Por Ricardo Paredes Vargas

Profesor Osorno,

En el tiempo que dejan las labores hogareñas, compartidas sin excusas, y las clases a distancia, hay tiempo para leer y no desesperar, para mantener la calma antes, durante y después del infame toque de queda. Es un ejercicio liberador, preferible al reality show seudo informativo de los canales de televisión llenos de expertos opinólogos en superficialidades –vitrina de defensores del sistema de este lado y del otro- que antecede y sucede a la “mise en scene” del ministro de salud y sus escuderos con su optimista recuento de contagiados y fallecidos, como si aparecer en pantalla en cadena nacional, cada mañana, fuera señal de buena gestión.

Tengo en mis manos “De perlas y cicatrices”, un libro de Pedro Lemebel, certero en su crítica, agudo en su observación y mordaz en el estilo. Puro acierto. Y recuerdo su presencia afuera del edificio conocido como Palacio de los Tribunales de Justicia.

Es viernes 25 de enero. El año, 2005. Una soleada y calurosa mañana en los patios de la Universidad Arcis. Pocos jóvenes se ven; la mayoría de los que deambulan de la biblioteca al localcito de fotocopiado y hacen tiempo en la cafetería son adultos de los programas de post grado, entre los cuales me incluyo. Es la hora del recreo, en un patio con parrones, vestigio de antiguas chacras en ese sector de la ciudad. En un televisor se puede ver “en vivo y en directo” las diligencias de los policías de investigaciones que han llegado hasta la casa del Mamo, el general Manuel Contreras Sepúlveda, para detenerlo y llevarlo ante el juez Alejandro Solís, que investiga sus crímenes. El general se resiste y se parapeta en su escritorio, pistola en mano, quizá esperando la aparición de algún comando que lo salve, una jugada de la familia militar que lo ponga a resguardo. Entre los familiares que se oponen, las hijas del general. Los policías, resueltos a cumplir su cometido, empujones, cosas que caen. La suerte ya está echada.

En la espera de las fotocopias, la hora de los comentarios. Hay los que dudan de que se llegue a algo, el detenido es demasiado poderoso, arguyen –harán algún arreglo, algún canje, total esto está lleno de pactos, a cambio de información- y los menos se ilusionan y consuelan con el manido recurso de que la justicia tarda pero llega. Y claro que ha tardado esa justicia esquiva, a tirones, en la medida de lo posible, tanto que casi nadie pensó que llegaría ese día. El general había tomado muchos resguardos, se decía, el caudal de información que manejaba lo había transformado en un intocable, incómodo incluso para sus camaradas; que tenía valijas con información crucial que le permitiría eludir, negociación mediante, que la justicia llegase a su puerta. Hasta hoy en que la justicia llegó, finalmente, y casi le están echando abajo la puerta, literalmente.

El año 2005 también marca el inicio del último año de gobierno de Ricardo Lagos, el primer socialista en volver a La Moneda después de Salvador Allende. Su obra queda ya perfilada y no causa más que desencanto en quienes pusieron su confianza en él, pensando que su slogan de “Crecer con igualdad” implicaría una transformación social. Las decisiones adoptadas en su mandato profundizarán medidas neoliberales que desprotegen más a los sectores populares y sólo benefician a los grandes empresarios, quienes en cuanto deje La Moneda ya le extrañarán. Quedarán sembradas las semillas del estallido social. Fin del recreo y vuelta a clases. A la salida nos vamos por calle Huérfanos, lento, conversando, pese al calor. Fue el último día de clases y ya no nos veremos en un tiempo. Iremos a almorzar cerca del centro en alguna picada. Fernando se quedará en Santiago y el Pato y yo nos iremos al día siguiente. Al llegar a calle Morandé se aprecia el tumulto y los gritos. No sabemos qué pasa, pero pronto entendemos que la multitud enardecida espera la llegada del reo general Manuel Contreras.

Es mediodía, el calor cae a plomo sobre las cabezas, haciendo que aumente la tensión. Pasan los minutos, lentos, sube la temperatura y el condenado no llega. Esperamos. Cunde la ansiedad y, si se desespera, se piensa lo peor. Después sabremos que había una parada obligada en el cuartel Borgoño de la Policía de Investigaciones para proceder al trámite de filiación –vulgus, lo están fichando- , que incluye la toma de fotografías, de frente y perfil, y huellas dactilares del reo.

Funcionarios policiales y de gendarmería protegen la entrada lateral al Palacio. Hay familiares de víctimas de violaciones de Derechos Humanos, miembros de organizaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos, de Ejecutados Políticos, Ex Presos Políticos. Entre ellos -y con ellos- está Pedro Lemebel, valiente, siempre con las víctimas, negadas por incómodas para los gobiernos, ninguneadas, sin ser vistas, ni escuchadas, sin verdaderas reparaciones, todo en la medida de lo posible. Pedro Lemebel, destacado por su rol de escritor y de activista y promotor de Derechos, firme, espera. Y llega el vehículo que transporta al reo general. Llueven las frutas, objetos contundentes varios y botellas plásticas, con o sin agua. Rápidamente, y apenas cubierto por los funcionarios policiales es ingresado al Palacio para notificarle su sentencia a 12 años de presidio por el secuestro calificado del mirista Miguel Ángel Sandoval. Los otros condenados ya han sido notificados, más temprano, esa misma mañana. Le acompañarán varios ex miembros de la cúpula de la DINA, entre ellos, el brigadier (R) Miguel Krassnoff (10 años), coronel (R) Marcelo Moren Brito (10 años), brigadier (R) Fernando Laureani (5 años, como cómplice) y el teniente coronel (R) de Carabineros Gerardo Godoy (5 años, como cómplice, que irá a Punta Peuco).

A la salida, cumplido ya el trámite, el furgón de Gendarmería lo trasladará al Penal Cordillera, esa cómoda cárcel especial para que los militares y violadores de Derechos Humanos no se mezclen con reos comunes. Da impotencia pensar que ninguna de sus víctimas tuvo la mínima garantía que hoy el estado de derecho le permite gozar a los victimarios. Contreras morirá acumulando 526 años de presidio por sus crímenes.

Hoy, ni Lemebel ni Contreras están, pero habrá otros lemebel que denunciarán y lucharán por verdad, justicia y castigo a los contreras que hoy torturan, ciegan y matan desde el estallido de octubre a la pandemia. Ricardo Paredes Vargas Profesor Osorno, 07 de julio de 2020