Por Bernardo Colipán

Mientras en toda América latina la gente vibra con carnavales, Chile es el único país del continente que disfruta viendo una parada militar. Todos los 19 de septiembre de cada año, se reúnen alrededor de cuarenta mil personas para celebrar el Día de las Glorias del Ejército. Sigue siendo una extrañeza, que luego de una dictadura militar de dieciséis años, la gente siga disfrutando de un desfile castrense.

La democracia chilena engendra sentimientos/invunches. Uno de ellos es la fascinación que sienten miles de  personas por ver desfilar a las Fuerzas Armadas, que han sido protagonistas de todos los golpes de estados en el país. En un algún lugar oscuro de nuestra memoria colectiva, se debe ocultar la relación incestuosa del trío: daño/ olvido/admiración.

Mientras en Bolivia miles de personas celebran el carnaval de Oruro, en Brasil bailan en el carnaval de Río, en México, Colombia y Venezuela los carnavales hacen danzar a todos los vecinos del barrio, en Chile la alegría es aplaudir el desfile de siete mil efectivos del ejército, la armada, la fuerza aérea y carabineros.

Quienes no pueden asistir al Parque O`higgins, ven el desfile por televisión durante cinco horas.

En  cien años el desfile militar no ha cambiado. La larga fila de mestizos verde/oliva sigue siendo la misma. Sólo con algunas variaciones. Se muestran los nuevos armamentos de guerra que compran todos los años, la marcha siempre sonriente del contingente femenino y los nuevos perros adiestrados, en reemplazo de los que han pasado a retiro.

Pero después de un siglo, viendo el aburrido paso de ganso de los  soldados, el 2002 la parada militar trajo una sorpresa. La novedad del año siempre se da el gusto de pillarte desprevenido. No se está preparado para lo que se va mostrar. Por eso es sorpresa. Uno queda expuesto y vulnerable al que tiende la trampa. El  que prepara la celada como el que cae en ella, se encuentran en la misma zona de asombro. Ambos quedan desprovistos. Abandonados en el escenario de lo insólito, donde todo puede pasar después del golpe de gracia.

La sorpresa que te levanta de un salto del sillón, para ver lo que transmite la tele, es el desfile de un grupo de mapuche que marcha detrás del glorioso ejército de Chile. Sin contemplación a un horario en donde toda la familia está reunida. Lo peor, que todos miran atónitos al intelectual de la familia, buscando algún tipo de explicación. El desconcierto, el impacto, la mente en blanco, hirviendo en un caldo de crisis.

Toda la teoría crítica cayéndose a pedazos. Sin capacidad de reacción después recibir el  knock out técnico. Como toda experiencia en la que se sale de sí mismo, parece que los minutos duran una eternidad. Vuelves a ti. Te incorporas y puedes observar con detención el orden de las imágenes que se suceden con cierta lógica. No cabe duda que hay un guion detrás de ese acto florido. Como también un efecto que se quiere lograr.

Las marchas extravagantes y muy costosas para el Estado tienen una larga data. Se remonta a los desfiles, en donde eran exhibidos los pueblos bárbaros, sometidos por la Roma imperial. El triumphs/triunfo era una ceremonia civil y religiosa de la antigua Roma. Se honraba al comandante y sus legiones. El general lucía las vestimentas de Júpiter y, en un carro tirado por cuatro caballos, lo conducían por toda la ciudad.

Abriendo el desfile estaban los bárbaros que fueron vencidos, le seguían elefantes, tigres de Bengala, leones y el botín capturado en las campañas: armaduras en oro, plata y tesoros exóticos. Para el caso de Chile el orden es el mismo. Encabeza el desfile el general de brigada. Le sigue el Club de huasos “Gil Letelier” y detrás de éste, el grupo de abandónicos/as mapuche. Su desplazamiento en la pasarela patriótica fue la siguiente el 2002 :

Delantera: Adultos alfa, detrás de ellos: mujeres y niños. Juveniles: Flanco izquierdo y derecho. Retaguardia: Adultos alfa.

El alfa/wentru que lideraba el desfile, lucía un manta de cacique diseño Quilapi $ 500.000, el trarilonko en un tejido doble faz con diseños de pillan $ 20.000, la clava de plata colgada en el cuello, orfebrería Wencho $60.000, Chiripa negra azulada con bordes verde /esmeralda, casimir oveja-tomé $ 60.000.

Tanto los alfa/wentru como juveniles vestían manta de caciques de temporada, chiripas y trarilonkos .

Los alfa/wentru enseñaban unas réplicas de las clavas usadas por tokis como Leftraru, Kallfullikan, Pelantaro.

Los juveniles exhibían mantas de colección y pasaron bailando choique-purrun. El color rojo de sus makuñ, no solo es el color del amor y la pasión extrema, también es un tono alegre/weichafe que puede lucir en cualquier desfile, casamiento o inauguración de sede comunitaria. El  kupan de color negro azabache de las mujeres, hacía juego con joyas de plata, donde se destacaban las trapelakucha, trarilonko, tupu, pulseras, anillos y chawai.

Llama la atención la lamuen, que camina detrás del  macho adulto. Una mujer sensual y glamorosa de cabello largo, no muy  ondulado y con mucho volumen, así recordando a Fresia en el momento de su rapto. Su  tono cobrizo le  sirve para cualquier época, pero luce mejor en primavera. El trarilonko, que lleva puesto en la cabeza, le sujeta el pelo, pero deja unos mechones que le cubre un poco el rostro, así como invitando a un purrun o a algo parecido a un malón.

De los beneficios de las marchas castrenses en el Parque O`higgins. El solo hecho de desfilar en la parada militar pone en funcionamiento el metabolismo, además de que es una excelente manera de tonificar los músculos de las piernas y glúteos y un fantástico ejercicio de fuerza y coordinación.

Al desfilar -con la marcha prusiana Lili Marlen- los abandónicos/mapuche quemaron 266 calorías de promedio, si la multiplicas por las seis horas que se mantuvieron de pie, lograron la figura kollalla/hormiga que siempre quisimos tener.

No todos los weche, peñi y lagmen pueden presumir de tener mapuloocks. Es algo con lo que se viene y punto. Puedes enrollarte cualquier culebra huacha que encuentres en el patio, si quieres, pero si no tienes mapuloocks, simplemente no lucirá.

Si el desfile fuera en tiempo de We Tripantu, de seguro se usaría una piel de oveja doble propósito, fina, sedosa al tacto y alisada con cardos silvestres.

No importa ser el vagón de cola en un desfile, de un ejército que invadió el Wallmapu  y exterminó a noventa mil parientes. Lo que tiene en común la primavera es sonreír. Y la sonrisa que va acompañada con la mala memoria puede ser hermosa, pero no es sana.

Quienes vimos desde la cuneta el desfile de la aristocracia mapuche, sabemos que todo tipo de extravagancia ha sido permitida en la partusa neoliberal del trío Lagos/Piñera /Bachelet.

La sonrisa espléndida lograda con disciplina, usando las cremas y olvidos necesarios. Siempre fue tendencia. La Guerra de la Pacificación, la marcación de Painemal, la matanza de Forrahue, son sólo malos entendidos. Una raya en el agua. Después de todo estamos acostumbrados al mapu/bullyng. Y no falta mucho para que la visitadora social nos diga que somos un pueblo resiliente.

El mismo que se le bailó el choique-purrun volvía a coser con aguja capotera  una nueva costura en la Ley Antiterrorista.

El Ricky patrocinó 38 querellas criminales contra comuneros mapuche, redactadas todas por su lenguaraz Jo. Mi. Inzulsa.

Afuera, en la alcantarilla republicana siguen los  presos políticos mapuche, las  huelgas de hambre del machi Celestino.

Adentro del salón: el trarilonko mapu/loocks colgado en el cuello del Enama/wentru.

Mari pura feliz aniversario, 18 años  se cumple del desfile mapu/fashion y la ley Antiterrorista 18.314.

                                            

 Bernardo Colipan, Tril-tril mapu mew