Se cumplen 41 años del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, -19 de julio 1979- día en que el pueblo de Nicaragua se sacudió de una de las más brutales dictaduras de América Latina, émula en criminalidad y corrupción de la pinochetista que azolaba nuestra tierra en esos años. Bien vale recordar, más cuando en parte, es conocida la participación chilenos en esa experiencia histórica.

La Revuelta de Octubre 2019 o “El Despertar de Chile”, como se le ha llamado también, obliga a resituar el papel de la MEMORIA, ya que para mí, recobra el sentido que debía tener siempre el recuerdo de nuestros hermanos combatientes y jefes caídos, rescatando su entrega, resaltar sus aportes teóricos y prácticos, y no pensar en ellos como víctimas, ellos soñaban una patria muy distinta a la que tenemos hoy en nuestro país, es deber por tanto situarlos en el presente como parte integral de la experiencia acumulado de la clase.

La irrupción de la Revuelta, puso a la luz pública el verdadero alcance del “Pacto de Transición Democrática” de finales de los años 80, como un acuerdo espurio que levantó engañosamente una expectativa de cambios democráticos que no eran tales, fue la vía política para asegurar la continuidad del modelo económico neoliberal de la dictadura, aseguró la Constitución de Pinochet y un modelo de in-justicia definida como “Justicia en la medida de lo posible”. Esto fue denunciado por los dirigentes revolucionarios de la época y razón trascendente la continuidad de lucha de organizaciones y combatientes revolucionarios. Es una gran tarea colectiva la de resituar el papel de la izquierda revolucionaria en la ya mencionada etapa de “Transición” y el rol de nuestros caídos.

Como decíamos, hace 41 años, muchos jóvenes chilenos fuimos testigos en vivo y en directo el Triunfo de los sandinistas y el pueblo de Nicaragua, este es mi testimonio personal. (*)

Cuando amaneció el 18 de julio de 1979 en el Frente Sur de Nicaragua, no escuché ningún ruido que no fueran los propios de la naturaleza, que en ese país centroamericano es esplendorosa. Pájaros de todos colores trinando, vegetación intensamente verde, perenne. Impresionante, sobre todo para nosotros habitantes del fin del mundo. No había ruido de guerra. Estábamos sorprendidos y muy alertas.

Era un silencio extraño: la artillería y los morteros enemigos habían cesado su actividad diaria. Los aviones no nos acosaban con sus bombas y metralletas como lo hacían desde que había llegado a la zona de guerra. Los cañonazos que eran el pan de cada día, esa mañana no se sentían. No se observaba movimiento enemigo en sus trincheras y tampoco éramos blancos de los disparos de los soldados de la guardia somocista, ni de sus francotiradores. A través de un radio portátil que nos servía de escucha, nos enteramos de la huida del dictador Anastasio Somoza a Estados Unidos el día anterior.

Los chilenos, en un grupo mayor a medio centenar, estábamos desplegados combativamente en diferentes puntos del territorio liberado por los sandinistas y mantenido también por nuestro esfuerzo. Intuíamos que algo pasaba ese día de julio en la guerra a la que por solidaridad combatiente estábamos de lleno involucrados.

Era extraño lo que me sucedía. Echaba de menos la tensión que producía cada bombazo o la metralla potente de la aviación enemiga. Intuitivamente, persistíamos en caminar por las orillas de los caminos, protegidos por los árboles para evitar ser vistos por los aviones exploradores y los francotiradores. En esa aparente tranquilidad, era lógico colgarse el fusil FAL al hombro, pero lo seguíamos manteniendo en posición de alerta. Pero poco a poco nos empezamos a relajar.

Los “compitas”, como se llamaban entre ellos los guerrilleros sandinistas, eran mayoritariamente muchachos y muchachas, pero aun así, eran veteranos guerrilleros que llevaban años peleando por la liberación de su pueblo. También intuían que algo pasaba.

Al día siguiente, 19 de julio, los guerrilleros nicaragüenses, como despertando de un letargo, comenzaron a disparar, pero no en dirección del enemigo, sino directamente al aire. Se alzaban sobre las trincheras, en la propia carretera Panamericana, o donde sea que se encontraran. Nos abrazaban y nos abrazábamos entre todos y gritaban: “¡Le ganamos al hijo de puta, se acabó la guerra compitas, ganamos!”, “¡Viva el FSLN!”. Gritaban sus famosas consignas de combate “La marcha hacia la victoria no se detiene”, “¡Patria Libre o Morir!”,  “¡Patria o Muerte Venceremos!” Y mirándonos a nosotros nos decían: “¡Chileno, ahora nos vamos para El Salvador y después con ustedes para Chile!”

Era la victoria, algo que los revolucionarios y los pueblos conocen la mayoría de las veces por los libros. El triunfo, la libertad… palpaba la alegría que sólo habíamos visto en películas. Pasaban por mi mente imágenes que vi en las noticias de cuando los guerrilleros cubanos con Fidel a la cabeza de su extraordinario pueblo entraban a La Habana, o cuando el pueblo ruso expulsó a los alemanes del territorio soviético en su victoria contra el nazismo.

Los compas iban de lado a lado, relatando combates, prometiendo que volverían a encontrarse luego de que ubicaran a sus seres queridos. A algunos los envolvía el dolor, lloraban al recordar a los camaradas caídos. Era la hora del recuento, de los balances, de lo que habían perdido y lo que habían ganado. El triunfo nicaragüense tuvo sin lugar a dudas un alto costo para este querido pueblo.

En el Frente Sur, se comprobó que la guardia que estaba en nuestro frente había huido por la carretera a San Juan del Sur, en la costa del Pacífico. Luego se supo que en barcazas fueron trasladados hasta El Salvador. Comenzaron entonces los preparativos para cumplir la orden de la Comandancia del FSLN de partir hacia la capital, Managua. Los internacionalistas colaboraríamos en organizar las columnas de guerrilleros para la marcha. No teníamos idea cómo era la capital de Nicaragua. Habíamos peleado por la libertad de ese país sin conocerla. Sólo por el mapa sabíamos para dónde debíamos dirigirnos y la dirección que debíamos tomar. El norte era el camino.

Al momento de finalizar la guerra, yo me encontraba a las órdenes del Estado Mayor Guerrillero. Me ordenaron que apoyara a Evaristo en la organización del orden de marcha de las tropas que se desplazarían a Managua. Las fuerzas del Frente Sur habían crecido en combatientes, piezas de artillería y morteros, lanzacohetes, ametralladoras ligeras y pesadas y hasta una pieza de artillería anti aérea. Había que asegurar la protección aérea y prever posibles emboscadas. No sabíamos de dónde podían venir los ataques enemigos y no teníamos la información completa de la situación de la Guardia Nacional luego de la huida de Somoza.

Nos empecinábamos en convencer a los guerrilleros de que el desplazamiento a Managua debía ser organizado. Evaristo les mostraba en un mapa el esquema de la formación, les indicaba la velocidad de marcha de los vehículos y la distancia que debía haber entre ellos. Los choferes de reemplazo también eran seleccionados. Se estableció el plan de comunicaciones durante el recorrido, la disciplina en las comunicaciones, qué hacer en cada variante que se presentara, los lugares de peligro, el despliegue posible de las fuerzas del enemigo y la respuestas nuestras en cada caso. Pero ellos no querían saber más de órdenes militares.

Los guerrilleros, incluyendo algunos jefes, no estaban muy interesados en llegar en formación a Managua, ni menos meterse en la columna de marcha. Estos muchachos querían partir inmediatamente a la capital y no entendían ningún tipo de razones del oficial asesor chileno.

Muchos de estos combatientes, que para siempre pasaron a ser nuestros hermanos de sangre, partieron a Managua por su propia cuenta. Querían ser los primeros en llegar a la capital. Soñaban con volver a ver a sus padres y madres, que seguramente los creían muertos y los andarían buscando desesperadamente en cada columna guerrillera que llegara a la capital.

Su urgencia era abrazar a sus amigos, llorar con ellos lágrimas de victoria, hablar de los héroes caídos. Intentar recuperar el tiempo y los besos perdidos de sus novias, o disfrutar de nuevo a sus hijos. El triunfo era todo eso para los nicaragüenses. Para ellos la guerra había terminado, y ahora querían volver a vivir o empezar a vivir de nuevo. Se habían ganado ese derecho. No querían más guerra.

Yo los miraba y me decía: Pensar que nosotros estamos recién empezando. Los envidiaba sanamente.

No pude incorporarme a la gran columna del Frente Sur. No fui testigo del hecho histórico, de cómo mis hermanos se abrieron paso por las carreteras de Nicaragua, recibiendo los cariños de ese pueblo heroico.

Mi jefe, Salvador, me ordenó que después de que se fueran todos – incluido él, por supuesto- tenía como misión aventurarme por la amplitud del territorio y “cazar” varias vacas para la comida de las próximas semanas de nuestras tropas. No teníamos idea cómo sería la situación en los próximos días. Debía “recuperar” además un camión con acoplado para trasladar el ganado y que éste no podía ser menor al número de cinco animales, según indicó. Mientras mis queridos compañeros victoriosos se enfrentaban al cariño del pueblo nicaragüense camino a Managua, mi última misión en el Frente Sur fue garantizarles su futura comida.

Era comprensible el interés de comer carne. Nos había costado acostumbrarnos a la comida guerrillera, escasa en cantidad, según los comentarios generales. Debimos adaptarnos a lo que hubiera. La base principal de la comida eran frijoles, café negro, algún queso, leche condensada y tortillas de maíz. Nosotros comíamos las tortillas crudas, porque no sabíamos que se debían cocer. Cuando conocimos el verdadero gusto de las tortillitas, nunca dejé de comerlas junto con el bendito “gallo pinto”, la comida más típica de los nicaragüenses.

Finalmente, las fuerzas del Frente Sur avanzaron hacia Managua. La Guardia Nacional colapsó después de la renuncia del General Anastasio Somoza. El último cañonazo de la Guardia Nacional en nuestra zona de guerra se dio como a las 5.00 hrs. de la mañana del 19 de julio. Quince minutos después, una patrulla de exploración enviada a verificar las posiciones enemigas confirmó su retirada hacia San Juan de Sur. Las tropas sandinistas entraron victoriosas en la capital el 20 de julio de 1979, sin mí.

Cumplimos la misión en Nicaragua que nos asignó la revolución cubana. Reflexioné sobre esto, hace unos años, al escuchar emocionado las palabras del presidente venezolano, el comandante Hugo Chávez, en una de las canchas del Estadio Nacional de Chile en un acto de unidad latinoamericana. En su discurso, hablándole a los asistentes y acompañado por los presidentes de Bolivia, Evo Morales, y de Nicaragua, Daniel Ortega, nos dijo que el comandante Fidel Castro le decía por teléfono, en medio de su discurso, que mencionara el respeto que debemos tener por los combatientes internacionalistas chilenos caídos en la guerra de liberación de Nicaragua y Centro América. Me sentí orgulloso de mis compañeros.

Para el pueblo nicaragüense, el triunfo del 19 de julio significó el fin de una etapa oprobiosa y triste. La gran alameda que se abría a ese pueblo era en sí liberadora, porque al terminar con la opresión, las fuerzas populares podían objetivamente desplegar la plenitud de su creatividad para vivir bien. Era además fundacional, porque estaban construyendo una nueva nación. Todo comenzaba de nuevo para Nicaragua. Los humildes que apoyaron abrumadoramente a los sandinistas tendrían una cuota importante de opinión o de participación como actores en el nuevo Estado y gobierno que emergían en el concierto de las naciones americanas, azotadas por dictaduras militares derechistas.

Todo eso definió nuestro espíritu de lucha. El orgullo de haber sido testigo de la valentía de los nicaragüenses, de la combatividad de los cubanos que conocimos y la de nuestros propios hermanos en los combates. Siempre pretendimos traspasar esa convicción de lucha a las tareas que posteriormente emprendimos en Chile. Y a veces, hasta nuestros propios compañeros del interior no lo entendieron de esa forma, incluyendo a varios dirigentes comunistas.

De los revolucionarios nicaragüenses que conocimos, aprendimos la importancia que tiene el ser fieles con la palabra encomendada, y que los compromisos de lucha no son parte de una táctica para maniobrar con ellos según los vaivenes de la política. De los revolucionarios cubanos, nos impresionó su valentía y convicción de cumplir a toda costa las misiones que les asignaba la dirección de la revolución cubana en otras tierras.

Los internacionalistas, debemos decirlo, no tuvimos éxito en nuestro sueño magno, de que en Chile hubiera una forma de sociedad más humanista, más igualitaria, menos abusiva, donde el dinero no sea el que determine el valor de las personas. Como lo es hasta el día de hoy.

Parafraseando a Gabriela Mistral, cuando escribía del General Sandino y sus camaradas: Nosotros sufrimos el duelo de esa derrota, pero nunca sentiremos la vergüenza de no haber luchado. Aprendimos que esas son obras de las grandes mayorías y no de grupos, por muy valerosos que sean.

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, dijo en la conmemoración del 30 aniversario de la Revolución Popular Sandinista el 19 julio de 2009, ante más de medio millar de sus seguidores en una plaza de Managua: “Nos acompaña hoy la brigada de hermanos chilenos de la tierra de Salvador Allende que participaron en esa batalla, en el Frente Sur”. Y continuó su palabras: “Ellos, que dejaron sudor, sangre, y sembraron esperanzas aquí en Nicaragua, en esas batallas de 1979, están de nuevo aquí, 30 años después, ratificando su compromiso con la lucha del pueblo nicaragüense, con la lucha latinoamericana y caribeña.”

Mi alegría por el triunfo del 19 de julio de 1979 en Nicaragua es comparable con la que tuve siendo muy joven, cuando Salvador Allende fue elegido presidente en Chile en 1970, y yo, en medio de una masa de chilenos, celebraba en la principal avenida de Santiago, la Alameda, el triunfo electoral de mi pueblo, que este año 2020 cumplirá 50 años de sucedido. Soy parte de ese pueblo que creyó en él, y todavía añora su dignidad y valentía, jamás reemplazada hasta hoy por dirigente político chileno alguno.

Abrazo fraterno a los hermanos nicaragüenses y cubanos de esa etapa guerrillera.

¡Honor a nuestros héroes caídos en Nicaragua y luego en Chile!

¡Viva la Revolución Popular Sandinista!

Santiago, Chile Julio 2020

Gloria eterna a los combatientes internacionalistas:

Juan Cabezas Torreralba, Mario Guerra Ruiz, Days Huerta Lillo, Edgardo Lagos Aguirre, Miguel Rojas Contreras, Roberto Lira Morel, David Camú, Juan Cortés Zuleta, Alberto Geraldo Bonilla, Charlo Reyes, Juan Palavecino, Jorge Olivares Vega, Luis Emilio Mendoza, Volodia Alarcón, Antonio Ibáñez Godoy, Víctor Otero, Cristian Bascuñán, Roberto Diez Diez, Aníbal Maur, Ramón Navarro Villar, Víctor Romeo de la Fuente, Iván Figueroa, Aníbal Espinoza, Pedro Hernández, Jorge Casares, Orlando Contreras, Víctor Minué, Antonio Cortés, José Silva, Moisés Marilao Pichun, Juan Henríquez Araya, Joaquín Valenzuela Levi, Julián Peña Maltes, Roberto Nordenflycht, Raúl Pellegrin Friedman, Ana Flores Hernández, Antonio Madrigal, Ricardo Contreras Sánchez.

(*) Del libro “Misión Internacionalista, de una población chilena a la revolución sandinista”. Autor José M. Carrera. Editorial Latinoamericana (2010).