Por Gonzalo León
Quiero empezar esta crónica de manera elusiva y decir que Huracán es el club de fútbol con el que me siento identificado desde que vivo en Buenos Aires. Esta identificación proviene de la similitud a la que le asigno con Wanderers de Valparaíso, que es mi club en Chile. Ambos han ganado pocos campeonatos: cinco Huracán y tres Wanderers. No son clubes grandes, pero lo que más me atrae es que están emplazados en lugares populares y en el sur sus ciudades: Parque Patricios y Playa Ancha. De Wanderers me hice hincha de grande, pese a que mi abuelo me inscribió como socio cuando no tenía ni un año de vida. Él trabajó muchos años en el puerto y en gran medida ser hincha es un reconocimiento u homenaje a él. De Huracán me hizo hincha en 2011, porque al barrio al que llegué a Buenos Aires pasaban los buses que iban a la cancha de Huracán. Ambos clubes se vinculan a un origen: a mi primera ciudad en Chile y a mi primer barrio en Buenos Aires.
Pero además Parque Patricios y Playa Ancha son límites. Hasta hace un tiempo las ciudades terminaban en esos barrios. Hasta hace unos años en Parque Patricios estaba la Cárcel de Caseros, donde Maradona pasó un año nuevo, y en Playa Ancha está el Cementerio 3, donde están enterrados mi abuelo y mi vieja. Lo limítrofe se vincula con el origen y puede llevar a asociaciones insospechadas.
Manuel Rojas nació en Buenos Aires, porque sus padres eran empleados de una familia española, que había inmigrado y que vivía en el límite de la ciudad, a unos pasos del barrio de San Cristóbal (el santo de los viajeros). San Cristóbal fue mi primer barrio en Buenos Aires. Luego la familia Rojas se trasladó a Boedo, otro barrio marginal, tanguero por excelencia. Esos dos barrios son vecinos a Parque Patricios, y los tres quedan en la denominada Zona Sur de la Ciudad. La historia y la literatura cuentan que después de su paso por Buenos Aires, la madre de Rojas enviudó y se fue a Mendoza, luego de lo cual recaló con su hijo en Santiago. Era 1912.
Esta fecha es importante, porque ese año en Parque Patricios un adolescente se hacía famoso por volverse en el primer asesino serial: El Petiso Orejudo, que la literatura y el cine han reflejado de manera pertinaz, aunque con especial talento lo hizo María Moreno en el libro homónimo. El Petiso Orejudo en realidad se llamaba Cayetano Santos Godino y había nacido el mismo año que Manuel Rojas, y sus padres eran calabreses como los de Tulio Carella, un autor que está siendo redescubierto en Argentina. Cayetano mató a su primera víctima cuando tenía diez años, pero a los siete ya había tenido una tentativa. Su modus operandi no variaba mucho y consistía en embaucar a niños menores, llevarlos a un baldío y estrangularlos. Su primer paso por la cárcel fue cuando tenía doce años y permaneció allí tres años. Si antes ya era un niño con rasgos psicopáticos, a su salida estos rasgos se intensificaron, por lo que en ese 1912 asesinó a tres niños e inició varios incendios.
El último asesinato lo cometió un 3 de diciembre de 1912, con dieciséis años. La víctima fue Gesualdo Giordano de tres años, a quien llevó a un baldío en Parque Patricios e intentó estrangularlo. Pero como no pudo, le enterró con una piedra un clavo en la sien. Cuando el chico estaba siendo velado, el Petiso Orejudo se presentó, y una niña lo identificó como el niño que se había llevado a Gesualdo, cosa que condujo a su detención y a su posterior condena perpetua. El Petiso murió en la cárcel de Ushuaia a fines de 1944, pasó allí los últimos veintiún años de su vida y, durante su permanencia, fue abusado sexualmente en reiteradas ocasiones.
Desde hace un año vivo en Boedo, donde el Petiso embaucó a una niña de cinco años, en la esquina de Muñiz y San Juan (a cuatro cuadras de donde vivo), luego la llevó a un baldío en Directorio, a pocas cuadras, pero el asesinato no lo pudo consumar gracias a la acción de un vecino. Casi siempre cuando no podía perpetrar el asesinato era por eso. Un crimen menor, pero consignado en su prontuario, fue la agresión a un niño de un año y medio, a quien le quemó con un cigarro los párpados en la calle Colombres 632, también en Boedo.
Si bien es un ejercicio que hago hace más de diez años, ahora que vivo acá es más recurrente situar los lugares donde vivió Manuel Rojas cuando doy mis caminatas. Los padres de Rojas vivieron en Colombres, a una cuadra de donde sucedió la agresión del Petiso. Es imposible determinar dónde exactamente vivió Rojas, porque el barrio ha cambiado mucho de esa época. Las calles de Boedo eran muy similares a las de Parque Patricios en el sentido de que fueron adoquinadas en el momento en que Rojas dejó el barrio y en el que el Petiso empezó a delinquir. Sin embargo, así como el Petiso se identifica con Parque Patricios, Manuel Rojas se identifica con Boedo; de hecho desde hace años diversos libros lo consignan como uno de los fundadores del Grupo de Boedo.
Quizá, y esto lo pienso ahora, la Zona Sur, más allá de sus diferencias, conjuga la delincuencia y la creatividad artística. No estoy diciendo que el Petiso haya sido un artista del crimen, sino que estas líneas se presentan por separado, conformando eso sí una unidad. Borges, que conocía bien la Zona Sur, porque trabajó en la biblioteca Miguel Cané en Boedo, ambientó su cuento “El Aleph” en la calle Juan de Garay, que es una de las emblemáticas calles de esta zona. Y luego fue director de la Biblioteca Nacional por dieciocho años, que quedaba en San Telmo, otro barrio del sector. No por nada en sus cuentos proliferan los cuchilleros y los duelos.
Hay una anécdota que contó en La Nación de Argentina el escritor y poeta Antonio Requeni, que bien pudo vincular a Borges y a Rojas. Requeni escribió: “Conocí al escritor en 1954. Estaba yo en la antigua casa de la Sociedad Argentina de Escritores, en México 524, conversando con Inés Giusti (hija de don Roberto), que era entonces secretaria administrativa de la entidad, cuando llegó un hombrón, de cara morena y cuadrada, como de quebracho tallado a hachazos, y abundantes cabellos canosos. Era Manuel Rojas, que quería hacerse socio de la SADE, tal vez para afirmar su identidad argentina”. Cuando especulo que esta anécdota podría haber vinculado a Rojas con Borges es porque al lado de la SADE estaba la Biblioteca Nacional, y Borges asumió su cargo como director de la Biblioteca un año después de la anécdota de Requeni. Quizá si Borges hubiera estado en funciones, Rojas hubiera pasado a verlo (como era común en los escritores que venían del extranjero) y los problemas de identidad se hubieran inclinado por Argentina.
O quizá nada de esto hubiera sucedido. Porque si bien por muchos años la literatura argentina habló de la oposición entre los grupos de Boedo y Florida, esta oposición duró como mucho cinco años y a finales de la década del 20. Con años de investigación, se pudo establecer que los escritores de Boedo (además de Rojas estaban Yunque, Castelnuovo y Tiempo) sabían quiénes eran los escritores de Florida (además de Borges, estaban Girondo, Lange y Marechal), pero estos últimos no sabían de la existencia del grupo de Boedo. A grandes rasgos, la diferencia entre ambos grupos era que uno reivindicaba cierto realismo social y el otro las vanguardias. Entonces puede decirse que Rojas estaba más cerca del Petiso Orejudo que de Borges.
Hay, en todo caso, una escena que sí relaciona al Petiso y Rojas y ocurió hace unas noches, cuando regresaba de una cena con un gran amigo. Como era tarde, tomé un colectivo que me dejaba a siete cuadras en línea recta a mi casa, de ahí tenía que caminar, pero como el barrio es tranquilo, no estaba preocupado. Cuando el bus se detuvo y vi a unos tipos de cuarenta años reunidos en una esquina, tampoco me preocupé. Caminé una cuadra y de pronto vi a un poodle (aquí se le dice caniche), y me extrañó verlo solo a las dos de la mañana, pero a la derecha estaba su dueño, agachado, practicándole sexo oral a otro tipo apoyado en un auto. Sin embargo, eso tampoco me preocupó y seguí caminando. Cuando llegué a la esquina de Independencia y Quintino Bocayuva vi a una pareja siendo asaltada, pero como era tarde y el asunto no pasó a mayores, solo apuré el paso. Estaba por llegar a la calle donde vivo, cuando vi pasar a un auto de la policía hacia el lugar de los hechos, y ahí sí me preocupé. Y corrí como nunca había corrido, porque creí por un momento el Petiso Orejudo a punto de ser detenido.
Y como todo siempre vuelve al origen. Quiero terminar volviendo a Valparaíso, con otro asesino serial: Émile Dubois, quien también ha sido reflejado por la literatura y la literatura. Dubois fue condenado a muerte en 1907, cuando el Petiso Orejudo ya había empezado su saga de asesinatos en Buenos Aires. Pero a diferencia de él, no era un personaje del bajo pueblo, sino de la burguesía, un inmigrante con cierta formación, que había recorrido buena parte de Latinoamérica hasta radicarse en Chile. Fue tildado por los cronistas de la época como “el Robin Hood chileno”, porque sus víctimas eran usureros y banqueros. Émile Dubois usaba cuchillo y cachiporra y, como el Petiso, también embaucaba a sus víctimas. En este punto y, como un guiño borgiano, imagino un duelo entre él y el Petiso. Y como árbitro a Manuel Rojas. No sé qué me dice que el final está cantado.