Santullo encendió su escuálido cigarro. Sentado en un sillón marrón desvencijado en la acera de una calle tranquila del Bronx. Rodeado del resto de sus muebles amontonados en la acera. Había unas cuantas sillas más; algunas mesas grandes y pequeñas; una gran cómoda con una radio encima; la estructura y el somier de una cama de matrimonio; un aparador; un sofá mullido; una foto grande en sepia de un joven Santullo,

pulcro y flaco como un lobo; un buró de persiana; una sombrilla de playa plegada; varias cajas marrones. El reloj sobre el aparador marcaba las diez y cinco. Todo el mundo estaba en el trabajo o en el colegio o de compras. Santullo escupió en el suelo el jugo oscuro del cigarro. Un viejo se acercaba por la esquina; al ver los muebles paró y después continuó, tanteando cuidadosamente con su bastón, como si hubiera oído por ahí que había minas en la zona. “Así que lo han hecho”, dijo.

“Los muy cabrones”, dijo Santullo. “Siéntate, D’Annunzio. Toma un puro”. Santullo hablaba casi siempre un inglés mascullante, implacable, pero sus conversaciones con el viejo eran sobre todo en italiano.
D’Annunzio se sentó en uno de los sillones y encendió el puro que le ofrecía Santullo. “Los muy cabrones”, dijo. “Cabrones”, dijo Santullo.
“¿Y a ti que te dijeron, Rico?” “Me dijeron que me largara”. “¿Y tú que les dijiste?”
“Yo quería haberles dicho algo grande, de verdad, pero ¿qué puedes decir sin educación?”
“Deberías cagarte en sus oficinas”, dijo Santullo. “Para eso no necesitas educación”. Se volvió y dirigió una mirada maléfica, larga e inmensurable, al edificio. Después inclinó la cabeza de golpe, satisfecho por haber hecho un buen trabajo, por no haber perdido su toque, y porque el edificio no volvería a ser el mismo.
“He estado constipado toda la semana”, dijo Santullo. “Hasta un gorrión podría hacer más daño a sus oficinas. O un colibrí”.
“Has pensado dónde vas a vivir?” “Mi único plan es fumarme la toba de mi cigarro”. “Y tu mujer?”
“La muy puta. En casa de sus primos. Y se ha llevado el col¬chón”.
“¿Nada más?”
“Su ropa y el colchón. Y a lo mejor su rosario. Le rezará al santo patrón de los que no tienen donde caerse muertos”. “Seguro que existe ese santo”. “Lo buscaré en la guía de teléfonos”.
Se concentraron en sus cigarros un rato. Se estaba fresco y tranquilo en la calle. Unas mujeres, de camino a casa, se pasaron a hacerles una visita después de hacer la compra. Santullo las recibió con cordialidad. El sol estaba más alto y un bloque de luz caía sobre las casas grises de enfrente. “¿Recuerdas a Mazzoli el de las castañas?” Dijo D’Annunzio. “Lo echaron igual que a ti. Los de la seguridad social vinieron a por él. Se lo llevaron todo. Mazzoli se tiró por un puente un par de días después. Pero le salvaron, la policía. Era un puen¬te pequeño, no muy conocido, y el agua no era muy profun¬da”.
“Ya no hay intimidad”, dijo Santullo. “Intentas hacer lo que sea, y allí está un cura o un poli para salvarte. Yo no haría eso nunca. Tirarse de un puente. Vete tú a saber, a lo mejor exis¬te el infierno. Si oyeras a mi mujer hablar dirías que ha esta¬do allí y ha vuelto en el metro. Cuando alguien muere, le da su veredicto. ¿Biaggio el de la panadería? Al infierno. Te lo garantiza. ¿Su tío Mike? Al purgatorio unos cuantos miles de años. Mi mujer está loca”. “Están todos locos”, dijo el viejo.
“A lo mejor existe el infierno, o a lo mejor no. Pero yo no me tiraría por un puente. Es una mala manera de averiguarlo”. “Yo no tengo una teología ni en un sentido ni en otro. Eso se lo dejo a las mujeres y los niños”.
“¿Cuántos años tienes, D’Annunzio? Te recuerdo hasta donde me alcanza la memoria”. “Setenta y nueve”.
“Pues no parece que tengas más de setenta y seis”. “Ríete, Rico. Eso es buena señal, que te rías. Te echan de casa y te cachondeas. Salute”.
“Setenta y nueve, D’Annunzio. Son unos cuantos. Yo cumpli¬ré cincuenta y cinco el mes que viene”. “Todavía te queda mucho que aprender”. “Signor D’Annunzio, hoy he dejado de aprender. Soy un hombre que no tiene nada”. “Coraje, coraje. Algo pasará”. “Cuando no tienes nada no necesitas coraje.” “¿Entonces qué necesitas?”
“Quién sabe, a lo mejor un hijo.” Comenzó a estudiar su ciga¬rro. Se lo puso a la altura de los ojos y lo giró entre sus dedos. Estaba frío, apagado. Se llevó de nuevo la mano a la boca y no lo volvió a encender. “Lo he dicho sin pensarlo. ¿Qué te pare¬ce, D’Annunzio? A lo mejor me estoy volviendo loco.” “Tú no te vas a volver loco, Rico. Estás gordo y sano. Sólo la gente flaca se vuelve loca.” “Mira a Mussolini”.
“No estaba tan loco. No te creas todo lo que dicen los perió¬dicos”. “Escúchame, estaba loco. Si te cuelgan cabeza abajo te tiene que volver loco, más pronto o más tarde”. “¿Y San Pedro? También lo colgaron cabeza abajo”. “A lo mejor también estaba loco. Hay un montón de gente que no dirías que están locos y lo están”. “Cierto. Eso es cierto”.
“Claro. ¿Y qué hay de Fusco, el que está siempre bebiendo vino con el zapatero? No se volvió loco hasta bien entrados los cuarenta. Un día estaba bien, y al día siguiente estaba loco”.
“¿Fusco? Ese siempre estuvo loco”. “¿Tú crees?”
“Sin ninguna duda”, dijo el viejo.
Santullo encendió una cerilla, prendió su cigarro y se la pasó todavía encendida a D’Annunzio. Echaron el humo y se aco¬modaron en sus asientos. El sol brillaba sobre sus cabezas. Santullo lo miró y cerró sus ojos. La oscuridad se veía roja y el calor en la cara era muy agradable. Oyó voces de niños y abrió los ojos y los vio venir desde la esquina, a casa para comer, cinco, seis, siete chicos y chicas, los cinco chicos hombro con hombro por la acera y las dos chicas detrás, cogidas de la mano riéndose. “Son las doce”, dijo D’Annunzio. “¿Tienes mucha hambre?” “No me importaría tomar algo”.
“A mí tampoco. Pero no tengo ganas de levantarme. Vamos a mandar a uno de esos chicos aTony’s. Oye, chaval. Oye, el de la chaqueta roja”.
Un chico moreno, de unos doce años, se acercó hasta ellos. “Oye, chaval. Tú eres el de Lucy, ¿no?” El chico asintió.
“Quiero que vayas a la tienda y nos traigas algo de comer. Vas de nuestra parte, yo te doy algo. Veinticinco centavos. ¿Qué te parece?”
“Vale,” dijo el chico. “Oye, ¿cómo es que tus muebles están por toda la acera?”
“Me estoy mudando”, dijo Santullo. “D’Annunzio, empieza con el menú”.
“Salami de Genova. Cuarto de kilo”. “Aceitunas. De las negras”. “Pan siciliano de ese con semillas”. “Provolone. Provolone”. “Dos pepinillos.” “Dos latas de Ballantine”. “No me puedo acordar de todo eso”, dijo el niño. “Trae lo que recuerdes,” dijo Santullo. “El salami y el pan son lo más importante. Dile a Tony que nosotros nos hacemos los bocadillos aquí mismo. La última vez que me hizo un boca¬dillo le puso mantequilla al salami. Lleva demasiado tiempo en este país, Tony. Aquí tienes el dinero, y no te preocupes. Trae lo que recuerdes. Venga”.
El chico salió corriendo calle abajo observado por Santullo, que escupió en la acera distraído. D’Annunzio escupió y Santullo volvió a escupir. A continuación se levantó, cogió la sombrilla y la abrió. Metió la punta por el respaldo de una silla de cocina y la inclinó hacia una de las cajas grandes. Luego el viejo y él movieron sus sillones hacia la sombra, cada uno a un lado de la silla de cocina. “Qué pedazo de sombrilla”, dijo D’Annunzio. “Solía usarla para coger anguilas en City Island. La metes en el agua, la sacas, y ya tienes unas cuantas anguilas”. “Cuesta creer que un pez tan feo tenga un sabor tan delicio¬so. Puede que exista Dios después de todo”. “Es uno de mis platos favoritos, esas cosas negras tan flacu-chas. Anguilas. Incluso el nombre es negro y flaco. An-gui-las. Pero qué sabor”.
“El sabor”, dijo D’Annunzio. “El sabor lo es todo. El aspecto no es nada”.
“¿Qué comerías”, dijo Santullo, “si tuvieras que comer una sola cosa el resto de tu vida?”
“Aahh, es una pregunta difícil”. El viejo dudó, absorto en sus pensamientos, se llevó las puntas de los dedos a los labios, saboreando la pregunta, degustándola. “Una pregunta difícil, sí señor, pero muy buena. Tiene mérito, Rico. Deja que lo piense”. Unió sus cobrizas manos venosas, como en una ora¬ción, y colocó la barbilla sobre ellas. “¿Tiene que ser una sola cosa o pueden ser varias cosas que combinen de forma natu¬ral?”
“Pueden ser varias cosas que combinen”. “Entonces todo lo que pido es un poco de pan, queso, y un vaso de vino. Es simple y al mismo tiempo lo es todo. Eso es todo lo que necesito”. Asintió, convencido. “Bien, bien. Está bien pensado”. “Es un clásico”.
“Pues yo elegiría espagueti con albóndigas. Y, si puede ser, un vaso de vino tinto frío con gaseosa de vainilla. Si puede ser”. “Esa elección es indiscutible”. “La tuya también es buena. Las dos son buenas”. “Aquí está la comida”, dijo D’Annunzio. “Ah, el chaval con la comida”.
Santullo le dio al chico una moneda de veinticinco centavos y los dos hombres tiraron sus cigarros y empezaron a hacer los bocadillos. Mientras colocaban el salami entre las reba-nadas de pan largo, montañoso, se tomaban su tiempo para probar las aceitunas y los pepinillos y picotear un poco de queso. Emitían sonidos húmedos, infantiles, y se chupaban los dedos. El tiempo corría despacio, feliz. Concentrados ya en sus bocadillos, de vez en cuando hacían una pausa y se miraban uno al otro, asintiendo. El pan era fresco y estaba bueno, y la cerveza estaba fría. El salami era tan picante que dejaba un agradable calorcillo en la punta de la lengua.
“¿A que esto es la felicidad?” dijo Santullo. “No sé qué más se podría pedir”. “Esto y los cigarros”. “Y estar bajo la sombrilla”.
El dedo índice de Santullo se levantaba del gigantesco boca¬dillo como un periscopio. “Ah, sólo una cosa más”, dijo. Se levantó y se acercó a la cómoda que estaba al final de la cues¬ta. Encendió la radio. Tras el ruido inicial se escuchó una música suave. “Bravo”, dijo D’Annunzio.
Santullo se volvió a sentar. “Esto debe ser lo que Dios tenía en mente cuando creó el mundo”. “Si existe Dios”.
“Pero este tipo de belleza nunca dura mucho”. “Piensa en el presente. En ahora”. “La vida es una hija de puta”, dijo Santullo. “Tú come. Disfruta”.
“¿Dónde demonios voy a ir? No tengo nada”. “Es demasiado complicado. No pienses en eso. Come, come”. “Come, bebe y sé feliz. En general, no suele funcionar. Todo es política. La vida es política. Mucha política y poco dinero”. “Y estar solo”, dijo el viejo.
“La muy puta”, dijo Santullo. “No me ha dejado nada. Nada de nada y sin nadie”.
“Ya he terminado de comer. Ha estado bien casi hasta el final”.
“Tienes unos buenos dientes, D’Annunzio. Ni un tigre podría haber hecho mejor trabajo con ese pan”. “Los dientes son postizos pero no me importa reconocerlo. Mi vanidad se fue con mis dientes auténticos. Es muy triste cuando uno pierde su vanidad”. “Toca otro cigarro”, dijo Santullo. “Para ayudar a la digestión”.
“Para ayudar a la digestión y para mi resfriado. O estoy res¬friado o tengo diarrea. Qué dura es la vida”. “Están todos locos”.
Fumaron y escucharon la música durante un rato. Santullo miró a su amigo. En el terreno de su cara había carreteras. Sus labios estaban pálidos y agrietados. Lentos y pesados, sus ojos se cerraron. Se quedaron así mucho rato. Los niños vol¬vían del colegio y el sol empezaba a deslizarse por el otro lado del cielo.
La música se paró y se escuchó a un locutor dando paso al último informe de bolsa. Los servicios públicos se mantení¬an. Los futuros agrícolas estaban mitad y mitad. Las electró-nicas subían. Las industrias iban regular. Las ferroviarias bajaban. Santullo siguió fumando su cigarro.