A principios de marzo de 1936 el invierno estaba por llegar a su fin en California. Dorothea Lange llevaba un mes trabajando en documentar la situación de los campesinos en el suroeste de Estados Unidos. La fotógrafa se encontraba agotada y sentía que ya había terminado su labor en aquella región. Se dirigió hacia el norte por la carretera 101: ya sentía que no tenía caso hacer más de lo mismo.

Justo cuando iba en marcha para dejar la región, encontró un anuncio que rezaba Pea pickers camp que anunciaba el campamento donde se alojaba los campesinos que cosechaban guisantes. Tuvo una corazonada y se dirigió hacia la instalación temporal de campesinos migrantes. Se guarecían en aquel campamento más de 2.500 campesinos refugiados.

Durante dos semanas había llovido torrencialmente y la destrucción de las cosechas era total. No había trabajo, dinero ni comida.

Conforme se acercó al campamento, Dorothea vislumbró a lo lejos una carpa donde se refugiaba una mujer con sus hijos. Lange, cámara en mano, se acercó a aquellos desafortunados. Escribiría, más tarde, que se trataba de una familia que había tenido que vender los neumáticos del auto para poder sobrevivir y que habían llegado al punto de comer los pajarillos que los niños atrapaban en el campo y los vegetales congelados que encontraban por ahí.

El frío había “quemado” las cosechas y los campesinos se habían quedado sin nada. Aquellos trabajadores, sumidos en la miseria, encontraban en tránsito buscando una nueva vida.

La mujer que encontró Lange era una madre con cinco hijos. Muchas fuentes indican que la mujer se mostró renuente a las fotografías.

 Katherine Thompson, hija de la mujer, declaró en una entrevista -muchos años después- que Dorothea “Le pidió a mi madre si podía tomarles una foto y que su nombre nunca sería publicado, pero que era para ayudar a la gente en desgracia […] Así que mamá le dejó hacer las fotos, porque pensó que podrían ayudar en algo.”

“Lange la vio junto a sus hijas refugiándose en un cobertizo y sacó seis fotos del grupo, acercándose cada vez más hasta que finalmente pudo tomar este retrato [La Madre Migrante].

Dorothea Lange recuerda:

“Llovía. Las cámaras estaban empacadas y llevaba junto a mí el resultado de un largo viaje. Era una caja que contenía toda la película expuesta y lista para ser enviada a Washington. […] Estaba a unas cuantas horas de reunirme con mi familia. De pronto, vi de reojo un letrero muy rústico que indicaba:
«CAMPAMENTO DE COSECHADORES DE GUISANTES».
No quería detenerme, y no lo hice. Seguí mi camino, pero una discusión interior comenzó. Me convencí a mí misma de continuar, pero hice lo contrario. Casi sin tener conciencia de lo que hacía regresé hasta que encontré nuevamente el letrero. Seguía mi instinto, no la razón. Conduje hasta un campamento empapado y estacioné el auto. Vi y me aproximé a esa madre hambrienta y desesperada, como si fuera un imán. No recuerdo cómo expliqué mi presencia o la de mi cámara, pero recuerdo que no me hizo preguntas. No le pregunté su nombre ni su historia. Únicamente me dijo que tenía 32 años. Dijo que habían vivido de vegetales congelados de los campos circundantes y de los pajarillos que cazaban los niños.”

Extracto de una entrevista a Dorothea Lange:

-Ahora he leído, y no recuerdo dónde, que decidió convertirse en una fotógrafa cuando estabas cerca de cumplir  diecisiete años de edad. Yo quería preguntarte primero, ¿por qué, si estabas interesada en un medio de comunicación visual, que eligió fotografía en lugar de decir, alguna forma de artes gráficas, o algo así. Me parece que en esa época la fotografía sería una opción muy poco probable que una mujer decida pronto llevar a cabo, porque no creo que la fotografía era muy común que cuando decidió convertirse en fotógrafo. Me preguntaba ¿por qué?

Dorothea Lange responde:

-Bueno, yo no tengo respuesta convincente a eso. Muchos de mis decisiones, no sé de dónde vienen. Realmente no puedo colocarlos -de pronto sé lo que voy a hacer-. Yo era joven, y ante la pregunta de cómo iba a mantener a mí mismo en el planeta. Tuve que ganarme la vida, mi madre era una bibliotecaria, cuidar de mí mismo y mi hermano y vernos a través, y la familia pensaba que la forma más rápida para una mujer para ganarse la vida era dedicarse a la enseñanza, me decían que yo no quería hacer nada. No discutí con ella, pero mi madre y mi abuela solía utilizar la frase, «pero es algo para caer de nuevo», ya sabes. Y eso, creo, es una frase detestable para una persona joven. Decidí, casi en un día determinado, que iba a ser una fotógrafa. Pensé en ese momento que podía ganarme la vida sin demasiada dificultad. Me gustaría hacer fotografías modestas de personas, empezando por las personas a las que conocía. Tenía una especie de idea general. Esto fue antes de que yo era dueño de una cámara. Yo nunca había poseído una cámara, pero yo sabía que era lo que quería hacer. Tal vez yo era una de esas personas afortunadas que saben lo que quieren hacer sin tener que tomar estas decisiones difíciles, pero yo no conocía nada de fotografía.

RICHARD K. DOUD:

¿Qué hiciste entonces? Una vez que decidió que era él, ¿cómo en el mundo haría usted para empezar?

Dorothea Lange:

En el tiempo libre que yo tenía -no estaba todavía en la escuela-, me conseguí un trabajo con un fotógrafo que había trabajado en un buen número de estudios, estudios comerciales, donde hicieron retratos. Y hoy tengo un poco de experiencia muy valiosa de eso. Yo lo llamé pidiendo una solicitud, llamé pidiendo una solicitud telefónica durante todo el día sentada con el teléfono. Te puedo dar el discurso, ya sabes. Fui al empleo, e hacía cosas insignificantes; organicé el velo de la novia, y cambiaba las placas, era una especie de recepcionista, chica de cuarto oscuro, todo tipo de cosas. Ahí  yo era muy joven. Lo cual era mucho para mí. Fue interesante, fue emocionante, y aprendí mucho acerca de las debilidades de las personas y sus vanidades, donde el profesional de negocios busca un retrato fotográfico que te enseña muy rápidamente. Y así llegué a adivinar la palabra, esa es la experiencia de base. 

 

 

Las fotos de Dorothea Lange eran perfectas: estéticamente efectivas, documentales y “sin sacarina”: fotografías que capturaban una humanidad digna, a pesar de la desgracia, sin caer en sentimentalismos fáciles.

Lange era una mujer abierta, y eso le permitía a la gente que se sintiera menos intimidada por aquella enorme cámara. Iniciaba el contacto pidiendo instrucciones para llegar a algún lado y aquello le permitía romper el hielo. Hablaba con alguien que esperaba frente a una tienda, en los campos o junto a un coche: “¿De dónde vienen? ¿Cómo se las van arreglando? ¿Tienen algún plan?”

Lange escuchaba a la gente que fotografiaba y procuraba recordar lo que decían: “…a veces esperaba recordarlo todo hasta llegar al coche para tomar notas […] Las palabras que salen de ellos mismo son la mejores. Si las cambias por tu propio vocabulario aquel estilo desaparece de inmediato.”

Dorothea Lange se veía a sí misma como una periodista y luego como artista. Quería lograr un cambio social gracias al efecto de la fotografía, así como informar al público del sufrimiento ajeno. Sin embargo, la obra de la periodista demostró que arte y documento no están peleados.

A pesar de sus capas documentales y de registro social, la Madre Migrante es una obra de arte por derecho propio. Se le he identificado, estéticamente hablando, con los rasgos simbólicos e icónicos de una Madona renacentista. 

https://youtu.be/mJrrk2-9nNIhttps://youtu.be/YMdUXrkITqg

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