Un legado de sabiduría, humor, poesía y música del mayor charanguista del mundo

 
 

La noticia nos golpeó el 7 de agosto. En La Paz falleció a los 82 años Ernesto Cavour. Las notas necrológicas y los homenajes publicados en la prensa lo recordaron como «el genio del charango» y «el mejor charanguista del mundo». Ambos calificativos no exageraron.

El recuerdo aflora con toda la nitidez que con los años permiten las trampas de la memoria. Debió ser en 1976, allá en el Quito andino del centro del mundo, cuando mi amigo Francisco Pareja me contó que en la Casa de la Cultura se presentaría Ernesto Cavour, desconocido para mí hasta entonces. «Es el mayor intérprete de charango, incluso tiene una versión completa de Las cuatro estaciones», me dijo.

Llegué hasta el pequeño anfiteatro Benjamín Carrión. Fue un concierto inolvidable, donde la riqueza de su virtuosismo musical se mezcló con la empatía que conquistó a un público mayoritariamente joven que, agotadas las butacas, le hizo ruedo sentado en el suelo en el propio escenario.

«Uy, qué miedo, tantas grabadoras, esto parece la CIA. A mi quinquirchito se le paran los pelos de susto», partió diciendo entre risas. En efecto, fue recibido por numerosos grabadores a pilas, donde dejamos registro en nuestros casetes de su presentación.

El quirquincho es el armadillo andino que habita parajes de Bolivia y Perú, y también al norte de Argentina y Chile. Con él nació el charango en Potosí en el siglo XVII, cuando la ciudad más rica de América del Sur albergaba unos 160.000 habitantes, más que París, Roma o Madrid. Fueron los mineros indígenas explotados en la extracción de la plata, quienes replicaron las guitarras y vihuelas procedentes del Viejo Mundo echando mano al caparazón de este animalito.

«Cierta vez un quirquincho/ por anhelante espera/ se quedó bien dormido:/ la culpa fue de su imilla/ Grande fue su sorpresa/ al despertarse llorando/ en la caja de un charango/ con la barriga vacía». Así inició su concierto Ernesto Cavour, con estos versos del Charanguito cantor que hacen referencia a los orígenes del instrumento, en una personificación del armadillo y de su hembra, a la que nombra como imilla, en alusión a la palabra aimara que define a una joven indígena.

Un relato poético y humorístico, amenizado como cortina de fondo con el rasgueo de las múltiples cuerdas, que acompañó otros versos: «¡Charango…!/ viniste al mundo/ cuando las sombras del mal/ aún no cubrían nuestro suelo/ Cuando se cantaba a la tierra/ con el más puro anhelo/ cuando se cantaba al sol/ a la vida agraria/ cuando la luna velaba/ el canto de los verdaderos…/ Cuando la misión musical/ era honrar a los dioses, / crueles y despiadados/ de las fuerzas naturales…». Un poema que recorre la historia de este quirquincho que creció musicalmente desde las serranías hasta urbanizarse en mercados, bares, cantinas, chicherías y carnavales.

El poema Al charango finalizaba con una ironía tal vez dolorosa: «Ahora, ante el corto tiempo/ de tu largo trajinar/ quieres volver a tu mundo/ lindo charanguito cantor…/ Mas el paisano sigue su jornada/ por estas tierras desoladas/ con el burro pensador/ y una radiecito a transistores/ juntito a su corazón».

Más adelante, adoptó ese tono entre serio y picaresco del hombre andino: «He perdido mi voz. Yo tenía antes una voz linda, redondita, como la de Gardel. La he perdido y tuve que buscarme una voz cualquiera, de cantor de cantina». Fue la introducción de su tema Árbol chueco, que arrancó carcajadas desde el comienzo: «Árbol chueco, árbol chueco, qué sensible te has formado, / inclinarte para dar sombra/ en vez de empinarte al cielo». Y más adelante: «Tiene tu tronco doblado/ mil corazones grabados/ de adulterios que perduran/ y amores desesperados».

Fueron divertimentos, que se alternaron con sus temas instrumentales, en un virtuosismo de un ejecutante que aclaró su condición de autodidacta: «Yo no sé teoría musical, nunca la he estudiado ni la he entendido. No logro comprender cómo una blanca vale dos negras, cuando más bien una negra equivale a dos blancas…».

Temas instrumentales dedicados «a la hembra más linda de América: la llama» y al «macho más macho: el burro». Piezas que ya forman parte de la antología del charango, como El vuelo del colibrí, que nos trasladó musicalmente a las evoluciones de esa hermosa ave. Historias narradas con sus cuerdas, al estilo de El caballo, la patada y el perrito, donde su charango imita el pesado trote del caballo, los ladridos histéricos del pequeño can, y la patada con que el equino lo hace callar y lo lanza dando botes por la polvorienta calle del pueblo. Fue como asistir a través del quirquincho a la cinta sonora de una película.

Finalizada su presentación, accedió gustoso a que lo entrevistara para la revista Nueva. Fue una larga conversación, donde pude empaparme del conocimiento y a la vez la sencillez de este maestro boliviano, filósofo a su manera, quien sin ninguna falsa modestia calificó de un juego su versión de Las cuatro estaciones y de otros temas del repertorio clásico universal.

Su mundo era lo andino. Incluso cargaba con alguna molestia su apellido Cavour, afrancesado por su abuelo que cambió la ortografía de Cabur, el patronímico original. Así, un buen tiempo actuó con seudónimos e incluso dio prioridad a Aramayo, su apellido materno. Su biografía registra que a los diez años juntó moneda a moneda para comprar su primer charango, y que tras su inicio de carrera como solista creó en 1966 el exitoso grupo Los Jairas, integrado, entre otros, por el suizo Gilbert Favre, quenista.

Favre regresaba de Chile, donde lo llamaron «el tocador afuerino». Fue el amor imposible y trágico de Violeta Parra, que le dedicó su canción Run Run se fue p’al Norte, con acompañamiento de charango, instrumento también de la partitura musical de Gracias a la vida.

Una exitosa gira por Europa coronó la existencia de Los Jairas en 1971. Cavour se desvinculó del grupo ese año al regreso a Bolivia, para dar vuelo a una trayectoria con nuevos conjuntos y a la vez consagrarse como solista, aunque habitualmente compartía escenarios y grabaciones con otros artistas y grupos andinos. En tanto seguía enriqueciendo su labor de historiador, investigador, recopilador e incluso lutier del charango, que con los años dejó definitivamente de fabricarse con el caparazón del quirquincho, ante el riesgo de exterminio de este singular mamífero americano.

En junio de 2019 dijo en una entrevista que había inventado unos treinta instrumentos, de los cuales cinco habían sido reconocidos o patentados internacionalmente. Entre ellos se incluyen, además de innovaciones del charango, varios modelos de zampoña. Se conserva una fotografía donde aparece tocando una suerte de flauta que es a la vez un diminuto charango. Todas estas creaciones, así como sus experimentaciones musicales que incorporaron temas con mandolinas, concertinas, guitarras e instrumentos de viento, deben estar en el Museo de Instrumentos Musicales, nacido como Museo del Charango, que Cavour creó en La Paz en 1962 y que cuenta hoy con unas dos mil piezas.

Fue sobre todo un embajador mundial del charango y la música andina. Sería largo enumerar aquí todas las distinciones que le otorgaron gobiernos, organizaciones internacionales, corporaciones culturales y ciudades. En dos ocasiones fue invitado por la Unesco a París. «Recorrí toda Europa, tres veces en Francia, estuve en la Unión Soviética. Viajé por Estados Unidos y por toda América, hasta Tierra del Fuego. Tuve actuaciones en Japón con mi propio conjunto, dimos 60 conciertos», recordó en esa entrevista de 2019 con el diario Los Tiempos.

«Muy apenados por el fallecimiento de nuestro hermano Ernesto Cavour Aramayo, gran maestro del charango y promotor incansable de la cultura boliviana», escribió el 7 de agosto el expresidente Evo Morales. Otro exmandatario boliviano, Carlos Mesa, dijo que «él y el charango eran una sola entidad (…) Mi más rendido homenaje a su partida».

«Hoy es un día muy triste para la música de nuestro continente por tu partida querido maestro, hermano y amigo Ernesto Cavour. (…) Con nosotros se quedan los sonidos virtuosos de tu charango y esa enorme dimensión de tus composiciones las que viajaron deleitando a millones por el mundo desde tu querida Bolivia. ¡Gracias por tanto querido Ernesto!», escribió desde Chile el grupo Illapu.

Los navegantes de YouTube, Spotify y otras plataformas de almacenamiento y difusión musical, tendrán ahora una buena razón más para rastrear y deleitarse con el legado de este gran charanguista. Por ahora, hay que despedirlo como se despide a los artistas excepcionales: con una ovación.

Publicado originalmente en https://www.meer.com/es

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