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Poemas - marzo 6, 2021

País de Tejuelas

Reseña a «El Puerto que Habito», libro de fotografías y poemas del Barrio Mercante de Puerto Montt de los autores Rafael Arenas Encinas (fotógrafo) y Harry Vollmer Cáceres (poeta).

Por Persus Nibaes

El poeta puertomontino Harry Vollmer sorprende con su último libro de poemas «El Puerto que Habito». Publicado el año 2020 en Puerto Montt, Chile. Es un libro hermoso y prolijo de fotografías en blanco y negro con poemas inéditos de Harry, en un giro del tono de sus últimos trabajos.

Sobre las fotografías no voy a referirme pues de ese arte no sé nada y solo voy a escribir sobre la evocación que me producen los poemas y su relación con las imágenes que son testimonio del patrimonio del Barrio Mercante del Puerto donde también nací en calle Chorrillos, en pleno barrio rojo.

Tras leer algunos poemas, todos sin nombre, me llama la atención algunos versos: «el sombrero duerme/esperando lluvia que/siempre llega con/dolor de huesos». Esta última estrofa del poema en la página donde se ve una bicicleta, me evoca esa enfermedad con la que los mayores de 40 debemos convivir en el frío del sur austral, pues en éstos días, ya a fines de marzo, comienzan los vientos helados que llegan a Puerto Montt por el Seno del Reloncaví y hacen crujir de dolor los huesos. Parece una poesía de viejo y quizás lo es, pues más allá de la buena onda, querido Harry, nos estamos poniendo viejos.

Esa es la imagen que me transmiten las fotos también de este país de tejuelas, pues en casi todas las imágenes se ven las viejas casas revestidas de esta especial madera. Ahora, no caigamos en pensar que lo viejo es malo, pues por el contrario, la madera de alerce ha demostrado resistir a la intemperie las eternas lluvias del sur de Chile, donde de Valdivia al sur, parece que estuviera lloviendo siempre. Como prueba de ello, es que si usted tiene paciencia y esperan la baja marea antes de llegar a Pelluco, va a encontrar un bosque de alerces milenarios, sumergidos en el mar durante décadas, quizás siglos y todavía conservados intactos. Parece que ni el agua ni la sal, pueden con esta madera que realmente es eterna, y quizás por eso fue tan apetecida durante los siglos pasado, que hasta en Humberstone y Santa Laura, de Iquique arriba en las salitreras, fui a encontrar vigas de alerce que todavía soportan el sol del desierto.Son casas viejas y eternas, y este libro se encarga de mostrar la belleza con que fueron talladas. Dicen los historiadores que esta artesanía fue llevada a Puerto Montt desde Chiloé y que los más grandes expertos en la madera son chilotes.

Los poemas de Harry también hablan de mitología del sur y menciona al Caleuche, buque de arte de los brujos, pues, debo mencionar que a los antiguos kalkú mapuche o machi de las malas hierbas, desde la mirada del español se le llamó brujo, en esa mala costumbre española de llamar brujo a todo aquel europeo o americano que sea ignorante de las costumbres cristianas, cuando en realidad los ignorantes eran ellos que no conocían al otro. Así fue como en la categoría de brujo cayeron celtas, mayas y mapuche por igual.

Otros libros de Harry como «Chaucha» o «Con Ajo», dan cuenta de una poética que podríamos rastrear en «El Roto» de Joaquín Edwars Bello, o en «El Vaso de Leche» de Manuel Rojas. Pues cuando digo poética no me refiero solamente a libros de poesía, si no al leitmotiv detrás de la escritura. Historias y poemas del bajo pueblo, del pelusa del Puerto, del compadrito de los primeros libros de Borges y los tangos; del flaite que vuela en sus zapatillas Nike. En cambio en «El Puerto que Habito» hay un giro respecto de esa poética y Harry nos entrega un poemario centrado en lo patrimonial, lo material y humano.

La verdad es que es para mí un honor reseñar un libro de Harry y dejando la choreza de sus antiguos libros de lado, en esta última entrega hay unos poemas que evocan el ímpetu de una naturaleza todavía majestuosa y abundante. Se mezclan en los textos voces mapuche como Tenglo (del mapudungún Tung lu, estar en sosiego) lo que nos demuestra el enorme sincretismo de culturas que existe en este lluvioso sur de Chile. Sincretismo que se ve reflejado en la siguiente estrofa: «El Alerce que estuvo antes/del hombre y sus Cristo/ahora te abraza, te sostiene/en generaciones, en besos y/promesa que otros/dieron junto a ellas». En estos versos Harry habla del Cristo como el Cristo de los otros, y en el prefacio del libro dice: «Nuestro patrimonio e identidad son nuestras pendientes, nuestros cerros y laderas, nuestras casas antiguas, el aullar de los barcos del puerto, nuestro sindicato de estibadores, el agente de aduanas, el círculo de suboficiales, nuestro propio bar donde aún alumbran las lámparas y los chonchones, el Colegio de Profesores, nuestra iglesia de madera que a campanadas llama Dios todos los domingos y a tantos otros». Me queda la duda si Harry, el poeta ¿creerá en Dios?

Luego seguimos con los poemas del País de las Tejuelas (en este caso de avellano): «Blancas y negras son /las tejuelas de avellana, cónicas ellas aun/ no se doblan/el 195 es donde siempre/llego con los brazos/sin carga que agote/la luz que no prende es/lo que nos alumbra/la entrada/un trozo de bosque/cuando nos sobraba/bosque es lo que queda/el aroma curvo de las/cordilleras golpeteadas/por los hombres».

Otro tema que toca Harry es el de los terremotos: «Doce ojos por donde entra la luz o salen los anhelos/y dos bocas para tragarnos o escupirnos/es la enormidad del caserón cubierto de sal y sus mareas/de sepa cortada en la cordillera del Sarao/por allá por los bajos del río Maullín/ en pie a pesar de los enojos de la tierra, sus temblores y terremotos». Para un lector extranjero, este es un tema importante en el imaginario del sur chileno, pues hemos vivido varios mega terremotos incluido el más grande de la historia en 1960, y es pues un topo que no deja de ser importante en un geografía de madera que se cae y levanta cada tantos años. En un poema quizás a su padre o abuelo, Harry nos habla de ese mestizaje tan del sur de Chile. Mezcla de sangre entre españoles, mapuche, chono y alemanes: «Oscar Vollmer Walhem, Capitán de/Alta Mar de Marina Mercante/dejó su última carga bien acá/en este puerto/unos hicieron sendas, abrieron/caminos entre los bosques/otros partieron siguiendo las estrellas».

A veces, esa historia de la colonización alemana del sur de Chile, tiene sus matices y resquemores. Algunos acusan a los colonos y al Estado chileno, de quitar las tierras productivas a los mapuche, que no tenían en su cosmovisión explotarla económicamente y que a la larga, con la destrucción ecológica del planeta, parece ser la única verdad a la que se puede algún día volver, para no morirnos de contaminación. Con la vuelta de los años parece que la industria fue la verdadera barbarie y no el habla de la tierra. Pues la verdad es que Puerto Montt se construyó sobre la antigua caleta llamada Melipulli, no sin antes quemar miles de hectáreas para que los colonos germanos traigan «el progreso». La memoria de Harry nos habla de antepasados que se abrieron destino a fuerza de hacha y serrucho y que no sabían que en doscientos años más, la tierra iba agonizar y a morir los peces y las aves. Lo que nos dice el poeta, es que sus antepasados llegaron de muy lejos allá en Europa y se ocuparon aquí en el sur en oficios y profesiones como la de marino mercante. Podríamos decir que Harry también ha sido marino de callejuelas, mesones y juegos de naipes. Su bitácora han sido sus libros, que hasta adaptaciones a cantatas y obras de teatros tienen.

Me queda en la evocación, la imagen del Puerto Montt lluvioso y austral, puerta del mundo con sus grúas gigantes como enormes arañas que tejen redes de contenedores y acero. El mismo puerto donde Adela, mi madre costurera le hacía sus ropas a las prostitutas de Chorrillos y Miraflores. Donde mis abuelas Lucila y Alba cocinaban riquísimas comidas en su estufa a leña. Donde gatos cariñosos dormían la siesta interminable, soñando que en otras vidas fueron feroces leones y nunca rabiosos perros: «Han cambiado las historias de mi barrio/somos todos inmigrantes de otros cielos y cornisas/pero desde los techos maullamos a la luna/y nos amamos bajo ella como si fuéramos un solo gato».

En las últimas páginas aparecen fotos de borrachos de Puerto. Hombres con esa picardía de los bares y la tristeza del alcohol y la soledad: «¿En que muelle te olvidó tu barco?/¿Con qué muerto bajaste de estribor?»

El amigo Harry ya es un poeta consagrado. Lo veo con su puchito echando la talla en los bares del Puerto. Anda en algunas cumbias y pícaros corridos, alegre encontrando belleza donde otros solo ven desazón.

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