Por Javier Agüero Águila

Me voy a referir a entrevistas dadas en diferentes medios por dos personas que están en las antípodas. Una fue en un medio televisivo y la otra en uno escrito.

Me he venido preguntado, hace días, qué culpa tiene el hermoso color amarillo. El amarillo del limón maduro, de las abejas, del sol, de la flor del diente de león, ¡de los girasoles de Van Gogh!

De alguna distorsionada y hasta patológica manera, en el Chile de hoy el amarillo ha sido apropiado por un sujeto llamado Cristián Warnken, el mismo que abandonó el reducto que le era, digamos, natural y donde se desenvolvía hasta con cierta gracilidad; este lugar era el de un profesor de literatura proveniente de una élite culta (es sobrino de Enrique Lihn, nada menos), que supo vulgarizar –entiéndase esta palabra en el mejor de los sentidos– el pensamiento y la literatura misma a través de ese clásico programa de televisión que a fines de los años 90 se tituló “La belleza de pensar”.

Alguna vez le tuve respeto, debo confesarlo (a esta altura es casi un pecado decir lo anterior, por eso lo de “confieso”). Conversó con elegancia y nobleza con gente de la altura de Paul Ricoeur, Nicanor Parra, François Jullien, José Saramago, Roberto Bolaño, Elicura Chihuailaf, en fin, con todo un gran ecosistema de estrellas venidas todas ellas de diferentes y hermosas constelaciones, tratando –tanto como se pudiera– de acercar a la gente, los domingos por la mañana, la belleza de la palabra, la voz y la escritura. Al menos yo, veinteañero por esas épocas, sacrificaba esa mañana dominguera y adolorida y abría los ojos de manera sobrenatural para ver a las 9 am la edición del programa que lanzaba Canal 13.

¿En qué momento Warnken quiso transformarse en el gurú de la ponderación y la voz rampante de un discurso vacuo, invertebrado y en sí mismo ilegítimo y populista? ¿Cuándo pasó de ser un amante de las letras a un pseudo intelectual orgánico cuyo discurso reaccionario, y repleto de pifias, no revela otra cosa que una función utilitaria financiada por grandes capitales y auspiciada de manera grotesca por los grandes medios de comunicación? En definitiva: ¿cuándo abandonó la belleza de pensar y dio el salto a la ordinariez del burdo proselitismo?

En cada una de sus apariciones, en las que siempre insiste que viene de la “izquierda”, Warnken ecualiza bien la estética del demiurgo con el de cualquier hombre de la polis, en otras palabras, entre un dios y cualquier cristiano de a pie. Sabe hacer llegar, como todo buen blufeador, su mensaje en el cual se decolora impúdicamente el precioso amarillo; impacta en las masas, como todo discurso estrecho intelectualmente pero preciso en su formulación populista; es caja de resonancia y se instala gracias a los grandes medios intentando anestesiar con un puro manotazo verbal un proceso social de enorme contundencia y que debería parir una nueva Constitución, un nuevo vínculo porvenir. Pero Warnken no entiende nada de esto… nada.

Para Warnken, la Convención Constituyente (tan absolutamente legítima en el sentido más propiamente histórico, político, social y democrático de la palabra) no se trató más que de un crucero por el Caribe para maximalismos ultrones, en el que las identidades de todo orden se dieron “gustitos” –como si los pueblos originarios, las mujeres o las y los medioambientalistas fueran minorías sin historia y cuya postergación no fuera más que un capricho de revindicadores/as recalcitrantes– y en el que la izquierda se salvajizó tomando venganza por todo lo que se tuvo que morfar durante más de 40 años con la Constitución de Pinochet y Guzmán como siniestro telón de fondo.

El domingo recién pasado, en el programa “Mesa central”, de Canal 13, se tiró joyas como: “Seguimos manteniendo la última esperanza de que tal vez en este proceso último que queda (Armonización) haya un instinto democrático (…) que nos exponemos al Rechazo y a dividir al país”. ¿“Instinto democrático”? ¿Acaso la Convención Constituyente no es fruto del más genuino alzamiento popular (18 de octubre) que se codificó institucionalmente en 3 plebiscitos antes de llegar a su conformación final? No hay soporte, no hay densidad, sólo la desfachatez mediática de un sujeto que de performances televisivas sabe, pero cuya prédica náufraga se diluye en la galaxia más grosera del ignorantismo proselitista pero, no por eso, genuinamente peligroso (como su última “Alerta roja”; otra vez un hermoso color sacrificado en manos de la agazapada enajenación rechacista).

Podría seguir, pero sería demasiado, y no es menor la distorsión cognitiva que me genera el tener que dedicarle tantas palabras a este autoimpuesto héroe amarillo y sus huestes que se consideran a sí mismos los depositarios primeros y últimos del futuro de Chile. Pero es preciso apuntar que, antes de decir lo que acabo de citar, Warnken señaló: «Me comprometo a que Amarillos va a leer el borrador». O sea, todo lo que lanzó fue una perorata creada en el celo de la reacción sin sustancia, oportunista, sin darse el trabajo de leer el borrador famoso y, seguramente, obligado a responder a los poderes que tras él se mueven como las sombras en la caverna, de espaldas al mundo.

En el otro extremo, en distancia sideral y considerando las infinitas leguas que podrían recorrerse de polo a polo, aparece otro sujeto, uno que en realidad no es “sujeto” porque nada lo coacciona ni lo organiza de cara a la época y al tiempo histórico. Hablaremos, mejor, aludiendo a la distinción que hace Alain Touraine, de “individuo”; de aquel que se agencia en el mundo, que es singularmente él mismo sin sacralizar esa singularidad ni saboteándola como “individualidad”, sino que, poniéndola siempre al servicio de lo colectivo, de lo común. Sumamos a esto la experiencia, la sensibilidad, la profundidad, el saber de qué van “las palabras y las cosas” toda vez que una sociedad se ve estremecida por la fuerza de la historia y las convenciones, también, se ven sacudidas. Me refiero al sociólogo Manuel Canales, el individuo.

Nada más advierto que nadie me paga por decir lo que digo, soy absolutamente independiente y, salvo por el respeto a su modo de pensar y sentir el tiempo político y social que me merece Manuel, no hay deudas ni saldos de ningún tipo entre nosotros. Tampoco soy parte de ningún equipo que él dirija en la actualidad.

Hablo como un ciudadano más y como un profesor de filosofía que, desde una universidad regional, intenta, con dificultades, comprender el centro y los bordes de una realidad fragmentada, craquelada por la erosión del tiempo, de la historia y la barbarie y que, al día de hoy, encuentra huellas en hombres y mujeres que permiten despejar ese “oscuro bosque de la duda” que recorrieron Dante y Virgilio en la Divina comedia. Uno de estos desmalezadores del bosque sería, para mí, Manuel Canales.

Sobrio, sin caer en la búsqueda frenética de los flashes ni menos apuntando a algún color que reivindique la desmantelación de un proceso extraordinario que habla por sí mismo, Canales se pronuncia desde un lugar que es distinto al de los y las intelectuales que piensan el proceso de manera sistémica. Lo anterior está bien, es necesario y requiere rigurosidad y sistematicidad. Sin embargo, Manuel se sitúa al margen de estas corrientes sin desconocer, sin ningunear, sólo proponiendo otra voz, una alter-nativa que permite hacer descoincidir (palabra de François Jullien) lo normal consigo mismo y abrir entonces a lo que, y en nomenclatura weberiana, es lo sustantivo.

En una entrevista aparecida ayer lunes en La Tercera, Canales sostiene la tesis central de que: “Los avances constituyentes son extraordinarios, pero no son las prioridades de octubre”. Aquí hay una lectura principal –en el sentido de principio–, no se le resta excepcionalidad al proceso constituyente, pero, ciertamente, la digitación de las demandas de octubre en formatos institucionales dio paso a algo diferente al grito de millones que se desparramaron por las calles de todo Chile aquel mes de 2019.

En este sentido, lo que Manuel Canales propone a modo de una elipsis teórico-experiencial es que, más allá de que todo lo que se ha logrado con la Convención no es reconocible en ningún otro momento histórico, siempre habrá una deuda con aquel octubre, un saldo ético o una suerte de resto estructural que jamás logrará ser identificado en un artículo o en una norma de no importa qué índole. Y es que a ese octubre le debemos respeto y no podemos, en la vorágine de lo defensa de la nueva Constitución, necesaria y justa por supuesto, recuperarlo en la absoluta inmensidad del acontecimiento que fue, que irrumpió sin avisar, sin mesianismo alguno, solo como la noble y extraordinaria fuerza de un pueblo sofocado que se recuperó en las calles haciendo tambalear a la institucionalidad de un país entero.

Más adelante en la entrevista Manuel Canales dice: “No habrá normalidad, no habrá orden público, si no hay un nuevo orden político. Y no habrá ese nuevo orden político si no hay un nuevo orden social”. Estas son palabras que deberían impactarnos. No es solamente la correlación de efemérides sociológicas lo que se está señalando, sino una verdad que pareciera irrefutable y que no requiere ni de estadísticas ni de encuestas. La palabra que se repite es “orden”, pero él la hace resignificar en una trama semántica de enorme intensidad.

Si lo leemos a la inversa, la frase podría quedar de la siguiente manera e igual tendría todo el sentido: “No hay orden social sin un nuevo orden político que controle entonces el orden público”. Funciona igual. Es un guion breve pero virtuoso en cada letra, puntualizando en su semántica precisa lo que un país como Chile, en su sociología más profunda, debería buscar al día de hoy, no con un menor sentido de urgencia.

Creo ver en su relato, también, una crítica al eufemismo o lugar común de entender a la nueva Constitución como “La casa de todos”. Ninguna Constitución en ningún país del mundo ha sido la “casa de todos”. Siempre hay ganadores y perdedores; esto es política y la política es disputa, pugna, antagonismos y desenlaces en los que, por lo general, y como ha ocurrido en Chile hasta hoy, han ganado siempre los mismos: la oligarquía original, el alfa y el omega de un pueblo que ha sabido de rebeldías esporádicas, pero que desde la más temprana colonización le tocó asumir la sumisión como el “estado natural de las cosas”, y que hoy por primera vez se acerca a algo así como la autodeterminación.

Todo/a aquel o aquella que piense que la emergencia de una nueva Constitución significará que los 18 millones que somos nos tomaremos de las manos y caminaremos juntos hacia un horizonte pletórico de reconciliación en el que se olviden nuestros dolores, los abusos, las heridas infringidas por siglos, los navajazos por la espalda, etc., está o hablándole a la galera o simplemente fumando opio del bueno.

En este sentido, el sociólogo Manuel Canales no persigue la estructuración de un sistema en el sentido mecánico del término. Tampoco da recetas, planes A, B o Z, en caso de ganar el Rechazo. Su naipe es la de un jugador que apuesta desde la experiencia y entiende la rotunda y paquidérmica transformación que ya operó, y que en esto ya no hay vuelta atrás. Casi daría lo mismo quien gane o quien pierda: Chile ya se transformó y, según lo que yo interpreto, no se “detienen los procesos sociales” por más que, en este tramo intensísimo de nuestra historia, la historia misma se descarrile.

Borges decía que el amarillo era el color de la ceguera. Ni siquiera ese color ni esa ceguera se las regalo al cantinfleo descalcificado y de opereta bufa, simplona y vulgar de Cristián Warnken.

En individuos como Manuel Canales no reconozco sólo la profundidad y sensibilidad para leer una época, sino que un amor por la alteridad (sociedad) que no capitula. Quizás sólo de esto se trate la verdadera sociología.

Javier Agüero Águila
Director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule.
 
Publicado en El Desconcierto originalmente.

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