Nuevas y viejas heterotopías: El libro sobre Grindr de Juan Pablo Sutherland

Por Adrián Melo

Con la experticia de un académico, marcos teóricos provenientes de la sociología, filosofía y la antropología urbana y apelando a la crónica y la autobiografía, en “Grindermanías. Del ligue urbano al sexo virtual” Juan Pablo Sutherland logra una potente descripción de la aplicación de citas más usada por los gays de la segunda década del siglo XXI. A su vez consigue páginas de bello lirismo y una crónica de época que entrelaza aspectos culturales, económicos con las nuevas formas de erotismo

A esta altura no es grandilocuente afirmar que Juan Pablo Sutherland (1967) es el referente cultural y militante contemporáneo por antonomasia de la comunidad LGTBIQ chilena. A su vez, como pocos en el escenario intelectual latinoamericano conjuga el activismo político, la exquisitez literaria y la rigurosidad académica.
Autoproclamado gay y comunista, desde esas dos identidades, Sutherland supo poner el cuerpo en las calles en tiempos que implicaba un riesgo de vida: la larga noche de la dictadura pinochetista. Asimismo, acérrimo enemigo de todo lo que suene a neoliberalismo, en los últimos años tuvo una elocuente participación en el proceso que culminó con la derrota de Piñera. Desde 2018 ésta se materializó en la Guerrilla Marica: un carnaval de travas, tortas y locas que, con barroca presencia y banderas multicolores inundaron el espacio público santiaguino y se enfrentaron a la violencia carabinera reivindicando lo anormal de cuerpos distintos y almas travestis, lo andino y lo punkie.
La misma coherencia sostuvo Sutherland desde una obra literaria en la que confluyen diversos géneros: el ensayo, la ficción y la autoficción y la crónica, entre otros. En libros de relatos tales como “Ángeles negros” (1994) y “Santo roto” (1999), en proclamas icónicas de las sexualidades disidente como “Nación Marica: Prácticas culturales y crítica activista” (2009) o en ejercicios de autobiografía como “Papelucho gay en dictadura” (2019), Sutherland no ha cesado de celebrar la pansexualidad, el erotismo proletario, yonqui y marginal y la necesidad de emprender una lucha intersectorial – en donde confluyan las luchas de clase, género e identidad andina- como la única posibilidad de redención social y sexual.
Con la publicación de Grindermanías. Del ligue urbano al sexo virtual, Sutherland se consagra como el gran cronista del erotismo marica de nuestro tiempo al explorar la aplicación de citas que nacida el 25 de marzo de 2009 parece haber transformado definitivamente y a nivel global las prácticas sexuales de la comunidad LGTBIQ.
Para ello y como es frecuente en su literatura, Sutherland pone el cuerpo, es decir, narra en primera persona y se desnuda literalmente tal como suele ocurrir en el escenario virtual de su objeto de estudio. Su texto se presenta como “una bitácora crítico-marica” que analiza la red geosocial contemporánea paradigmática partiendo de sus propias experiencias de sexo químico junto a un amante con quien busca tríos sexuales desde sendos departamentos del barrio de Bella Vista. En esas descripciones de noches interminables plenas de concupiscencia salvaje y cocaína, de intercambio de fotos íntimas (algunas de las cuales ilustran pedagógicamente el libro), transcripción y capturas de pantalla de chats que parecen salidos de una vieja revista porno, revelación de morbos sexuales y fetichismos sexuales, homoficciones, compulsivas búsquedas de miembros grandes, “Grindermanías…” logra un sincero y potente retrato de época. Asimismo, uno de los grandes méritos del libro es alcanzar belleza literaria en la vulgaridad de ciertos pasajes de sórdida existencia marica.
A su vez recurre a un profuso marco teórico que va desde Michel Foucault, Didier Eribon, Frederic Jameson, Raymond Williams, Herbert Marcuse, pasando por Juan José Sebreli, María Moreno, Flavio Rapisardi, Alejandro Modarelli, Gonzalo Asalazar, hasta llegar a poetas y escritores tales como Pedro Lemebel, Witold Gombrowicz Porfirio Barba Jacoh y Néstor Perlongher (que además fue sociólogo). Así logra un brillante recorrido histórico de distintas formas de amar y vivir el erotismo y el sexo de la comunidad gay. Para Sutherland nada es desechable para ese fin: por sus páginas desfilan también íconos de la llamada baja cultura o de la pornografía como la actriz Linda Lovelace de “Garganta Profunda” o el actor porno gay paradigmático de los noventa Jeff Stryker.

Desde la ronda nocturna callejera al yire virtual


Caracterizado por el autor como “mercado de cuerpos”, “vitrina de carnes” hechos a la medida a partir de la estrategia del fotoshop, Grindr supuso una “hipérbole espacial” que “virtualizó el antiguo cruising, que conocimos la mayoría de los gays, maricas y locas alrededor del mundo urbano durante gran parte del siglo XX y los primeros años del XXI”. Y a la vez, que por primera vez en la historia puso al sexo a una pantalla de distancia y al alcance de la mano con un simple deslizamiento de dedos sobre el Smartphone, privatizó en la red el deseo colectivo y neutralizó la visibilidad callejera y el deambular sexual de las locas.
Sutherland analiza las maneras en que, por un lado, Grindr funcionó como un rayo exterminador que culminó – o redujo a nivel espectral- con una histórica tradición rebelde de “yire” o “callejeo” marica en busca de sexo anónimo en lugares públicos que desafiaba la lógica panóptica y moral de las grandes ciudades. “De la calle pasamos a la cabina de internet (ciber) y luego al dormitorio de tu casa o departamento”. Por otro lado, paradojalmente, al mismo tiempo materializó la utopía de la visibilidad gay y la distopía de la vigilancia policíaca a partir de su rasgo más específico: la geolocalización, la ubicación proyectada de todxs los usuarios en un radio que el consumidor puede definir.
Apelando a la autobiografía, a la erudición y a la clave histórica, Grindermanías… alcanza reflexiones profundas con interesantes ramificaciones. Así, en un apartado, una historia de la fotografía a vuelo de pájaro, le dan pie al autor para reflexionar sobre las connotaciones simbólicas del pasaje del clásico álbum familiar a la selfie como archivo digital actual. Es decir, la selfie, formato impensable en otros siglos, parece encontrar su correlato en el Zeitgeist presente: el triunfo del individualismo, la idea del sujeto neoliberal que se crea a sí mismo, que reniega del amor -la búsqueda del amor no parece encontrar espacio en Grindr- y se halla existencialmente cada vez más solo.
No desprovisto de humor, en el capítulo VII, el autor describe el menú de chicos que ofrece la aplicación y que parece una novedosa forma de autoclasificación de los sujetos que hubiera espantado a Foucault: el musculoso y especular que busca como objeto de deseo a su propia tribu de gimnasio; el guarro y adicto al sexo; el antinormativx; el chico sano/ bueno que frecuentemente de manera falaz solo dice buscar amistad; el homonormativo que desprecia las plumas y los afeminamientos; entre otras formas de homoficción.
A ellas le opone las de los tipos ideales que solía conocer en las saunas de los tiempos dorados del carreteo: “El pelao rico/ el viejo verde/ el chico empeñoso/ el musculoso / el par de clones / el alto / el gordo/ el flaco/ el guarro / el estiloso / el tímido/ el lanzado / el inocente / el insolente / el ingenio / el peludo/ el lampiño / el deseoso… el bello / el músico / el artista/ el peruano / el morocho/ el argentino/ el mentiroso…”
Precisamente, algunas de las páginas más iluminadoras del libro son las que contraponen nuevas y viejas prácticas eróticas: “Recorro el 282, sauna emblemático de la zona gay de Santiago, y contemplo algo así como Pompeya congelada sin sus habitantes… Merodeo por el primer piso y pienso en la cantidad de gente que conocí aquí cuando terminaba la juerga intensa en las discotecas o fiestas privadas de BellaVista. El pasillo estrecho nos recibe, la entrega de ropas, pagar, la tarjeta, las llaves, la toalla, las chalas clásicas de plástico, pido número cuarenta y dos y la ficha para cruzar al otro lado, Esa sola escena de entrada parece ahora un tiempo extraño o enajenado, ido, que incluso no tenemos la certeza si volverá… El segundo piso del sauna continúa vacío, la habitación donde vivíamos las orgías se ve más grande, apenas reconozco el lugar, Un rayo de sol se filtra por la habitación. Ahora se ve gigante y en silencio…”.
Sutherland establece una relación entre la irrupción de la pandemia del sida en los años ochenta en San Francisco, Nueva York o Berlín y el impacto de la nueva pandemia versión siglo XXI. Según testimonio de Foucault, frente al sida y a una peste medieval que parecía seleccionar sus víctimas según los pecados, las saunas habían reaccionado creando una especie de nueva solidaridad y amorosidad entre sus moradores sobrevivientes a quiénes unía el orgullo poético de pertenecer a un grupo social. “Un cáncer que mata solo a los homosexuales. ¿Qué sería más bello que morir por el amor de los muchachos?”, expresó una vez el filósofo francés. Por el contrario, frente a la nueva peste versión siglo XXI que no hizo demasiadas distinciones salvo las “naturales” basadas en la edad y las enfermedades pre-existentes, la comunidad no generó pertenencias y apeló a redes sociales que, como Grinder, frecuentemente nos dejan más aislados en la confortabilidad de los hogares burgueses como correlato de un neoliberalismo ecónomico consolidado.
Pero Sutherland no cae en idealizaciones del pasado ni en la fácil tentación de la nostalgia. Porque para él, el callejeo y Grinder tienen potencialidades conservadoras y subversivas. Como un experto sociólogo o antropólogo urbano Sutherland concibe que “las rutas del deseo son fragmentos de nuestras biografías urbanas” y tan solo le sirven para escribir un verdadero manual del erotismo gay de finales de siglo XX y comienzos del XXI, un libro de historia, un ejercicio de memoria colectiva en el que muchxs podemos sentirnos identificados y la autobiografía de su existencia alucinante.


Una primera versión de este artículo salió publicada en el Suplemento Soy de Página 12.

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