Para mí, escribir en una lengua extranjera es una nueva clase de aventura
Por Jhumpa Lahiri
Exilio
Mi relación con el italiano tiene lugar en el exilio, en un estado de separación. Cada lengua pertenece a un lugar específico. Puede emigrar, puede difundirse. Pero por lo general está ligada a un territorio geográfico, a un país. El italiano pertenece principalmente a Italia, y yo vivo en otro continente, donde no se habla realmente.
Pienso en Ovidio, exiliado de Roma en un lugar remoto. En un exilio lingüístico, rodeado de sonidos extraños.
Pienso en mi madre, que escribe poemas en bengalí, en Estados Unidos. Casi cincuenta años después de haberse mudado allí, todavía no sabe escribir en inglés.
En cierto sentido, estoy acostumbrada a una especie de exilio lingüístico. Mi lengua materna, el bengalí, es extranjera en Estados Unidos. Cuando uno vive en un país donde su propia lengua es considerada extranjera, puede sentir una continua sensación de extrañamiento. Habla una lengua secreta, desconocida para el entorno, que carece de toda correspondencia con él. Una ausencia que crea una distancia dentro de uno mismo.
En mi caso existe otra distancia, otro cisma. No conozco perfectamente el bengalí. No sé escribirlo, ni siquiera leerlo. Tengo acento, hablo sin autoridad, y por eso siempre he percibido una discontinuidad entre esa lengua y yo. Como resultado, considero mi lengua materna, paradójicamente, una lengua extranjera.
En cuanto al italiano, el exilio tiene un aspecto diferente. Casi tan pronto como nos conocemos, el italiano y yo nos separamos. Mi aprendizaje parece absurdo. Y, sin embargo, siento que debo hacerlo.
¿Cómo es posible sentirse exiliada de una lengua que ni siquiera está allí? ¿Que no se conoce? Tal vez porque estoy enamorada de ella, pero ese amor no es correspondido por completo, no es plenamente compartido por la lengua.
Compro un libro. Se llama Teach Yourself Italian [Aprenda italiano por su cuenta]. Un título alentador, pero también inquietante. Como si fuera posible aprender por cuenta propia.
Después de estudiar italiano durante muchos años, encuentro bastante fácil el primer capítulo de este libro. Consigo memorizar algunas conjugaciones verbales, algunos ejercicios. Pero no me gusta el proceso silencioso y aislado del autoaprendizaje. Me parece distante, equivocado. Como si estuviera estudiando un instrumento musical sin tocarlo ni escucharlo jamás.
En la universidad decido escribir mi tesis doctoral sobre cómo la arquitectura italiana influyó en los dramaturgos ingleses del siglo XVII. Me pregunto por qué ciertos dramaturgos decidieron situar sus tragedias, escritas en inglés, en palacios italianos. La tesis tratará otro cisma entre lengua y entorno. El tema me da una segunda razón para estudiar italiano.
Asisto a cursos básicos. Mi primera profesora es una mujer milanesa que vive en Boston. Hago las tareas, apruebo los exámenes. Pero cuando, después de dos años de estudio, intento leer la novela de Alberto Moravia La ciociara (Dos mujeres), apenas entiendo nada. Subrayo casi todas las palabras de cada página. Consulto constantemente el diccionario.
En la primavera de 2000, seis años después de mi primer viaje a Italia, voy a Venecia. Además del diccionario, llevo un cuaderno y, en la última página, escribo algunas frases que podrían serme útiles: Saprebbe dirmi? Dove si trova? Come si fa per andare? —«¿Podría decirme? ¿Dónde está? ¿Cómo se llega?»—. Recuerdo la diferencia entre buono y bello. Me siento preparada.
En realidad, en Venecia apenas soy capaz de pedir indicaciones en la calle, una llamada para despertarme en el hotel. Consigo pedir en un restaurante e intercambiar unas pocas palabras con un camarero. Nada más. Aunque he regresado a Italia, sigo sintiéndome exiliada de la lengua. Unos meses después recibo una invitación para el Festival Literario de Mantua. Allí conozco a mis primeros editores italianos. Uno de ellos es también mi traductor. Su editorial tiene un nombre español: Marcos y Marcos. Son italianos. Se llaman Marco y Claudia.

Tengo que hacer todas mis entrevistas y presentaciones en inglés. Siempre hay un intérprete a mi lado. Puedo seguir más o menos el italiano, pero no puedo expresarme, explicarme, sin recurrir al inglés. Me siento limitada. Lo que aprendí en Estados Unidos, en las aulas, no es suficiente. Mi comprensión es tan escasa que aquí, en Italia, no me sirve. La lengua parece una puerta cerrada con llave. Estoy en el umbral, puedo ver lo que hay dentro, pero la puerta no se abre.
Marco y Claudia me dan la llave. Cuando les digo que he estudiado algo de italiano y que me gustaría mejorarlo, dejan de hablarme en inglés. Cambian a su idioma, aunque yo solo soy capaz de responder de una manera muy sencilla. A pesar de todos mis errores, a pesar de que no comprendo completamente lo que dicen. A pesar de que ellos hablan inglés mucho mejor de lo que yo hablo italiano.
Toleran mis errores. Me corrigen, me alientan, me proporcionan las palabras que me faltan. Hablan con claridad, con paciencia. Como padres con sus hijos. Es la forma en que se aprende una lengua materna. Me doy cuenta de que yo no aprendí inglés de esta manera.
Marco y Claudia representan para mí un punto de inflexión. En Mantua, gracias a ellos, finalmente me encuentro dentro de la lengua. Porque, al final, para aprender una lengua, para sentirse conectado con ella, hay que mantener un diálogo, por infantil e imperfecto que sea.
LAS CONVERSACIONES
Al regresar a Estados Unidos, quiero seguir hablando italiano. ¿Pero con quién? Conozco a algunas personas en Nueva York que lo hablan perfectamente. Me da vergüenza hablar con ellas. Necesito a alguien con quien pueda esforzarme y equivocarme.
Un día voy a la Casa Italiana de la Universidad de Nueva York para entrevistar a una famosa escritora romana, una mujer que ha ganado el Premio Strega. Estoy en una sala llena de gente donde todos, excepto yo, hablan un italiano impecable.
El director del instituto me saluda. Le digo, en italiano, que me gustaría hacer la entrevista en italiano. Que estudié el idioma hace años, pero que no sé hablarlo bien.
—Necesito practicar —digo.
—Necesitas práctica —me responde amablemente.
En la primavera de 2004, mi marido me da algo. Un trozo de papel arrancado de un aviso que vio por casualidad en nuestro barrio, en Brooklyn. En él está escrito: Imparare italiano —«Aprender italiano»—. Lo considero una señal. Llamo al número y pido una cita. Una mujer simpática y enérgica, también de Milán, llega a mi casa. Enseña en una escuela privada y vive en las afueras. Me pregunta por qué quiero aprender el idioma.
Le explico que voy a Roma durante el verano para participar en otro festival literario. Parece una motivación razonable. No le cuento que el italiano es un enamoramiento. Que alimento una esperanza —en realidad, un sueño— de llegar a conocerlo bien. No le digo que estoy buscando una forma de mantener viva una lengua que no tiene nada que ver con mi vida. Que me atormenta, que me hace sentir incompleta. Como si el italiano fuera un libro que, por mucho que trabaje, no puedo escribir.
Nos reunimos una vez por semana, durante una hora. Estoy embarazada de mi segundo hijo, que nacerá en noviembre. Intento mantener una conversación. Al final de cada clase, la profesora me entrega una larga lista de palabras que me faltaron durante la conversación. Las repaso con diligencia. Las guardo en una carpeta. No consigo recordarlas.
En el festival de Roma consigo intercambiar tres, cuatro, quizá cinco frases con alguien. Después tengo que detenerme; es imposible hacer más. Cuento las frases como si fueran golpes en un partido de tenis, como si fueran brazadas mientras uno aprende a nadar.
A pesar de las conversaciones, la lengua sigue siendo esquiva, evanescente. Solo aparece con la profesora. Ella la trae a mi casa durante una hora y luego se la lleva. Parece concreta, palpable, únicamente cuando estoy con ella.
Nace mi hija y pasan cuatro años. Termino otro libro. Después de su publicación, en 2008, recibo otra invitación para ir a Italia a promocionarlo. Para prepararme encuentro una nueva profesora. Una joven entusiasta y atenta de Bérgamo. Viene a mi casa una vez por semana. Nos sentamos juntas en el sofá y hablamos. Nos hacemos amigas. Mi comprensión mejora de manera esporádica. La profesora es muy alentadora; dice que hablo bien el idioma, dice que me irá bien en Italia. Pero no es verdad. Cuando voy a Milán, cuando intento hablar con inteligencia, con fluidez, siempre soy consciente de los errores que me golpean, que me confunden, y me siento más desanimada que nunca.
En 2009 comienzo a estudiar con mi tercera profesora particular, una mujer veneciana que se mudó a Brooklyn hace más de treinta años y que crio allí a sus hijos. Es viuda y vive en una casa rodeada de glicinas, cerca del puente Verrazzano, con una perra dócil que siempre está a sus pies.
Tardo casi una hora en llegar. Viajo en metro hasta el extremo de Brooklyn, casi hasta el final de la línea.
Me encanta ese viaje. Entro en la casa y dejo atrás el resto de mi vida. No pienso en mis escritos. Durante varias horas me olvido de los otros idiomas que conozco. Cada vez me parece un pequeño vuelo. Allí me espera un lugar donde solo importa el italiano. Un refugio del cual surge una nueva realidad.
Le tengo mucho cariño a mi profesora. Aunque durante cuatro años nos tratamos formalmente, tenemos una relación estrecha e informal. Nos sentamos en un banco de madera junto a una pequeña mesa en la cocina. Veo los libros en sus estantes, las fotografías de sus nietos.
Magníficas ollas de bronce cuelgan de las paredes. En su casa vuelvo a empezar desde el principio: oraciones condicionales, estilo indirecto, el uso de la voz pasiva. Con ella, mi proyecto parece más posible que imposible. A su lado, mi extraña devoción por la lengua parece más una vocación que una locura.
Hablamos de nuestras vidas, del estado del mundo. Hacemos una avalancha de ejercicios, una árida pero necesaria tarea. La profesora me corrige constantemente. Mientras la escucho, tomo notas en un diario. Después de cada clase me siento agotada y preparada para la siguiente. Después de despedirme, después de cerrar la reja detrás de mí, no veo la hora de regresar.
En cierto momento, las clases con la profesora veneciana se convierten en mi actividad favorita. Mientras estudio con ella, el siguiente e inevitable paso de este extraño viaje lingüístico se vuelve claro. En determinado momento, decido mudarme a Italia.
LA RENUNCIA
Elijo Roma. Una ciudad que me fascina desde que era niña, que me conquistó de inmediato. La primera vez que estuve allí, en 2003, sentí una especie de arrebato, una afinidad. Me parecía conocerla ya. Después de apenas unos días, estaba segura de que estaba destinada a vivir allí. Así, ya adulta, no tengo amigos todavía en Roma. Pero no voy allí para visitar a nadie. Voy para cambiar de rumbo, para alcanzar la lengua italiana. En Roma, el italiano puede estar conmigo todos los días, a cada minuto. Siempre estará presente, será relevante. Dejará de ser un interruptor que enciendo ocasionalmente y luego apago.
Como preparación, decido, seis meses antes de nuestra partida, dejar de leer en inglés. A partir de ese momento, me comprometo a leer solamente en italiano. Me parece lo correcto: desprenderme de mi lengua principal. Lo considero una renuncia oficial. Estoy a punto de convertirme en una peregrina lingüística hacia Roma. Creo que debo dejar atrás algo familiar, esencial.
De pronto, ninguno de mis libros me resulta útil. Parecen objetos comunes y corrientes. El ancla de mi vida creativa desaparece, las estrellas que me guiaban se alejan. Veo ante mí una nueva habitación, vacía.
Siempre que puedo —en mi estudio, en el metro, en la cama antes de dormir— me sumerjo en el italiano. Entro en otra tierra, inexplorada, turbia. Una especie de exilio voluntario. Aunque todavía estoy en Estados Unidos, ya me siento en otra parte. Al leer, me siento feliz pero desorientada. Al leer, ya no me siento en casa.
Leo Gli indifferenti (Los indiferentes) y La noia (El aburrimiento), de Moravia. La luna e i falò (La luna y las hogueras), de Pavese. La poesía de Quasimodo, de Saba. Consigo comprender y, al mismo tiempo, no comprendo. Renuncio a la pericia para desafiarme a mí misma. Cambio la certeza por la incertidumbre.
Leo lentamente, con dificultad. Cada página parece cubierta por una ligera capa de niebla. Los obstáculos me estimulan. Cada nueva construcción me parece una maravilla; cada palabra desconocida, una joya.
Hago una lista de términos que debo buscar, aprender: imbambolato, sbilenco, incrinatura, capezzale (confundido, torcido, grieta, cabecera o almohadón). Sgangherato, scorbutico, barcollare, bisticciare (desvencijado, hosco, tambalearse, reñir).
Después de terminar un libro, estoy entusiasmada. Me parece una hazaña. El proceso me resulta exigente pero satisfactorio, casi milagroso. No puedo dar por sentada mi capacidad para lograrlo. Leo como lo hacía cuando era niña. Por eso, ya adulta, como escritora, redescubro el placer de leer.
Durante este período me siento una persona dividida. Mi escritura no es más que una reacción, una respuesta a la lectura. En otras palabras, una especie de diálogo. Ambas cosas están estrechamente unidas, son interdependientes.
Ahora, sin embargo, escribo en una lengua y leo exclusivamente en otra. Estoy a punto de terminar una novela, de modo que necesariamente estoy inmersa en el texto. Es imposible abandonar el inglés. Sin embargo, mi identidad más fuerte como lectora parece haber quedado atrás.
Pienso en Jano, el dios de dos rostros. Dos caras que miran al pasado y al futuro al mismo tiempo. El antiguo dios del umbral, de los comienzos y los finales. Representa un momento de transición. Vigila las puertas, los accesos; es un dios exclusivamente romano, que protege la ciudad. Una imagen extraordinaria que estoy a punto de encontrar en todas partes.
EL DIARIO
Llego a Roma con mi familia unos días antes de las vacaciones de mediados de agosto. No estamos familiarizados con la costumbre de que todo el mundo abandone la ciudad en masa. En el momento en que casi todos están huyendo, cuando prácticamente toda la ciudad se ha detenido, nosotros intentamos comenzar un nuevo capítulo de nuestra vida.
Alquilamos un departamento en Via Giulia, una calle muy elegante que queda desierta a mediados de agosto. El calor es feroz, insoportable. Cuando salimos de compras, buscamos cada pocos pasos el alivio momentáneo de la sombra.
La segunda noche, un sábado, volvemos a casa y la puerta no abre. Antes se había abierto sin ningún problema. Ahora, por más que lo intento, la llave no gira en la cerradura. No hay nadie en el edificio salvo nosotros. No tenemos documentos, seguimos sin un teléfono que funcione, sin amigos ni conocidos romanos. Pido ayuda en el hotel que está al otro lado de la calle, pero tampoco dos empleados del hotel consiguen abrir la puerta. Nuestros caseros están de vacaciones en Calabria. Mis hijos, alterados, hambrientos, lloran y dicen que quieren regresar inmediatamente a Estados Unidos.
Finalmente llega un cerrajero y abre la puerta en un par de minutos. Le pagamos más de doscientos euros, sin recibo, por el trabajo.
Este trauma parece un bautismo de fuego bastante trillado, una especie de bautismo. Y hay muchos otros obstáculos, pequeños pero molestos. No sabemos dónde llevar el reciclaje, cómo comprar un pase de metro y autobús, dónde están las paradas.
Hay que aprenderlo todo desde cero. Cuando pedimos ayuda a los romanos, cada uno de los tres nos da una respuesta diferente. Me siento desconcertada, a menudo abrumada. A pesar de mi gran entusiasmo por vivir en Roma, todo parece imposible, indescifrable, impenetrable.
Una semana después de llegar, el sábado por la noche, después de una cena inolvidable, abro mi diario para describir nuestras desventuras. Ese sábado hago algo extraño, inesperado. Escribo mi diario en italiano. Lo hago casi automáticamente, espontáneamente. Lo hago porque cuando tomo el bolígrafo ya no oigo inglés en mi cabeza. Durante este período, en el que todo me confunde, todo me desestabiliza, cambio la lengua en la que escribo. Empiezo a relatar, de la manera más emocionante, todo aquello que me está poniendo a prueba.
Escribo en un italiano terrible, vergonzoso, lleno de errores. Sin corregirme, sin diccionario, solo por instinto. Avanzo a tientas, como una niña, como una semianalfabeta. Me avergüenza escribir así. No comprendo este impulso misterioso, que surge de la nada. No puedo detenerme.
Es como si estuviera escribiendo con la mano izquierda, mi mano débil, aquella con la que se supone que no debo escribir. Parece una transgresión, una rebelión, un acto de estupidez.
Durante los primeros meses en Roma, mi diario clandestino en italiano es lo único que me consuela, lo único que me da estabilidad. A menudo, despierta e inquieta en mitad de la noche, voy al escritorio para escribir algunos párrafos en italiano. Es un proyecto absolutamente secreto. Nadie sospecha nada, nadie lo sabe.
No reconozco a la persona que escribe este diario, en esta lengua nueva y aproximativa. Pero sé que es la parte más genuina, más vulnerable de mí.
Antes de mudarme a Roma, no escribía en italiano. Intenté redactar algunas cartas en italiano, enviar algunos correos electrónicos a amigos que viven en Madrid, algunos ejercicios para mi profesora. Parecían ejercicios formales, ejercicios artificiales. La voz no parecía mía. En Estados Unidos no lo era.
En Roma, sin embargo, escribir en italiano es la única manera de sentirme presente aquí —quizás de tener una presencia—, especialmente como escritora, con Italia. El nuevo diario, aunque imperfecto, aunque plagado de errores, refleja claramente mi desorientación. Refleja una transición radical, un estado de completo desconcierto.
En los meses anteriores a mi llegada a Italia buscaba otra dirección para mi escritura. Quería un enfoque nuevo. No sabía que la lengua que había estudiado lentamente durante tantos años en Estados Unidos acabaría por indicarme el camino.
Uso un cuaderno, empiezo otro. Un segundo cuaderno me viene a la mente: es como si, mal equipada, estuviera escalando una montaña. Es una especie de acto literario de supervivencia. No tengo suficientes palabras para expresarme; más bien, soy consciente de un estado de privación. Y, sin embargo, al mismo tiempo me siento libre, ligera. Redescubro la razón por la que escribo, tanto la alegría como la necesidad. Vuelvo a encontrar el placer. Me siento como cuando era niña, poniendo palabras en un cuaderno que nadie leerá.
En italiano escribo sin estilo, de una manera primitiva. Siempre estoy insegura. Mi única intención, junto con una fe ciega pero sincera, es ser comprendida y comprenderme a mí misma.
LA METAMORFOSIS
Poco antes de comenzar a escribir estas reflexiones, recibí un correo electrónico de un amigo en Roma, el escritor Domenico Starnone. Yo llevaba un año en Roma. Refiriéndose a mi deseo de apropiarme del italiano, escribió: «Una nueva lengua es casi una nueva vida; la gramática y la sintaxis rehacen tu forma, te deslizan hacia otra lógica y otra sensibilidad».
Cuánto me tranquilizaron esas palabras. Contenían todo mi anhelo, toda mi desorientación.