Deportes - Literatura - enero 24, 2021

Kalle

Cuentos

Por Hugo Dimter P.

Una flor puede ser el corazón del mundo y no lo sabemos. La cortamos, la arrancamos de raíz y creemos que esa flor puede ser reflejo de algo bello, que puede demostrar amor si se la entregamos a alguien. Lo hemos hecho desde tiempos remotos y nadie ha dicho que es un error. Matar algo, o a alguien, es nuestra forma de demostrar amor. Un legado de civilización tras civilización, siglo tras siglo. Muere una flor y nace otra. Pero esa no ha sido nuestra victoria. Mucho menos nuestro legado. La naturaleza nos ha abofeteado desde que se creó el mundo, pero lo ha hecho con el pétalo de esa flor. Hasta ahora.

Fue hijo de un mecánico, pero su sueño distó mucho del oficio de su padre.  Inicialmente Kalle soñaba trabajar en un banco, tramitando créditos, con rumas de papeles sobre sus hombros. Así se veía en el mundo adulto. Luego descubrió el fútbol y ese fue su primer amor de juventud. Amor a primera vista. El balón en el fondo de las redes, la felicitación de sus compañeros, el placer de una buena jugada. En un comienzo eso era suficiente. Luego vendrían desafíos más ambiciosos.

Heinrich, el patriarca, tenía un digno pasar, en parte gracias a su familia, quienes antes de la guerra vieron el debacle que traería Hitler, vendieron todo y se marcharon a la frontera con Suiza. Cuando Alemania invadió Checoslovaquia en 1938 -un año antes de la guerra- los Rummenigge cruzaron la frontera y no volvieron hasta 1947. Para ese entonces Heinrich ya tenía en mente casarse con su novia.

Nada de problemas económicos ni mezquindades atribuibles a la falta de marcos. La familia tenía contactos en Suiza y el trabajo marchó con cierta normalidad, pese a las consecuencias que provocó la guerra para sus compatriotas. El miedo se mezclaba con la esperanza que Hitler cayera de una vez por todas. Iba a ser difícil recuperarse emocionalmente y en lo económico, pero nada era sencillo en la vida. Pasaron los años, las ciudades crecieron como sus hijos, el ruido de las bombas se había marchado y la vida gris dio paso a amaneceres soleados.

-Creo que he envejecido- señaló el padre de Kalle y dejó de trabajar a comienzos de los 70. Se lo comunicó a su familia durante un almuerzo, como siempre sentado a la cabecera de la mesa. Ya había hecho suficientes sacrificios durante casi toda su vida. Era hora de descansar y estar muchísimo más cerca de sus tres hijos. Los dos menores tenían una extraña vocación por una disciplina que el patriarca de la familia veía con buenos ojos, ya que él la practicó con entusiasmo y era un fanático de Di Stefano. Por el contrario, para la mamá de Kalle el fútbol -como la mayoría de los deportes- era una pérdida de tiempo. Aún así Hildegard, la abnegada madre, en un claro ejemplo de amor apoyó a Kalle en esa aventura sin mayor destino, que era el fútbol en el Borussia de Lippstadt donde su adolescente hijo hacía muchos goles, a principios de los 70.

Kalle era alemán. Nacido el 55 en Lippstadt, Westfalia, cerca de Dortmund, y en su infancia se la pasó escuchando a protestantes, antinazis y pacifistas como Niemöller. Pero no solo ocupaba su tiempo escuchando a aquellos desencantados del rumbo de su país. A él le gustaba el fútbol y entrenaba duro para ser el mejor. Tenía buen físico, 1,82, era rápido y definía bien. Además, se tenía fe.

Aquel verano el señor Wili Reinke se había marchado del Ruhr y sus minas de carbón para adentrarse en la espesura de los bosques de la Westfalia septentrional. Era lo que comúnmente se llama un «caza talentos» de futbolistas. Fue en Lippstadt que un día vio a un joven muy rápido a quien los defensores no alcanzaban ni a agarrar de la camiseta. En ese mismo instante Reinke cogio un teléfono y llamó a su amigo Max Merkel.

-Tengo un diamante en bruto para ti- le comentó a Reinke.

La génesis de uno de los mayores futbolistas alemanes del siglo XX estaba en marcha.

Max Merkel no perdió tiempo y lo recomendó para el Bayern. Cuando en 1975 Kalle firmó el contrato y le dio la mano al presidente del club, éste notó que el joven temblaba tan emocionado como temeroso. 70 mil marcos fue su primer sueldo. Un verdadero dineral con el que Kalle arregló la casa de sus padres, ayuda a su hermano menor, Michael, también futbolista y al mayor, Wolfang, quien instala un negocio de deportes en la parte baja de la casa.

Su juventud contrasta con el resto del plantel. Dettmar Cramer, uno de sus posteriores entrenadores, notaba a diario que Kalle usualmente en las jugadas de los últimas metros -a gran velocidad- se caía. En el último segundo siempre perdía el equilibrio desplomándose a tierra. Un día le propuso cambiar los estoperoles por unos más altos. Cramer presentía que eso le daría más estabilidad. Dicho y hecho. Su nivel subió ostensiblemente en esas jugadas al borde del área y los goles se hicieron algo habitual. Tan habituales que los diarios y revistas comenzaron a tomarlo en cuenta.

A Kalle le gustaban los relojes. Siempre sintió curiosidad por ellos. El entramado, los mecanismos que se conjugaban para un buen funcionamiento. La ezquisitez de un bello modelo. Él mismo era un reloj, alemán por supuesto. Fue así, con la exactitud que da un trabajo bien hecho, que Kalle fue la gran revelación del Bayern a finales de los 70.

Udo Lattek, un padre futbolístico para la mayoría de esa generación, lo pone en el primer equipo y ahí se foguea nada menos que con Beckembauer en sus últimos años con el Bayern, pero sobre todo con Gerd Müller de quien aprende a definir y buscar espacios. Lo siguiente fue un espiral. Portadas, la televisión, los comerciales, y la vida social pertinente al club se hacen habituales.

Jugó el Mundial de Argentina convirtiendo tres goles, ganó la Eurocopa del 80, recibió el Balón de oro ese año y el siguiente. Más tarde fue figura en el equipo alemán durante el Mundial de España 82 donde fue subcampeón. Pero él quería conocer otras latitudes. Luego de diez temporadas en el Bayern se marchó a jugar en el Inter de Milán el año 84. Durante todos esos años fue el deportista germano más famoso del mundo. Tanto en el Bayern como en el Inter cada día llegaban más de 700 cartas de fanáticos haciéndole sentir su admiración. En junio de 1986 disputa el Mundial de México y es ahí -luego de aquella final perdida frente a la Argentina de Maradona- que comienza realmente este relato.

Kalle bebía de vez en cuando alguna cerveza. Cuando se presentaba la ocasión algún whisky. Un vaso. Nada más. Era un tipo hogareño, tres hijos, una linda esposa. A comienzos de los 80 veían su serie favorita: Dallas, y luego se dormían abrazados. Pero aquel año 1986 en tierras aztecas algo ocurrió. Kalle ya tenía 31 años y su carrera estaba en descenso. Él lo fue advirtiendo así. No se sentía acabado, pero notaba que ya no lograba hacer todo lo que antaño conseguía. Para todo futbolista el proceso de retiro es doloroso y ésta no era la excepción. Kalle quería despedirse en el podio y Maradona se encargó de impedirlo.

Kalle se topó con un país imaginario como lo era México durante ese año 86. Un país que recién afrontaba la reconstrucción con más ganas que recursos concretos tras un terremoto devastador y donde la criminalidad no alcanzaba los niveles que luego fueran vergüenza mundial. En resumidas cuentas, Kalle se encuentra con Comala. Y es en ese lugar que organiza su propio funeral deportivo con más anhelos que el irrebatible colorido de los goles y las jugadas memorables. Kalle siente que su entrenador Franz Beckembauer no confía en él y una leve orfandad se establece entre ambos transcurridos los primeros encuentros. El campeonato avanza y Kalle alterna entre la titularidad y la suplencia sin mayor pena ni gloria. Los delanteros titulares son Voeller y Littebarski y no hay discusión. Pese a que en la final hace el gol del empate transitorio, Alemania cae derrotada y con el gol de Burruchaga, Kalle siente que su paso por la selección ha llegado a su fin. Futbolísticamente ha muerto en aquella cancha del Estadio Azteca.

Paul Breitner, íntimo amigo de Kalle, ha viajado a Ciudad de México para ver la final y acompañar a sus excompañeros. Luego del partido -y ante la pena tras la derrota- Breitner intuye que Kalle, su gran amigo está desconsolado. No tendrá más opciones para ser campeón mundial. Entonces, sin más ni más, le lanza una invitación:

– ¿Por qué no vamos a dar una vuelta? – le pregunta.

Kalle lo mira sin asombro y responde:

-Buena idea. Necesito un poco de aire, salir. Cerca hay varios restaurantes. Vamos a comer algo.

-Y bebemos una cerveza- agrega Breitner.

-Y bebemos una cerveza- ratifica Rummenigge, quien mira por el enorme ventanal de la habitación como el cielo de Ciudad de México comienza a oscurecerse sin saber si es por el smog o el crepúsculo. Pequeñas luces se ven a lo lejos y los autos avanzan despacio por la avenida principal, sin detenerse jamás. Son como hormigas, pequeños insectos multicolores que deambulan caóticas por un sendero que choca con otras vías de transporte.

– Parece que aquí la gente vive bien- señala Kalle y Breitner mueve la cabeza en signo afirmativo sin entender muy bien qué es lo que ha querido decir su amigo.

-México es un país alegre. La gente tiene una dignidad que asombra- responde sin pensar mucho en ello Breitner.

 Luego ambos se ponen a reír.

– Nunca he tomado tequila- dice Kalle abriendo los ojos como si aquello fuera un pecado.

-Pues hoy vamos a tomar tequila- manifiesta Breitner como si aquello fuera lo más imperativo en la vida de dos hombres mayores que se la han pasado jugando fútbol, yendo de allá para acá sin advertir el real cariz de la gente que conocían y de los lugares que escasamente advertían por el vidrio del bus. Miró a Breitner. Estaba más viejo y más gordo, pese a no tener panza ni los cabellos canos. Pero estaba más viejo.

-Tú estás más viejo- le dijo sin mayor mesura.

-Tú también- respondió Breitner.

-Es una buena razón para tomar tequila- sentenció Kalle.

– La mejor de todas- volvió a responder Breitner sonriendo.

-Reden wir keinen Unsinn (No hablemos tonterías)- dijo Kalle, al mismo tiempo que sonaba el teléfono y ambos salían por el umbral de aquella habitación del Hotel sin siquiera detenerse a contestarlo.

A un costado de la enorme sala del restaurante se podía divisar, entre las hojas de los gomeros y los ficus, un grupo de ejecutivos de algún banco extranjero o una corredora de la bolsa. Hombres y mujeres de unos 40 años, que reían y hablaban de negocios o de autos de lujo. Sus rostros estaban bronceados como si recién hubiesen retornado de unas largas vacaciones en el Caribe. Un par bebían con inusual entusiasmo como si el mundo, su mundo, se fuera a acabar en ese preciso momento.

Kalle y Breitner habían elegido ese rincón apartado y poco visible por las plantas que cercaban la mesa debido a un afán de tranquilidad ante el constante apremio de los seguidores que deseaban sacarse una foto o pedir un autógrafo.

Breitner en su juventud albergó ideas maoístas, pero de eso Kalle no sabía mucho. Solo sabía que -cuando ambos compartieron camiseta en el Bayern- el barbudo Breitner siempre le metía pases en profundidad que luego él transformaba en goles. Breitner era un buen socio. Y era su mejor amigo. El hecho que hubiese sido, o era, de izquierda no cambiaba para nada las cosas.

– ¿Qué tal si hacemos un trio?- preguntó uno de los ejecutivos más borrachos y las mujeres del grupo rieron sonrojadas. Pese a estar bastante alejados Kalle y Breitner escucharon la frase pero no la entendieron. En ese preciso momento apareció una señora de tez rosada y los saludo, preguntándoles si hablaban inglés.

-Yo hablo un poco de español- dijo Britner, quien había jugado en el Real Madrid aprendiendo el idioma en aquellas temporadas hispanas.

-Yo parlo un po il italiano e il spagnolo- señaló Kalle alargándole la mano.

La mujer lo saludó amistosa.

-Bienvenidos al Lápiz Negro- señaló la señora-. ¿Desean comer? – preguntó.

-Oh, sí- respondió Britner-. Tenemos mucha hambre.

 -Les facilito la carta- manifestó la mujer, pasandoles un trozo de cartón corrugado envuelto en papel dorado con ribetes negros.

-¿Cuál es la especialidad de la casa?- preguntó Kalle.

-Carne y pescado- respondió la mujer.

-Carne- eligió Breitner moviendo la cabeza en signo afirmativo

– ¿Cerdo, cordero o vacuno?

-Cordero, por supuesto. Asado, muy asado.

¿Y usted? – le preguntó a Kalle.

-Io pescado. Salmon al forno con patatas- agregó Kalle.

– ¿Para beber? – volvió a preguntar la señora.

-Cerveza- pidio Kalle-. ¿Hay cervezas alemanas?

-Paulaner alemana o Hesse- sentenció la mujer con cierto orgullo.

-Hesse entonces.

-Dos- sentenció Breitner complacido-. Señora, esté cerca, por favor- finalizó el barbudo pasándole 50 dólares en un gesto casi imperceptible.

-Lo estaré- respondió ella con una gran sonrisa y se alejó.

– ¿Cómo se llama? – le gritó Breitner.

-Margot- volvió a gritar ella levantando uno de sus brazos

– ¿Te diste cuenta? -le inquirió Kalle a su amigo.

– ¿De qué? -contra preguntó Breitner intrigado. Que

-Esa mujer es judía- respondió Kalle.

Desde el fondo de la sala se escuchaba música latina, un tema de Luis Miguel, luego algo más antiguo, boleros, un bossa nova, seguido de un tango. Los dos futbolistas ya habían comido e iban en la tercera cerveza. Sus rostros comenzaban a adquirir un tono rosáceo, que se aliviaba con la brisa nocturna que venía desde la puerta entreabierta de la entrada norte.

– ¿Y ahora qué vamos a hacer? – preguntó Kalle

-Beber cerveza- respondió Breitner-, agregando:

– ¿A qué te refieres?

Kalle sonrió.

-Nada. Olvídalo.

– ¿Por qué dijiste que la camarera era judía?

-Lo es- respondió Kalle-. Yo sé reconocerlas.

-Desconocía ese talento tuyo para reconocer judíos- respondió Breitner.

-Es una historia antigua. Y no es broma.

– ¿Antigua?

-Un tipo me enseñó cosas de los judíos.

-Es una broma tuya- respondió Breitner.

-No- sentencio Kalle y bebió de su copa muy serio, como si hubiera cometido un error.

Pasó un buen rato donde hablaron de sus familias y de lo que podrían hacer en el futuro. El Bayern estaba en la mira de ambos. Era su casa y los hinchas sentían un cariño que era difícil de soslayar. La conversación era cálida y sincera.

En un instante Breitner llamó a la camarera.

-Señora Margot, ¿nos puede traer dos cervezas más?

-Por supuesto- respondió la mujer, quien ahora llevaba puestos unos lentes de marco metálico que le daban un aire solemne. Luego se alejó caminando muy rápido como si alguien más la solicitara con urgencia. A lo lejos el grupo de ejecutivos estaba cenando y su tono de voz había descendido.

-Salud- exclamó Breitner y alzó su copa con lo último de cerveza que quedaba.

– ¡Salud!- espetó Kalle más fuerte de lo normal.

Las dos copas chocaron emitiendo un quejido corto y filoso.

-Ahora cuéntame eso del señor que te enseñó a reconocer judíos- dijo Breitner.

Kalle sonrió.

-También me enseñó a reconocer borrachos- lanzó Kalle sin más ni más.

Breitner no entendió el chiste pero lanzó una carcajada que retumbó en la sala y atrajo algunas miradas.

-Eso no es cierto. Es broma. Pero lo de los judíos sí lo es- completó Kalle con seriedad.

-Pues dale. Cuéntame sobre eso- lo invitó Breitner.

-Okey, hagamos un trato: yo te cuento eso y tú me cuentas eso de tu simpatía por el maoísmo.

Breitner lo miró serio como si no hubiese escuchado bien el requerimiento de Kalle.

-Nos conocemos hace diez años, somos buenos amigos y ahora quieres preguntarme eso. ¿No lo pudiste hacer antes?

-No. No sé mucho de política. Creí que era algo delicado- señaló el rubio delantero muy despacio como si fuera culpable de ello.

-Mierda. Debemos estar un poco borrachos- señaló Breitner, agregando:

-Bien, comienza tú y luego yo te cuento de mi antigua simpatía por el maoísmo.

-Bien. Ese es un empate. Nadie pierde. Todos ganamos- sentenció Kalle al mismo tiempo que la camarera se aproximaba con una bandeja con las dos cervezas que depositó encima de la mesa de ratán. Breitner sacó un billete de su bolsillo y se lo dio.

-Señora Margot… ¿cuál es su apellido? – le preguntó el barbudo exjugador.

-Markowitz- respondió ella metiendo el billete en su delantal.

Breitner la vio partir al mismo tiempo que susurraba un «Claro que es judía» que solo él pudo escuchar.

-El secreto está en la mirada- explicó Kalle-. La mirada de los judíos es distinta a todos los demas. Es la mirada de alguien que siempre está «adelantado».

– ¿»Adelantado»?

-Sí, adelantado.

– ¿Cómo adelantado?

-Adelantado. Como si ya supieran todas las respuestas. Y como saben todas las respuestas sacan ventaja. No es un defecto; sino una virtud. Algunos se aprovechan, claro está. Pero son los menos.

-Hummmm. Muy interesante. ¿Y eso te enseñó el viejo? Pero vamos por orden. ¿Quién era ese viejo que te enseñó a reconocer judíos? – preguntó Breitner.

-Esto no se lo he contado a nadie- respondió Kalle.

-Hasta hoy- lo corrigió Breitner mirándolo fijo-. Somos amigos ¿no?

-Hasta hoy- agregó Kalle.

-Continúa, dale, por favor- le pidió Breitner.

-Bien. Eso haré… Esto pasó a inicios del 74 en Lippstad. Mi padre tenía un amigo que era mecánico como él y algunas veces se reunían a jugar naipes. Todos los sábados en la tarde, cerca de las nueve de la noche, iba donde su amigo y ambos preparaban asados de cerdo al horno, con puré de manzanas mientras bebían Apfelwein o cerveza Helles. Algunas veces yo iba. El dialogo era interminable. Escuchaban en la radio viejas canciones y rememoraban tiempos pasados: anécdotas, antiguos amores, sucesos alegres y tristes. Una noche que yo no pude jugar por una lesión, los acompañé y ahí este señor, Gunter, así se llamaba, bebió más de la cuenta. Como nosotros esta noche. E hizo una confidencia: él había sido carcelero en Dachau durante cinco años. Eso fue entre el 40 y el 45. Al escucharlo yo quedé aterrorizado. En ese entonces Gunter vivía en Munich y las SS lo invitaron a «participar» en aquel trabajo relacionado con mecánica. No se pudo negar. Eso hubiese sido la muerte inmediata. Por lo menos así lo pensó en aquel instante. Él era solo un mecánico. Un mecánico que debía fiscalizar los trabajos que hacían los presos y deportados para la BMW. Gunter contó que había muchos religiosos en las barracas de Dachau. La mayoría eran judíos, pero a él le impactaba que hubiera muchos sacerdotes protestantes, católicos y Testigos de Jehová.

-¿La BMW tuvo un campo de trabajos forzados en Dachau?- lo interrumpió Breitner.

-Sí, una especie de pequeña fabrica. Bueno, pues los nazis tenían muchos campos de concentración externos, pequeñas plantas, casi todos de la BMW y otras empresas. Una de ellas estaba en el propio campo de concentración de Dachau. Ahí trabajó Gunter. En ese entonces era muy joven, tenía 20 años, tal vez 21. Nunca confesó haber pertenecido a las Juventudes Hitlerianas, aunque todos, o casi todos las integraban.

-Perdón por la pregunta, pero ¿tu padre también las integraba? – inquirió Breitner nuevamente.

-Mi padre estaba en Suiza. La familia supo que quedarse acá era un suicidio.

-Perfecto- añadió Breitner un poco avergonzado.

Kalle siguió con el relato:

-Gunter nos contó que al comienzo la ciudad de Munich fue advirtiendo que los presos eran supuestos opositores o amenazas para el régimen, es decir comunistas, disidentes de izquierdas, religiosos y población calificada como inferiores: homosexuales, gitanos y un gran núcleo de judíos, mayoritariamente polacos, agregando prisioneros rusos, pero también españoles, franceses, italianos, holandeses, daneses, checos. En realidad, de toda Europa. Gunter no podía entender el maltrato que se les daba por igual, incluso a los niños.

Breitner acabó su cerveza y pareció intranquilo.

– ¿Te molesta que fume? – preguntó.

-No.

El barbudo sacó un encendedor y llamó a la camarera.

– ¿Señora Margot, tienen puros a la venta en este lugar? -preguntó.

-Sí, puros cubanos. Montecristo. ¿Desea que agregue uno en la cuenta?

-Por favor. Y he acabado mi cerveza, pero es demasiado gas por hoy. Quiero cambiar, deseo un whisky. Un Chivas. Con dos hielos, si es tan amable.

 Kalle pidió un Johnnie Walker Negro con Ginger Ale y un platillo de maní y pasas. Era su turno para darle propina a la mujer así que le alargó un billete al mismo tiempo que le preguntaba sobre el origen de su apellido.

-Es polaco- respondió ella sorprendida.

-¡Que bien!- argumentó Kalle-. Amo Polonia. Gente maravillosa.

-Mi familia emigró de allá. Yo soy mexicana- respondió ella sonriendo.

-Es bello México. País de luchadores- agregó Breitner.

-Al igual que Polonia- respondió ella, pero ahora ya no sonreía, sino estaba reflexiva, como si algo le viniera a la mente. Luego de eso pidió permiso y se marchó.

Los dos hombres se quedaron en silencio mientras un poco más allá algunos de los ejecutivos se despedían. El grupo ahora solo contaba con cinco hombres y dos mujeres, los cuales parecían serios como si estuvieran en un ritual muy solemne que impidiera cualquier distracción.

-Había un monte y en ese monte existía un museo que reflejaba la cultura de la zona. Pintores, escritores, filósofos, grandes músicos. Todos tenían un lugar en ese museo, gran patrimonio de la zona. A menos de dos kilómetros los nazis pensaron colocar un campo de concentración, pero luego desistieron de la idea. No habría sido bien visto que al museo llegara el olor que emanaba de los crematorios. Los nazis lo consideraron un desatino. Eso fue lo que nos comenzó contando Gunter. El inicio de su relato fue ese-señaló Kalle mientras le daba un sorbo al Johnnie Walker Negro. Luego cerró los ojos y movió la cabeza con celeridad como si un insecto hubiese entrado en uno de sus oídos.

Breitner sonrió mientras le daba una pitada al puro para luego expulsar el humo que fue a dar al techo y se desvió en un trayecto absurdo y azaroso.

-Gunter en un instante del relato nos dijo, siempre lo recuerdo pues se me quedó grabado, que hubiese deseado subirse a un cohete espacial y marcharse a la luna. Pero eso era imposible. Continuó trabajando en Dachau. Siguió en sus labores de fiscalización y asesoría del trabajo de los prisioneros, quienes estaban en pésimas condiciones. Nos narró todo eso. Se sentía culpable. Trabajar ahí, viendo eso, era su crimen. Pero nunca hizo nada, ninguna crítica, ningún esbozo de rebelión, ningún acto de caridad. Se mostró duro. Tratando, interiormente, de que eso no lo quebrara. Pero hubo un hecho que no pudo soportar.

Kalle le narró a Breitner lo que aquel anciano vio:

“Un día arribó un camión con cerca de cien niños judíos que bordeaban entre los cinco y doce años. Fue en invierno y una llovizna cayó en el campo que tras el paso de los minutos provocó un enorme lodazal. Los niños apenas vestían delgadas chaquetas y uno que otro se cubría con algún abrigo grueso. La mayoría temblaba de frío y de miedo. Algunos estaban paralizados. Los perros de los guardias ladraban con ferocidad tirando fuertemente de las correas de los carceleros. Prontamente fueron bajados del camión. Algunos se resbalaron en el barro y cayeron al suelo. Los guardias se reían, otros simplemente trataban de que aquello acabara lo más rápido posible. Los pocos oficiales nazis que estaban reunidos cerca fumaban sin darle mayor importancia al suceso”.

-Gunter, aquella noche, cuando nos relataba eso a mi padre y a mí, de pronto se levantó de la mesa y fue a su dormitorio. Se escuchó el ruido como si estuviera abriendo un cajón de un oxidado mueble y luego de unos minutos -en que yo y mi padre estuvimos en silencio- volvió con una pequeña caja de satín azul cubierta de polvo y el rocío de la humedad de los muchos inviernos. Ninguno de nosotros dijo palabra alguna. Con dificultad se sentó, apartando las sillas vacías. Y continúo con el relato:

«Yo hice algo que aún no me explico- nos señaló Gunter-. Estando en la pequeña sala de la fábrica y, al ver el camión con esos niños, salí sin pensar en nada, cruzando el patio y el jardín que apenas tenía cesped, pasando al lado de los soldados y los oficiales de las SS, quienes me vieron con cierto asombro. Me acerqué a los niños que se detuvieron entre sorprendidos y temerosos de mi actitud. Los chicos estaban adelante y las niñas un poco más atrás. Comencé a mirarlos detenidamente a los ojos, parecía que tanto yo como ellos podíamos atravesarnos con la mirada. Ellos comprendieron quién era realmente yo, y yo supe que ellos advertían su destino. Sabían que iban a morir. Me tiritaban las piernas y sentía un ardor en el estómago. La boca seca, amarga, la lengua rugosa. Todos aquellos niños mirándome, sin decir una palabra, pero comunicándose conmigo de una forma silenciosa y extraña. Una fuerza enorme en ese lugar, la fuerza de gritos acallados y el inconmensurable deseo de vivir que iba a estallar en cualquier instante, deseando que ello ocurriera. Era lo único que anhelaba, que ese lugar estallara, que desapareciera y que esos niños no estuvieran ahí sino en un lugar protegido, en un mundo distinto. Esas miradas, la de esos niños judíos, me estaban perforando el alma. Se me quedaron grabadas hasta hoy. En un segundo me sentí desfallecer. Me faltaba el aire. Fue entonces que una niña se acercó. Era una pequeñita que no superaba los siete años, envuelta en un chal azulino, con pantalones rotos en las rodillas. Sus ojos eran de un verdor muy oscuro, con trenzas delgadas de un café pálido. Lentamente fue aproximándose, adelantó una de sus manos y me entregó lo que guardaba en ella. Era una flor pequeña y blanca, que finalizaba en un pequeño fruto rojizo. La flor pareció destellar. Al entregármela la niña sonrió y luego de cogerla ambos nos quedamos en silencio. «Gracias» le dije y ella se dio media vuelta y volvió al final de la fila. Yo, a duras penas, volví a la fábrica».

Gunter aún conservaba la flor en ese estuche. Abrió la caja. La flor era hermosa y pese a estar arrugada aun destellaba el brillo de aquella época. Parecía alumbrarnos en la noche. Gunter señaló:

«Nunca había visto una flor así. Era como el corazón del mundo, si es que el mundo tiene uno.

Una flor puede ser el corazón del mundo y no lo sabemos. La cortamos, la arrancamos de raíz y creemos que esa flor puede ser reflejo de algo bello, que puede demostrar amor si se la entregamos a alguien. Lo hemos venido haciendo desde tiempos remotos y nadie ha dicho que es un error. Matar algo, o a alguien, es nuestra forma de demostrar amor. Un legado de civilización tras civilización, siglo tras siglo. Muere una flor y nace otra. Pero esa no ha sido nuestra victoria. Mucho menos nuestro legado. La naturaleza nos ha abofeteado desde que se creó el mundo, pero lo ha hecho con el pétalo de esa flor. Hasta ahora».

-«Todos esos niños eran flores y los asesinamos», nos dijo Gunter esa noche. Y creo que es cierto.

-Los asesinamos. Realmente fue así- afirmó Breitner.

Y por unos minutos nos quedamos en silencio.

Luego pedimos la cuenta, pagamos y Breitner le dijo a Margot que lamentaba el haberla tenido trabajando hasta tan tarde, que perdonara las molestias. Entonces ella, como si hubiera escuchado toda nuestra conversación, señaló:

-Yo sé quiénes son ustedes, sé lo que han hecho y lo que encarnan. Están en libertad, créanme que están perdonados, pero ahora tiene una gran obligación- señaló Margot, observándonos como si nos pudiera atravesar con la mirada.

Y luego se marchó. Y nosotros también lo hicimos. El tequila ya no era necesario.

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