CHILE INVUNCHE O DEL MAL GUSTO

Por Sebastián Diez Cáceres

Ilustración Mauricio Paredes

I
Hay una manía por el mal gusto en la historia del país. Desde las tantas poblaciones llamadas Los Hundidos fundadas en diversas ciudades hasta saber que Conchalí significa caca seca en quechua. Se ha planteado desde el origen como escenario o gusto efusivo. El último gobernador realista antes de la reconquista, al que procedió el anciano Mateo de Toro y Zambrano en julio de 1810, era un conocido mujeriego y ludópata, asiduo a las batallas de gallos. Solía cortarle la cabeza con las propias manos al gallo perdedor. El cabildo abierto que se convocara ese septiembre no estaría exento de mal gusto. Se declaraba aquel día en un documento, audazmente, fidelidad al rey no así al reino por lo que, mientras aquel estuviera cautivo en manos de Napoleón, se levantaría un gobierno promisorio. Se celebró esa noche con fuegos artificiales y abundante vino. ¿Celebraban que el rey estuviera preso? No había intenciones de maquillar. Con las exaltaciones independentistas y el arribo de José Miguel Carrera, se consolida la patria, pero en manos de un impulsivo de veintiséis años. Tendría que frustrar un golpe de estado comandado por su hermano un tiempo después. Nada que una barata película de acción gringa envidiaría. Cuando la reconquista ya era un hecho y desembarca en las costas de Chile Casimiro Marco del Pont, nuevo representante de la corona quien llegaría a consolidar las desvaídas instituciones coloniales, lo trataron de afeminado. Traía adminículos de uso, pero exclusivos ya en Europa. Su refinamiento fue catalogado de afeminado no por la opinión vulgar sino por el mismo Barros Arana, historiador fundamental, serio. Joaquín Edwards Bello, quizás por haber vivido en carne propia dicha catalogación (con razón pues sí era homosexual) dice que ello respondía a una cultura chilena aún en el retardo civilizatorio. “En Santiago no había vidrios, ni letrinas, ni más alumbrado que el de las velas de sebo”, dice en un texto alusivo a del Pont. Y en otro: “El héroe de la guerra contra los franceses se convirtió en cobarde y afeminado. Le convertimos.”
El mismo Edwards Bello en su libro Mitópolis (1973), que es pionero del trabajo desmitificador y divulgativo de la historia de Chile, nos cuenta de una práctica arraigada en los brujos mapuches, el llamado “invunche”. Éste trata de la captura de un niño, idealmente blanco, al que desfiguran de los modos más inimaginables, en un acto sádico incomprensible que procura por todo medio afear lo bello. Cita a Julio Vicuña Cifuentes: “Para transformar a los niños en invunches los brujos les cosen los portillos del cuerpo. Les ponen la cara vuelta hacia atrás y una pierna adherida a la espalda.” Quizás haya algo de esta manía por afear arraigado en lo más hondo del alma chilena, como la llamaba Pezoa Véliz. No sé ustedes, pero ya el lema patrio me provoca un cringe inusitado. Por la razón o la fuerza. Es una provocación, una choreada per sé. Se le dice a alguien que si no entiende a palabras pues tendrá que entender a golpes. No es amigable, no es protocolar.
Fuimos conquistados por delincuentes rehabilitados y analfabetos, todos venidos de Extremadura, la región más atrasada de España. Según el cronista Mariano José de Larra, sus habitantes eran vulgarmente llamados choriceros. Venir a sortearse la vida a tierras tan extremas era misión de quienes no tenían mucho que perder. Las ilusiones de riqueza en oro, la búsqueda del Dorado y otros mitos, impulsaron a muchos conquistadores a seguir tranco en sitios en los que otros, más cautos, ya habían echado semillas. El mestizaje resultante de este gentío y los autóctonos dio como resultado esa progenie que algunos se han apresurado a bautizar como la raza chilena. Cuando el primer director supremo de la patria, hijo no reconocido del virrey Ambrosio, Bernardo O´higgins dimite ocurre lo que los historiógrafos han denominado como período de la “anarquía” o de los “ensayos constitucionales”. Es en esta etapa que se abole la esclavitud. Mariano Egaña, connotado abogado de la época, y que se mostró en contra de esta determinación, solían decirle despectivamente “lord callampa” por su baja estatura. Diego Portales, tan circunspecto e implacable en sus retratos, tenía una debilidad por poner apodos a diestra y siniestra. “Los litres” le decía a los Errázuriz por la poca sombra que daban a quienes llegaban al poder, “el tuerto” a Manuel José Gandarillas. José Victorino Lastarria en su texto Don Diego Portales: Juicio Histórico (1896) nos dice: “El público de entonces se aficionó a cierto gracejo con que el Hambriento (períodico político fundado por Portales) ridiculizaba a los pipiólos (apodo originado en el cacareo de los pollitos que buscan alimento), poniéndoles apodos, notándoles sus defectos personales i hastas sus faltas privadas i sus vicios.”
Es raro leer hoy la xenofobia desatada por la llegada populosa de venezolanos cuando fue uno el que diseñó y estructuró el aparataje cultural y jurídico chileno. No por heroico, menos afanoso por el progreso, fue también Andrés Bello quien estilizó la palabra de uso corriente “sopaipa” por su diminutivo presuntuoso “sopaipilla”, que terminó siendo ocupado luego. En su trazo heroico por elevar el uso de la lengua castellana en territorios desprotegidos, también le insufló cierta rimbombancia innecesaria. No obstante, la lectura de los extranjeros y su influencia en el panorama chileno es innegable. Tanto Claudio Gay -italiano- como Charles Darwin -inglés- ambos naturalistas, al toparse con el sistema agricultor chileno, dijeron, por sus lamentables condiciones, que era propio del feudalismo. O sea, que era ordinario. Ambos fueron observadores “neutros” de la idiosincrasia y notaron cierta inclinación a la salvajería, a la barbaridad. Gay describía las fiestas “araucanas” como episodios impúdicos donde los participantes no tenían problema en bailar con su miembro en la mano o fornicar a vista y paciencia de los demás. María Graham, viajera inglesa que residiera en 1822 en Chile, escribía en su diario: “Aquí la falta de cultura hace que las mujeres tengan que recurrir a sus medios naturales de persuacion (sic), la gracia i las caricias, i si en esto entra algo de astucia, es que esta es la proteccion que la naturaleza ha dado al débil contra el fuerte.”
En un artículo de 1911 publicado en la desaparecida revista Familia que enseña los buenos comportamientos en la mesa, todo lo que sugiere como mal gusto de un comensal es precisamente lo que se hace en una mesa corriente hasta el día de hoy. Doblar las servilletas, disponer las ensaladas en el centro de la mesa atosigando el área, ubicar los cubiertos (no “los servicios”) en órdenes aleatorios. Finiquita la clase magistral con “la servilleta tirada sobre la mesa sin doblarla es de muy mala educación”. Más de cien años después, en la televisión abierta, en plena transmisión en vivo de un reality show, un ex futbolista figura en escena comiendo fideos de manera grotesca echado en su cama. Comportarse en la mesa ha pasado a quinto plano cuando la mesa misma ya desapareció dando paso a la comida rápida de pie motivada por una agenda cada vez más ajetreada por el pulso de la ciudad. La ordinariez en la mesa se nota menos en un patio de comidas de mall. El colmo de la grosería fue, hace pocas semanas atrás, la intoxicación de una niña a causa de un chip de perro en la carne de su anticucho. La comida callejera, luego del alto arribo de extranjeros, ha variado en cantidad y forma. Recorrer el centro de Santiago por momentos parece una degustación gastronómica internacional, sincretismo puro de sabores. Aunque comerse a los perros ya es otra liga, el comportamiento en la mesa siempre ha sido indicador de alcurnia.
No sé si han notado la cantidad impresionante de bustos de Arturo Prat a lo largo del país. El monumento más logrado se encuentra en Valparaíso, en la plaza Sotomayor, y en contra de lo que se supone, no fue Rodin quién lo proyectó. Es más, a Rodin no le pagaron un bosquejo que hizo a una estatua planificada para la figura de Vicuña Mackenna y por tal desaire se negó incluso a mostrar su obra en una exposición internacional dedicada al centenario de Chile. Siempre me ha parecido de mal gusto celebrar el suicidio de Prat como un acto heroico y para colmo, luego ensalzarse con datillos de pacotilla sobre su relación con el espiritismo. No es algo demasiado alejado de la costumbre de aquellas épocas. Todo católico creyente en la vida eterna podía caer capturado por la posibilidad de contactarse con los espíritus. Prat no fue la excepción. Ahora, lanzarse al barco enemigo en una clara situación de inequidad de fuerzas no lo convierten precisamente en un héroe. Como no lo fue Yukio Mishima quien se hace un harakiri luego de frustrado su golpe de estado ni Kurt Cobain al pegarse un tiro por cargar el peso de devenir figurita de acción en tiempos de tormento adolescente. Pésimo gusto que las calvas destacadas cubran los murales para el mes del mar en las escuelas.
Hablando de monumentos y mal gusto, de paso mencionar la estatua erigida en su natal Licantén a Pablo de Rokha que está hecha de madera.

II
Pero no quisiera hacer aquí ya más repaso histórico y traer a festín algunos episodios de mal gusto de la historia más o menos reciente. Hechos que son anécdotas que aún colindan entre la historia y el periodismo y la chismografía. Pero antes sí, precisar ciertos aspectos de lo que denomino mal gusto. No es de ninguna manera lo kitsch, por su pretensión vulgar, o lo camp que es, como Susan Sontag advierte de inmediato en su Notas sobre lo camp (1964), una sensibilidad. En ambos casos ese mal gusto es buscado. Hay una inclinación artística que lo destaca. En cambio, este mal gusto al que aludo viene de la mano de cierta inconsciencia en el uso, de hábitos inherentes, lo que sin embargo no involucra falta de voluntad. Apodar, mal comer, trampear, burlar. Así mismo, lo que llamo mal gusto es también la parodia mal ejecutada, esa manía de afear y que compartí en la primera parte con el caso del “invunche”. Un ejemplo nítido es la capacidad que tienen algunos, en especial en el norte del país, de afear sus casas cuando les construyen ampliaciones. Se podría hacer un catálogo de fachadas horribles de casas intervenidas. Supone una puesta en marcha a propósito del hágalo usted mismo que resulta en un ensayo estético de precariedad y falta de tino. Hay entonces una dimensión costumbrista y otra estética del mal gusto. La sociología ha sometido a análisis el gusto desde el Pierre Bourdieu de La distinción (1979) pasando por Agnes Keller que nos descubre un proceso de subjetivación muy sofisticado que destaca hoy el valor de la diferencia, la vanidad de las pequeñas diferencias. El gusto es central en una sociedad neoliberal, pues es el modo en que se resalta la individualidad. El imperio del Me gusta ha puesto a nuestro cerebro a producir cantidades peligrosas de serotonina y postear cosas de mal gusto por el sólo hecho de conseguir más likes.
Así ocurren casos como el de la chica que para el incendio de Valparaíso de 2014 posa con las llamas de fondo, en una actitud disléxica con la catástrofe o al ex presidente Piñera, en un acto por completo innecesario, mostrándole al entonces presidente de EEUU Donald Trump un meme que muestra la bandera chilena como una miniatura de su par estadunidense. En ambos casos la ansiedad por la aprobación los llevan a cometer actos de mal gusto. Situaciones por completo deformes y que estaría bien traer como material de una historia infame de Chile. Las morisquetas de uno cuando le miente a otro también son feísimas cuando son descubiertas. La pose ridícula de quien miente y se esfuerza por parecer consistente, intensifica la vergüenza posterior al destape. Allí está el Cóndor Rojas, involucrado en el que sería el hecho más infame de la historia del fútbol nacional. En el segundo tiempo de un partido crucial para que la selección chilena fuera al mundial de 1990 celebrado en Italia, que se disputaba en el legendario estadio Maracaná contra Brasil, el arquero nacional Roberto Rojas, alias “cóndor” por los saltos impresionantes que daba para atajar, cae al pasto. El árbitro detiene el partido. El Cóndor sangra. Los restos de una bengala descansan a su lado. Todo parece insinuar qué ha ocurrido. Se cancela el partido. Días luego se determina que sí, una bengala había sido arrojada desde la tribuna brasileña y se da con la ejecutora, una chica de 24 años con inclinaciones por el modelaje que luego de este incidente se haría famosa como la Fogueteira do Maracanã, llegando a posar en la revista Playboy de Brasil. El revelado de un rollo fotográfico de un periodista argentino apunta a que la bengala cayó a dos metros de distancia del portero. La FIFA halla inconsistencias en el relato y le pide explicaciones a Rojas. No le queda al Cóndor otra que confesar. Chile además de no ir al mundial, es amonestado con no participar del próximo, el del 94, celebrado en EEUU. A todas luces, si por caer en lo ilícito fuera, una estrategia malísima y fea. Queda la curiosidad de que la gillette con que se cortó el Cóndor era marca Cóndor.
Si hablamos aquí de la poca precaución que tuvieron en esconder el engaño, hay casos en que los involucrados no tienen ni la más mínima intención de ocultarse, pues buscan la provocación. Ya habían transcurrido los 503 días de arresto domiciliario que debía cumplir Augusto Pinochet en Londres por una orden de detención por delitos de lesa humanidad. El juez Baltasar Garzón quería inculparlo por asesinatos de ciudadanos españoles en dictadura, a lo que la defensa del entonces senador vitalicio argüía que su delicado estado de salud, tanto física como mental, impedían el desarrollo del juicio. Así es como fue sobreseído por el entonces ministro del interior inglés Jack Straw por su condición de salud. En el aeropuerto internacional de Chile se arrumbaba la prensa y los curiosos para ver al ex-general a su retorno padeciendo de sus tan bullados males. Aterriza el avión y es bajado en silla de ruedas. En un instante, como un soplido, se ve que Pinochet se pone de pie y abraza a uno de los altos mandos del ejército. Para muchos fue una ofensa, en especial para los familiares de desaparecidos; para otros, un chiste, una performance de la decadencia política chilena. De todas maneras torpe, ese es su mal gusto.
Conchalí significa caca seca en quechua. Zalo Reyes es de Conchalí. Creo que Zalo Reyes personifica una buena ración del mal gusto popular. Un personaje impulsivo, de un narcisismo provinciano, que triste y nostálgico se vanagloria con pasión aún hoy de sus logros adolescentes. Sin duda fue un fenómeno popular en los ochentas, representaba al joven promedio de la clase baja que quiere cumplir el sueño del pibe, hacerse rico y famoso joven. Pero los excesos le jugaron una mala pasada. No solventó su popularidad más que en el mito de origen. Lo que ocurrió luego con la vida de Zalo (le decían “gonzalito” por haber otro González en el regimiento, y eso devino “zalito” y finalmente “zalo”) fue una serie de parodias delirantes de sí mismo. Él mismo reconoce, en los pocos accesos de humildad que ha tenido, que sin la crisis del dólar y por la ausencia de artistas internacionales en la palestra, un fenómeno como él no hubiese ocurrido. En sus más recientes entrevistas da cringe leer esa soberbia a pesar de haber perdido todo. Un autoengaño público tanto o más incómodo que el del Cóndor cortándose para clasificar. Zalo Reyes es como el corpúsculo del mal gusto y la tan bullada frase en la rutina de Felipe Avello “están matando a un hueón”, de su autoría.
Corría el año 98 cuando todo Chile quedó perplejo al ver en el noticiario “el perro que habla”. La familia Zamorano Carvajal de Quillota había recogido a un perro callejero algunos años antes. Se sorprendieron al notar que el perro decía algo así como “agua” luego de alimentarlo. Los vecinos, confundidos, creían que era nada más que un acto de ventriloquia del señor Zamorano. Así fue que llegó un equipo de TVN a cubrir tan curioso fenómeno. En el video, que está en Youtube, se ve a un quiltro echado en una caja platanera. El dueño le presiona el hocico hasta que, más por tortura que por voluntad, el perro dice algo así como “agua”. Ese alarido puede significar cualquier cosa. Lo incómodo de la situación era que además de no pasarla para nada de bien el perro en la exhibición, tampoco era tan sorprendente su pericia; no era un animal parlante, sino una mascota que permitía que su dueño le apretara el hocico hasta hacerla gemir. No obstante, incluso medios extranjeros aterrizaron en Chile para cubrir el evento, pienso más por morbo que por interés.
El mal gusto, como se ve, ha estado en los cimientos de la patria; y se ha ido desarrollando no sin expertis, a lo largo de la historia. Los chistes sobre las partes desperdigadas en el mar de Felipe Camiroaga son de mal gusto. La estatuas de cera de la exposición de Los Dominicos son de mal gusto. La risa de José Miguel Viñuela es de mal gusto. Don Francisco es el mal gusto.

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