Antonio Ramón Ramón, Kurt Wilckens y Monika Ertl

Por Ricardo Paredes Vargas

En estos días de campaña plebiscitaria, partidarios del Apruebo y del Rechazo salen a las calles a manifestarse. Los del Apruebo lo hacen con creatividad y optimismo, pese a que son reprimidos con violencia por las fuerzas policiales. Nada nuevo. Los partidarios del rechazo, los pocos que salen, se manifiestan armados para agredir a sus oponentes mientras la policía los resguarda y hace vista gorda ante sus desmanes, que incluyen la destrucción de murales, graffitis y otras obras de arte popular. Al respecto, La Olla Sindical denuncia a través de un video breve la destrucción del monolito erigido en homenaje a Antonio Ramón Ramón. Este pequeño monumento –instalado el año 2007 en el lugar del atentado al general Roberto Silva Renard, en la estación del metro Rondizzoni de Santiago por el colectivo Memoria Rebelde- ha sido punto de conmemoración de las y los caídos de la Escuela Santa María de Iquique-. Pero, ¿qué tan importante puede ser este personaje como para merecer un monumento que, aunque humilde, testimonia el afecto del pueblo para con uno de sus héroes? Los perpetradores lo saben muy bien.

Antonio Miguel Ramón

Ramón fue un obrero español asociado con el movimiento anarquista, quien atentó contra el general chileno Roberto Silva Renard el 14 de diciembre de 1914, para vengar a su medio-hermano Manuel Vaca, muerto en la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique, en 1907. Hernán Rivera Letelier, escritor chileno –que trabajó en el salitre-, en su novela “Santa María de las flores negras”, recrea este trágico episodio de la historia obrera: “Al acallarse el tableteo de las ametralladoras, en la plaza sembrada de cuerpos caídos –y de algunos cadáveres de caballos alcanzados por la metralla-, el silencio pareció cósmico. Después, poco a poco, se fue comenzando a oír el llanto de las mujeres, los estertores de los moribundos y los gritos desgarradores de los hombres heridos mortalmente, pidiendo por piedad que los terminaran de matar de una vez por todas. Entre esos gritos de dolor se elevaba por sobre todos el de un obrero agonizante clamando entre sollozos, en un marcado acento español, que su nombre era Manuel Vaca y que por favor le avisaran a su hermano Antonio para que viniera a vengar su muerte. Seis años después supimos que el hermano había cruzado la cordillera a pie desde Argentina, donde se hallaba trabajando, para atentar contra la vida del general fratricida. Y aunque fue un intento frustrado, logró herirlo varias veces con una pequeña daga. Una de las heridas le comprometió el ojo izquierdo y el militar se vio obligado a usar un parche de pirata por el resto de sus días. Que al verse manchado de sangre, contaban los testigos oculares del hecho, el general, tan arrogante en la matanza de Iquique, lloraba como un perrito nuevo acurrucado en el suelo.” En premio a sus servicios, Pedro Montt, Presidente de la República, le expresa solemnemente al general al comunicarle su designación como agregado militar en Alemania: “Ha cumplido usted con los deberes inherentes a su cargo en forma que hace honor a su criterio y energía”. Los miles de muertos no tuvieron justicia, excepto por la acción de Antonio Ramón Ramón. Pero héroes vengadores también ha habido en otros tiempos y lugares, como es el caso de Kurt Wilckens.

Kurt Wilckens

En su libro La Patagonia Rebelde, Osvaldo Bayer recoge el testimonio de la virulenta represión y matanza de obreros en las huelgas patagónicas de 1921-22 en la República Argentina, a manos del ejército trasandino. 1500 trabajadores argentinos, entre los cuales también había europeos y chilenos fueron asesinados a raíz de la presión que los estancieros ejercieron exitosamente al gobierno de Hipólito Irigoyen que envió al teniente coronel Héctor Benigno Varela, el “fusilador de la patagonia” a reprimir a los obreros en huelga por conseguir mejoras. “Les hacía cavar las tumbas, luego los obligaba a desnudarse y los fusilaba. A los dirigentes obreros los mandaba apalear y sablear antes de dar la orden de pegarles cuatro tiros”, relata Bayer. Kurt Gustav Wilckens fue un militante anarquista alemán de tendencia tolstoiana, enemigo de la violencia, que piensa que ante la violencia impuesta, en casos extremos, la única respuesta debe ser la violencia, según el principio de matar al tirano. “Cuando en un país no hay justicia, el pueblo tiene el deber de llevarla a cabo”, sostenían los anarquistas. Y Wilkens cumplirá con su acto justiciero. Bayer cuenta que el día 27 de enero de 1923, Wilckens espera al teniente coronel a la afueras de su casa, en Palermo, frente a los regimientos 1 y 2 de Infantería. Está premunido de un artefacto explosivo y de un revólver Colt. Heridos ambos por la explosión de la bomba; Varela intenta desenvainar su sable, mientras Wilkens le dispara. El primero morirá en el lugar y Wilckens será asesinado en prisión. Como en el caso anterior, tampoco habrá justicia para los obreros asesinados, salvo por el acto de Wilckens. Pero su memoria aún se mantiene viva. El payador argentino Martín Castro, en su “Canto a Wilckens”, lo define así: Wilckens no es una venganza, es el fruto, es la cosecha de quien sembró tiranías para recoger violencias.En Bad Bramstedt, una pequeña ciudad del norte de Alemania, se recuerda con orgullo a Kurt Wilckens.

Monika Erlt

Monika Ertl nació en Múnich, Baviera, Alemania nazi, el día 7 de agosto de 1937. Su padre era Hans Ertl, camarógrafo alemán de la cineasta nazi Leni Riefenstahl. En 1948, durante el periodo de desnazificación posterior a la Segunda Guerra Mundial, su padre emigró a Bolivia. Monika ingresó al Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia a finales de los años 60 y se la recuerda como «la vengadora del Che Guevara». Al principio, tuvo un papel más bien pasivo en la lucha revolucionaria y destacó tras la muerte del Che Guevara en la fase de reconstrucción del movimiento, cuando se dedicó a ayudar a los sobrevivientes del fallido levantamiento de Guevara contra el gobierno militar brindándoles refugio, especialmente a los hermanos Inti y Chato Peredo, los seguidores de Guevara en la dirección del ELN. Monika Ertl estuvo involucrada en el asesinato de Roberto “Toto” Quintanilla Pereira, coronel de la policía boliviana. Quintanilla, había sido señalado por el ELN como uno de los principales responsables de la ejecución del Che Guevara, tras la cual al guerrillero le cortaron las manos por orden de Quintanilla, de acuerdo con el testimonio de Chato Peredo. El gobierno de Bolivia había nombrado a Quintanilla como Cónsul en Hamburgo para protegerlo de las amenazas contra su vida. Pero, la mañana del 1 de abril de 1971, una bella y elegante mujer entra a la oficina consular y espera pacientemente ser atendida. Mientras hace antesala, mira indiferente los cuadros que adornan la oficina. Roberto Quintanilla, vestido elegantemente, aparece en la oficina y saluda impactado por la belleza de esa mujer que dice ser la australiana, y quien días antes le había pedido una entrevista. La mujer lo mira fijamente a los ojos y sin mediar palabras extrae un revólver y dispara tres veces. No hubo reacción. Los impactos dieron en el blanco. Quedan atrás una peluca, su bolso, su Colt Cobra 38 Special y un trozo de papel donde se leía Victoria o muerte. ELN. Las policías de Europa y Bolivia emprendieron la persecución de la joven, pero toda pesquisa resulta infructuosa. El trágico fin de Monika Erlt acaeció el 10 de mayo de 1973, cuando fue ejecutada por las fuerzas de seguridad bolivianas. Hasta hoy el cuerpo está desaparecido. Tan solo existe una placa rústica a la entrada de un cementerio en La Paz que dice: “Aquí yace Monika Ertl”. Su historia ha sido recogida en el libro “La mujer que vengó al Che. La historia de Monika Ertl”, escrito por Jürgen Schreiber y en videos documentales.

Cabe señalar que las historias de estos personajes se mantienen vivas en la memoria del pueblo y sus actos son recordados con respeto y admiración, reconocimiento que es, de alguna forma, un acto de justicia.

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