el Registro Civil. Un hombre fogoso que debió siempre, con cada dama, lidiar con el desciframiento de enigmas.
Cuando le conté a Daniela, mi primera ex esposa, que Catalina me había pateado, me dijo: las mujeres somos complejas, me conoces bien, no surprise. Nunca entendí por qué me abandonó.
Me acordé de Mafalda: “Hay mujeres tan complicadas que cuando se les aparece el Príncipe Azul, no es el tono de azul que querían”.
Y luego fue la Cata quien me dejó marcando ocupado. Merece que la mate, pensé, pero no hice nada. La noche previa ella había gritado un orgasmo de medio minuto. A eso se sumó su perra Lolita, subiéndose a la cama y acompañándola como loca con sus ladridos. Dicho de otra forma, le avivaba la cueca. Despertaron a los habitantes de los departamentos aledaños, y un vecino aplaudió desde su balcón y me gritó: “¡Bravo, ya dije que el Viagra era infalible!” Cuando terminaron los espasmos me dijo: tiras como los dioses y estoy realmente enamorada, “I love you… you, demon!”, en su inglés aprendido en The Grange School. Y se persignó: gracias Señor.
De ahí en adelante nunca más contestó mis llamadas, ni respondió WhatsApp o correos electrónicos. Volví a su departamento, el conserje me informó que ya había llegado, pero Catalina no me dio ni la hora.
El tipo me pasó un sobre a mi nombre. Lo abrí y adentro había solo una breve carta: Hijo de puta, leí tus WhatsApp, estás en conversaciones para volver con Amália, una de tus n! ex. Estuve a punto de quemar tu casa pero me arrepentí. Tú no vales la pena para que yo vaya presa por pirómana.
Esta noche, me dije, tengo que matar el chuncho. Jamás quise volver con ninguna de mis ex, solo escarceos inocentes entre gente de confianza que se conoce bien la piel y sigue queriéndose. Aún amo a Catalina, y soy de un solo amor, lo que no me impide andar oteando vitrinas.
Pero yo no sabía que la noche había cambiado, que los ritmos, que las edades habían cambiado. Que me convertí en un outsider de la bohemia santiaguina. Claro, habían pasado más de 30 años y era un raro en ese mundo donde el hip hop había reemplazado a la salsa.
Ingresé al local con mi confianza de antaño. Pero descubrí algo peculiar, desconocido. Estaba atestado de jóvenes, y había un grupo de hip hop en vivo, la salsa se limitaba a la previa, el intermedio y cierre.
Pedí mi habitual whisky y soda con mucho hielo. Esperaba a Rubén Blades o Héctor Laboe para ingresar a la pista. Me gusta bailar solo aunque prefiero acompañado. Empezó a sonar “Señales de humo”, de Juan Luis Guerra, me encanta esa salsa. Y se me acercó una chica de unos veintitantos años.
 

 
Y me tomó de la mano, llevándome a la pista. Bailaba muy bien, y una vez que le cogí su ritmo el tiempo se esfumó. Antes del término del tema me preguntó a boca de jarro:
 

 
La salsa terminó. Cogí un lápiz y le anoté en el reverso de mi tarjeta la dirección y la hora. Se la extendí, la besé en ambas mejillas y le susurré al oído.
 

 
Al volver a la columna con una suerte de mesa o apoyo a un metro del suelo para dejar los tragos, bebí un corto sorbo de whisky y agua mineral. Pensé en Constanza y me sentí inquieto. ¿Pololear con ella? Me encantó su cadencia, su cuerpo y su hermosísimo rostro. Era la versión local de Romy Schneider, la única actriz que he amado. Pero es aún una chica, me dije, y terminé el trago de una sentada.
Retorné a bailar, ahora solo mientras duró la salsa. Hasta que divisé a la banda de hip hop ingresando al escenario. Constanza reapareció junto a cuatro jóvenes y se instalaron en primera fila. La música comenzó a sonar y la odié, parecía un extraterrestre en medio de esa multitud que desbordaba y hacia desaparecer todo espacio libre. Era un caos y las letras de las canciones un atentado a la poesía. Decidí partir.
Pagué y al salir caminando hacia la Plaza Italia me asaltaron en el puente Pío Nono. Me robaron mi cadena de plata, donde colgaban mi runa de la amistad, regalo de unos amigos, y mi estrella de oro blanco de seis puntas inscrita con los nombre de Sara, Rebeca, Raquel y Lea.
En el momento que me exigieron la billetera, con un cuchillo a la garganta, apareció una cuca y se detuvo. El lanza se esfumó. Los pacos como si nada reemprendieron la marcha.
Caminé hasta la Alameda y tomé un taxi. Llegué a casa y me acosté de inmediato.
Mi cabeza era un torbellino, hasta que ingerí un ansiolítico y un inductor del sueño. Caí en un estado de duermevela hasta que luego de más de una hora me dormí  pensando: de la que te has librado.
“Mi gran noche”, se había deflagrado.
II
 
Desperté tipo nueve. Había dormido ocho horas. Me sentía bien, como tuna. Nada de resaca, ni dolor de cabeza ni sentimiento de culpa.
Mientras tomaba desayuno me acordé de Constanza. Y me puse a pensar en el menú de la cena. Una buena picada con fondos de alcachofa, jamón serrano, queso fresco sazonado con aceite de oliva, orégano y semillas de sésamo, un buen queso brie, mayonesa al gusto y galletas de cóctel. De seguro no come carne, prepararé pescado al horno, merluza española, mi preferida, acompañada de papas salteadas al ajillo y paprika. Una ensalada de palta, palmitos y tomates cherry. Postre: tiramisú. Cervezas de 6°, blancas y negras, agua mineral y una Coca-Cola, y un vino tinto Carmenere reserva de excelente marca y unos cuantos años (recordé que lo tenía en mi cava del subterráneo). Ufff, me dije, esto va costar un dineral, ¡qué va!
Me fui de compras y al regresar hice un buen aseo (era sábado y Elvira, mi nana, venía lunes y jueves). Preparé todos los detalles de la cena y me di una ducha. Vestí normal, aunque casual, estiloso, como me dice Daniela. La invitación era a las nueve y faltaban cuatro horas.
Maté el tiempo leyendo la prensa digital y revisando mi último paper sobre las relaciones entre los gobiernos de los países de ingreso medio, el feminismo y la diversidad o minorías sexuales. Lo que se denomina LGTBQI, tema al que había dedicado mi última década de investigaciones. En dos días debía presentarlo en la Universidad de la Nación en Portugal. Conozco bien el idioma pues viví en Brasil 10 años. Nada de exilio, me fui tras una mulata cuando bordeaba la treintena. Amália es un lustro mayor que yo, pero parece que tuviera una década menos. Nos casamos, mas todo acabó pronto cuando me negué a que tuviéramos un retoño. Aún hablamos. Hoy es una abuela feliz.
El reloj marcó las nueve, luego las nueve y media y las diez. No tenía el celular de Constanza. A las 22:15 sonó el citófono. Se veía algo mayor. Muy pintada de negro, ojos y labios. Vestido sin mangas azul oscuro a la rodilla, botas grises, unos aros a juego con el pelo teñido de morado y cortado al estilo Príncipe Valiente, y brillaban sus ojos azabache destacados por párpados coloreados también de morado. En su hombro izquierdo lucía el tatuaje de una serpiente verde claro, en cuyo cuerpo alargado se leía en lila, valga la redundancia, Lilas Rebeldes. Lucía preciosa, aunque un poco weird para mi talante más tradicional.
 

 
Al volver de la cocina Constanza me pidió:
 

 
Constanza lo marcó y sonó en la sala del recibidor. Música del Bolero de Ravel hasta que se acalló.
 

 
Pensaba que la conversación había tomado un giro algo inesperado. ¿Una nini además? Lo que me interesaba de verdad era el tema LGTBQI, sobre todo la Q y la I, y mejorar mi paper. Ahora miraba a esta joven de otra manera, no sabía en realidad qué estaba sintiendo por Constanza, seguro una mezcla de desconcierto y atracción. Una mix de emociones que desconozco en mí.
 

 
Fui primero a la cocina y luego a mi escritorio en la mansarda del tercer piso. Cerré todos mis archivos y páginas Web abiertas antes de bajar al living. Constanza miraba la decoración.
 

 
Se sentó en el sillón y tecleó rápido como si fuese una saeta. Echó a rodar “Ven y critícame”.
Yo chequeaba el punto del pescado en el horno y la cocción de las papas salteadas, y me costó creer lo que estaba oyendo.
 
Yo soy el que nadie entiende, el loco demente.
La voz del pueblo, el más buena gente.
Todo lo que yo te hable va a ser desagradable.
Muy inteligente y, supuestamente, poco saludable.
Gracias a mis insultos
los niños tienen que escucharme con la supervisión de un adulto.
A los que me critican, a veces me dan ganas
de tener una varita mágica, para convertirlos en rana.
Sentarlos en el marco de mi ventana
y volarles la cabeza, como se la voló Nirvana.
Pero yo soy un tipo tranquilo, calmado, quieto
bastante pasivo, con casi nadie me meto.
Excepto con los religiosos, reggaetoneros, políticos, moralistas
Puff Daddy, el FBI, la policía y por ahí sigue la lista…
 
 
Al terminar la canción, la invité a pasar a la mesa.
 

 
Regresé con la bebida abierta y Constanza cogió la botella. Mezcló el vino con la Coca. Puta la huevá, pensé, me costó 40 dólares en el Duty Free de Vancouver hacía una punta de años.
 

 
Cenamos un buen rato en silencio.
 

 
Me trasladé al notebook y comenzó a oírse “Principio de incertidumbre”:

 

En 1927 un matemático formuló el Principio de Incertidumbre.


El principio está relacionado con el hecho de que el observador, por el mero hecho de ser testigo,
influye en la realidad que está observando; la altera, introduce una variable de indeterminación.

Nada está escrito, la historia no ha terminado.
Quizá los siguientes días sigan siendo terribles y grises.
Puede ser, pero puede que no.
Puede que todo cambie.
Que los días que tienen que venir,
abran ventanas a la esperanza.
Este puede ser un buen comienzo.
Este puede ser un buen principio.
Principio de Incertidumbre.
 

 
Constanza miró la hora en su celular. Mezcló el vino con Coca y se sirvió su tercer vaso.
 

 
Sonó el citófono. Alcancé a decir qué raro desde la escalera, y le pedí a Constanza que lo atendiera.
Al volver me encontré con cuatro jóvenes muy instalados en los sofás. Dos con sendas chelas en lata ya abiertas, y otro par compartiendo un cuete.
 

 
Constanza se dirigió hacia mí. A medio camino se detuvo, giró y volvió a su asiento. Andrea la besó en la boca al pasar. Sentí celos.
 

 
Me acordé de Lenin: ¿qué hacer? Me mantuve frío y solo dije:
 

 
Silencio.
 

 
Silencio.
Los jóvenes corrieron la mesa de centro. Allí se tomaron de la mano armando un círculo. Alzaron los brazos y luego se trenzaron. Los observé perplejo.
 

 
Los cinco se despidieron con un gesto cariñoso.
Volví a hacer sonar “Principio de incertidumbre”. Y me dormí junto al despuntar del alba.
 
 
III
 
Desperté cerca del mediodía, y luego de desayunar me quedé en casa el resto del domingo. Me pegué a Google en la Web buscando y leyendo todo lo que encontré sobre el poliamor. No era mucho, unas doce entradas decentes y algo aprendí. Me atraía y me provocaba rechazo a la vez. Hasta que me cansé tipo nueve de la noche.
Supe entonces, luego de haber conocido a Constanza y su gente, que ahora yo estaba demodé o, dicho en la pedante jerga académica, el “estado de arte” sobre mi tema se había quedado rezagado respecto a los fenómenos de la realidad social, lo que era muy común en las humanidades. Del poliamor no investigaba ni publicaba nadie, al menos dentro de mis redes de “especialistas”.
Cené y pensé en llamar a Amália y Daniela.
Opté primero por la brasileña. Activé el audio de los parlantes de mi equipo musical, para escuchar y disfrutar de su voz, de su castellano sin pausas, una perfecta bilingüe, quien había cursado la primaria y secundaria acá en Santiago. Y le conté del poliamor y todo de la velada en casa la noche anterior.
 

 
Al día siguiente me dirigí a la oficina de personal en mi facultad. Yo pertenecía al Departamento de Género y Diversidad Sexual. La secretaria me atendió muy amable.
 

 
Me los extendió y demoré más de 10 minutos en leerlos y firmarlos.
 

 
No dijo nada. Se paró, rodeó su escritorio y me abrazó. Lágrimas se deslizaban por su rostro. Le correspondí y luego de separarnos me despedí con un simple adiós.
Tuve suerte, el decano estaba libre. Le expliqué.
 

 
Me dirigí al estacionamiento. Me monté en el Mercedes y conduje por la ciudad como si levitara.
Almorcé en mi restorán italiano preferido. Gnocchi a la boloñesa y un vaso de vino rojo, el más caro de la carta, de la cosecha más antigua. Supe que debía volver a casa y hacer una llamada que podía definir mi destino. Cancelé la cuenta, y conduje muy lento sin importarme los bocinazos e insultos que me lanzaban desde los vehículos traseros hasta que llegué a mi morada.
Me serví un whisky y marqué el celular de Daniela.
 

 
Terminé el trago y miré mi celular. Fije la vista en el ícono de los contactos telefónicos. Lo pulsé. Ahí estaban los nombres, uno exactamente después del otro: Catalina, Constanza.
Me alcé del sillón del living, cogí el I-Phone y lo arrojé con furia al sofá.
Y rompí a llorar.
 
Grisha Scherman Filer
Escritor
 
 
 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *