Niño

En 1976 el mundo se caía a pedazos. Los periódicos titulaban con imperturbable frialdad que, a sangre y fuego, se arrasaban enormes ciudades y diminutos poblados ante el rezo de algunos y la indiferencia de otros. En plena Guerra Fría 1976 -el famoso año del dragón- tenía a todos en vilo. Pero dónde estaban los superhéroes? Pues bajo tierra o solo en las negruzcas pantallas de aquellos cines de pueblos olvidados. El viento traía las palabras y ese residuo a pólvora del campo de batalla. Nada de sorpresas: los diferentes mundos estaban ajenos a constatar las mentiras, cuales frágiles armazones y cimientos descoloridos. Pero eso siempre ha sido así.
La única verdad se limitaba a constatar que eran malos tiempos para los escasos héroes y, más aún, para las víctimas, quienes hacían largas colas para obtener un número rumbo al paraíso. Había excepciones. Siempre las hay.

Alan Pakula era de los pocos directores de cine que no se inmutaba. Había nacido en el Bronx y en aquellos años el barrio no era propiamente un campo de rosas. Que extraño ese Pakula: más cerebral que apasionado. En ese lugar algo atípico, eso pudo parecerle a algunos.
Pakula estaba frenético por realizar aquello que algunos denominaban como una “trilogía de thriller político” que comenzó cinco años antes, en 1971, con «Mi pasado me condena» donde una prostituta -en el rol de una Jane Fonda ganadora del Oscar- ayuda a resolver un crimen con insospechadas ramificaciones. Tres años después, en 1974, Pakula filma «El último testigo» donde un reportero (Warren Beatty) se inserta en una organización política criminal. Pero en ese segundo filme las cosas no marcharon tan bien como él esperaba: The New York Times dijo que el argumento era poco creíble y los premios escasearon. Ahora el director se jugaba el todo o nada con un hecho que nadie podría poner en tela de juicio acerca de sus veracidad: el escándalo de Watergate. La película la tituló como «Todos los hombres del Presidente». Pakula tuvo de presupuesto 8 millones de dólares y supo que no era demasiado. Había que ser cuidadoso y sacarle el máximo de provecho a esos dos actores que sudaban más de la cuenta: Dustin Hoofman y Robert Redfort.

Tres actos para una misma fecha: el 29 de noviembre de 1976.
Un niño viendo una película en un cine que sobrevivió a los bombardeos de la Guerra Clvil española.
El colchón sobre el techo de planchas de zinc y las veinteañeras tomando sol junto a un cerezo en una perfecta tarde osornina con chismosos asomándose por las ventanas.
Chile está a miles de kilómetros de Washington pero en aquella época los hombres usaban esos cuellos largos de las camisas almidonadas que usan también los treintañeros en las calles de la mayoría de las grandes ciudades, como si fuera el escenario de una película de intrigas con Redford y Hoffman acalorados tomando Seven Up, cuáles maniquíes de plástico inflados de pies a cabeza.

Redford recita sus líneas y sonríe. Luego se filma. Poco tiempo después la película se estrena. Y mucho tiempo después arriba a Sudamérica y a todos los continentes. Llega a España. Es 1976. Uno. Nueve. Siete. Seis. España recién se pone en pie y el destape triza levemenete el ventanal por donde la dictadura de Franco ha mostrado una sociedad recta y cristiana. Pareciera que fue ayer. Realmente sucedió? Fue un sueño o una pesadilla?

Cartagena es una ciudad en el sur de España con un puerto famoso por su capacidad e infraestructura naval. Hay muchas colinas y desde ellas se atisba el mar y esa mano de tierra que se interna y que algunos llaman puerto. Hay buques, barcos y botes medianos. Hay mucho sol y banderas y gaviotas. Voces. Muchas voces, y los niños caminan de la mano de sus madres. Niños con camisas rojas o verdes y zapatos cafés o botas vaqueras número 36.
En 1976 los restaurantes, bares y cines -durante los fines de semana- se repletan y eso es motivo de orgullo y alegria para muchas personas que aún recuerdan cuando solo comían cáscaras de naranja al son de las bombas y la metralla. Todos tratan de olvidar. En cuanto recuerdos la Guerra Civil estaba a la vuelta de la esquina.
En el cine Mariola la cartelera es variada y las películas españolas alternan con las extranjeras. Eso es en la calle Puertas de Murcia, pero lo mismo sucede en cine Continental, Central, Teatro Circo, o el famoso cine Márquez. No es muy distinto en otros lugares del mundo.
Aun en los mas distantes como  en un sureño cine en Osorno, Chile.
-El domingo vamos a ir al cine- anuncia el padre a su familia y todos gritan de alegría.
-Vamos a ir a un lugar asombroso- le dice aquella mujer morena a su hijo.
En la mayoría de los paises el cine es una entretención que la sociedad disfruta e incluso  ama, casi tanto como un rito mágico o un descubrimiento asombroso que derriba los muros de la normalidad en un abrir y cerrar de ojos.

-Nos vemos allá arriba- le señala la muchacha a su compañera de la universidad, indicándole el techo. Tiene 20 años y ante la salida del sol decide que es buena idea ventilar su habitación y secar el colchón en las planchas de zinc. Luego piensa que ella misma podría tomar sol. A su amiga le parece una buena idea. Se colocan shorts y poleras cortas, para luego tumbarse encima de unas coloridas toallas.
-Adivina qué película vi la semana pasada?- le pregunta la muchacha más morena a su amiga. Es así como comienzan a hablar de Robert Redford mientras los hijos de los vecinos corren el visillo de las cortinas para observarlas tan maravillados como si estuviesen en el cine viendo una película. Antes la gente comentaba las películas que había visto. Se las contaban a sus amigos. Seguían, con admiración, la vida de los actores. Como aquellas universitarias en el techo de aquella casa de Osorno, en Chile.

Los muertos ven películas cómicas. Les fascina reír con ese tipo de filmes ridículos. Ha sido tan triste su vida  que no desean seguir después de muertos en la misma ruta. Los cines en el paraíso son de color amarillo y nadie cobra entrada ni gana premios. Pero acá en la Tierra la situación dista mucho del paraíso. Alan Pakula sabía eso. Para seguir haciendo lo que le gustaba sus películas debían ser exitosas, ganar dinero y ser aclamadas por las multitudes. Eso es lo que le pedía la Paramount. Él solo deseaba hacer su trabajo de la mejor forma, pero eso le importaba a él y a nadie más. El cine era así en aquellos tiempos.

Me acordé de esto. En 1976 yo era un niño. Alguna vez fui feliz con mi madre en un cine de Cartagena. Riendo toda la película. Una película cómica muy famosa. Hoy nadie la recuerda.
1976. El año del dragón. Tampoco nadie lo recuerda. Fuego desde la boca de un ser imaginario que nadie podría asegurar si existió o no. Igual que en las películas.
Lo de Pakula es una excepción. Nada fue realmente así. Lo que ocurrió aquel año también fue un castillo de naipes que algo o alguien quemó rápido y con infinita injusticia.

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