Una mujer en el infierno

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El caso Pelicot

Es tarde. Una madrugada cualquiera alguien duerme en la habitación matrimonial de una casa en el sur de Francia. Personas merodean afuera. Se sienten pasos y voces. Ya amanece. Tostadas con mantequilla. Eso y un vaso de jugo en una bandeja, llevadas mientras todo parece normal.

-Buenos días, amor.

-Buenos días- responde ella.

La escena genera absoluta normalidad. Pero detrás de eso puede ocultarse un demonio. A veces el horror tiene la cara de un hombre amable que prepara el desayuno.

Durante cincuenta años, Gisèle Pelicot creyó conocer a Dominique Pelicot. Habían envejecido juntos. Habían criado hijos, con las usuales  complicaciones como enfermedades, mudanzas, cumpleaños, funerales y las pequeñas derrotas que constituyen una vida común. Lo había amado como se ama a los compañeros de viaje: con la confianza casi automática que produce la costumbre.

Luego, una mañana, llegó la policía. La mujer no entendía nada. ¿Qué había sucedido?

La historia comenzó oficialmente en una comisaría de Mazan, sur de Francia, aunque en realidad había comenzado mucho antes, en una región oscura de la mente humana donde nadie desea aventurarse, salvo su esposo. Dominique había sido detenido por grabar bajo las faldas de mujeres en un supermercado. Un delito menor, pensó ella. Una vergüenza doméstica. Algo que podría explicarse, a duras penas, pero podría hacerse.

Entonces un policía le mostró unas fotografías. En las imágenes aparecía una mujer inmóvil sobre una cama. Parecía muerta. Había hombres alrededor de ella. Hombres desconocidos. La mujer era ella misma.

No se reconoció.

Más tarde describiría aquel instante como un tsunami. Algo explotando en el interior. Un derrumbe. Un descenso al infierno. ¿Cómo era posible?

Durante años, mientras ella dormía drogada, su marido había invitado a decenas de hombres para violarla. La había fotografiado. Los había filmado durante el acto. Había archivado cada episodio con la precisión burocrática de un coleccionista de hechos espantosos, originado por un infame esposo y desarrollado por ávidos monstruos.

Lo más perturbador no era la perversión. Lo más perturbador era la normalidad.

Cada mañana él estaba allí. Con el desayuno listo y el “buenos días”.

 

«Necesito encontrarme con él para obtener respuestas. No sé si lo haré, pero necesito mirarlo a los ojos”, señala la señora Pelicot.

Mientras tanto, la reconstrucción de su vida continúa. «Estoy sanando», dice.

Se resiste a la idea de repudiar completamente la vida que llevó con su exmarido. «Para vivir, he necesitado pensar que los 50 años que pasé con el señor Pelicot no fueron solo una mentira. Porque de lo contrario, es como si hubiera estado muerta. Como si ya no existiera».

Durante una de las raras veces que tomó el estrado en el tribunal, la señora Pelicot le dijo a su exmarido que su traición había sido «inmensurable».

«Siempre traté de llevarte hacia la luz, pero elegiste las profundidades del alma humana», dijo. Es un sentimiento que repite ahora.

En la vida, dice, «siempre tienes que elegir, decidir qué camino seguir. Hay uno correcto y uno incorrecto».

«En cuanto a mí, siempre he elegido caminar hacia lo mejor», concluye con su voz serena.

 

Ella despertaba confundida, con lagunas de memoria, dolores extraños, síntomas que ningún médico lograba explicar. Él la acompañaba a las consultas. Se sentaba junto a ella. Escuchaba los diagnósticos fallidos. Después regresaban a casa.

Al día siguiente desayunaban juntos.

Esa es la clase de detalle que parece inventado por un novelista desesperado por impresionar al lector. Pero ocurrió.

Y quizá por eso resulta tan insoportable.

La literatura negra suele enseñarnos que el mal tiene señales visibles. Cicatrices. Gestos extraños. Miradas de asesino. Pero la realidad casi nunca coopera con la literatura. El mal suele parecer un vecino amable.

Cuando Gisèle llamó a sus hijos para contarles la verdad, escuchó a su hija Caroline gritar al otro lado de la línea. Un grito que, décadas después de los campos de exterminio, de las guerras balcánicas y de todas las catástrofes del siglo XX, todavía podía describirse con una palabra antigua: inhumano.

Dice que su hija Caroline, en particular, fue condenada a un «tormento perpetuo», ya que se encontraron fotos de ella durmiendo en ropa interior en la computadora portátil de su padre.

«La mirada incestuosa que lanzó sobre su hija, eso me pareció absolutamente insoportable».

El exmarido de Pelicot ha dado explicaciones contradictorias sobre esas fotos. Caroline está convencida de que él también la drogó y la violó, pero la falta de evidencia adicional implica que no ha sido procesado por ello.

Las relaciones entre madre e hija se tensaron durante el juicio y Caroline dijo que se sentía como una «víctima olvidada». En varios momentos, tanto antes como después del caso, la señora Pelicot perdió contacto con algunos de sus hijos.

«Le tomó tiempo a Caroline, porque está llena de odio y rencor, sentimientos que yo no tengo», dice. «No tengo ni odio ni rabia. Me sentí traicionada y ofendida por el señor Pelicot, pero así soy yo».

Pelicot dice que ella y su hija están reparando su relación.

«Cada una de nosotras necesitaba tiempo para encontrar su propio camino. Hoy estamos tratando de darnos paz mutuamente y espero que estemos en el camino correcto hacia la sanación».

 

Los hijos llegaron al día siguiente de conocerse la verdad. Destruyeron muebles. Quemaron recuerdos. Arrojaron fotografías. Como si pudieran expulsar al fantasma de su padre a través de un ritual improvisado de demolición. Pero los fantasmas familiares rara vez desaparecen tan fácilmente.

Durante meses, luego durante años, las revelaciones siguieron apareciendo. Fotografías de Caroline dormida. Sospechas de abuso. Una investigación por asesinato de una mujer. Nuevos interrogantes. Nuevas sombras. Cada descubrimiento abría otro sótano. Cada sótano conducía a otro. Y mientras tanto Francia observaba.

El juicio comenzó como una causa judicial y terminó convertido en un espejo nacional. Cincuenta hombres. Cincuenta historias de excusas. Cincuenta maneras distintas de evitar una palabra sencilla: violación.

Algunos dijeron que creían que había consentimiento. Otros afirmaron que Dominique les había dado permiso. Otros simplemente fingieron no comprender. Era el espectáculo de la cobardía. Gisèle lo entendió antes que nadie. Por eso tomó una decisión extraordinaria.

Renunció al anonimato. Pudo haber desaparecido detrás de las puertas cerradas del sistema judicial francés. Pudo haber protegido su intimidad. Pudo haber evitado las cámaras. Eligió lo contrario. Abrió las ventanas. Abrió las puertas. Abrió el juicio.

No porque fuera valiente en el sentido convencional de la palabra. Probablemente estaba aterrada. Pero comprendió algo elemental: el secreto siempre beneficia a los depredadores.

Así que apareció cada mañana en el tribunal de Aviñón con la cabeza en alto.

Las cámaras la esperaban. Las mujeres la esperaban. Francia la esperaba. Y ella fue caminando entre medio con la frente en alto.

Hay personas que se convierten en símbolos sin proponérselo. Les ocurre porque sobreviven. Porque permanecen de pie cuando la lógica indica que deberían derrumbarse.

Gisèle Pelicot se convirtió en uno de esos símbolos.

No habló como una heroína ni como una santa. Habló como una mujer traicionada. Eso la hizo más poderosa.

A sus setenta y tres años todavía intenta comprender por qué ocurrió todo aquello. Todavía contempla la posibilidad de visitar a Dominique en prisión y preguntarle qué hizo con su hija. Qué hizo con su vida. Qué clase de oscuridad habitaba detrás de los ojos del hombre con quien compartió medio siglo.

Quizá nunca obtenga respuestas.

La verdad completa suele morir antes que los culpables.

Sin embargo, hay algo que logró rescatar. No la inocencia. No la confianza. Ni siquiera la memoria. Rescató la capacidad de seguir adelante.

Ahora vive frente al Atlántico. Tiene una nueva pareja. Habla de la vida como si todavía fuera posible encontrar belleza después de atravesar el infierno.

Y tal vez esa sea la parte más desconcertante de toda la historia.

No la monstruosidad de Dominique Pelicot. No los cincuenta hombres. No los videos ni las drogas.

Lo verdaderamente desconcertante es que, después de contemplar las profundidades del alma humana, Gisèle Pelicot siga creyendo en la luz.

Quizá porque ha comprendido algo que el resto apenas sospecha.

Que el coraje no consiste en vencer al horror. Consiste en sobrevivirle.

 

Gisèle Pelicot 

Gisèle Pelicot nació en Villingen-Schwenningen (Alemania), en 1952, y pasó su infancia en la región francesa de Indre. Se casó con Dominique Pelicot en 1973 y se divorció de él en 2024, antes del llamado «juicio de Mazan». Tiene tres hijos: David, Caroline y Florian. Ha sido nombrada la persona más destacada de 2024 en una encuesta de opinión en Francia, superando a líderes internacionales, y la mujer más influyente de 2025 por medios como la BBC, Time Magazine y The Independent. Recientemente ha sido galardonada con la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, otorgada por el gobierno español; la Legión de Honor, la más alta distinción civil de Francia; y con uno de los Roosevelt Four Freedom Awards: el Freedom From Fear. Un himno a la vida. Mi historia (Lumen, 2026) es su primer libro, publicado en treinta idiomas.

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