Un apasionante libro narra las odiseas de militares formados en países socialistas

Por Gustavo González Rodríguez

Mauricio Leandro Osorio, un joven periodista nacido en La Habana en 1987, durante el exilio de sus padres, lanzó en octubre de este año su libro Búlgaros. El ejército entrenado para matar a Pinochet, que narra por primera vez los antecedentes de la operación con que el Partido Comunista de Chile quiso contar, en una apuesta estratégica, con un cuerpo de generales de estado mayor para construir unas «nuevas» fuerzas armadas.

La obra ganó los Premios Literarios 2020 del Ministerio de las Culturas en la categoría Escrituras de la Memoria inéditos. Lo apasionante de este libro está en la minuciosa investigación que aporta el contexto político e histórico y, además, quizás como su mérito principal, las odiseas personales de muchos de los jóvenes comunistas reclutados para esta tarea en el exilio durante la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990).

Osorio, titulado como periodista en la Universidad de Chile, donde cursa ahora una maestría en Comunicación Política, puntualizó en una entrevista que la referencia al atentado contra Pinochet de 1986 en la portada fue un gancho de la editorial para atraer lectores, porque en rigor el libro registra solo tangencialmente ese episodio.

El 6 de septiembre de 1986 el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) organizó una emboscada de exterminio contra el dictador y su comitiva en el Cajón del Maipo, precordillera de Santiago, donde dio muerte a cinco de sus escoltas e hirió a otros 11, pero fracasó en su objetivo de matar a Pinochet.

Operación siglo XX, publicado en 1990 por la periodista Patricia Verdugo y la abogada Carmen Hertz fue el primer libro de investigación que aportó pormenores de esa emboscada. Le siguieron muchos otros, entre los cuales tuvo un gran impacto la obra Los fusileros, del periodista Juan Cristóbal Peña, del año 2007.

Otros libros recogen biografías de los líderes del FPMR y episodios como sus fugas de recintos carcelarios, e incluso la ficción, de la mano de Pedro Lemebel, aludió al atentado en la novela Tengo miedo, torero, llevada al cine. También el gran escape de frentistas de la entonces Cárcel Pública en enero de 1990, fue motivo para la película Pacto de fuga, estrenada en 2020.

El mérito de Búlgaros radica, entre otras cosas, en ampliar la mirada sobre el origen, desarrollo y crisis del FPMR más allá del atentado al dictador.

La historia comienza en 1977, cuando Luis Canales, un veterano cuadro obrero del aparato de finanzas del PC, entrevista en Suecia, Cuba y otros países de Europa y América Latina a jóvenes comunistas con el fin de reclutarlos para una tarea secreta y de alta importancia, a la cual deberían dedicarse al menos por tres años.

Se trataba de darles una formación militar de alto nivel que los convertiría en oficiales de estado mayor, en la perspectiva de que en un futuro se podría provocar una crisis profunda en las Fuerzas Armadas chilenas, alineadas por Pinochet en el anticomunismo y en la represión a los movimientos populares, y sustituirlas por nuevos ejércitos democráticos.

La «cuestión militar» se convirtió en una obsesión crítica para los comunistas chilenos, cuando evaluaron la casi nula capacidad de resistencia de su partido y su periferia sindical al golpe de Estado contra Salvador Allende. En ese terreno, al menos en lo discursivo y en una mínima capacidad guerrillera, el PC era superado en 1973 por el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria).

La gestión de Canales, conocido como «el señor del sombrero», fructificó en el traslado de una treintena de jóvenes militantes a la ciudad búlgara de Veliko Tárnovo como alumnos de la Escuela Militar Nacional Superior Vasil Leski, uno de los más reputados centros de formación castrense del Pacto de Varsovia, alianza defensiva de la Unión Soviética y sus aliados de Europa del Este.

Bulgaria, el más fiel aliado de Moscú, acogió a los jóvenes chilenos bajo la fachada de que eran cubanos, en el marco del carácter ultra secreto de la operación. No obstante, en los círculos dirigentes del PC chileno y más tarde en sus bases que se sumaron a la tarea militar comenzaron a ser nombrados como los «búlgaros».

La perspectiva de largo aliento en la formación de estos oficiales cedió paso a la contingencia con el triunfo de los sandinistas en Nicaragua en 1979, apoyados por exiliados de las dictaduras sudamericanas que habían tenido instrucción bélica sobre todo en Cuba, aunque también llegaron asesores de inteligencia y de tácticas guerrilleras de Europa del Este.

Esta presencia, ya con un papel importante de los «búlgaros», se intensificó en las operaciones de la guerra a la Contra, la guerrilla antisandinista que operaba desde Honduras, asesorada por la Agencia Central de Inteligencia estadounidense y con un vasto apoyo financiero del gobierno de Ronald Reagan.

Convertidos ya en «combatientes internacionalistas», algunos de estos oficiales militares del PC chileno se sumaron como instructores a la guerrilla del Frente Farabundo Martí de El Salvador, e incluso hubo un quinteto enviado a Colombia para asesorar a las FARC, en una confusa cooperación que la dirección del PC chileno desconocía.

La historia de los «búlgaros» recaló finalmente en Chile. En 1980 el dictador Pinochet hizo aprobar la constitución con que pretendía permanecer como gobernante hasta 1998, ante lo cual el PC proclama «el derecho a la rebelión» y llama a usar «todas las formas de lucha» para derrocar a la dictadura y posibilitar una salida democrática.

En ese contexto nace en 1982 el FPMR. EL PC apostó a hacer de 1986 el «año decisivo» en las movilizaciones populares y acciones armadas contra la dictadura, pero esta segunda vertiente sufre dos severos reveses: el fallido desembarco de armas en una caleta del norte de Chile y luego el fracaso del plan para matar a Pinochet, considerado fundamental.

La emboscada al dictador falló por detalles. Su principal organizador fue José Valenzuela Levi, el más brillante de los jóvenes formados en Bulgaria, que moriría asesinado junto a otros once combatientes del Frente Patriótico en junio de 1987 en la Operación Albania, un par de encerronas de la policía represiva de Pinochet que hizo aparecer las matanzas como enfrentamientos.

Desde ahí comienza una progresiva crisis del FPMR. El PC llamó finalmente a votar en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, donde fueron derrotados los planes continuistas de la dictadura y se abrió paso a la restauración democrática que llevó al gobierno en marzo de 1990 al democristiano Patricio Aylwin, abanderado de una coalición de centroizquierda.

Los comunistas comenzaron a reintegrarse paulatinamente a la nueva institucionalidad y el aparato militar se partió en un ala que permaneció fiel al partido y otra que se declaró autónoma, encabezada por Raúl Pellegrin, oficial formado en Cuba, asesinado por la policía en octubre de 1988 tras la toma de un poblado cordillerano llamado Los Queñes.

Los «autónomos» protagonizarían otros episodios, como el asesinato del senador Jaime Guzmán, ideólogo de la dictadura el 1 de abril de 1991. Pero el proyecto militar de largo alcance del PC chileno ya había pasado a la historia en 1988.

Hay que leer Búlgaros, porque tras las gestas internacionalistas y los combates reseñados aquí hubo jóvenes que cultivaron sueños revolucionarios bajo el rigor de una vida militar en que tuvieron que sacrificar o burlar la prohibición de amar y tener parejas e hijos, otros que se vieron marginados por sospechas de homosexualidad y también, como ocurre en los proyectos conspirativos, los acusados de traición o debilidad.

Mauricio Leandro Osorio recogió testimonios y antecedentes de unos 80 protagonistas directos de esta historia, además de consultar numerosas fuentes periodísticas y una abundante bibliografía. Entrevistó incluso a sobrevivientes de los oficiales «búlgaros», algunos radicados en silencio en Chile y otros que permanecen en el exilio, y que prefieren conservar el anonimato.

Todo esto, para producir una obra que desentraña la maraña de uno de los procesos fundamentales de la insurgencia de izquierda en los años de la dictadura, cuyos actores no fueron superhombres sino disciplinados militantes de una causa.

  • Artículo publicado en la edición online de Wall Street International y cedido por el autor para Urbe Salvaje

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