Por Alejandro Machuca Carvajal
 
¿Hasta cuándo seremos comparsas en un torneo que ya no tenemos posibilidades de ganar? ¿Por qué aceptamos que clubes de otros países, especialmente brasileños, se lleven todos los títulos sólo porque pueden pagar mejores planteles por recibir muchísimo más dinero por derechos de televisión? ¿Acaso eso no es lo mismo que “comprar títulos”? ¿Acaso esta situación no ha transformado a la Copa Libertadores en una “competencia de billeteras”?
Siempre ha existido en Sudamérica supremacía del fútbol brasileño, argentino y uruguayo, tanto en selecciones como en clubes. En Copa América entre Argentina, Uruguay y Brasil han ganado 39 de las 47 veces que se ha disputado. En la principal competencia de clubes, los equipos brasileños, argentinos y uruguayos se han llevado 54 de 62 Copas Libertadores.
Sin embargo, mientras en selecciones la brecha se ha ido acortando, a nivel de clubes la supremacía de Brasil es cada vez mayor, relegando incluso a un segundo plano a los argentinos y mucho más atrás a los uruguayos, que no ganan la Copa Libertadores desde 1988, década en que Nacional y Peñarol la obtuvieron 4 veces. Desde el 2010, en las últimas 12 ediciones, sólo en 4 el campeón de la Libertadores no ha sido un club brasileño.
A mi parecer, esta creciente supremacía es artificial y es una consecuencia indeseable del inmenso negocio de la televisación por pago de los campeonatos nacionales. Si bien los derechos de televisación han traído estabilidad económica a las competencias nacionales, como por ejemplo la chilena, han generado enormes diferencias de recursos entre los clubes de los distintos países. Los equipos brasileños, en un país con 214.000.000 de habitantes, recibirían 11 veces más que un país con 18.000.000 como Chile. Son simples matemáticas.
Entonces, el dominio creciente de los últimos quince años de los clubes brasileños no obedece a un mejor trabajo deportivo, dedicación o gestión.
En competencias como la NBA, la Premier League o actualmente la F1, se aplican medidas que protegen la competitividad, por ejemplo, limitando presupuestos. En la Fórmula Uno, los equipos tienen un presupuesto anual de $150 millones de dólares. Antes era ilimitado y algunos equipos triplicaban ese gasto mientras que otros ni siquiera lo alcanzaban.
La Conmebol debe corregir la inequidad deportiva generada por el negocio de la televisión por cable. Tal vez limitar los costos de las plantillas con que los clubes se presentan a Copa Libertadores puede ser una medida eficiente.
Asimismo las cadenas deportivas deben entender que cometen un error al privilegiar el beneficio económico: entre más exitosos sean determinados clubes, más abonados tienen y los réditos de comercialización publicitaria de las fases finales aumentan significativamente en la medida que participan equipos de países con mayores audiencias televisivas.
En este modelo, los clubes chilenos pasan a ser como esos boxeadores “paquetes”, que los promotores llevan a los campeones para que se luzcan, los noqueen, aumenten su palmarés y ganen más dinero.
¿Estamos dispuestos a seguir siendo tratados como “arroz graneado”, es decir, que nos falten el respeto, usándonos como simples acompañamientos?
 
 
 

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