Por José Guerrero Urzúa

Cineasta y escritor

Tras seis meses de confinamiento, a raíz de la pandemia, los estragos psicológicos, sociales y económicos que golpearon a la población se hicieron evidentes. El estado de cosas se volvió catastrófico. La pesadilla del hambre, la injusticia, la enfermedad y la muerte arreciaron sin miramientos. Entonces, el sentido de la vida se había banalizado a una condición abismal. 

Después de transcurrido un año, los vestigios de aquella devastación aún se asomaban: en cada gesto, en cada conducta, en cada mirada, en cada deseo y en cada recuerdo de sus habitantes.

A la luz de aquel oscuro panorama, Víctor Ledezma Campbell, que ya lo había pasado muy mal, entre otras cosas, al haberse infectado con el virus, por ningún motivo estaba dispuesto a seguir angustiándose aguando su vida por nada que conspirase contra su epicúreo devenir. De modo que no permitiría que ningún contratiempo ni malestar se colara en sus planes del día. Ni de la semana. Ni del mes. Incluso, del año. Simplemente así lo había decretado y no contemplaba en sus afanes otra alternativa que no fuera esa. Por lo mismo, evitó apremiar y causarle incomodidad al apacible conductor del taxi en el que viajaba a bordo que, como mejor pudo, trató de sortear el agobiante taco que se produjo en las calles por donde transitaban.

En contraste con la neurosis y la rabia desatada en los pasajeros y conductores que viajaban en  los otros vehículos, Víctor mantuvo una calma impresionante y, sustraído del mundanal ruido, aprovechó ese tiempo muerto para terminar de redactar, sin ambages, el discurso que le habían encomendado y que él sin condiciones aceptó escribir. A su juicio, se trataría de un texto de despedía, a la memoria de un hombre infeliz; que vivía presumiendo de aquello que carecía; que no sabía confiar en las personas; que alguna vez fue su maestro; al cual sólo en una ocasión logró ganarle un juego de ajedrez; alguien que tenía fobia a los espejos… Y, finalmente, con quién mantendría cuentas pendientes.

De pronto, taxista y pasajero, se encontraron en el espejo retrovisor de la cabina, suspendidos en un intrigante y fugaz cruce de miradas; como si se conocieran de un tiempo en fuga, fuera de órbita. De toda una vida.

Liberados de la congestión vehicular, vieron con emoción despuntar unos rayos de sol teñidos por un arrebol, tras una corta e intensa lluvia de invierno que precipitó por un momento sobre la ciudad.

Llegado a su destino, Víctor descendió del vehículo y se dirigió de prisa hacia la capilla ardiente, donde se estaría oficiando una misa de responso por el fallecimiento de su compañero de funciones, el prestigioso abogado y escritor, Tomas Echenique Soto. 

Según el reporte consignado en un periódico sensacionalista, de circulación masiva, llamado El Otro Ciudadano; el abogado de 76 años de edad habría muerto de manera fulminante producto de un infarto al corazón, luego de haber mantenido relaciones sexuales, al interior de un cuarto de hotel, con su secretaria, una mujer joven de 32 años de edad. Además la noticia señalaba, que en los registros de las cámaras de vigilancia del hotel “El Danubio Azul”, no se halló ninguna evidencia de la joven haciendo su retiro del recinto.

Con casi una hora de retraso, ingresó a la capilla, sin portar nada consigo salvo un libro titulado Rebelión de Sombras, una de sus novelas de cabecera que guardaba al interior de un espacioso bolsillo de su abrigo negro. Víctor se hallaba absorto en sí mismo, como cumpliendo a la perfección con algún programa secreto impuesto por el azar, y no por llevar un nudo de desazón en su garganta como, ingenuamente, pudiesen haber creído quienes lo observaban mientras él hacía su aparición. Pero la melancolía no iba con Víctor.

Altivo, con paso firme, caminó a lo largo de la nave central llamando la atención de los asistentes, provocando un ligero asombro en cada uno de ellos. La misa recién había finalizado después de cuarenta minutos de liturgia fúnebre, efectuada por un sacerdote católico que hacía escasos minutos había desaparecido de escena. Por su parte, la mujer anfitriona a cargo de organizar la ceremonia, apenas lo divisó, con ánimo diligente, le habló por  micrófono y de inmediato lo invitó a pasar al podio.

̶ Señor Víctor Ledezma Campbell, qué alivio verlo. Por fin llegó. Lo estábamos esperando, nos tenía preocupados. Tenga la bondad de pasar adelante, desde ahora la palabra es toda suya. 

Ledezma, seguro de sí mismo y esbozando una sonrisa socarrona, caminó hacia la anfitriona, en voz baja le agradeció por la espera. Ella, sin agregar palabras, asintió con la cabeza a la vez que le cedió el micrófono. Víctor, montó el aparato en el atril  y sin preámbulo, de cara al público, procedió a leer el contenido del discurso con voz pausada y tono enfático.

De fondo, como música ambiente, comenzó a sonar «Last Year’s Man», de Leonard Cohen. Víctor, con un guiño, agradeció al sonidista que figuraba agazapado en un rincón del recinto, bostezando entumecido de frío.

̶ “Digamos las cosas como son. Es evidente, que le hizo falta muchas cazuelas de imaginación a su inteligencia inocua, y otras tantas de originalidad a su estilo ramplón. Peor sería dar una apreciación profunda acerca de su forma de pensar que, por respeto a quienes suelen devanarse los sesos dándole vueltas de tuercas a las cosas, esta vez preferiré reservármela. Sí, aunque les parezca extraño, no pretendo entrar en polémicas estériles que agraven vuestra lamentable situación, menos ahora que el difunto Tomás, metido en ese suntuoso féretro   ̶ indicó con un gesto de desdén el sitio donde se situaba el ataúd ̶   ya no puede ni podrá jamás escucharnos.

Por unos segundos, guardó silencio y clavó su mirada en la viuda y en los hijos que la acompañaban, que permanecían sentados en una banca en primera fila, y continuó con la elegía.

… Sepan que la misma o más lapidaría suerte, corren las tramas de sus libros, que a todas luces padecen la triste cualidad de ser demasiado predecibles; relatos plagados de una retórica espuria, llenos de artilugios. Vacíos de intriga, de suspenso y de acción. Con personajes insípidos, carentes de misterio y sin carisma alguno. A imagen y semejanza de su propio autor.

Ni hablar de la precariedad de sus historias. Historias mal paridas; desprovistas de oralidad, de vértigo y de atajos que fueran capaces de sumergirnos en la natural dimensión de lo fantástico. Asimismo, su palabra y expresión, chata y mezquina, despojadas de vuelo y de delirio poéticos.

Ni menos referirse al diagnóstico terminal de las reflexiones que subyacían a su mirada literaria, ancladas como garrapatas a lugares comunes, colmadas de miedos atávicos;  infectadas de trivialidades, imposturas, siutiquerías y moralismos  pusilánimes, a cuyos engendros solo los más necios podrían concederle algún valor dramático o creativo.  

Con todo, Tomás Echenique Soto, tus exiguos lectores, con el paso del tiempo, agradecerán este momento de tu partida. Al igual que muchos discípulos, como yo, que ya te hemos olvidado. 

En fin, se nos pasaría el día entero aquí adentro de este bello cementerio intentando develar los trazos de su obra y trayectoria literaria pues, como ya lo habrán podido comprobar, la lista de atributos es interminable. 

Sin embargo, respecto de su persona, cabe señalar que fue un verdadero encanto, como los han habido muy pocos seres en este mundo. Un ciudadano ilustre. Bueno y cálido como la mala leche. Pródigo en promover falsos enigmas y en cultivar malos augurios.

Y no exagero si sostengo, que él representó la evidencia empírica y la encarnación de un  espíritu en extremo bondadoso, pero siempre condenado a un estado de absoluta invisibilización. A propósito, debo reconocer, que su generosidad y entrega siempre me deslumbraron. Sinceramente, un real ejemplo a seguir. A su haber, no tengo nada más que agregar. Sin duda, costará muchísimo que olviden su accidentada existencia. Que en paz descanse. Buen viaje, camarada. 

Vuela alto. Aunque sea por esta vez, cabrón   ̶ con mordaz ironía, murmuró para sí mismo, apartándose del micrófono.

Eso es todo. Muchas gracias por escucharme”.

Afuera, retornaba la lluvia.

De pronto, el público se levantó de sus asientos y sin apartar sus miradas de Víctor, comenzó a aplaudir con fuerza, poseídos por una contenida euforia, en medio de un confuso entrevero de llantos y risas, que  resonaban en diversas frecuencias por todos los rincones de la capilla.

En ese preciso instante, el cura que había oficiado la misa salía del cuarto de sacristía mientras guardaba su hábito en un bolso. En seguida, como en una secuencia de acción mecánica, sin despedirse de nadie, caminó hacia la calle. De golpe, como si el tiempo se hubiera contraído, subió a su vehículo, se sentó al volante y encendió el taxímetro apenas vio salir del cementerio a Víctor Ledezma Campbell,  a quien había transportado hacía minutos atrás. Ledezma, mirando hacia el cielo con una expresión de ternura infinita, subió al taxi; esta vez ocupó el asiento del copiloto.

̶  Gracias por la espera   ̶  le dijo al taxista y añadió.    ̶  Lléveme al mismo lugar adonde me recogió anteriormente. Luego, extrajo el libro de un bolsillo de su abrigo y reanudó la lectura de la novela, mientras viajaba.

De súbito, escampó y el cielo se oscureció.

A pocas cuadras de que Víctor llegara a su destino y debiera salir del vehículo,  apareció un hombre de pie en una esquina quien, con toda confianza y mirando fijamente al conductor, casi con indiferencia, hizo parar el taxi. Acto seguido, echó un vistazo hacia el interior de éste como para cerciorarse que efectivamente venía sin pasajeros, luego lo abordó, se sentó en el asiento del copiloto y, sosteniendo una mirada vacía, le señaló su destino al chofer. 

̶  Directo hacia donde usted ya sabe, reverendo.

̶ A sus órdenes, don Tomás Echenique Soto  ̶ respondió el taxista, con dócil complicidad.