Por HD

Sergio G tenía una camioneta Chevrolet C10 del 79, un local de ropa americana en Lynch, y también tenía una pistola. Todo sucedió en Maicolpué, y con los años el recuerdo se ha convertido en un espejismo, un paso distante, entre los muchos que constituyen la vida. Lo primero fui averiguándolo el 84, lo segundo al año siguiente, y lo tercero la segunda noche que lo conocí. De lo sucedido esa noche de febrero nunca lo hablé con nadie. Hasta hoy.

La camioneta era celeste con blanco y la pistola era una Glock que no sé dónde la saco, pero parecía una temible arma, recién lanzada al mercado. Esa pistola debía valer una fortuna así que era intrigante saber el porqué la poseía.  Osorno no era una ciudad peligrosa. Es más, no se movía una hoja en una ciudad catalogada como aburrida. La imagen de la pistola me sobresaltó. Sergio G era un misterio. Había tantas cosas en su personalidad pese a evitar dar muestras de sentimientos genuinos. En ese entonces no me importó.

Después lo supe. Sergio G contrató una chica rubia, muy bella, y la puso a trabajar como cajera. Eso lo averigué después y logra explicar algunas cosas.

En aquel entonces Sergio G debe haber tenido 25 años, o menos, un metro ochenta y unos bigotes casi rubios. Macizo. Botas Hush Puppies, chaqueta verde olivo militar. Siempre estaba tranquilo, o lo aparentaba.

 

No sé muy bien cómo llegó a la casa de los Brandt. Supongo que los lobos olfatean sus presas. Había tres mujeres en esa casa. Eso lo tiene que haber atraído. El verano hace que las personas se comporten de forma muy extraña. Una tarde apareció en esa casa con una excusa absurda y a la media hora estaba jugando Carioca con todos nosotros. Yo era el más pequeño de todos: 13 años pero con el paso del tiempo he llegado a la conclusión que fui el único en darse cuenta de lo que sucedió. El episodio de la pistola fue para la mayoría, luego de escuchar mi relato, lo más impactante. Pero eso era circunstancial. Lo peor era descubrir que esas cosas acontecían a diario y que uno no lograba darse cuenta de ellas. Más brutal que el episodio de la pistola era advertir que en el lugar menos pensado existe la posibilidad de encontrarse cara a cara con la maldad. Porque Sergio G era la maldad que nosotros nunca habíamos advertido.

 

Pero bueno, pasaré a narrarles el episodio de la pistola, que comienza con un cassette de Men at work. Una de las chicas confesó que le encantaba Men at work y Sergio G dijo que tenía uno. Así comenzó todo.

 

-Uno se siente libre en la playa, junto al bosque- señaló y lo quedamos mirando sin comprender el real significado de esas palabras-. Ese cassette es una maravilla. Pero ellos son unos pelotudos- sentenció. Y lo dijo con cierta rabia. Algunas veces decía esas cosas. Incluso, una noche, ya tarde, le oí exclamar en un murmullo algo de la carne de nuestros hermanos, nuestros hijos como sus hijos… algo así. A veces se le iba la moto. Y luego que Overkilll era un gran tema. ¿Quién sabía eso de Men at work y ese tema Overkill? Pues nadie. O casi nadie. Era cierto, claro está, pero a nadie le interesaba.

 

Y fuimos a buscar el cassette. Me pidió que lo acompañara, fuimos en la camioneta pero antes compró una botella de vino. Fue a Bahia Mansa y ahí compró la botella de vino en el Cruce. En un local a punto de caerse encontró una botella. Luego regresamos. Estaba muy oscuro y el mar sonaba a lo lejos, abajo, al final del despeñadero. Avanzamos a mediana velocidad. Casi, diría, despacio. Puso el primer disco de aquella banda y dijo que era muy bueno, aunque tuviera «canciones casi árabes». Lo dijo con un poco de desprecio, como si eso fuera malo. Siguió manejando al mismo tiempo que tarareaba las canciones en un ingles chapucero y torpe.

 

Entonces a la vuelta del camino aparecieron dos hombres. Iban a Bahía desde Maicolpué. De pronto las luces nos avisaron de su presencia. Iban muy borrachos, o por lo menos lo aparentaban. Con parkas largas, zigzagueando desde la orilla hacia el centro. Uno mas ebrio que el otro.

 

Sergio G contrató una chica para atender el local de ropa americana. Era rubia y delgada, ojos claros y confidenció que jugaba voleibol, que era «armadora». Usó esa palabra: «armadora». Muy estratégica en las jugadas, complementó en su propia descripción, como si alguien entendiera de esas cosas. La joven tenia un bonito físico, un metro setenta, tal vez un poco menos.

 

 

Al pasar uno de ellos golpeó la camioneta a un costado con poca fuerza. Nada importante. Pero Sergio G paró. Yo supe que algo malo podía ocurrir, pero deseé con todas mis fuerzas que ello no ocurriera. Uno de ellos le dijo algo y Sergio G abrió la guantera. Sacó la pistola con cuidado. Y se bajó de la camioneta con agilidad, fue muy rápido, se acercó unos metros al de pelo largo y le dio un golpe en la cara con la pistola. Algo salió volando, algunos dientes, supongo. El tipo cayó al piso, al barro, y no se paró más. Se dio mediavuelta hacia el cerro y luego no se movió. No se lograba ver bien por la neblina y yo tuve miedo. Quedé sin aire y sentí frío, estaba helado. El otro hombre se echó para atrás y espero ahí, en medio del camino. Un farol estaba a cien metros -para mí eso era mucho- así que apenas se veía. Y comenzó algo que yo no deseé: lloviznaba. Sergio G tiene que haberlo advertido; los tipos eran mapuches. Supongo que los reconocía fácilmente. El pelo y el color de piel. Había algo en ellos que a Sergio G no le gustaba nada. En la cara de Sergio G se advirtió que los odiaba. Eso parecía.

Se escuchaban los ruídos. Parecía una película de karatecas. Sergio G se abalanzó sobre el otro mapuche,que lo vio venir y lo recibió con una patada en la cintura , la cual Sergio G bloqueó con movimiento torpe y lento.  Mas la tapó, para luego ir aplicando un contragolpe con otras patadas que el mapuche recibió sin desespero. Pero los impactos eran débiles, sin mayor fuerza y el mapuche sonrió sabiendo que, aunque estuviera borracho podía dar batalla. Y buena batalla. Sergio G reculó. Se acercó a la cabina, tomando aire. Yo pensé que nos íbamos. Sin embargo su actitud fue muy distinta a lo que yo pensaba: volvió sobre sus huellas en el barro, y la mostró caminando con brío. Tenía el arma en la mano, brillando pese a la espesura de la noche y la llovizna. Siguió cayendo esa garúa y la escena se tornó incierta, nadie apostaría en qué podría terminar el duelo. Yo en la cabina viendo todo. Sergio G siguió avanzando y el mapuche lo vio apuntando a su cabeza. Se acercó decidido mientras a lo lejos unos perros ladraban. Fue entonces que le dijo:

-¿Quieres una bala en la cabeza? ¿Te pego un balazo, indio de mierda?

 

 

 

La señorita Z anotó unas cifras en un papel mientras se tocaba el cabello muy corto y rubio que apenas le llegaba al cuello. Tenía esa manía y sus padres la criticaban por ello. La señorita X, su prima, ojeó una revista pequeña Súper Rock con fotos de cantantes de aquel año 1984. La señorita X era más alta y ciertamente gruesa, pese al vestido ancho con el que trataba de disimular. La sala se temperó con el fuego incipiente y era más cálida con aquella luz -naranja en el centro- que caía algunos centímetros, pero no lo bastante, o lo suficiente, para tocar las cabezas de los que estaban ahí esa noche. Mucha madera esparcida, mucho adorno de loza, pájaros de papel maché alzando el vuelo, pequeños cuadros con paisajes escoceses o irlandeses. Las paredes eran de pino y en la entrada había un perchero con casacas húmedas y mas arriba un  termómetro con punta saliente que servía para dejar las llaves. Mas allá un colgador ridículo y muy pequeño. Era una especie de águila de yeso. Sergio G disfrutó al advertirlo: le gustaban las aves. De todo ello se dio cuenta al entrar con la botella de vino. En la otra mano traía el cassette de Men at work.

 

Al sentarse Sergio G se sintió avergonzado: estaba algo pasado de kilos y comprendió que eso no era bueno para alguien que deseaba casarse. También las señoritas X y Z sabían que era necesario casarse en algún momento. Eso esperaban de ellas: un matrimonio feliz con algún joven que velara por el futuro de su esposa e hijos, pero también de ellos, de sus respectivas familias, pues las familias debían convivir y ser amables y solidarias. Ellas lo hablaron una noche y llegaron a la conclusión que la idea era pésima: no querían casarse aún. Eran jóvenes y tenían metas por cumplir. Z iba a ser psicóloga y X profesora. E iban a tener novios, pero nada de casamientos. No, ni locas. No iban a construir ninguna organización ni sociedad conyugal donde ellas no fueran las protagonistas. El mundo iba a cimentarse con ellas o iba a continuar igual, lo que sería lamentable. Y ahora tenían frente a ellas a ese tipo Sergio G que juraba ser un nuevo divo del cine, de las teleseries, o algo así. La señorita Z lo advertía como alguien patético con su ropa tan planchada y sus ademanes cultos. Debía ser un trancado, quizás una figurita de bronce de papá, o tal vez el mismo padre era un golpeador, un padre severo que daba órdenes, las cuales debían ser cumplidas sin chistar. Eso es lo que pensaba la señorita Z desde su mirada de la conducta, y de lo no dicho de forma verbal. Su análisis derivaba de la mente de ese joven, y por ello podría equivocarse; aunque ella lo dudaba. Pero no quiso enrollarse más en el tema. Era febrero y había que pasarlo bien. X era más cauta, y por ello se sentía culpable. Tal vez él generaba algo en ella. Le gustaba su bigote y creía que era un buen muchacho. No era un buen prospecto ni mucho menos, pero eso no le importaba. Tenía un local de ropa americana, eso era inquietante. ¿Por qué no estudió algo para convertirse en abogado o médico? Sergio G era el dueño de un local de ropa americana. Vaya, eso era innovador. O completamente estúpido, cotidiano, superfluo en su más amplio concepto. ¿De qué servía y que llenaba su alma el ser dueño de un local de ropa americana? De nada. Era sólo por el dinero, por no morirse de hambre. Eso pensó X. Desde su mirada de profesora de arte en ciernes, vivendo en Nuñoa, en Exequiel Fernández, desde el no haber viajado nunca en micro a la escuela ni a ningún lado. Recordó que el primer día que conoció a Sergio G éste tarareó una canción de Carole King que había sonado en la radio. Ya nadie escuchaba a Carole King y eso era un hecho decidor. Era muy extraño escucharla de forma consciente. Pero él escuchaba a Carole King y eso era lo más aburrido del mundo. Los progenitores de X escuchaban a esa cantante, y las tardes podían ser muy lateras, junto a los helechos y los libros tirados sobre la mesa, al son de esas canciones. Deprimentes. Demasiado para su parecer. Alguien de 23 años en pleno 1984 escuchando a una cantante tan antigua. No. Para contrarrestar eso estaba Men at work. Eso estaba movido. Era lo que se escuchaba en esa época. Todos lo pasaban bien. La moda era el New Wave ,ser delgada y un tanto rebelde como Madonna. Pero ella no lo era. Miró su pantalón que se aprisionaba junto a la blanca piel. Estaba un «poco gordita», la gente usaba ese eufemismo. El pelo largo y los ojos que se le iban de acá para allá en la playa, tratando de observar a los demás, impidiendo que nadie la mirara demasiado. Ella se sabía tan curiosa como acomplejada. Las toallas en hilera, toallas de colores con cuadrados y líneas verdes y amarillas. El verano en la playa era de escasas victorias y múltiples derrotas. Pero aun así era feliz. O lo intentaba.

 

 

 

Volvimos en silencio después de la pelea. Sergio G dijo algo como que había actuado bien. Supongo que trataba de justificarse. Condujo rápido así que no tardamos demasiado. Nos metimos por el callejón y subimos por un camino lleno de pequeños arroyos que corrían por los costados. Las quilas tapaban lo que estaba más adelante y arriba, así que cuando se detuvo no se advertía más que vegetación y espesura en los cerros vecinos. El horizonte yacía a lo lejos con algunas manchas más oscuras de lo normal y las nubes corriendo temerosas ante la conquista de un dios maligno y el desgano de los hombres. Su casa era enorme, de tres pisos y estaba mu bien cuidada. Sin embargo era fría y los muebles estaban cubiertos por sabanas blancas como si no se hubiera habitado por un largo periodo. Era una casa muerta. Un cadaver de madera en un confín de aquel lugar casi en el fin de Maicolpué. Sergio G abrió una alacena y sacó una botella de pisco a medio beber. Luego una Coca Cola de litro y se preparó una piscola. Nos sentamos en un sillón con olor a azumagado y él bebió su trago con calma. Al cabo de cinco minutos su combinado estaba por la mitad y parecía que no deseaba beber más.

-Maldito hijo de puta, debí haberlo matado- lanzó sorpresivamente con rabia. Luego comenzó a reír y se pusó en pie.

-Vámonos- me dijo.

 

 

«Cuando era chico armaba rompecabezas de poquitas piezas. Cincuenta a lo más. Era muy entretenido. Armaba esos rompecabezas con mi madre mientras ella escuchaba en la radio canciones de la época y las noticias de los alrededores. Había una sección en que la gente avisaba sobre cosas, y enviaba recados: información sobre un quintal de harina que iba en la micro y que había que retirarlo, o que la junta de vecinos de Forrahue tenía reunión el martes. Cosas así. Armábamos los rompecabezas en la mesa del comedor, mirando el mar por el ventanal cuando levantábamos la cabeza, durante las pausas tras estar embutidos durante horas en el juego. Algunas veces ella solo decía «Basta» y el juego terminaba. Se levantaba e iba al baño o a cualquier otro lugar. Era extraño. Siempre imaginé que se iba a llorar desconsoladamente, pero tal vez era solo para estar sola. ¿Les molesta lo que les cuento?», preguntó Sergio G pero nadie dijo nada y las muchachas siguieron leyendo o anotando cosas en unas libretas rosadas, pequeñas y con tapas suaves. Eso creo que fue muy incómodo. Yo era pequeño, pero sentí aquello: una atmosfera enrarecida, sofocante, con poco aire.

Luego volvió a llover pero ahora con una fuerza inusual como si estuvieran tirando cosas pesadas sobre el techo: ranas, pájaros muertos, champas, cabezas de pescado o de animales, o el peso de pecados muy secretos e inconfesables.

 

 

Al año siguiente, también durante el verano, me enteré del local de ropa americana y la muchacha que las oficiaba de cajera y vendedora. Alguien me contó lo sucedido, pero olvidé quién fue. Mejor así. Mientras menos involucrados mejor.

Sergio G contrató una chica para atender el local de ropa americana. Era rubia y delgada, ojos claros y confidenció que jugaba voleibol, que era «armadora». Usó esa palabra: «armadora». Muy estratégica en las jugadas, complementó en su propia descripción, como si alguien entendiera de esas cosas. La joven tenia un bonito físico, un metro setenta, tal vez un poco menos.

La chica se llamaba Silke y era descendiente de alemanes. Su padre había tenido un campo, pero luego de la crisis económica del 82 lo perdió, según él por culpa del banco. Aquello detonó un descalabro mayusculo. El hombre tenía un camión así que comenzó a trabajarlo en lo poco y nada que se podía. No eran buenos años. Su esposa se dedicaba por completo a las labores del hogar, aunque la relación se había deteriorado demasiado y la mujer sospechaba que él había conocido alguien más en sus viajes a Valdivia o Temuco. Las cosas en la familia, donde había tres hijos ya grandes -dos hombres y una mujer-, no marchaban por el cauce correcto. Los dos jóvenes estudiaban en la universidad carreras relacionadas: uno veterinaria y el otro agronomíay al saber de la pérdida del campo decidieron no depender de sus padres y valérselas por sí mismos. Pero Silke no podía; es más: dependía totalmente de ellos para cumplir su sueño de ser profesora de educación física. El voleibol era su pasión: seleccionada de Osorno y de su colegio. Su padre la amaba, era su regalona, y ante ello se sentía mal al pasar esos apremios económicos.

 

 

Sergio G tenía algunos maniquíes de segunda mano que ocupaba cuando había alguna prenda que valiera la pena mostrar con más detalle. La ropa que vendía no era de primera ni mucho menos. Sus compradores eran gente pobre, trabajadores agrícolas u obreros, alguien que necesitaba una parka o un pantalón, alguna señora buscando un vestido o un chaleco para el invierno, un joven en busca de una polera en verano. No podía vender muy caro pues había otros puestos de ropa de segunda mano en Lynch. Durante esos años en una ciudad tan pobre como Osorno la mayoría de las personas compraba ropa usada o «ropa americana» como la comenzaron a denominar. Sergio G adquiría un fardo de prendas y luego las vendía en forma unitaria. No era un negocio para hacerse millonario, pero funcionaba para sobrevivir y darse algunos lujos; más aún cuando eras soltero y no debías pagar ni el auto -que ya lo poseía- ni el arriendo pues su padre le había regalado una casa en Zenteno con Barros Arana, sector bastante acomodado para un joven sin mayores compromisos como él.

 

Sergio G no es un pacato, tampoco un snob. Alguien podría calificarlo como un arribista pero eso también sería inexacto. Curiosamente la tienda de ropa americana él la denomina como «Des sängers fluch», texto en alemán que nadie comprendía. «La maldición de los cantantes» -su traducción- da ciertas luces de quién es Sergio G. Alguien que lo conoció me dijo que era un tipo poco convencional, un modernista en cierto sentido, «es un poeta sofisticado que odia la poesía, pero ama la música, o parte de ella. O la ve como algo inalcanzable y por eso la detesta», me dijo. En realidad, toda su vida es un continuo ir y venir por un sendero hacia lo inalcanzable. Eso es lo que dilucidamos años después uniendo cabos y aventurando conjeturas. Sergio G lucha en esa batalla (porque realmente es una batalla a muerte) por años hasta que llega esta chica llamada Silke. Es la antigua vendedora del local de ropa americana -o La maldición de los cantantes o simplemente Des sängers fluch- la que recibe el currículum de Silke. Aquella vendedora, ya mayor, ve como un absoluto error que una chica tan joven como Silke comience a trabajar para Sergio G, pero no le dice nada ni le advierte acerca de su presentimiento. Los tiempos que se viven no son buenos para hacer enemigos de forma gratuita. La ciudad es un lugar donde las interrogantes no son fáciles de dilucidar y el futuro es un sueño o una pesadilla que nadie logra comprender. Sólo se vive el instante de forma temprana, esperando que ese segundo acabe rápido y nazca uno muy distinto. Pero nada de ello ocurre. La vida se mira por la ventana corriendo como una película en blanco y negro, pero también se va diluyendo como un intrascendente suspiro. Esa también es una tortura. Un apremio invisible y vacío de todo sentido. Pero es así y todos lo comprenden. Cada uno de ellos bregando por algo que nunca obtendrán, como una especie de sacrificio en vano. Y aún así ríen. ¿Acabará algún día esta pesadilla? Quizás. La fe es lo último que se pierde, dicen los habitantes de la ciudad.

 

-Y usted tiene experiencia en ventas? – le pregunta Sergio G a Silke durante la entrevista de trabajo. Ella baja la cabeza y dice que no, pero que puede aprender, que puede ser una buena vendedora y levanta la cabeza y sonríe. Su rostro es anguloso y tiene una nariz tan perfecta y sus ojos claros traspasan con su mirada los vidrios y las paredes del local como una gran epifanía. Sergio G piensa que el fin del mundo ha llegado con Silke y no sabe si llorar o reír.

 

-Bueno, probemos un tiempo- señala derrotado y ella vuelve a sonreír y la tarde se ilumina para ambos en el cielo de Lynch, y en el Centro de Osorno, y va más allá, por los alrededores y las colinas de Pilauco y de Rahue.

 

 

Sergio G siempre sale bien parado. El sol, escaso aquellos días, pero fuerte cuando se deja caer, es tan robusto como un distante dios africano, o fiero cual nórdico, pero jamás como un dios que fuera de la devoción de los chilenos. Sergio G es bendecido durante el día, pero abandonado, inclusive, en la noche más insigne, con la definitiva soledad y el desamparo de un huérfano, de un paria, de un eterno excluido. Entonces Sergio G siente que la legitima defensa de su alma es un derecho también divino, o derivado de una casta familiar cual devota del Señor, pero en alianza con el mal. El horror, definitivamente, es un aliado. Bruto y pecaminoso, pero aliado al fin, y como tal, pensaba él, merecía respeto y comprensión.

 

 

Pasa el tiempo. Sergio G invita a Silke a tomar un café. Ella acepta. Ello ocurre repetidamente durante algunas semanas. La chica trabaja en buena forma: es atenta y diligente. Sergio G está conforme. Una tarde él se entera de un partido de voleibol donde ella va a jugar y acude al gimnasio a mirar el encuentro. Ella lo ve en la tribuna. Se siente extraña, un tanto incomoda, pero agradece que haya ido. Nadie de su familia está allí. No le importa. Es solo un partido de voleibol, nada crucial; aunque para las cosas importantes tampoco están. El hombre la mira desde la distancia y luego se pierde entre la multitud. Al día siguiente ninguno de los dos hace comentarios. Las conversaciones entre ambos son superficiales, como si existiera una barrera invisible que llevara a un terreno incomodo que ninguno desea traspasar. Pasan los meses. Llega el verano y una mañana la madre de Silke le comenta a su hija que Sergio G fue el día anterior a conversar con ella. Silke se sorprende.

-¿Y qué te dijo mamá?- pregunta ella.

La anciana la mira con cierta desconfianza.

-¿Andas metida en algo malo?- le pregunta a la muchacha.

-Claro que no- responde Silke.

-Me ha pedido tu mano. Quiere casarse contigo- susurra la madre de Silke.

 

La joven no sabe qué responder. De hecho, no dice nada. Sale corriendo y se va a su pieza. Nunca más verá a Sergio G. Al día siguiente viaja a Temuco donde una prima. Luego de algunos meses vuelve a Osorno. Se entera que Sergio G se ha marchado.

Eso es lo que supe sobre ese detalle en particular en «Des sängers fluch».

 

 

Pasan los años. De Sergio G no sabe nada concreto, solo rumores. Que está en Nueva York haciendo negocios en una inmobiliaria, que reside en Sao Paulo y tiene una vida de playboy con muchas mujeres, que se ha ido a Oslo y es mánager de un equipo de basquetbol semi profesional. La gente y sus pocos conocidos no saben qué pensar. En realidad, a nadie le importa. Cada uno trata de llevar su vida de la mejor forma posible. Silke sigue soltera, sus padres han fallecido y sus hermanos viven en Santiago.  Ella se ha recibido de profesora de educación física  y compra un terreno en Maicolpué donde lentamente construye su casa sin mayores dificultades. Es diciembre de 1999 y ella decide pasar el año nuevo en ese balneario. El nuevo siglo está a la vuelta de la esquina y con una amiga viajan a recibir ese siglo. Así llega ese acontecimiento. Las dos amigas están ansiosas, pero también un tanto melancólicas. Hay mucha gente dando vueltas por todos lados. Deciden ir al único restaurant abierto ese día. Es un bonito lugar y todo está iluminado con faroles y velas a esa hora, cercana a la medianoche. El lugar está repleto y todos brindan y conversan animadamente. Los comensales están felices y algunos ancianos bailan cumbia y twist por largos minutos. Luego todos se sientan y la música se acalla casi por completo. Entonces alguien un tanto ebrio pide rock de los 80. Otro señor pide un tango y la gente pifia y sonríe. El joven que hace de deejay no atiende los pedidos musicales pues está cansado y coloca una canción antigua muy despacio, apenas se escucha, pero algunos la recuerdan. Es Overkill de Men at work. Todos se sientan y conversan en una especie de momentáneo paréntesis. Los niños comen copas de helados y chocolates. Otros simplemente acuden al baño debido a las cervezas y el vino de la cena. La canción suena apenas imperceptible y llega a los oídos de muy pocos.

 

 

Y ahí están.

Una de las mesas alberga a la señorita Z y la señorita X,con sus respectivos maridos y sus hijos. Es una mesa grande, son seis personas, todos rubios, incluyendo a los tres niños que la componen y visten camisa y pantalón. El transcurso de los quince años desde aquel 1984 no pasa en vano. Las dos mujeres se sienten incomodas al escuchar la canción. Algo las lleva a un pasado que prefieren desconocer, u olvidar una parte importante, como quien borra una cinta de video. Ninguna de las dos, tampoco Silke, han advertido que en la mesa de la esquina más lejana está Sergio G con su esposa y su hijo. No se han dado cuenta que él las ha reconocido. Y a pesar de la situación embarazosa él se siente feliz, o por lo menos no incomodo ni nada semejante. Finalmente están todos unidos.

Faltan pocos minutos para darle la bienvenida a un nuevo siglo. Alguien grita que falta un minuto y los asistentes se ponen de pie, alzan copas y se preparan a abrir botellas de champagne. Ha llegado la hora. Los más entusiastas gritan:

-¡Cinco, cuatro, tres, dos, uno!

En ese instante Sergio G se pone en pie y lanza con voz ronca un «Feliz nuevo siglo».

 

Entonces las tres mujeres -que en el pasado lo conocieron-  lo ven, se levantan, y alzan sus copas, mientras los fuegos artificiales explotan, como cargamentos aéreos de felicidad, enviadas desde un avión en lo alto, y que iluminan la playa y los cerros donde los curiosos observan atónitos. Por única vez en su vida Sergio G cree haber ganado.