Fútbol

En una ocasión, un grupo de trabajadores de la Standard acudió a un entrenamiento del Madrid. Estaban en huelga, y pidieron a los jugadores una ayuda para la caja de resistencia. La huelga no estaba entonces reconocida en España. Toda huelga era, por definición, ilegal y casi salvaje. Los jugadores se excusaron. Les dijeron que sin autorización del club no podían tomar una decisión así. Por simpatía, consiguieron distraer unos pocos balones para que los utilizaran para una rifa. Pero Breitner sí atendió a su demanda y les dio medio millón de pesetas. Era un buen dinero en la época.Cuando en el club se supo, le pidieron a López Serrano que le citara para encontrarse con Antonio Calderón, que era el gerente, y Saporta. Se vieron los cuatro. Calderón le recordó que en España toda huelga iba contra la ley. Breitner no se inmutó:

—Yo con mi dinero hago lo que quiero.

Breitner tenía una personalidad especial. Era un hombre que iba en muchas cosas como un liberal y su llegada produjo impacto en el Madrid. Llevaba pelo a lo afro y una corta barba. Fumaba puros. Puros pequeños, sin tragarse el humo, pero que no dejaban de dar gran asombro a la parcialidad. Y era de izquierdas, cosa inquietante en el Madrid de ese tiempo. El secretario de la gerencia, José Luis López Serrano, que hablaba alemán, era el contacto de Netzer y Breitner con el club. Un día le llegó Breitner con un póster y le pidió que le hiciera un cuadro con él. López Serrano le dijo que en pocos días lo tendría. La sorpresa fue cuando lo desenrolló: era una enorme imagen de Mao.

Breitner volvió al Bayern, pero el equipo andaba a los tumbos. El barbudo tampoco tenía una opinión particularmente alta de sus colegas. «Llegué a un equipo completamente desolado. Un equipo que era mediocre en el mejor de los casos porque había demasiados jugadores mediocres en la nómina. Hice presión hasta que el entrenador tuvo que irse. Dije enfáticamente que no hay posibilidades de desarrollo bajo el liderazgo de Lorant». Breitner afirmó que solo una persona realmente sabía cómo hacerlo correctamente: él mismo.

El 7 de abril de 1978 la revista Stern publicaba un artículo firmado por Paul Breitner en el que atacaba a la dictadura de Videla, y a su vez a la Federación Alemana de Fútbol por no rechazarla, por acudir al Mundial que se iba a disputar en poco más de un mes en Argentina. En el artículo, Breitner acusaba además a sus compañeros de ser «eunucos políticos», al no manifestar ninguna repulsa hacia la Junta Militar.»Alemania es el actual campeón y eso le hace tener unas responsabilidades especiales. La selección no debe dejar que la utilicen como una marioneta, porque los deportistas, aunque tengan en el deporte su principal preocupación, no deben ser eunucos políticos», afirmaba el futbolista germano.El artículo generó un gran revuelo. En la prensa, en los aficionados, en la Federación, y también en sus compañeros. Breitner no iba a Argentina por el asesinato de Elisabeth Käsemann,estudiante y activista social alemana que es secuestrada por la policía militar por cargos de terrorismo en El Vesubio, un pueblo vacacional cerca de Buenos Aires que fue convertido en un centro de tortura. Allí, según declaraciones de testigos, la joven fue puesta en una especie de corral para perros, electrocutada con picanas eléctricas, abusada sexualmente sistemáticamente y finalmente asesinada.