Cuando escuchamos el nombre de Manuel Rojas se nos viene a la mente su cuento El vaso de leche o sus novelas Hijo de Ladrón, Lanchas en la bahía o La ciudad de los césares. Todos leímos a Manuel Rojas en el colegio o posteriormente. Sabemos que es un gran escritor. Pero su vida y su obra son enormes. Manuel Rojas es tal vez el novelista que mejor reflejó nuestro país. En todo su sentido y amplitud.

Tildarlo de “costumbrista” es quedarse chico en la definición. Siempre buscó contar algo de manera viva, con un lenguaje directo, fácilmente comprensible. No se propuso deslumbrar a nadie; quería emocionar y ser expresivo. Sencillez en la acción, intensidad en las emociones. Una narración pausada pero no lenta, agregando la psicología de sus personajes hacen de este literato -cuyos relatos son sinceros y auténticos- alguien que no utiliza trampas para establecer una relación directa y emotiva. Y eso no es nada de fácil. Relatos sobrios pero vigorosos, llenos de misericordia. Algunas veces sensible, en ocasiones brutal, como la vida que vivió y observó en sus andanzas y cuyo testimonio es fascinante. La cordillera, el puerto, los cites o los bosques del sur. Cualquier escenario es materia viva para sus relatos. Todo Chile. Por eso no es exagerado tildar a Manuel Rojas, como el autor más chileno, un gigante de cuerpo y alma.

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