Por Gonzalo Figueroa Cea

La primera final con partido y sede exclusivos en la historia de la Copa Libertadores de América, jugada el sábado 23 del presente mes en Lima, pudo, puede y tendrá muchos más vericuetos para ser contada. Yo, al menos, elijo tres: el vuelco espectacular en su agonía, una historia asociada a la sede original y un paralelo con el estallido social chileno pero enfocado en el fútbol.

Respecto del primero, cuando el elenco trasandino tenía controlado el partido y parecía conseguir su quinta Copa Libertadores gracias al gol tempranero (minuto 14) del colombiano Rafael Santos Borré, Gabriel Barbosa («Gabigol») puso en suspenso ese aparente designio en el minuto 89 con un golazo y, tres minutos más tarde, el mismo brasileño (figura concluyente del ya clásico match) transformó, con otra bella anotación, esa apariencia en el inicio de un fantasma para el club de la banda sangre, que lo puede perseguir por un tiempo considerable salvo que vuelva a recuperar pronto el preciado galardón.

En síntesis, Flamengo es el nuevo campeón del principal trofeo continental
de clubes de Sudamérica y del continente en general (que me perdonen aquí
los amigos de Centroamérica y El Caribe, pero creo que la Libertadores
tiene más peso histórico que la Liga de Campeones de la Concacaf).

En lo netamente futbolístico, fue un lindo partido por lo muy intenso. Si
bien es cierto River fue superior en profundidad y llegadas de peligro, la
escuadra carioca superó a su oponente en tesón, entrega y garra. Los goles,
aunque fueron antecedidos de desaciertos e imprecisiones, fueron de bella
factura como jugadas colectivas y, sobre todo, en sus definiciones. Los
arqueros, tanto Alves como el trasandino Armani, nada tuvieron que hacer en
las anotaciones, aunque creo que el guardameta de River debió achicar mejor
antes que «Gabigol» le bastará con impulsar el balón al fondo del arco.
Respecto del segundo tanto de Flamengo, el capitán de los argentinos,
Javier Pinola (uno de los más afectados después del partido), cometió el
error que le dejó en bandeja la pelota a Gabriel Barbosa para decretar la
victoria y, por ende, el título para el popular club de Río de Janeiro.

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Entre los múltiples datos extras y algunos anecdóticos vinculados a esta final, sobresale el hecho de que el entrenador portugués Jorge Jesús no
sólo es el primer extranjero en obtener el título de campeón de la Libertadores para un club brasileño, sino por añadidura el segundo no sudamericano en llegar a la cima en toda la historia de la competencia. El primero fue el croata Mirko Jozic en 1991 cuando dirigía a Colo Colo, el tiempo glorioso de la única estrella hasta la fecha en la historia del fútbol chileno en el marco del torneo aludido. En otro plano, Flamengo obtuvo su segundo título de la Libertadores después de exactamente 38 años: el primero fue, en efecto, el 23 de noviembre de 1981. Otros dos datos interesantes al respecto: el rival de la final de 1981 fue Cobreloa y el partido decisivo (2 a 0 a favor de los cariocas) fue también en campo neutral: el mítico Centenario de Montevideo. Por si fueran únicos los vínculos con Chile en estos antecedentes curiosos, el árbitro de lareciente final fue el chileno Roberto Tobar.

 

 

Pudo ser en Santiago, pero…
Hasta hace algunas semanas la sede de la final de la Copa era el Estadio
Nacional «Julio Martínez Pradanos», pero tras el estallido social y la
intervención de la Conmebol -el órgano regente del fútbol profesional en
Sudamérica- y a pesar de cierta defensa inicial de nuestro principal
coliseo como locación para el pleito por parte del gobierno, el tema de la
falta de garantías en materia de seguridad primó y la Conmebol decidió trasladar la finalísima al estadio Monumental de Lima, propiedad del club
Universitario de Deportes. ¿La fecha?. Siempre se mantuvo: el sábado 23 de
noviembre.

El estallido social se ha prolongado más de un mes y, pese a un reciente
acuerdo para llevar a cabo un proceso que derive a una nueva Constitución,
las relevantes demandas denunciadas por millones de compatriotas no
alcanzan para aminorar la efervescencia y los deseos de cambios al modelo
económico, social y político imperantes, reclamados por décadas pero nunca
escuchados hasta treinta y tantos días atrás.

Más allá de las muy razonables medidas por las cuales no pudimos presenciar
esta hermosa final acá (francamente me habría encantado ver a los dos
equipazos que son el River del «Muñeco» Gallardo, con el chileno Paulo Díaz
en sus filas; y el Flamengo de «Gabigol» y del uruguayo Giogian de
Arrascaeta, entre otras figuras) debo confesar un testimonio personal:
pensaba hacerle un regalo de cumpleaños anticipado a mi octogenario padre,
como gesto agradecimiento por llevarme por primera vez a un estadio de
fútbol…(vaya casualidad) 38 años atrás. Era niño por entonces. Hoy tengo
48 y era un momento perfecto para concretar ese obsequio tan especial y de
alto vuelo espiritual: justamente invitarlo a la final de la Libertadores.
Pero las circunstancias del país (notablemente comprensibles, en todo
caso), lo impidieron. Si Chile tiene una nueva oportunidad de ser sede
(ojalá con dos protagonistas tan linajudos como River y el Fla), le haré en
forma concreta a mi padre ese regalo que le prometí (y ojalá en un país con
una paz social de verdad, no de papel).

¿Barras bravas interlocutores válidos? ¡No, por favor!
Salvo un incidente menor, de tono racista en Lima (de parte de hinchas de
River a seguidores de Flamengo) y una pacífica competencia de cánticos cara
a cara entre las barras de ambos finalistas de la Libertadores, no hubo
situaciones de violencia que lamentar en torno a este importante partido,
al menos conforme al reporte de la prensa en una mirada general. Y eso que
acudieron al reducto de la «U» peruana cerca de 70 mil personas.

Desde ese punto de vista, la final del mayor torneo intercontinental de
clubes estuvo a la altura de la circunstancias y de lo que debe ser, en
general, cualquier partido que se precie de común y corriente (detesto la
palabra «normal»), cosa muy diferente a lo que ocurrió un día antes 2.480
kilómetros al sur de Lima en línea recta: en la comuna de La Florida.

En un partido jugado casi en familia en la naciente tarde del viernes 22,
en el estadio Bicentenario de la mencionada y populosa comuna de Santiago,
donde Unión La Calera jugaba de local ante Iquique -el primer pleito de la
fallida reanudación de fútbol profesional chileno- cuando sólo faltaban
algunos minutos para que finalizara el encuentro, un puñado de individuos
de la Garra Blanca, la barra brava de Colo Colo, interrumpió el juego en
forma amenazante (al menos quienes estaban visibles, lucían encapuchados),
con mensajes en favor de las demandas sociales y con clara intención de
extender la inactividad de nuestro balompié rentado en señal de protesta.
Como agregado, cabe mencionar que la Municipalidad de la Calera ya había
resuelto no prestar su estadio, el Nicolás Chahuán, para el citado partido,
por lo que el club cementero debió trasladar su localía a la cancha donde
juega de anfitrión Audax Italiano.

Un amigo, que fue editor de deportes de un medio escrito, compartió una
reflexión muy pertinente al respecto: «¿te imaginas cómo sería un partido
de los equipos grandes en estas circunstancias?». Concluimos, con evidente
facilidad, que claramente no es factible jugar. No sólo está expuesta allí
la seguridad de los jugadores sino que la de los cuerpos técnicos, los
periodistas, los gráficos, los camarógrafos, todos los trabajadores de cada
recinto en que se se juegue un partido y, obviamente, el público asistente.
El duelo de Colo Colo con Coquimbo estaba programado para el Monumental el
sábado 23 en la mañana; el de Huachipato con Universidad de Chile para el
día siguiente igualmente en horario matinal; y el del puntero, Universidad
Católica, ante Audax Italiano, también el mismo día pero en la tarde. Del
resto de la fecha sólo se jugó completo el match en que Cobresal dio cuenta
el viernes de Unión Española por 3 a 2. El resto fue suspendido.

Para la recta final de este artículo sólo dejo una reflexión a título
personal y que refrenda una opinión del destacado periodista Juan Cristóbal
Guarello: las barras bravas no son interlocutores válidos porque no tienen
estructuras democráticas (¿cómo son elegidos sus líderes?) y -lo que es
peor- tienen una relación difusa, casi de amor-odio, con los dirigentes de
los clubes. A mucha gente le resultó llamativo que las barras de Colo Colo
y de la «U» («Los de Abajo») -eternos adversarios entre sí-, hubiesen
compartido honores en más de algún acierto gráfico en la Plaza de la
Dignidad (ex Plaza Italia) en favor de las demandas de la mayorías
ciudadanas. Pero no es que más que eso: efectismo puro. Y me atrevo a
agregar algo peor: hipocresía. Violentistas incorregibles, transgresores
constantes del orden público, detestados y mirados con cierto menosprecio
tanto por los seguidores del balompié que acuden con sus familias a los
estadios como por los ciudadanos «de a pie», quienes sufren con sus
groseras actitudes en la locomoción colectiva y en los alrededores de los
estadios, sobre todo cuando hay clásicos. Por si fuera poco los hechos de
sangre y hasta los homicidios vinculados con estos grupos, no son pocos.

Si hay quienes los protegen, curiosamente no son los garantes de la
seguridad pública ni las autoridades de gobierno, sino unos actores que
están mucho más próximos al modelo que dicen detestar: los dirigentes de
las sociedades anónimas que rigen los destinos de los clubes. Creo que si
hay quienes tienen derecho a parar la actividad en apoyo a las demandas, no
son ellos sino que los empleados de los clubes: los jugadores (no todos
ganan millones de pesos al mes) y el resto del personal que apoya la
actividad.

En síntesis, si en el Monumental de Lima vimos la cara amable, en La
Florida vimos, al menos en su espíritu, la cara más perversa del fútbol de
nuestro continente.