Por María Pia López
 
Horacio González escribía con urgencia y quizás con desesperación. Dejó dos libros inéditos y terminados. El anteúltimo en ser escrito y último en ser publicado (Fusilamientos. Muerte en primera persona) cierra con el elogio a la deserción, que no sería un acto de cobardía, sino la búsqueda de “esa vida agreste soñada por la curiosidad, que era el impulso que permitía que no se volviese atrás, por más que dos lagrimones escaparan al ver las luces de las últimas poblaciones.” Martín Fierro retorna en esa cita y su vuelta, como tantas veces, trae el hilo de lo popular irredento, como ocurrió en tantas revisiones y citas que de aquella obra hicieron obras culturales y actos políticos. Ese final también es una despedida y una apuesta a lo desconocido. ¿Podemos interrogar esa imagen, la del amigo que se retira a otros territorios, desde estas últimas poblaciones?
Retrato de espaldas. Viéndolo irse, pero también memoria de su perseverancia vital, la que lo hizo conversar, dar clases, organizar, leer, escribir, amar, militar. Fue director de la Biblioteca Nacional, durante doce años. En el discurso de asunción la imaginó como una nave y un yacimiento, la promesa de un esfuerzo colectivo, capaz de recrear tramas laborales, pensamientos críticos, innovaciones culturales. Convirtió a la Biblioteca en el núcleo vivo de los debates argentinos. Él se definía como un funcionario libertario -cuando esta palabra aún no había sido mancillada por los propagandistas de la devastación-, lo cual implicaba un modo de estar en las instituciones tensionando sus límites, sus rutinas coactivas, sus renuencias a abrir nuevas zonas del hacer y el pensar. Pensó la Biblioteca Nacional en su engarce con historia de la la nación misma, por eso cada paso que allí se daba contenía, de algún modo, los enteros esfuerzos por la justicia social en el país.
Horacio escribió decenas de libros y se desperdigó en la generosidad de las charlas, clases, conferencias, artículos en diarios y revistas. Difícil de reunir en su vastedad. Quizás sea parte de su humorística demostración de que un archivo siempre es lacunar y una catalogación inconclusa, porque un texto más aparecerá para desmentir la totalidad anterior. No se trataba sólo de prodigarse ante la demanda ajena, por considerar que una negativa siempre porta algo de brusquedad. Más bien se trataba de una confianza extendida sobre la fuerza de la palabra, su capacidad de circular por los intersticios y despertar una vocación dormida, una intuición desdibujada antes, un entusiasmo político postergado. Confianza y profundo amor por la escritura. Si la pensamos así, el cuidado del estilo no es una preocupación formal sino resultado de la exigencia para encontrar esa palabra viva en la que algo respira.
Alguna vez, Horacio González definió el ensayo como el género que no se detiene en considerar un objeto como problema, sino que trata del mismo modo -problematizando- sus condiciones de escritura. Nada estaba garantizado de antemano, porque aún las condiciones mismas del pensar debían ser interrogadas. Una suerte de fenomenología salvaje, que impedía la detención. O un arte de las variaciones, que existe en esa tensión hacia lo que viene. Su oralidad, como muches recordarán, era prolífica, derrochona, y mantenía un hálito de suspenso: sin partitura explícita, dejaba a quienes escuchaban en una espera un poco angustiante, de esa palabra requerida para que la bella lucidez sea consumada. Lo hacía y quizás esa haya sido su magia: el bamboleo sobre un hilo, un cierto temblor, un arrojo intempestivo.
Su magia: no caminar por los senderos consabidos, seguros. También, la de la rebelión ante los mandatos de cada época. Profesor, no dejó de abrir para les más jóvenes, la posibilidad de comprender el pasado, de aprehenderlo no como un objeto en la mesa de disección, sino como una fuerza que repone un canto inconcluso, unos restos para incorporar a un bricolaje, unos carbones para soplar y que se enciendan. González escribía y militaba para perseverar en la apertura de un horizonte histórico, en la apuesta a formas de vida emancipadas, a no dejar de señalar lo que de insoportable tiene el daño cotidiano sobre las existencias que produce -y aniquila- la razón del capital. El último libro que escribió es Humanismo. Impugnación y resistencia. Se trata allí, dice, de abonar a “un humanismo crítico, es decir, de nuevos movimientos nacional y populares”, de un llamado a actuar “con decisiones más osadas ante los peligros que cada día se ciernen sobre la humanidad. Y es así que con esta postrera frase este libro llega a su fin”. Deja así, tras de sí, entre nosotres, el don de un pensamiento impar y una exigencia insoslayable. Quedamos a sus espaldas, viéndolo partir, para sostener fugas, creaciones, nuevos territorios, antiguas deudas.
 

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