“…Cuando me estaba levantando, llamaron de la universidad para avisarme que un grupo de personas de civil había asaltado la radio de la UTE, destruido la antena y ametrallado la sala de transmisiones. Después supimos que era gente de la Armada, de la unidad que tenían en Quinta Normal. […] Los estudiantes se reunieron y acordaron quedarse en la UTE”
Con estas palabras de don Enrique Kirberg, el último Rector de la Universidad Técnica del Estado elegido democráticamente, se da inicio al Libro Memorial UTE-USACH que da cuenta de las violaciones a los Derechos Humanos cometidas en nuestra casa de estudios. Luego, se despliegan listados de nombres que van acompañados de la suerte que corrió cada uno: Expulsados, sancionados, relegados, ejecutados o hechos desaparecer.
Entre las líneas se nos aparecen nombres queridos como el de Víctor Jara o Gregorio “Goyo” Mimica. Otros tantos con los que compartimos, como Mario Martínez, Oscar Fuentes, Julio Santibáñez, Fernando Villalón, Ernesto Renzo Contreras o Ricardo Campos, que a pesar de haber sido expulsado en 1979 continuó vinculado a las actividades de la universidad y, al retorno de su exilio, se incorporó al FPMR cayendo en una acción en la línea férrea cercana a la Villa Sur. También aparece el nombre de Carmen Gloria Quintana, que aún nos acompaña, y el de casi todos nosotros entre expulsados y sancionados.
Sin embargo, la idea, junto con recordarles y renovar nuestro compromiso de seguir la tarea inconclusa por la que tantos dieron sus vidas, es saludar a una compañera, una hermana, que asumió la más alta de las tareas un domingo 7 de septiembre de 1986.
“Fabiola” ingresó a militar en la Jota de la USACH ochentera, donde había tomado conciencia de la realidad nacional y asumiría tareas de masas, hasta que un compañero la invitó a incorporarse a lo que conocimos como Frente Cero, en esa inventiva nomenclatura del 123 que transformaríamos en 1.230 o 0123, cuando la Política de Rebelión Popular de Masas lo inundaba todo.
Invitada por un “amigo”, que se encontraba en compañía de Recaredo Ignacio Valenzuela en un restaurante, tomó la decisión de ingresar al Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Ese día su conciencia fue más fría que su estómago, vaciado en el baño del restaurante antes de dar ese SI que sabía que cambiaría su vida.
“Atención, pueblo de Chile: la dirección del Frente Patriótico Manuel Rodríguez se dirige al país. Hermanos, la paciencia de los chilenos se está agotando. ¿Hasta cuándo vamos a seguir soportando esta miseria a la cual se nos pretende condenar? ¿Hasta cuándo tanta hambre, tanta cesantía y tanta pobreza? ¿Hasta cuándo tendremos que vivir así, mientras unos pocos se apropian de los bienes nacionales? (…) ¿Hasta cuándo habrá que soportar tanta injusticia? ¿Tanto atropello a nuestra dignidad? ¿Tanto crimen de la siniestra CNI? ¿Tanta persecución y tanto abuso? ¿Hasta cuándo? (…) Sólo cabe luchar con renovada fuerza, empleando todos los medios que podamos, incluidas las armas”, señalaba parte de la proclama que salía al aire por las ondas de Radio Minería en junio de 1984. Las Fuerzas Especiales del FPMR habían tomado sus estudios, interrumpiendo la transmisión de un partido de fútbol, para difundir una voz de esperanza y lucha. En esa acción, que fue alabada hasta por los funcionarios de la emisora por su eficiencia y limpieza, “Fabiola” participaba como la única mujer del destacamento, forjando una “hoja de vida” que dos años después la llevaría a ser también la única mujer que participaría directamente en aquella acción que pudo cambiar el destino de Chile.
“Tamara”, Cecilia Magni Camino, la eligió para cambiar a una compañera demasiado nerviosa en el local de Las Vizcachas, que funcionaba como manto para la construcción de un túnel bajo la calzada, que sería llenado de explosivos para hacer volar al tirano, al estilo de Carrero Blanco en España. Allí “Fabiola” primero amasó la masa del pan y de las empanadas que se vendían, pero por lo arduo de las tareas, luego solo vendía cosas compradas en otro puesto para continuar con la fachada.
El plan fue abortado, según algunos por el temor a que otros resultaran heridos por la explosión, porque la velocidad de la comitiva dictatorial no pudiese asegurar el éxito o porque por esos días era descubierto el arsenal ingresado por Carrizal Bajo. Pero la determinación estaba y había que ver cómo.
Así, “Tamara” nuevamente la invita a ser parte, esta vez de los equipos que se acuartelarían en la “casa de piedra” para esperar la bajada del sátrapa desde su casa en El Melocotón. Sólo tres mujeres habitaban ese lugar, una de ellas era la cocinera, las otras “Tamara” y “Fabiola”. Muy a su pesar, “Tamara” obedeció la decisión de “José Miguel” de que no participara directamente en el atentado, pues su experiencia sería vital para lo que podría desencadenarse después de ese día.
El 7 de septiembre de 1986, luego de escuchar las últimas palabras de Salvador Allende y una arenga de José Joaquín Valenzuela Levy, “Ernesto”, “Fabiola” era nuevamente la única mujer que participaría de esta acción. Pero no era cualquier acción, ahí estaba ella y esos hombres que superarían el momento gris y amargo para abrir las grandes alamedas…
Entre 7 y 9 minutos duró la emboscada, los “valientes soldados” se escondían bajo los autos blindados o arrancaban cerro abajo sin oponer resistencia. Los lanzacohetes LAW fallaban en el objetivo principal, las ráfagas de los M-16 no pudieron detener el automóvil que presuroso marchaba en reversa para volver hasta El Melocotón. No supieron en ese momento si el dictador había sido ajusticiado o no. “Ernesto” ordenó el alto al fuego y la retirada, sin dar de baja a los heridos del enemigo.
En vehículos que la represión pensó que eran de la CNI, los combatientes bajaron rápidamente hacia Santiago. La mitología rodriguista dice que en esa huida, aún con la adrenalina a mil, “Fabiola” le habría pedido matrimonio a uno de los combatientes. Lo cierto es que salvó el cerco de la mano de uno de ellos, haciéndose pasar por pololos en una micro que enrumbaba desde Puente Alto hacia Santiago.
Después vendrían muchas penas, las detenciones de muchos de los fusileros, las muertes de José Joaquín, de Recaredo, de Julio Guerra, su jefe en la Unidad 502 del atentado; la división del partido; las caídas de Raúl Pelegrín y Cecilia Magni…y finalmente, la derrota tras el acuerdo entre la dictadura y la denominada “oposición democrática”, que nos haría vivir hasta hoy con la Constitución de Jaime Guzmán y Pinochet.
Sin embargo, “Fabiola” está aquí, esperanzada en las nuevas generaciones, en esas que el 2006 y el 2011 volvieron a encender los sueños, y nosotros, en este gesto de saludarla, de saludarte, de construir la memoria del combate y del futuro, queremos aprovechar de saludarnos todos, de compartir un abrazo amaranto, lleno de aquel cariño indestructible que se forjó en días oscuros pero hermosos, donde nos unió esa decisión de tomar el cielo por asalto y cualquiera de nosotros hubiese seguido el mismo camino de “Fabiola”, si las circunstancias así lo demandaran.
Es cierto, nuestra compañera, nuestra hermana, la “negra”, no es la Mujer Maravilla ni una heroína de película, es una persona que puesta en ese trance, obedeció a su conciencia y tuvo el honor de ser parte de aquel grupo selecto que un día de septiembre de 1986 pudo dar vuelta la tortilla.
La tarea está inconclusa, los sueños y las banderas de aquellos que ya no están nos exigen terminarla.
Y es verdad, compañeras…es verdad, compañeros…Aún tenemos patria…

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