Por Verónica Jiménez Dotte
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La mesita en el escritorio de Armando Uribe estaba llena de fotos de Cecilia en blanco y negro. Cecilia con modelos de los años 50, 60, 70; Cecilia en una foto central, con vestido de novia y velo de tul. La inquietante extrañez, ese título extravagante de un libro que reunió sus collages, tras su muerte en 2001, también estaba ahí, sobre esa mesa.
“Terminó como había vivido la belleza. La envidié antes de conocerla, y después de casados; y ahora se le envidia su muerte. Al mañoso, al imposible, lo supo llevar toda su vida como en andas”. Estas palabras fueron escritas por el poeta como epílogo de ese libro que reunía los trabajos de ella. Cecilia Echeverría comenzó a componer collages cuando la familia llevaba tres años en Francia, luego de haber pasado un año en Italia, todo eso después de que su esposo dejara de servir como embajador de Chile en Pekín. Después de 1973. Era el inicio del exilio. Luego de tres años en París, cada cumpleaños del poeta fue celebrado con un collage sobre la tapa de un librillo que ella armaba con versos escritos a mano por él.
Cuando Armando Uribe entraba en el escritorio, se sentaba en un sillón, desde donde podía mirar las fotos de su esposa sobre la mesita. Habíamos editado un libro y nos juntábamos para revisar otro. Yo tomaba nota de algunas conversaciones. “Bajo poco a esta habitación –contaba -. La mayoría del tiempo lo paso tendido en la cama, vestido, naturalmente, en mi dormitorio en el segundo piso. Lo paso leyendo o escribiendo, con el teléfono cerca por si alguien me llama”. Siempre respondía las llamadas amablemente. Siempre advertía que no podía conversar demasiado porque le faltaba el aire. Algo que para él no revestía mucha importancia, pues, lo repetía constantemente, le envidiaba a ella su muerte, aunque se cuidara un poco, aunque hubiera dejado de fumar, después de haberlo hecho por más de cincuenta años. Enfisema. Y claudicación intermitente, una enfermedad vascular que le provocaba dolores musculares en las piernas y en las pantorrillas. Siempre conversaba mucho, sin embargo, aunque de pronto se quedara sin aire. Entonces ejecutaba una especie de ejercicio respiratorio con los labios estirados como si fuese a besar el vacío.
Había dejado de escribir todos los días, como acostumbraba a hacerlo. Y, no obstante, anotaba versos en su libreta, en boletas, en cajas de fósforos, en cualquier papel que estuviera a su alcance. La escritura, decía, debía ser ad honorem. “El único trabajo que en verdad tiene que hacer el escritor es corregir el libro cuando ya está armado. Aunque ese no es en realidad un trabajo. No quería que el lucro lo rozara. “Tampoco el éxito, que es la sombra del lucro”, decía. Su particular rechazo al libro como mercancía lo llevaba a establecer otros acuerdos como compensación por sus derechos de autor: quedarse con algunos ejemplares para regalar personalmente a sus amigos y a su familia.
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Mientras vivió en Europa, Armando Uribe no publicó libros de poemas. En esa época, los más jóvenes descubrían en No hay lugar, de 1971, una escritura contundente. Su regreso como poeta lo postergó hasta hacerlo coincidir con su vuelta del exilio, en 1989, con la publicación de Por ser vos quien sois. Diez años más tarde, con Odio lo que odio, rabio como rabio, inició una arremetida editorial. Odio lo que odio es un libro que empieza con la muerte. Hay rabia y hay odio. Hay versos de 1997, año en que murió su hijo Francisco. El poeta se encerró en su departamento del Parque Forestal, que, después del fallecimiento de Cecilia, seguiría compartiendo con sus hijas Cecilia y Catalina y con tres nietos. De su hijo Pedro, el menor, quien vivía en París y trabajaba en una agencia informativa, recibía cada 15 días un portafolio con recortes de prensa con críticas literarias de todo el mundo. Así se mantenía al día respecto de lo que se publicaba en diferentes idiomas.
Uribe solía interrumpir las conversaciones para preguntar en voz alta:
-¿Eres tú Manuel? …. No, no quiero nada. Quería saber si eras tú el que anda por ahí.
-¿Llegaste, Titi? …. No, sólo quería saber si habías llegado.
Cuando comentaba sus años de exilio hablaba de “destierro”. Decía que se había encontrado con otro Chile a su regreso. Recordaba que a los 15 años del decreto “pinochetesco”, las listas firmadas oficialmente por el director de Investigaciones dejaron de tener efecto. Ley 78, de 1973. Quien osara pisar tierra chilena era penado con cinco años y un día, o incluso con la pena de muerte. “¡Pero no me iban a desarraigar de esta tierra mal nutricia!” Recordaba que el 11 de septiembre estaba a punto de tomar el tren hacia París, ciudad a la que había llegado en comisión de servicio, cuando escuchó la noticia en una radio francesa. Decían: ”Coup d´état en Chili”, ”Coup d´état en Chili”. Entonces corrió a comprar una radio portátil para ponérsela cerca del oído. Perdió el tren, y también los detalles de la noticia porque en el siguiente tren había demasiado ruido. Así comenzó su exilio. Al año siguiente, en 1974, se publicó en francés el Libro negro de la intervención norteamericana en Chile. Él mismo había estado al tanto de las acciones norteamericanas en el Ministerio de Relaciones Exteriores desde 1967. En el libro, postulaba que la intervención era uno entre varios factores que desencadenaron el golpe, pero, con el tiempo, comprendió que si no hubiese habido intromisión de Estados Unidos, simplemente no habría existido golpe de Estado.
Otro país, otra ciudad lo recibieron en 1989. La experiencia anterior a 1973 le pareció entonces ajena: su acreditación ante Naciones Unidas para asuntos de desarme y nucleares desde 1968, su cargo de ministro consejero de la embajada de Chile en Estados Unidos entre 1968 y 1970, el servicio diplomático como embajador de la República Popular China, desde 1971. En una ocasión, cuando parecía inminente una guerra con Argentina, tuvo intenciones de saltarse toda prohibición y regresar. Finalmente, cuando terminó su exilio, volvió. Y recorrió el país en 1990, en caravana desde Valdivia hacia el norte, acompañando a poetas en general más jóvenes y más entusiastas.
El teléfono sonaba seguido en el escritorio de Uribe. Él se inclinaba sobre el aparato que descansaba sobre un par de libros, levantaba el auricular y hablaba pausadamente. Decía: “Estoy bien, en general, bien”. Luego agregaba: “ Sí, pero hablemos en otro momento”. Muchos jóvenes sentían una especial admiración por él y llamaban a su casa. Le gustaba recibir gente. Así lo conocí, rodeado de personas. Esa vez, una artista plástica chilena radicada en París, Viviana Méndez, filmó una entrevista coral en la que participaron Alejandro Zambra, Kurt Folch, Adán Méndez y Juan Cristóbal Romero. Todos habían leído su obra y podían sostener con él un diálogo casi a su ritmo. La sala estaba inundada de humo –todos fumaban, también Uribe en ese tiempo –y la conversación discurría entre bromas y silencios torpes a ratos, debido a la presencia de dos cámaras que filmaban la escena. Solo él se manifestaba relajado y con el aplomo de quien desde hacía rato se había familiarizado con las performancesy los formatos multimedia. Ya había aparecido en varios videos filmados por Rodrigo Goncalves y otros tantos programas para la televisión.
“No sé cuánta poesía hay en los versos que escribo. Eso se verá después. Eso lo verán las personas que lean los libros en el futuro. Ahí va a quedar claro qué es lo que sobrevive como poesía de todo esto”. Era el tipo de juicios que hacía sobre sus libros. Decía que, como dice Freud, habría que ver en el futuro si había en sus versos “eso que queda en el camino entre el consciente y el inconsciente”. El desarrollo de esa idea era el siguiente: “El inconsciente no se puede conocer, pero es posible reconocer cuando las palabras provienen de él, como en los sueños, por ejemplos. Desde la adolescencia, cuando aprendí que existía en la psique el Inconsciente, he creído que este último está presente en todo el cuerpo, por dentro y por fuera, y que hay psique inconsciente hasta en las uñas de los pies, desde el pelo hasta éstas. De arriba abajo”. El inconsciente. De ahí proviene la poesía, afirmaba Uribe. “Incluso el lenguaje que algunos prefieren llamar coloquial viene del inconsciente. Nada de eso puede ser intencional. Por eso yo digo que se equivoca profundamente Nicanor Parra en su manifiesto. El habla, eso está en la poesía desde los antiguos. Eso no tiene que ver con un programa poético”. En su caso, afirmaba, no había programas. Escepticismo sí, algo saludable en un país donde el autobombo oscila como un péndulo. Poesía, también. Palabras cargadas de sentido, como sostenía Pound, a lo que Uribe agregó otro componente: emoción.
En 2004, Armando Uribe recibió el Premio Nacional de Literatura. “Uribe ladra pero no muerde –dijo esa vez el escritor Germán Marín a la prensa –pues si hubiera sido coherente con sus rabietas debería haber renunciado a este resabiado premio institucional, nacido de los poderes supuestamente culturales. Perdió la oportunidad de haberse hecho creíble en sus desplantes, que en verdad me parecen singulares y hasta simpáticos”. Los argumentos de su familia pesaron más en el minuto en que efectivamente Uribe pensaba rechazar el premio. Le dijeron que si no lo aceptaba, se tomaría su rechazo como un acto para atraer más publicidad que la que le traería el aceptarlo. No contradijo, entonces, al jurado, aunque sí expresó que el dinero que había de por medio le causaba vergüenza: 500 mil pesos mensuales eran tres veces un sueldo mínimo. “Soy un privilegiado por los ingresos que recibo –afirmaba –. No sólo por esta mensualidad sino que también porque tengo una pensión de la universidad de París que me permite vivir y mantener a mi familia, cuestión que ningún jubilado en este país podría afirmar”.
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Armando Uribe llevaba una vida austera. Lo que más tenía en su departamento eran libros, repartidos en varias habitaciones, en sencillos anaqueles o simplemente dispuestos en torres sobre el piso, arrimados a las paredes. Entre estos volúmenes estaban los suyos, perdidos en un mar de bibliografía, libros de poemas que siempre aumentaban en número, más una serie de ensayos que demostraban su gusto poético: textos en torno a Eugenio Montale, Ezra Pound, Giuseppe Ungaretti, Paul Létaud, Sixtus Propercio. Menos notoria que su literatura, su obra predilecta era un diccionario de términos de minería que le tomó ocho años realizar, a partir de fichas sueltas, y que publicó en Estados Unidos cuando fue profesor de ciencias políticas en la universidad de Michigan, en la década de 1960. “Ese diccionario creo yo que es mi mayor obra, la más importante en cuanto aporte al derecho minero”, opinaba. Sus papel en la legislación minera tuvo realmente alcances mayores que los de su diccionario, pues, como experto en esa área formó parte de la comisión encargada de redactar el decreto que nacionalizó la minería en el gobierno de Salvador Allende. Junto con ello, participó en ese período en la constitución de la Comisión Nacional de Energía Nuclear.
Uribe era múltiple en sus preocupaciones e intereses. Ideológicamente se definía como un cristiano de izquierda, con fe y esperanza en la vida eterna. “Mi fe es la católica cristiana y creo en todo lo que sostiene la Iglesia Católica Apostólica Romana, cuerpo místico de Cristo, en materia de dogma y de moral”, sostenía. Gozaba, según sus palabras, de un pesimismo primordial dado por el pecado original de la soberbia de querer ser, al igual que muchos, “como dioses”.
Junto al ventanal de su escritorio, se podía ver un collage que Cecilia Echeverría compuso el 2001 y al que tituló “Coágulos”. En él se aprecian cinco figuras humanas repetidas tres veces y una calavera con rostros de hombres en cada cuenca de los ojos. La composición es en rojo y negro. Él quiso usarla para ilustrar la tapa del libro que editamos en 2006, Apocalipsis apócrifo. En ese libro de prosa poética, Pinochet sufre las penas del infierno. Por aniquilar un país, por desgarrar a su gente, por lo homicidios.
El trabajo creativo –insistía –se iba haciendo cada vez menos intenso con los años. “Escribo acostado”, contaba. “¿Cómo acostado?” “Así, de lado”. Decía que escribía sobre lo mismo que había escrito siempre, la muerte, desde los catorce años, cuando compuso su primer poema. Pero se ocupaba tanto de la muerte como de la metafísica, la fe, las desigualdades sociales, la política y el amor, “entendido como enamoramiento”, aclaraba. “¡El amor que se conserva toda la vida con la persona que uno se ha casado para toda la vida! En mi caso ella murió y yo he conservado ese amor, y aún el enamoramiento, respecto de quien fue mi mujer durante cuarenta y cuatro años”. Contaba que, cuando ella murió, se volvió a enamorar. “Me ocurrió así no más, no es mérito mío”.
Una imagen suya entre tantas lo muestra así: bastante entrada la noche, se despide de mano diciendo que es hora de descansar, apaga la lámpara y cierra tras de sí la puerta de su escritorio, dejando las fotos de Cecilia sumidas en la oscuridad. Sube, entonces, las escaleras, muy lentamente.
Hace unos meses, un gracioso editó la página de wikipedia de Armando Uribe y lo dio por muerto. Algunos caímos en la trampa y reprodujimos la noticia en redes sociales. Una de sus sobrinas se encargó entonces de hacer el desmentido y la situación quedó ahí, como una mala broma que luego se cargó de otros significados. El más evidente tiene que ver con ese extraño sentido del humor chileno, tan ligado a nuestra idiosincracia como el comentario mal intencionado. Otro, menos aparente, es la convicción que un día se nos presenta: todos tenemos dos vidas hasta que nos damos cuenta de que solo tenemos una. “Como un viejo / de cinco años de edad meditaba en la muerte / revolviendo una poza con un palo” había escrito Uribe alrededor de los 37 años.
Tres noches lo velaron en su casa. Esta mañana, fue despedido por familiares y amigos en un funeral austero: asistieron algunos profesores de la Universidad de Chile, donde dictó clases ad honorem, hubo un discurso discreto y emotivo de parte del decano de la facultad de Derecho, no faltaron las palabras de rigor de un sacerdote, que podría haber citado versos de Por ser vos quien sois y que, inexplicablemente, no lo hizo. También llegaron a despedirlo algunos poetas. El mejor homenaje fue, sin duda, el hecho de que sus dos hijas y una sobrina cargaran el ataúd. Y que Santiago haya amanecido hoy con afiches en las paredes, que respaldan tanto el contenido de sus cartas abiertas, a Aylwin, a Edwards, a Frei, como esa afirmación suya de que Chile se acabó el 73: URIBE TENÍA RAZÓN dicen las calles.
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