Por Gonzalo Figueroa Cea

“Profesionalización” debe haber sido la palabra que más veces escuché
antes, durante y después de la Copa América Femenina que tuvo lugar en
Chile y donde nuestro representativo logró el vicecampeonato, que le
permitió clasificar al mundial de la categoría a jugarse en Francia el
próximo año.

Parte de la reflexión fue parte de un comentario que hice en redes
sociales: el éxito de aquel torneo jugado en Coquimbo y en La Serena, tanto
deportivo como de público asistente, permite suponer con razonable
optimismo el traslado de la competencia habitual del balompié de damas
nacional a escenarios más vistosos, donde los hombres han dominado casi sin
contrapeso por más de un siglo. Pensando en las regiones, por poner sólo un
ejemplo, sería lindo que el Everton femenino tuviese que coordinarse con el
masculino para ocupar el Sausalito el fin de semana ante la eventualidad de
una alta demanda de público. Suena motivador.

Circulan y han sido vistos desde esas gloriosas fechas del mes pasado
reportajes escritos y por televisión sobre el esfuerzo de las muchachas que
fueron parte de la referida selección, dirigida por José Letelier. La
arquera Christiane Endler, Camila Sáez, María José Rojas y Yanara Aedo,
entre otras, fueron algunas de sus figuras. En los testimonios irrumpen,
casi sin esfuerzo, aspectos vinculantes con el amateurismo en su sentido
más romántico, aunque no por eso digno de extenderse como ejemplo en el
tiempo: la pasión de las jugadoras y su capacidad para imponerse a las
precariedades en tanto recursos económicos e infraestructura y la carencia
de seguros, por mencionar los más distinguibles.

Cabe resaltar que los primeros antecedentes relativamente conocidos de la
práctica del fútbol femenino organizado en Chile se remontan a principios
de los años 90. El balompié de damas ha subsistido desde entonces en un
ámbito semiprofesional: uso el concepto “semiprofesional” porque la bisagra
que separa la idea de “afición” de la de “profesionalismo” consiste en la
participación de clubes y selecciones en el plano internacional, en la
carrera más que respetable que varias de las futbolistas han realizado en
el extranjero y en clubes profesionales que facilitan indumentaria,
implementos y financiamiento para viajes. No hay mucho más.

Con el apoyo del estado se pudo haber dado un salto cualitativo enorme en
2008: en el primer gobierno de Michelle Bachelet fueron mejorados
(prácticamente reconstruidos) una serie de estadios en Santiago y otras
ciudades que, con estándar FIFA, recibieron un mundial femenino. Si bien es
cierto, los resultados para la escuadra nacional no fueron satisfactorios,
estaban dadas las condiciones, al menos por infraestructura, para
profesionalizar en toda la regla la actividad. No ocurrió. En síntesis, el
período de Harold Mayne Nicholls como presidente de la ANFP dio un
importante impulso mediante el torneo planetario de damas, pero en la era
de Sergio Jadue como timonel se sepultó toda iniciativa en esa dirección.

*Borrón y, a la larga, más que cuenta nueva*
Tuvieron que pasar diez años, un alto interés del público en acudir siete
veces al estadio La Portada de la Serena y un desempeño brillante del
representativo (coronado con un 4 a 0 a la poderosa selección argentina)
para que la idea de fortalecer el balompié femenino irrumpiera con merecida
fuerza de nuevo. Tras un par de años sin actividad a nivel de selección, en
2017 se agarró nuevamente el vuelo con algunos partidos amistosos con fecha
FIFA.

Y no es menor, porque, a pesar de los lamentos de las chicas en el sentido
de ser comparadas con algunas figuras de la “generación dorada” (sienten
admiración por Alexis, Medel o Bravo, pero quieren sobresalir por ellas
mismas), lo suyo es puro sentido de esfuerzo y perseverancia de mujer.
Estados Unidos, Francia y España han sido los países que han cobijado a
algunas de sus figuras. En esos países el profesionalismo es una realidad.
Ellas mismas lo han atestiguado.

El paso siguiente, por lo tanto. no es igualar a los hombres (ése no es el
punto), sino lograr que la actividad para ellas tenga los mismo atributos
que constituyen el concepto de profesionalismo: infraestructura adecuada,
partidos abiertos a la afluencia de público en recintos habilitados para
ello (al igual que en el caso de los varones), sueldos, seguros asociados y
publicidad, por citar los más relevantes.

Ya se ha dado una importante señal: la Asociación Nacional de Fútbol
Profesional (ANFP) programó un par de partidos amistosos ante Estados
Unidos, campeón del mundo en la categoría, fijados para el 31 de agosto y
el 4 de septiembre (falta por definir las ciudades en que se jugarán los
pleitos). Quien informó, Sebastián Moreno, secretario general de la
Federación de Fútbol de Chile, no descartó otros duelo en fechas FIFA.

Volviendo al ámbito de la estructura organizacional del balompié de damas
en Chile, refrendo la idea manifestada por el periodista Juan Cristóbal
Guarello el 25 de abril en el webshow El Deportivo, de La Tercera: que el
fútbol femenino chileno cree su propia asociación, paralela a la ANFP y
dependiente de la federación pero no del Consejo de Presidentes. Según el
Premio Nacional de Periodismo Deportivo, si el “deporte rey” llega a
explotar comercialmente en el ámbito de las mujeres mediante una liga y con
una dependencia del Consejo de Presidentes (instancia de la ANFP que
involucra a los titulares de los clubes) “éste va querer su pedazo de
torta”.

¿Por qué es determinante la federación? Aunque el comentarista la cataloga
de “entelequia”, “depende de la FIFA y así no hay ningún problema
reglamentario. Como es la asociación de fútbol femenino en Estados Unidos,
que no tiene nada que ver con la Major League Soccer y cada uno mata su
toro”, añadió.

Países como México, Venezuela y Colombia han logrado profesionalizar el
fútbol femenino. Si hay infraestructura, talento e interés ¿qué estamos
esperando?