Por Adrián Melo

Ilustraciones de Melina Rapimán

 

 

Este año se cumplen los centenarios de los nacimientos de María Eva Duarte de Perón (1919-1952), y de Francisco Vicente Jamandreu (1919-1995). La primera, popularizada en el universo del cine argentino como la actriz Eva Duarte y conocida internacionalmente como Eva Perón, Evita Perón o simplemente Evita, tal como solían llamarla los sectores populares y ella quería que la recordaran, desempeñó desde su rol de Primera Dama un papel descollante y se convirtió en la mujer política latinoamericana más relevante del siglo XX. El segundo, más conocido en Argentina como el diseñador de modas Paco Jamandreu o simplemente Paquito fue el hacedor de trajes sastres, tailleurs y vaporosos vestidos de populares actrices argentinas desde la década del cuarenta hasta su muerte y se convirtió en el modisto argentino más conocido de Eva Perón.

 

Desde la Fundación que llevaba su nombre Eva Perón fue hacedora de un incansable trabajo de ayuda social que contribuyó a expandir los derechos de los sectores más humildes.  Su cariñoso y encendido discurso político en defensa de los pobres y de los humildes, de los obreros a quienes llamaba los descamisados y los grasitas impactó en la conciencia y en los corazones de millones de seres humanos que reconocieron en su retórica el orgullo de ser trabajador y trabajadora. El mismo discurso corrió a la par de una enconada prédica contra los sectores económicamente poderosos a los que caracterizó como el “capitalismo foráneo con componentes oligárquicos y entreguistas” cuya radicalización fue inigualada en las alocuciones políticas argentinas.  Fue a la vez la impulsora que terminó de consolidar con la promulgación del voto femenino una larga lucha de las mujeres en Argentina. Sin embargo, en cuestión de género o diversidades sexuales fue frecuentemente conservadora, enemiga y crítica de los feminismos y defensora de un papel subalterno casi romántico de la mujer en relación con el hombre. Paradójicamente, Paco, que proviene del aparente frívolo mundo de la moda, y que vistió a las llamadas divas del teléfono blanco tales como las argentinas Zully Moreno, Fanny Navarro, Isabel Sarli, la brasileña Carmen Miranda y la alemana Marlene Dietrich, entre otros, como hombre gay reivindicó su identidad homosexual,  se constituyó en figura pionera de la visibilidad homosexualidad en la Argentina y escribió un gozoso relato que describe relaciones amorosas plenas de libertad, desborde sexual y que incluso plantea ideas de comunidades y familias alternativas al modelo heteronormativo y patriarcal. El presente artículo intentará ejemplificar estas afirmaciones a través de las respectivas autobiografías de Evita y Paquito: La razón de mi vida  (1952) [1]  y La cabeza contra el suelo (1975) y en las maneras en que ambas proponen formas de vivir el erotismo y la sexualidad.

 

Erotismo legítimo y supuestas perversiones

Según las hipótesis de Doris Sommer respecto de las ficciones fundacionales latinoamericanas, Amalia de José Mármol funciona a la vez como novela de educación política y sexual. Por un lado, asociando pasión romántica y patriotismo, la obra literaria tiene como objetivo que, en un mismo movimiento, el lector se identifique con la historia de amor de la pareja protagonista de la ficción, con la aversión que ésta le propina al gobernador Juan Manuel de Rosas y con el proyecto político liberal –burgués que defiende. Por otro lado, centrándose en una pareja romántica cuyo objetivo principal es la llegada a la alcoba matrimonial y la reproducción asume el rol pedagógico de mostrar cuál es el erotismo legítimo y relega el resto de las sexualidades al campo de las perversiones[2].

En este sentido y paradojalmente, ha sido el peronismo quien ha intentado repetir, en un plano cultural el esquema de Amalia para movilizar sentimientos colectivos de adhesión política. Así algunas de sus imágenes más icónicas o que han quedado grabadas en la memoria colectiva son escenas de la vida conyugal de sus matrimonios paradigmáticos: los días de felices de Perón y Eva, abrazados o arengando a los obreros y a las obreras en la escena pública y sonriendo con los caniches en espacios íntimos o los días más dramáticos y patéticos de la agonía fotografiada y cinematografiada de Evita.  De igual manera y repitiendo algunas de esas estéticas aggiornadas a su época, han sido construidas las imágenes conyugales de Néstor y Cristina Kirchner. Así las imágenes del 1 de mayo de 1952 de Eva llorando desconsolada su destino fatal en los brazos de su marido se superponen con las del matrimonio Kirchner abrazados sin preveer la tragedia que los acechaba: la prematura muerte de Néstor.

En el plano literario, la “Amalia” peronista, es decir la historia de amor que conjuga pasión y patriotismo fue particularmente intentada y firmada por los mismos creadores y recreadores del peronismo. En efecto, desde La razón de mi vida de Eva Perón , pasando por Del poder al exilio: cómo y quiénes me derrocaron de Juan Perón hasta Sinceramente de Cristina Fernández de Kirchner, la literatura peronista apeló al género de la autobiografía como herramienta para la denuncia y la propaganda política y para movilizar afectos, emociones e identificaciones ideológicas y sentimentales en favor de sus proyectos. Claro que a, diferencia de Amalia en la literatura política peronista autobiográfica, ya no se busca la adhesión de la burguesía agraria exportadora sino que, dentro del marco de las ideologías nacionales y populares, se interpela como actor social protagónico a la clase obrera.

Eso obligó a recurrir a otras estéticas literarias. En efecto, no se utilizó ya, como en el caso de Amalia, el lenguaje culto de la corriente romántica europea en boga del siglo XIX sino que los  registros autobiográficos peronistas apelaron a lenguajes, géneros y hablas populares,: al melodrama de la radio y las telenovelas, a las escenas de vida cotidianas e incluso a la necrofilia romántica  para narrar historias de amor heterosexuales ejemplares y canónicas, siempre puras y sin dobleces, con heroínas y galanes propias del folletín popular. Si en términos políticos y en relación a la ampliación de los derechos de ciudadanía de la clase trabajadora, el peronismo supuso un rayo que partió en dos a la historia argentina  y se autodenominó revolucionario, en estos escritos la construcción de géneros y sexualidades supo ser conservadora, casi decimonónica.

Lejos de las voces opositoras o más radicalizadas que insistían en las imágenes de una Evita o una Cristina prostituidas o prostitutas, hacedoras de orgías plebeyas u organizadoras de bacanales de la carne dignos de Cleopatra; de un Perón pícaro andando en motoneta con muchachitas impúberes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) que manosean sus genitales –que se contrapone al sacro Perón sanmartiniano montado a caballo de las estampas peronistas-, las autobiografías insisten en matrimonios ideales y conservadores a lo “Amalia”. Y  como esa ficción fundacional buscan una analogía entre amor y patriotismo, es decir proponen que los lectores se identifiquen a su vez con la historia de amor de los actores principales del poder político y con el modelo de Estado y de país que proponen.

En cuestión de género y diversidades sexuales una voz disidente que forma parte de cierta mitología peronista es la Paco Jamandreu quien en 1975, el año más crudo y represivo de la Triple A,  la Alianza Comunista Argentina, fuerza parapolicial organizada desde el Ministerio de Bienestar Social por el siniestro ex cabo de policía y hombre de confianza de Isabel Perón, José López Rega[3], escribe un libro donde cuenta con sinceridad, valentía y transparencia sus yires y levantes callejeros por las calles de Buenos Aires en la década del cincuenta y sesenta, los hombres que amó, denuncia las razzias y las humillaciones de ser puto y devela cierto orgullo de ser gay, de ser un hombre que ama a otros hombres.

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El género o la pareja ideal en el peronismo clásico

 

“Yo no era ni soy nada más que una humilde mujer… un gorrión en una inmensa bandada de gorriones … Y él era y es el cóndor gigante que vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios. Si no fuese por él que descendió hasta mí y me enseñó a volar de otra manera, yo no hubiese sabido nunca lo que es un cóndor ni hubiese podido contemplar jamás la maravillosa y magnífica inmensidad de mi pueblo. Por eso ni mi vida ni mi corazón me pertenecen y nada de todo lo que soy o tengo es mío. Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso y todo lo que siento es de Perón”, escribe Eva Perón en la introducción La razón de mi vida, el libro destinado a formar parte de la liturgia peronista y con la pretensión de quedar en la historia y la memoria colectiva como la autobiografía de la mujer política argentina más importante del siglo XX.

Según versión de Manuel Penella  en Evita y yo. La verdadera historia del libro de Eva Perón, las expresiones más fanáticas de adoración a Perón no existían en el libro original y son producto de las correcciones introducidas por Raúl Mendé, Ministro de Asuntos Técnicos durante el segundo gobierno de Perón. Pero si bien algunas expresiones no responden a las intenciones originales de Eva, lo cierto es que ella claudicó respecto de la autonomía de la mujer y de las luchas del feminismo permitiendo que su nombre sea invocado y que su imagen sea en cierta forma subordinada a la figura del hombre (Perón). En muchos fragmentos de La razón de mi vida se reniega y se burla de las feministas y de las luchas de las feministas. En su nombre,  la política femenina autónoma fue relegada y reducida a la creación del Partido Peronista Femenino. Apelando a metáforas propias del radioteatro o del romanticismo popular que no son ajenas a su recorrido vital, Evita consagra el libro y su vida al de su marido. A su vez, el encuentro entre los amantes es narrado de manera folletinesca:

“En todas las vidas hay un momento que parece definitivo. Es el día en que una cree que ha empezado a recorrer un camino monótono, sin altibajos, sin recodos, sin paisajes nuevos. Una cree que, desde ese momento en adelante, toda la vida ha de hacer ya siempre las mismas cosas, ha de cumplir las mismas actividades cotidianas, y que el rumbo del camino está en cierto modo tomado definitivamente. Eso, más o menos, me sucedió en aquel momento de mi vida.

 

Por fin llegó “mi día maravilloso”. Todos, o casi todos, tenemos en la vida un “día maravilloso”. Para mí, fue el día en que mi vida coincidió con la vida L de Perón. El encuentro me ha dejado en mi corazón una estampa indeleble; y no puedo dejar de pintarla porque ella señala el comienzo de mi nueva vida”.

El “día maravilloso”, el día del encuentro entre los amantes funciona como en las radio o telenovelas como un rayo que parte en dos la vida. Pero es también en el relato peronista el día de la creación del peronismo: no puede pensarse Perón sin su complemento.

Como señala Horacio González: “Evita pertenece a la patria de las luchas y a la patria del folletín”… Por eso, una de las claves para entender el peronismo es el folletín popular, ese modo narrativo que postula una suma de gestos muy condensados y patéticos, enhebrándolos con las figuras canónicas de la pobreza, el abandono, la caída, la venganza, la redención. La historia que cuenta el folletín es una historia de sentimientos puros, congelados, moldeados en altares colectivos, de una intensidad de matices”. Por ello, no se entiende Evita, su lenguaje, su oratoria, sin su pasado en el radioteatro y la cinematografía argentina. No se entiende, por añadidura el peronismo, sin hacerlo un contemporáneo sensible de los lenguajes que animaban la radiofonía de los años cuarenta […] Las clases populares, y en especial la clase obrera, en donde los procesos históricos conocidos, se forma en un suelo cultural y social, en donde los lenguajes narrativos constituyen o ayudan a formar inequívocamente formas de conciencia colectiva” (González: 15).

En este sentido, se puede trazar una continuidad ya advertida prematuramente por Borges y por Sebreli[4] entre la carrera artística de Eva Perón y su desarrollo en el teatro, la radio y la cinematografía argentina, y su vida real con el romance entre el coronel y la actriz considerada poco menos que puta, en las románticas epístolas de amor de Perón desde el encarcelamiento de Martín García (“Mi tesoro adorado: Solo cuando nos alejamos de las personas queridas podemos medir el cariño. Desde el día que te dejé allí con el dolor más grande que puedas imaginar no he podido tranquilizar mi triste corazón. Hoy se cuánto te quiero y que no puedo vivir sin vos. Ésta inmensa soledad solo está llena con tu recuerdo…”[5]) y luego en el papel de Primera Dama de Eva con sus aigrettes, pieles, costosísimas joyas y los modelos exclusivos que la convertían en la María Antonieta de los humildes.

La comunión completa entre erotismo y política queda al descubierto cuando Eva transparenta que la prueba absoluta del amor de Perón es que“en  la hora más difícil le encomendó a los obreros”.: “En la hora más difícil de su vida. ¡Mientras yo viva no me olvidaré que él, cuando quiso probarme su amor, me encargó que cuidase a sus obreros!”.

Y también en el hecho de que el galanteo romántico utilizó el lenguaje de la política: “Porque él no me conquistó con palabras bonitas y elegantes, ni con promesas formales y risueñas. No me prometió ni gloria ni grandeza, ni honores. Nada maravilloso. Más: ¡creo que nunca me prometió nada!  Me habló siempre únicamente de su pueblo y yo terminé por convencerme que su promesa de amor estaba allí, en su pueblo, en mi pueblo. ¡En nuestro pueblo! Es muy simple todo esto. Es el camino que hacemos todas las mujeres cuando amamos al hombre de una causa. Primero la causa es “su causa”. Después empezamos a decirle “mi causa”. Y cuando el amor alcanza su perfección definitiva, el sentimiento de admiración que nos hacía decir “su causa” y el sentimiento egoísta que nos hacía decir “mi causa” son sustituidos por el sentimiento de la unidad total y decimos “nuestra causa”.

Cabe recordar que el casamiento de Eva con Perón es posibilitado por la actitud de los obreros. La vida de Eva cambió sustancialmente como resultado de la movilización de miles de desconocidos que dispuestos a “dar la vida por Perón” se movilizaron   para forzar la libertad del militar. Fue entonces y solo entonces que Perón se decide a pedirle matrimonio en la romántica carta aludida de las dos que le envío desde su confinamiento en Martín García. Cuando termina la crisis, como en los cuentos de hadas o en las novelas románticas, el coronel cumple con su palabra. Cuatro días después de ser liberado Perón y Eva contraen matrimonio civil y dos meses después, el 10 de diciembre de 1945 tuvo lugar la ceremonia religiosa en La Plata. “Y así como Perón y los trabajadores se unen el 17 de octubre en una nueva relación líder-descamisados, ella (Evita) se une con Perón a través de los mismos y por lo tanto, quedarán para siempre enmarcados y confundidos en su amor” (Navarro: 116).Eva lo pone de manifiesto en un discurso que pronuncia en Rosario el enero de 1947:

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“Cuando fue noche para la argentinidad y fue noche para mi corazón de mujer, cuando había perdido todas mis esperanzas, mis queridos descamisados me devolvieron al coronel Perón. Como mujer del pueblo no puedo olvidar ese gesto y como esposa del coronel tendré que luchar hasta la muerte por ustedes. Mis palabras no tienen más valor que significarles que estoy pagando una deuda que tengo con mis queridos descamisados, deuda que no podré saldar jamás (citado en Navarro: 116).

Eva Perón, como muchos de los obreros que colmaron en esa jornada la Plaza de Mayo y mojaron sus pies en la fuente había llegado desde una ciudad de la provincia y había sufrido la humillación de ser cabecita negra, hija natural, pobre. Como encarnación de ellas y ellos, encontró en ese día memorable también su redención. En ese sentido, Eva Perón nace como el peronismo el 17 de octubre de 1945.

De esa manera, la comunidad organizada que conforma el peronismo –y cuyos actores sociales protagónicos son los obreros y la Iglesia- es erótica, familiar y política al punto de que “el pueblo puede estar seguro de que entre él y su gobierno no habrá divorcio posible. Porque, en este caso argentino, para divorciarse de su pueblo, el jefe del gobierno deberá empezar por divorciarse ¡de su propia mujer!”.

La cúspide del amor romántico se prolonga en Eva Perón más allá de la muerte. Tanto en La razón de mi vida como en Mi mensaje, texto leído como su testamento el triste 17 de octubre de 1952, ya sin Ella, en el acto de Plazo de Mayo, Eva legará para la posteridad que “Perón es mi sol y mi cielo… No concibo el cielo sin Perón”.

Si Eva utilizó el lenguaje del melodrama, el mismo no fue ajeno a la bella prosa de Perón que adquiere por momentos verdadera belleza literaria. “Eva entró en mi vida como el destino”, escribe en “De poder al exilio: cómo y quiénes me derrocaron”. El destino elegido es un festival artístico a beneficio de las víctimas del trágico terremoto de San Juan. Ya Mark Healey en su libro ejemplar El peronismo entre las ruinas desmenuzó las maneras en que el lenguaje político peronista y la figura del líder justicialista se construyeron a partir del desastre sanjuaniano. La idea de la Nueva Argentina de obreros, niños y ancianos felices que se elevaba sobre las injusticias históricas de la Argentina del modelo agroexportador y oligárquico, presente en la raíz del discurso justicialista, es hija de la Nueva San Juan, es decir la moderna ciudad que Perón reconstruiría sobre los escombros de la antigua destrozada por la tragedia natural. Por ello, no casualmente, si bien pudieron conocerse casualmente con anterioridad, la versión más aceptada sitúa el primer y decisivo encuentro entre Perón y Evita el 22 de enero de 1944 en el Luna Park con el drama sanjuanino como escenario. “Fue un trágico terremoto que se abatió sobre la provincia de San Juan, en la Cordillera, y destruyó por entero la ciudad, quien me hizo encontrar a mi mujer”, narra Perón. Y a la vez que la describe erróneamente como una mujer de cabellos rubios cuando Eva Duarte aún lucía cabelles negros –visión distorsionada por la distancia, el cine de los cincuenta o la imagen que se quería proyectar- el enamoramiento coincide con la ayuda al sufrido pueblo sanjuanino.

Cuando ya casados, Perón le reprocha a Eva su entrega absoluta a la ayuda social desde la Fundación Eva Perón con las palabras: “Eva, descansá y piensá que también eres mi mujer”, ella le responde seriamente: “Es justamente así como me doy cuenta de que soy tu mujer.

El melodrama concluye con los abrazos desgarrados de la agonía de Evita reproducidos hasta el cansancio en las fotografías de la época, los discursos de barricada ornamentado con ritualismos de folletín burgués, su rostro pálido y sus manos casi esforzándose en poner el voto en la urna desde la cama del hospital, el penoso vía crucis de una Eva demacrada saludando desde el auto descapotable para asistir a la asunción de la segunda presidencia de Perón. . Y si  la autobiografía La razón de mi vida  sigue la estructura de la vida  y milagros de los santos populares éstas imágenes encuentran su cenit en los espectaculares y fastuosos funerales de Evita, que evocan algún triste film del neorrealismo italiano, con las caras llorosas de los pobres bajo la lluvia.

“El 10 de mayo habló por última vez en público desde un balcón de la Casa Rosada. Le costó un gran esfuerzo, tanto que al término de sus palabras cayó en mis brazos. En la sala, detrás de la ventana, a través de las cuales llegaba todavía la voz de la multitud que la llamaba, se oía solamente mi respiración; la de Eva era imperceptible y fatigada. Entre mis brazos no había más que una muerta”, escribe Perón en el más autobiográfico de sus escritos políticos.

Las últimas palabras de amor entre los amantes es también la del amor a un proyecto político: el del pueblo: “No abandones a la gente pobre… Es la única que sabe ser fiel”, escribe Perón que le dijo Eva. Y es con la muerte de la amada cuando la prosa de Perón encuentra momentos de belleza literaria épica romántica al establecer una analogía entre sus sentimientos, el clima y el color del cielo: “Ya era avanzada la noche; por la ventana entraban las primeras sombras. Un viento implacable mecía furiosamente los árboles. El cielo tenía el color de un sudario y amenazaba lluvia”.

Luego, como en la necrofilia romántica y su tópico de desenterrar el cadáver de la amada, sus palabras se detienen, como las de Heathcliff en Cumbres Borrascosas en la belleza del  cuerpo sin vida de su querida muerta:

“Eva vestía una túnica blanca, larguísima, que le cubría los desnudos pies. Sobre la túnica, casi  a la altura de los hombros, brillaba el distintivo peronista en oro y piedras preciosas que llevaba cuando vivía. Las manos le salían de las amplias mangas y estaban cruzadas; entre las manos tenía un crucifijo. Su rostro estaba como de cera, lúcido y transparente, tenía los ojos cerrados como si durmiese, los cabellos bien peinados hacían el efecto de una aureola. El cadáver estaba extendido en un minúsculo lecho forrado de raso y encerrado en una campana de vidrio” (Perón: 25).

Y, luego, ya alejado, en principio definitivamente tanto del cuerpo muerto de su esposa como del poder político, quedan los objetos como jirones de la vida. Por ello escribe con desgarradora melancolía un Perón aparentemente derrotado: “De nosotros dos, Evita es la más feliz. Si bien está muerta y sin paz, está por lo menos en su tierra. Yo estoy lejos y obligado a vivir solamente de esperanzas, de ansias y de recuerdos. De ella solo tengo una fotografía, su libreta cívica y la última carta que me escribió el 4 de junio de 1952. Las pocas palabras que escribió de su propio puño son casi ilegibles. La caligrafía es irregular, incierta y fatigosa. Se asemeja a su respiración, tal como la sentí aquella mañana anterior a la de su muerte”.

 

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La orgía desatada y la familia alternativa en Paco Jamandreu

 

Desde las primeras páginas de La cabeza contra el suelo, las memorias de Paquito se presentan con un fresco y orgullo erotismo disidente:

“Ahora sí, he cumplido. He cruzado mis piernas y mis brazos con otras piernas y otros brazos. He sentido sobre mi pelo y sobre mis ojos el aliento de otro chico como yo, tal como ustedes lo querían, tal como ustedes lo deseaban”. El primer encuentro sexual con el cuerpo perfecto y desnudo de un bello efebo de piel oscura y ojos claros inaugura los recuerdos que quieren que perduren de su vida. Ese encuentro es lo que a Eva, el día maravilloso por el cual valieron las penas las humillaciones sufridas.

Es significativo que Memorias. La cabeza contra el suelo de Paco Jamandreu   haya eludido la censura de la derecha peronista y haya sido publicada en 1975 y editada, corregida y aumentada en 1981, en plena dictadura militar. En su libro, Jamandreu, reconoce su homosexualidad, describe enamoramientos y amoríos con bellos y –muchas veces sórdidos- muchachos, describe la vida de yiraje y soledad, de placeres y sordidez de un homosexual a lo largo de varias décadas que van desde la década del cuarenta hasta 1981. Asimismo relata la adolescencia, digna de una novela de Manuel Puig, de un muchacho deslumbrado por las telas y las divas e insultado por los “machos del pueblo”:

“Yo supe del miedo a pasar por una esquina en donde había dos o tres muchachos juntos, por conocidos que fueran. Supe del miedo al grito de burla desde los autos. Supe del miedo de la película que se corta y de las luces que se encienden y los gritos de los muchachos desde el gallinero, -ahora le dicen pullman-. Supe del asco de las propuestas apenas entendidas desde las sombras de la noche, supe de la bronca de la voz atiplada al verme pasar, de los codazos, de las sonrisas sobradoras. Pero me sentía puro; quería gritarlo pero la voz me clavaba mil agujas en la garganta. Por eso, sin pensarlo dos veces, al despedir al muchacho de ojos claros y piel de seda que había dormido junto a mí en la angosta cama de Córdoba y San Martín, me sentía feliz, feliz y vengado”. (Jamandreu: 47).

En su relato autobiográfico, Jamandreu se vanagloria de haber tenido incontables amores , muchos de ellos llamados Carlos-, de haber presentado en fiestas de gala a 25 sobrinos –eufemismo de la época para referirse a amantes ocasionales-, de sus andanzas amorosas por Río de Janeiro: (“¡Cuánto amé y cuanto me amaron en Brasil!, y eso que nunca mezclé amor con trabajo. Me enloqueció la piel morena de los garotos  con gusto a sal y a sol”, Jamandreu: 1981, 130) y por los prostíbulos masculinos de Cali -La Casa Verde, la Estrella Roja- y el orgullo del triunfo en su profesión se confunde con sus triunfos amatorios en el lecho:

 

“De noche prendía las luces y me pellizcaba. ¡Todo el departamento estaba decorado en violeta y oro! ¡Aquellos muebles franceses, aquellos grandes espejos… ¡Y mío era el sol que cambiaba los colores las sillas al entrar por la ventana…  Porque mía era la vida. Y yo tenía 17 años, un nombre, mil amores con o sin rostros que dejaban su perfume en mi piel y el hueco de sus cabezas en mi almohada. (Jamandreu: 1981, 83)

Pocas páginas como las de Jamandreu iluminaron alegremente la idea de la comunidad marica como en la que afirmaba: “Ahora tenía amigos, amigos como yo que luchaban y trabajaban y amaban sin importarles el qué dirán y que eran útiles a la sociedad. Y le daba a la vida la dosis de frivolidad, de encanto, de color que solo hombres y mujeres muy elegidos pueden darle (Jamandreu: 1981, 83)”.

La subversión de su relato abarca la conformación de una verdadera familia alternativa al paradigma heteronormativo y patriarcal: “Todos mis empleados eran homosexuales. Recuerdo que Oscar, el cocinero, a quien llamábamos “Piquito”, reinaba en el último piso donde se juntaban cocina, despensa y lavadero. No podía cocinar sino era con sombrero; una gran capelina de flores… Por la mañana me llevaban el desayuno a mi cuarto y todos me rodeaban esperando mis órdenes del día, “Piquito” me leía el horóscopo y todos me aconsejaban lo que debía hacer: en amores, en negocios, con mi salud. Me contaban sus aventuras, me elegían la ropa. Me repetían lo que tenían que hacer durante el día. Aun para decirme algo desagradable eran enormemente sensibles.

Mi casa, entonces, era el reinado de la alegría. No me fastidiaban. Por el contrario, aquel grupo de muchachos marginados a quienes yo había dado trabajo y hogar y con ello fe en el futuro, me  idolatraban” (Jamandreu: 120-121). Comunidad y familia con sus propias normas leyes que promulgan otra  versión –quizás más gozosa e infinitamente más divertida de la Ley del Talión: “Tony fue después un buen amigo. Me dio muchas satisfacciones y muchos disgustos. Me metió mucho los cuernos. Era homosexual, pero como era lógico y común, le gustaba hacerse el macho. Le pagué con la misma moneda: por cada disgusto que me dio, me acosté con uno de sus amigos. Me dio muchos y tenía muchos amigos”. (Jamandreu: 145).

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Las memorias incluyen, citando a Roger Peyrefitte, una ferviente defensa del amor homosexual que recoge una tradición que va desde la Antigüedades griega y romana, y lo hace deudor de la democracia ateniense y los valerosos ejércitos espartanos de amantes y amados, pasando por los genios del Renacimiento como Leonardo y Miguel Ángel, los amores de Benvenuto Cellini y los muchachos de Florencia, los amantes varones de la primera guerra mundial, personajes como Jacinto Benavente, Federico García Lorca y André Gide hasta cineastas contemporáneos como Luciano Visconti o Pier Paolo Pasolini. Para concluir entonces,

¿Qué puede extrañar, entonces, que hoy la practiquen artistas, ejecutivos, estudiantes? ¿A quién le puede llamar la atención ue en las calles de Buenos Aires, tales como Charcas, desde Maipú hasta Ayacucho, en Lavalle, en San Martín, en Carlos Pellegrini, en horas de la noche, haya muchachos y hombres que ofrecen su amor, ya sea por amor o por paga? ¿Se puede horrorizar hoy alguien que el actor famoso, suspirado por quinceañeras y solteronas, detenga su coche frente a un lindo chico parado en el cordón de la vereda? Acaso no lo hace el ejecutivo, el gerente de banco, el político que durante el día es el ogro de sus empleados y que de noche saca su reluciente coche para levantar, sumiso y sonriente, al adolescente de largo pelo o al machote de duros músculos con el que relajará sus tensiones en la misma cama que comparte con su gorda mujer? ¿O en el bulín que nunca le falta?

(Jamandreu: 1981, 93-94)

Siendo modisto de Eva Perón se revela cierta complicidad homofílica en la naturaleza de la relación entre ambos: en un momento Evita le advierte a Paquito que no llegue tarde a una prueba de vestidos con ella por encontrarse con chongos en el camino y en otro que un día le dará un disgusto por sus correrías amatorias. El episodio más sonado describe que, habiendo sido Paco detenido en una razzia con otro diseñador de modas llamó a Evita por privado para pedir ayuda y que ella le contestó: “¿Y qué hacen ahí ustedes a estas horas? Eso debe ser un puterío. ¡Jódanse por yiros!”. Sin embargo, no hay acusación en las palabras de Paco, quizás un leve dejo de reproche o solo la indecible gracia de su prosa. El momento más conmovedor de la relación entre el modisto y la ilustre política es cuando estando Eva ya desahuciada, Perón cita al creador de ilusiones con el fin de que simule diseñarle vestidos para viajes que Evita evidentemente nunca realizara. A los pocos días se produce el triste fallecimiento de Eva.

Dueño de una personalidad de avanzada y franca, Jamandreu, sin embargo, revela cierta ambivalencia y homofobia interiorizada al declarar no soportar a los maricones y a los hombres vestidos de mujer aunque si aceptaba a las travestis que se travestían en nombre del arte. “La gente en todo el mundo confunde la homosexualidad con la mariconería. Son cosas muy diferentes. Pienso que de todo este libro lo único que va a quedar es que la gente sepa que hay una enorme diferencia entre ambos términos. El homosexualismo es una cosa respetable y muy normal. Si Dios la ha hecho, desde luego no es una deformación. En mi adolescencia yo le tuve mucho miedo a la mariconería. Generalmente no he tratado con maricones. Con homosexuales, mucho”.

 

 

Hacia la construcción de un nuevo dispositivo de sexualidad bajo la égida de Alberto Fernández

 

«El amor es tener ganas de estar con el otro. Para escucharlo, para hablar, para lo que sea. A mí me encantaba estar con él y a él conmigo. Siempre me decía: «De lo único que nunca me aburrí fue de vos”, escribe Cristina que le decía frecuentemente su marido Néstor Kirchner.

Entre las denuncias por persecución política y la presentación casi propagandística de las obras políticas más importantes de la era kirchnerista, en Simplemente, Cristina Kirchner cuela anécdotas cotidianas, aspectos íntimos de su vida matrimonial y familiar, en definitiva, estrategias y fórmulas que forman parte de la tradición autobiográfica del peronismo clásico.  Más allá de la narración de los derechos conquistados por la comunidad LGTBIQ –la sanción de la ley 26.618 que en su artículo 2 amplia los derechos del matrimonio civil a los contrayentes de igual sexo- y la sanción de la ley 26743 de Identidad de Género, el peronismo en su fase kirchnerista ha mantenido el relato clásico y conservador del matrimonio heterosexual ideal cuyo punto de partida parece ser la novela fundacional de Mármol.

Para buscar voces disidentes en cuestión de sexualidades o género u otros modelos familiares habrá que buscar otras voces y otros ámbitos: La cabeza contra el suelo de Paco Jamandreu, el relato peronista del puto que no va de la casa al trabajo y del trabajo a casa sino que en el medio se toma sus licencias concupiscentes. Quizás el triunfo del candidato presidencial de la nueva variante del peronismo, el Frente de Todos, en las elecciones del 27 de octubre de 2019, Alberto Fernández, que presenta orgullosamente a su hijo que suele travestirse como una drag queen en bares de Buenos Aires, permita asimismo pensar otras y novedosas maneras de pensar la sexualidad, las configuraciones familiares y las políticas sexuales desde aquellos que ejercen el gobierno, el liderazgo y el poder político.[6]

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Si bien firmado por Eva Perón, las fuentes históricas coinciden en señalar que el redactor de La razón de mi vida fue el español Manuel Penella de Silva. En todo caso, a los efectos del análisis que se realiza, lo importante es que es el registro autobiográfico por excelencia, autorizado y suscripto por Eva Perón y en ese sentido, la versión de la vida que el discurso peronista hegemónico destinó para la memoria histórica.

 

[2] En Ficciones fundacionales. Las novelas nacionales de América Latina, Doris Sommer analiza la relación entre erotismo y patriotismo presente en lo que ella denomina los romances fundacionales latinoamericanos. Según Sommer, novelas románticas como Amalia de José Mármol en Argentina, María de Jorge Isaacs en Colombia, Iracema de José de Alencar en Brasil, o Doña Bárbara en Venezuela, entre otras, funcionaron como verdaderos mitos fundacionales para promover el nacionalismo y el modelo del Estado Nacional, tal como se conformó en esos países, tras las guerras de independencia. A partir de la asociación entre pasión romántica y patriotismo, todas estas primeras novelas, se centraban en una historia de amor heterosexual y en matrimonios que sirvieran como ejemplos de consolidación aparentemente pacíficas durante los  conflictos de mediados del siglo XIX.

 

[3] En La homosexualidad en Argentina, Carlos Jáuregui afirma que, según testimonio de uno de los integrantes de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas  -CONADEP-, habrían existido por lo menos cuatrocientos homosexuales engrosando la dolorosa lista de desaparecidos. Si bien no existió una persecución sistemática basada en el género o la elección sexual, es difícil deslindar en el terrorismo de Estado argentino los muertos a causa de su condición sexual. En todo caso es casi seguro que los hubo y es posible afirmar que muchos de ellos habrán sido particularmente insultados y humillados por ser gays, lesbianas o travestis. Por ello y como contribución a la memoria LGTBIQ es valioso el rescate que propone Pablo Waisberg de la figura de Pedro Barraza, el activista y trabajador de prensa que en su época investigó y denunció a los responsables del crimen del militante peronista Felipe Vallese. Operación Vallese. Barraza, el hombre detrás de la historia empieza con una escena trágica: los cuerpos de Pedro Leopoldo Barraza de treinta y seis años y de su novio Carlos Ernesto Laham, de 20 años, alevosamente acribillados por alrededor de un centenar de balas en un predio municipal de Villa Soldati el 13 de octubre de 1974. A los pocos días, la Triple A se responsabiliza del crimen amparándose en  la defensa de la Patria y del Hogar. El salvajismo de los criminales da cuenta del doble escarmiento de los amantes por ser “bolches”y por ser homosexuales. Pedro y Carlos hubieran querido morir abrazados pero no pudieron elegir.

 

[4] Borges en su cuento “El simulacro” utiliza su versión de los funerales de Eva Duarte, para postular la hipótesis del peronismo como farsa tragicómica  y como máscara engañosa y por ende, en su interpretación Perón no era Perón ni Eva Duarte era Eva Duarte sino vulgares e impostores enmascarados destinados a crear una crasa mitología para el credo humor  de los arrabales. Por su parte, el sociólogo Juan José Sebreli  afirma a propósito de la cancelación definitiva del último radioteatro de Eva Perón el 9 de octubre de 1945 tras la caída provisoria de Perón que lo obligó a renunciar a los cargos políticos acumulados desde el golpe de Estado del 4 de junio de 1943 –Secretario de Trabajo y Previsión, Ministro de Guerra y Vicepresidente de la Nación y a una eventual confinación en la Isla Martín García, una continuidad entre la ficción radioteatral de Eva y la continuidad de su performances artísticas en el mundo teatral de la política, Eva no necesito retomar su actividad artística porque ella guardaba paralelo con su acción política. “Por haber sigo testigo del nacimiento del peronismo y de los orígenes de su heroína, el mito de Eva Perón estuvo indisolublemente unido a de Eva Duarte, es decir al mito más antiguo de las estrellas en el universo kitsch.

[5] La carta de Perón a Eva Perón desde la Isla Martín García fue reproducida por primera vez en el excelente libro El 45 de Félix Luna publicado en el año 1969.

[6] Es paradojal que los discursos del peronismo más radicales y menos conservadores en términos de género o sexualidades disidentes hayan sido construidos o bien por la oposición para desprestigiar las figuras de Perón y Eva Perón o de Néstor y Cristina Kirchner o, en el plano literario, por sectores ajenos al peronismo tales como la Evita que vuelve desde el cielo y que se soba y deja sobar por negros, negras, putas y putos en ese cuento considerado maldito de la literatura argentina, Evita vive de Néstor Perlongher. La familia diferente y subversiva que se construye en cierta iconografía del peronismo de fines de los años sesenta y principios de los setenta del siglo XX es aquella que une en un mismo plano a Perón en el centro rodeado por Evita, su segunda mujer, frecuentemente a su izquierda y por Isabel Perón, su tercera mujer, a su derecha conformando un nuevo modelo familiar de vivos y muertos. Pocos días después de la muerte de Perón, Isabel Perón ya presidenta, en un discurso desde los balcones de la Casa Rosada señaló que:“Tengo dos brazos, y en una mano a Perón y en la otra a Eva Perón. Perón y Eva sacrificaron sus vidas en aras y por amor al pueblo (…). Como alumna de Perón, cumpliré fielmente su doctrina, caiga quien caiga, y cueste lo que cueste”. En un brazo a su marido muerto y en el otro brazo a la segunda esposa fallecida de su marido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

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Sebreli, Juan José (1990), Eva Perón. Aventurera o militante, Buenos Aires, Editorial La Pléyade

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