Por José Curipán

                Cada año, desde 1901, se entrega el Premio Nobel a personas o instituciones que hayan destacado en realizar un aporte significativo a la humanidad en algunas de las áreas del saber o conocimiento que concursan (física, química, medicina, literatura, lucha por la paz y economía).

            Sin duda, el premio otorgado en el área de la literatura es el más comentado por ser el galardón más accesible para ser comprendido por la gente común y corriente. El interés que despierta para cada país y para los círculos especializados lleva a que varios nombres se repitan, año tras año, como nominados a recibir el reconocimiento de la Academia Sueca. En consecuencia, cada vez que se comunica el nombre del ganador o ganadora surgen, en el mejor de los casos, las aprobaciones y felicitaciones; pero también se da el efecto contrario, los reproches y esperanzas de que en la siguiente oportunidad será nuestra propuesta la ganadora. Aunque, este fenómeno aún se da a escala humana, hasta el año 1986 sucedía un fenómeno casi metafísico que se daba a escala de consciente colectivo; el nombre de José Luis Borges se erguía como una sombra pesada sobre el jurado que debía resolver la entrega del premio. Sin embargo, a pesar del destino infausto que tomó la obra de Borges respecto de la Academia, su nombre siempre estuvo presente por omisión en las nominaciones, esto encaja perfectamente con los juegos paradojales del argentino; el propio Borges dijo más de una vez que sentía que el galardón de alguna forma ya lo había recibido porque su nombre se reconocía como implícito en las nominaciones de cada año, sin embargo esto no sucedió en la realidad. Pero a modo de consuelo, hoy sabemos que la primera vez que su nombre sonó con fuerza para ser el ganador se remonta al año 1965, pero se le adelantó Vladimir Navokov (Lolita, 1955).

            Para los conocedores de la obra de este escritor universal no es dable comprender la negación perpetua a entregarle El Nobel; no es comprensible que al hombre que consagró su vida a la biblioteca universal, la Academia Sueca le cerrara definitivamente las puertas al salón de honor. Aún, hoy en día, no se comprende por qué el intelectual que podía recitar de memoria largas citas o poemas en latín, o en anglosajón, o en inglés, o en alemán, o en francés, o en japonés, o incluso en sefardí, no fuera reconocido como lo que fue; un erudito de la literatura del mundo.

            Mucho se ha especulado sobre las razones para no otorgarle el Nobel de Literatura; los argumentos van desde que el propio Borges se sentía más identificado con la cultura europea que con la de su país (por lo tanto era difícil definirlo culturalmente; argumento rarísimo si consideramos que el premio no reconoce fronteras geográficas), hasta que era un amante fiel de las dictaduras militares y un anticomunista empedernido. Quizás, esto último fue el argumento perfecto para alejarlo definitivamente de Estocolmo. Lamentablemente, con el correr del tiempo la manida excusa se fue imponiendo, en consecuencia ­muchos sin más conocimiento que el solo nombre de Jorge Luis Borges­, se negaban a leer sus obras y a valorar en extremo grave la serie de declaraciones que realizó en relación a la dictadura en su país y lo tildaron derecha y simplemente de fascista. 

Veamos (o hagamos el intento), de cómo se fue formando el mito para vetarlo permanentemente de la obtención del más renombrado premio de la literatura.  Como primera cosa podemos dar una breve revisión al argumento que en apariencia fue el de mayor peso: su ultra conservadurismo de derecha y el público reconocimiento a la dictadura que se instaló en Argentina tras la renuncia de Perón (1955), más el permanente recordatorio de su parentesco con una casta de militares ­por línea materna y paterna­ que participaron activamente en las luchas por la independencia de Argentina. Lo natural era que él quedara atrapado por la tradición castrense que lo precedía, pero ésta fue rota por su padre que optó por emplearse como profesor de psicología e inglés para apostar por sus aspiraciones literarias a las cuales también arrastraría el joven Borges.  

Otro “argumento de peso” es su anticomunismo, sin embargo poco se sabe que durante su época ultraísta en España compuso una serie de poemas que él llamaría Salmos Rojos (1918), con los cuales alababa la Revolución Rusa; los poemas eran: Rusia, Trinchera, Guardia Roja, Gesta Maximalista y Hermanos; todos poemas épicos dedicados a exaltar el primer año de la revolución en la que él veía el surgimiento de un nuevo tipo sociedad; mejor y superior a la capitalista, sin embargo al poco tiempo se percató que los valores que decía defender el nuevo orden en Rusia era  nada más que una nueva forma de opresión sobre el pueblo que decía defender. Los pocos poemas que alcanzaron ver la luz se han publicado –casi como una curiosidad­  en algunas revistas especializadas. Si esto no es suficiente para desmoronar el argumento de su anticomunismo podemos agregar la entrañable y eterna amistad que sostuvo con el poeta comunista Leónidas Barletta y su relación amorosa con la escritora Estela Canto, reconocida por su activa militancia de izquierda.  Además, también, mantuvo un activo carteo con el reconocido poeta militante del partido comunista chileno, Pablo Neruda.  A la luz de estos pocos antecedentes parecer que el anticomunismo de Borges es solo un mito fraudulento. Cuando él se reconocía como anticomunista se refería a la instalación del sistema político y no  a las personas que defendían esta ideología. Así rebatía Borges a sus inquisidores: “Hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. Esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón”.

Borges y su familia eran reconocidos antiperonista, por esto cuando se instala el peronismo en Argentina (1945) su madre Leonor y su hermana Norah son detenidas por hacer declaraciones contra el nuevo régimen. Varios años después, el escritor se refiere a la detención como «prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos». Al año siguiente, como venganza contra Borges, por haber firmado el manifiesto antiperonista, el gobierno lo removió de su puesto de bibliotecario para nombrarlo Inspector de aves, conejos y huevos en el mercado. Borges renuncia ante la humillación y se dedicada escribir y dar conferencias para ganarse la vida. En este periodo publica una de sus obras más reconocidas El Aleph (1949), que dedico a su novia comunista, Estela Canto.

Pasaron diez años hasta que Perón negoció su salida del poder entregándoselo a un gobierno militar interino (1955) encabezado por José Domingo Molina quien reivindicaría a Borges nombrándolo director de la Biblioteca Nacional en donde permaneció hasta 1973. La llegada del nuevo régimen fue saludado públicamente por él y otros escritores, entre ellos Sábato y Bioy Casares. Borges y sus amigos veían en los regímenes militares la restauración del orden social en un mundo bipolar que se debatía entre el capitalismo o el socialismo. Esto le llevo a reunirse con los dictadores de su país y con el de Chile (1976). Sin embargo, cuando se dio cuenta de las atrocidades dictatoriales cometidas en Argentina no dudó en promover y firmar una declaración condenando la desaparición de personas opositoras al régimen. Aún más, luego del atentado contra el edificio de la revista opositora El Porteño (1983), Gabriel Levinas visitó a Borges para pedir su apoyo. Así le respondió el escritor: “Ellos hablan tanto de la imagen argentina; la imagen que de Argentina se tiene en todo el mundo es la de un país donde es frecuente la violación de los derechos… Lo que puede hacer es juntar algunas firmas como protesta, para condenar este atentado…  sólo tiene que buscar cuatro o cinco firmas, cuente desde luego con la mía, de personas que puedan ser inmediatamente identificadas por el lector…”

            Más adelante, durante los juicios por los crímenes de lesa humanidad cometidos por los militares en su país, luego de asistir a una de sus sesiones, publicó para la agencia española EFE la demoledora crónica titulada Lunes 22 de julio de 1985, en ella escribió que: “No juzgar y no condenar el crimen seria fomentar la impunidad y convertirse de algún modo en su cómplice”.

Aunque condenó definidamente las dictaduras en América Latina, el poeta sueco Artur Lundkvist se encargaría de mantenerlo alejado de las nominaciones al Nobel, por siempre. Este último dato novedoso lo aporta la biógrafa de Borges, María Esther Vásquez. Al parecer el hecho fatal para no entregar El Nobel al escritor latinoamericano más influyente en la literatura universal radica en lo siguiente: En 1964 se realizó una cena con escritores suecos, entre los que se encontraba el poeta Artur Lundkvist quien aprovechó la ocasión para leer a los comensales algunos de sus poemas. Borges los escucho, pero los criticó disimuladamente entre los presentes. Obviamente el poeta se enteró y se sintió profundamente defraudado porque él había introducido y traducido a Borges al sueco.

En 1980 el escritor chileno Volodia Teitelboin (Los dos Borges: vida, sueños, enigmas. Sudamericana. 1996) visitó a Lundkvist para pedirle que colaborara con la revista Araucaria. A esa fecha el poeta sueco se había convertido en secretario permanente de la Academia. Lundkvist aceptó la invitación y en un momento de la conversación ­cuenta Teitelboin­ le dijo que “la Academia Sueca nunca le dará el Nobel a Borges por los elogios hechos a Pinochet. La sociedad sueca no puede premiar a alguien con esos antecedentes”. Volodia dice que la confesión le extrañó mucho porque un miembro de la Academia no puede expresarse en esos términos.

Si consideramos este último dato, podríamos concluir que la separación definitiva de Borges del Premio Nobel de Literatura es una mezcla de opiniones de carácter ideológico con razones de carácter personal que en definitiva son las que pueden cegar a cualquiera para ver con claridad los méritos de quienes consideran su enemigo. 

Solo queda de consuelo la certidumbre que en alguno de los universos paralelos pensados y descritos por Borges, el mismísimo poeta Lundkvist lo cita para comunicarle la entrega del anhelado reconocimiento.